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Mariana Enríquez: “La cultura es un asunto de primera necesidad”

Desde sus primeros libros y sus hábitos de lectura hasta los referentes que la acompañan, la autora argentina reflexiona sobre el acceso a la literatura y el lugar que ocupa en nuestras vidas. Alianza con Tinta Club del libro.

Sandra Pulido

23 de marzo de 2026 - 12:26 p. m.
Mariana Enríquez forma parte del grupo de escritores conocidos como “Nueva narrativa argentina”.
Foto: EFE - Pablo Martín
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Tinta Club del Libro es una iniciativa que propone una experiencia de lectura mensual a través del envío de libros seleccionados por curadores invitados. Cada edición incluye un título en una edición producida especialmente para el club, acompañado de materiales editoriales que contextualizan la obra y su elección.

Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.

La siguiente entrevista corresponde a la primera parte de una conversación con Mariana Enríquez, escritora argentina y una de las curadoras invitadas por Tinta Club del Libro en 2024.

Su publicación se realiza en el marco de una alianza entre Tinta y El Magazín Cultural de El Espectador, que busca compartir con el público las reflexiones de los curadores alrededor de la literatura.

¿Cuáles son esos recuerdos que tiene de su infancia y de los libros en ella? ¿Hay colores, olores o sabores que acompañen esos recuerdos?

Mi mamá es médica, mi papá era ingeniero. Eran personas formadas, pero no en literatura. Les gustaba leer y compraban por recomendación. En ese momento había una colección que se llamaba Club Bruguera, me acuerdo. Se vendía en quioscos y tenía cierta curaduría. No sé si compraron por la editorial o por los títulos, solo sé que vendían en los quioscos, venían a veces con otros libros. Lo que quiero decir es que no eran libros comprados en librerías, era otra forma más popular, una colección inmensa y muy ecléctica.

A mí de chica me gustaba sobre todo porque los libros eran de diferentes colores, mirá qué tontería, todavía me acuerdo. El primero era Sangre fría de Truman Capote, que era rojo. El segundo era una antología de cuentos de Borges, que era amarillo. Te estoy hablando de 7 o 6 años, de lo que me acuerdo. Estaba El americano impasible de Graham Greene, de un color lavanda, precioso. Yo no entendía nada de ese libro.

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Creo que del primero que logré entender algo fue Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, que lo empecé bastante tarde porque era marrón y el color no me gustaba. Era una niña, elegía con ese sentido. Esa fue mi primera colección de libros. Te hacías de una literatura universal importante con leer esta colección.

Me acuerdo de que Poe fue el primero que me gustó, por alguna razón ya me gustaban las cosas siniestras, y el segundo, que fue para mí un descubrimiento impactante, Cumbres borrascosas de Emily Brontë, era de color naranja.

¿Hubo algún otro familiar o amigo que haya influido en su interés por la lectura?

Mi tío estaba inscrito en un club del libro y me regalaba los que no le gustaban. Ahí me regaló La historia interminable de Michael Ende, un escritor de fantasía encasillado en lo infantil, pero yo diría que es más como Bradbury, es decir, no infantil, pero más que todo de la imaginación, muy tierno, pero no necesariamente para niños. Las emociones que maneja son muy adultas.

Bueno, me regaló ese libro y me impresionó mucho. Era un libro muy meta. Se trata de un niño que lee y la novela, son las dos cosas: el niño que lee y la novela que el niño está leyendo. En un momento logra meterse físicamente dentro de la historia para poder colaborar y me impactó muchísimo, es una metáfora de lectura impresionante. Por supuesto, en ese momento no lo leí de esa manera, sino como la posibilidad de entrar a un cuento y convertirte en el héroe. Es un libro hermosísimo.

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Y las primeras lecturas me llegaron así, no de bibliotecas públicas, no de librerías, no de recomendaciones de gente relacionada con la literatura, sino de esta forma más popular, de libros baratos, a partir de una curaduría en quioscos de revistas o a través del club de lectura, gracias al que me llegaban los descartes de mi tío.

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¿Cuáles son sus hábitos de lectura? ¿Lee en alguna hora específica, subraya los libros, lee en papel?

Los subrayo con lápiz, nunca con esfero, los guardo cuidadosamente. Siempre tengo el libro y un cuadernito porque siempre tengo que anotar. Todos mis libros tienen huella, anotaciones.

En general leo antes de dormir, por las noches. Antes escribía en la noche y fue un hábito que cambié, ahora escribo en la mañana y leo en la noche. Si tengo tiempo, me gusta mucho leer por la tarde, a la hora de la siesta y entrando en el café de la tarde. Me parece una hora hermosa para leer y después salir, una parte en el medio de la tarde, una lectura placentera.

Me gusta mucho en la cama, antes de dormir. No me da sueño y si me da sueño, no importa, me parece una buena despedida del día.

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Soy muy acumuladora de libros, tengo muchísimos libros; me cuesta bastante tirarlos o venderlos, aunque lo hago con frecuencia porque si no en mi casa no se puede caminar. Además, hay muchos libros que guardo que no me interesan especialmente, pero lo hago de completista. Es lo único que acumulo porque para todo lo demás soy bastante desprendida.

Cada vez es un problema mayor, las mudanzas son dramáticas, y trabajar de periodista, de crítica, te mandan muchos libros y son muchos los que guardo para después. Tengo una relación bastante enfermiza.

¿Y utiliza algún formato digital?

Para viajar uso el e-book, pues me gusta viajar ligera, pero prefiero el papel porque como dispositivo es genial: uno lo puede doblar, dejar, no se pierde, no se apaga, lo puedes subrayar, anotar, y una edición linda con tapa es imbatible. De hecho, si me leo uno en digital que me gusta, lo compro en impreso.

Y no me gusta escuchar leer, no me gustan los podcasts. Hay algo de escuchar que me desconcentra, admiro a quien puede sostener la atención siete horas. Mi mamá no me leía cuando era chica, no me gustaba. Terminó leyéndome poesía la pobre mujer porque no me gustaba. Es una cuestión personal.

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¿Piensa en sus lectores(as) cuando escribe? ¿Tiene un tipo de lector(a) ideal?

Tengo pocos lectores porque siento que en el momento de los primeros borradores soy muy influenciable, vulnerable. No tengo estándares súper altos en cuanto a quiénes me leen y a escuchar lo que me dicen, cosa que me parece bien, por un lado, pero si lo que pasa es que, si se lo muestro a muchos y me dicen todos cosas diferentes, todas me parecen razonables.

Entonces, se lo muestro a poca gente cuando ya está más formado, para que la cantidad de opiniones me resulte manejable. Mi mejor amigo lee todo, no es una persona con la que coincidamos totalmente en los gustos, pero es un lector que me interesa mucho cómo lee, es muy obsesivo, entonces él ve cosas que yo no y va cambiando según el texto.

Tengo un par de amigos cercanos, alguno es escritor. Me leen lectores, más que escritores, y mi agente, a quien le tengo muchísima confianza. No tengo un lector ideal, todos me parecen relevantes.

Entonces tengo que encontrar lo mío y al final quiero una lectura crítica más fina, como: esto es aburrido, esto es una repetición y así.

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Cuando voy a talleres siento que están descuartizando el texto y luego no lo puedo volver a armar. Es un momento muy intuitivo; hay lectores que son muy racionales y a mí me arruinan por completo. Cuando voy a buscar a mi amigo Ariel, que es un lector muy racional, lo busco cuando necesito eso. Ya está el libro terminado y necesito que me diga si están bien las fechas, cosas así. Un lector que pueda leer como si el libro fuese un motor y lo estuviera arreglando.

Pero no tengo tantos lectores ni tanta confianza, lo muestro al final.

¿Tiene alguna anécdota memorable de un encuentro con un lector(a)?

Hay uno bastante raro y viene al caso porque estamos con Colombia. En Nuestra parte de noche, en la novela, hay un momento en el que mis personajes en los años 80 ven por televisión la muerte de Omayra, la tragedia de Armero. Yo la vi y por eso quise incluir la muerte de la niña después de un desplazamiento a causa de la erupción de un volcán.

Yo la vi en vivo, por tres días atrapada entre el lodo. Lo pasaban como si fuera “Gran Hermano”. Es un recuerdo de infancia para mí traumático, pero no traumático personal, sino de algo que vi que era muy difícil de entender. Yo no era tan chica, pero sí demasiado chica para ver morir a una persona y más a una criatura más o menos de mi edad. Como que yo no tenía tan claro que se moría la gente, mejor dicho, la gente grande sí, los viejos, pero los chicos no, y menos de esa manera.

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Bueno, lo incluí en la novela como una especie de anuncio ominoso. A mis protagonistas, que son niños también, les pasan cosas terribles, ellos se pasan días viendo esto. Y claro, yo lo describo. Algunos lectores son más jóvenes, otros porque pasó en otro país y no en Argentina, pensaban que era un invento. Luego lo googleaban y enseguida lo encontraban en YouTube, toda la imagen, está todo.

Y sobre todo la imagen final, que es muy impresionante. Hay una fotografía de ella con las manitos enormes, con hipotermia, muy azules, y los ojos todos negros porque están llenos de sangre. Es como una imagen de una película de terror, esto dicho con el mayor respeto, pero es así.

Una vez, un lector me trajo esta imagen, pintada al óleo, enorme, en un cuadro enorme, hiperrealista, además. Yo no diría que me marcó, pero sí me impresionó mucho. No sabía qué tipo de conversación tener con él. Una cosa es que vos le dibujes al autor uno de sus personajes, pero no funciona como un personaje. Es una niña real.

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¿Cómo fue esa conversación con el lector?

Él no era consciente de que me estaba regalando para que yo cuelgue o guarde en mi pared la imagen de una niña agonizando. Horrible. Y al mismo tiempo, me dio una especie de superstición espantosa. Y lo tengo todavía, aunque no me gusta. No es que no me guste estéticamente, está lindo, bien hecho; y lo tengo porque no lo quiero tirar. Es como si se hubiera convertido en un objeto con una carga energética horrible.

Eso fue de las cosas más raras que me pasaron, porque no tiene que ver con cosas macabras que vos escribiste de la imaginación, sino que es la reproducción de la foto de una criatura muriendo. Y él con la mayor tranquilidad, sin darse cuenta de que era demasiado psicótico.

¿Algún escritor de la historia del que le gustaría ser amiga?

De Rimbaud, porque estoy enamorada de él desde que soy adolescente. Además, para preguntarle por qué no quiso escribir más, qué pasó, por qué decidió hacer de traficante de armas en África. Me parece el misterio literario más impactante, más allá de que sea escritor, de él posiblemente.

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Los escritores son difíciles. Probablemente él también lo sería, por eso lo elijo en plan estrella de rock, no tanto como escritor para ser amigo, porque en general cuando los conocés son bastante raros. A mí no me decepciona la gente en cómo es, sino que es gente de la que tal vez no quisiera ser amiga. Pero de él, sí.

Si pudiera escribir un libro con otro(a) escritor(a), ¿con quién lo haría?

Con Carson McCullers. Ella tiene algo que es un entendimiento tan profundo de los personajes que sí lo haría, porque me maravilla. Probablemente haya sido bastante insoportable ella en ese sentido, porque hay algo muy riguroso en la escritura, aunque parece absolutamente libre cuando una la lee, pero no es.

Para mí son de los personajes más tridimensionales que yo leí, de todos los escritores. Hasta el que aparece en dos renglones, son todos complejos; eso es algo tan difícil de hacer que eso hace que me interese escribir algo juntas.

Y con una escritora contemporánea con la que me gustaría escribir algo, posiblemente sería con Samanta Schweblin. Porque somos tan distintas, pero al mismo tiempo tenemos la misma edad. Me parece que siempre que tenemos conversaciones literarias, que no siempre es el caso porque somos amigas y hablamos de cualquier cosa, son conversaciones muy entusiastas. Mirá, descubrí a este tipo. Cuando descubrimos un buen cuento, como si estuviéramos hablando de deporte.

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Me gustaría ver cómo funciona esa complicidad y ese entusiasmo en algo más. Ella está viva y lo veo muy difícil por nuestras dos personalidades y cómo escribimos, pero sería lindo que se diera porque es prácticamente imposible.

Usted es fan de muchas cosas… ¿qué ha aprendido de ser fan y cómo aplicarlo a la lectura?

Es cada vez más difícil por las condiciones culturales. La gente está probablemente más letrada que nunca, pero la lectura que hace la mayoría no tiene que ver con lecturas literarias, por una cuestión audiovisual y por lo mucho que se lee en pantallas. Es muy difícil sacar a la gente de esto y me incluyo.

Creo que lo que más competencia tiene para sacarme tiempo de lectura a mí es scrollear en redes sociales. Me parece bien que un escritor lo diga, nos pasa a todos, es así. Se abrió esta dimensión, es infinita y es una dimensión de lectura también.

Soy docente, ahora estoy en sabático, pero lo fui de periodismo en academia y periodismo narrativo, con lo cual teníamos que leer mucho. Tenía chicos de primer año, 18, 19 años, muchos con una enorme dificultad para sostener la atención. Y ya tienen 18 años y estudian en una universidad pública de buen nivel académico en Argentina.

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¿Cómo solucionar esa falta de atención?

Creo que con entusiasmo, y ahí está el problema. Hace falta una intervención institucional para que la gente se entusiasme. Yo lo pensé mucho y llegué a la conclusión de que es así.

Por medio del mercado no va a leer la gente, salvo que te guste. Si tenés Netflix, nadie va a ir a la biblioteca pública. Es más, es más posible que empiecen a escribir antes de leer, lo podés ver en fanfiction. Escriben un final alternativo a la serie antes de leer.

¿Hay algo que le resulte interesante de ese mercado?

Para mí, una experiencia interesante es lo que se hace con la literatura de jóvenes adultos, que no me interesa mucho en contenidos ni en estilo, pero que ha logrado, desde Harry Potter para acá, hacer que haya una fracción de jóvenes que lean mucho. Puede que no sea la literatura más interesante, pero es leer, es un entrenamiento. Leer todos los tomos de Harry Potter es un montón.

Todavía hoy hay chicos que empiezan a leer con esto. Pero el apoyo que después requiere eso es difícil de dar. Desde el mercado es imposible, en las casas es difícil y desde el sistema educativo, en las condiciones en las que se está trabajando, es complicado.

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El reto entonces es entusiasmar a los chicos y luego a la gente más grande con programas de acceso a la lectura que tienen que darse desde las instituciones. Pero estas están desfinanciadas, porque la cultura en nuestros países cada día parece importar menos, y sobre todo si se le compara… En un país donde la gente tiene problemas de violencia, de acceso a la vivienda, a la alimentación, para mí una cosa no quita la otra.

¿Cómo combatir esa desigualdad en el acceso a la lectura?

Wilfred Owen era un poeta que iba a la trinchera en la Primera Guerra Mundial y escribía poesía. Lo mataron ahí. Entonces, no tengo una respuesta romántica, tengo una respuesta política: estas formas de lectura con las que yo empecé, por ejemplo, a pesar de que fuera popular, tenían que ver con una idea, sobre todo en ese momento en la Argentina, de que el libro fuera muy accesible y barato, que estuviera en lugares donde la gente no necesariamente fuera a buscar libros.

Después me enteré de que muchas de estas colecciones tenían subsidios estatales y entonces llegaban más baratos, y en programas de lectura que no eran enunciados como tal, pues a veces la gente es reactiva con eso y está bien.

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Entonces era un interés. El Estado ponía dinero en eso porque le interesaba que mi papá fuese y comprara el libro en el quiosco, porque mi papá no iba a ir a una librería o no tenía tiempo por el trabajo, pero cuando se bajaba del bus tenía un quiosco al lado.

Es todo bien completo, ¿no? Pero luego el entusiasmo viene solo, porque cuando te enamorás de la lectura, eso ya después, para mí, sale todo. El problema es cómo llegas.

Se necesita una ayuda muy determinada y este poder solo lo tiene el Estado, y no encuentro ni uno en América Latina que tenga un interés claro sobre esto. Hay una idea muy perniciosa de que la cultura no es necesaria, como que no es de primera necesidad, y yo creo que sí lo es.

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Por Sandra Pulido

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