Mientras Aguilar buscaba en los ojos perdidos de su esposa al menos un atisbo de cordura pensó: ¿a qué hora se perdió el sentido? Esta misma pregunta del protagonista de la novela de Laura Restrepo se la hizo Mauricio García Villegas. “Si somos hijos de la Ilustración, de su intento por crear un mundo ordenado a partir de principios de verdad y ética, ¿de dónde viene la irracionalidad del mundo actual, el auge de la mentira, el dislate y el menosprecio por la moral y las humanidades?”, escribió. Esta fue una de las preguntas que condujo la reflexión de su último libro: “Antes de perder el juicio: una apuesta por la razón en medio del delirio”, donde no solo trató de explicar qué había pasado con nuestra capacidad de raciocinio, sino que propuso un camino para recuperarla.
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El proyecto, según contó en una entrevista para El Espectador, nació hace más o menos cinco años, cuando después de una clase en la que iba a hablarles a sus estudiantes de la Ilustración —ese período de gran producción intelectual en Europa entre los siglos XVII y XIX, que dejó personajes como Descartes, Newton, Locke, Spinoza, entre otros— se dio cuenta de que muchos de ellos la culpaban de algunos de los grandes males del mundo. “Decían que ahí había nacido una ciencia instrumentalista y materialista que más tarde acabó con la naturaleza y generó un capitalismo sin alma. He querido, desde entonces, convencerlos de los méritos de la Ilustración, y este libro es un esfuerzo más para lograrlo”, contó el autor.
A pesar de que creía que había algo de verdad en las respuestas de sus alumnos, García Villegas estaba convencido de que la renuncia a los postulados de una era que apostaba por la razón como norte del desarrollo del pensamiento humano no podría más que conducirnos a un mundo en el que reinara el relativismo. Todo sería subjetivo, todo sería puesto a interpretación y perderíamos, eventualmente, la capacidad de llegar a un consenso como humanidad. Quedaríamos encerrados en nuestras propias cámaras de eco repitiéndonos una y otra vez las mismas ideas sin la posibilidad de que alguien viniese a cuestionarlas. Pero antes de perder el juicio, el autor quiso dejar este ensayo en defensa de la sensatez.
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Un regreso a la conversación
Para lograr este objetivo, García Villegas primero se aseguró de hacer una distinción entre Ilustración y Modernidad, dos conceptos que si bien están íntimamente ligados “por su aprecio por la racionalidad, el individuo, la libertad y la ciencia”, según explicó en su libro, representan en realidad dos visiones distintas. “La Ilustración fue un ideal de autonomía, de guiarse por lo racional, verdadero y adecuado. Lo dijo Kant en su famosa frase ‘Sapere aude’, ‘atrévete a pensar’. La modernidad, en cambio, fue un proyecto político, social y económico de las élites europeas del siglo XVIII, que, dicho sea de paso, fracasó en buena medida, al menos en la versión que se ha impuesto en el último siglo”, afirmó.
La distinción no es menor, porque mientras uno aboga por la posibilidad de cuestionar y analiza el mundo a través del diálogo, el otro es el responsable de un mundo cooptado por el consumo y la idea de un progreso económico infinito e incuestionable. En otras palabras, el retorno a la Ilustración que propuso en este libro era en realidad un retorno a la posibilidad de conversar con quien piensa diferente. García Villegas identificó un panorama guiado por las pasiones y la indignación, en buena medida alimentadas por las redes sociales, que había sido explotado por quienes usaron a su favor esta falta de raciocinio para imponer sus ideales, y su respuesta fue volver a un momento en el que las ideas se construían en conjunto.
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Según explicó, no se considera un apocalíptico de la tecnología ni de las redes sociales, pero sí cree que es en gran medida por este ecosistema digital que ahora vivimos guiados por la polarización y la violencia antes que por el entendimiento. “La tecnología digital está llena de ventajas, pero también tiene unos peligros enormes, tanto individuales como colectivos, porque estamos delegando todo a ella y ahora especialmente a la inteligencia artificial, que es peor aún”, dijo en la entrevista. El riesgo para él es que sin el esfuerzo que requiere el pensamiento, la mente se nos está convirtiendo en un vestigio, un accesorio inútil supeditado a la dopamina de los “likes”. “El cerebro es como el resto del cuerpo, si uno lo deja apoltronado en un sitio y nunca lo mueve, lo estropea. Por eso hay tantas estadísticas contemporáneas diciendo que las nuevas generaciones son menos inteligentes”, continuó.
Todos estos son elementos que han atrofiado nuestra comunicación en sociedad, han empobrecido el debate público y, por consiguiente, han convertido nuestras democracias en escenarios susceptibles de ser capturados por autócratas y demagogos, según argumentó en la entrevista y desarrolló en su libro. Por eso el retorno a los ideales de la Ilustración es tan importante para él, porque nos da herramientas para combatir a los charlatanes y demagogos que se aprovechan de nuestra debilidad cognitiva para imponerse. Su propuesta es “recuperar el ideal racionalista de los ilustrados, pero sin reproducir su visión ingenua de la razón, sin desconocer los múltiples peligros que enfrenta, lo vulnerable que es y el esfuerzo que hay que hacer para que ilumine la verdad”, escribió.
Su conclusión, si queremos superar este período oscuro, es volver a poner en sintonía la inteligencia y la sabiduría. “Vivimos en un mundo inteligente, pero muy poco sabio. Es decir, somos muy buenos para resolver los temas de la ciencia instrumental y somos muy torpes para resolver problemas sobre los valores que nos rigen, ¿cuál es la sociedad más justa en la que podríamos vivir, más armónica?, ¿cuál es el sistema mundial que nos podría llevar a la paz, que sea más amable y respetuoso con la naturaleza?... en fin. A esas preguntas fundamentales de la vida humana aún no les tenemos respuesta”, concluyó. Y, en ese sentido, su libro no se propone como una guía de verdades incontrovertibles. Aparece más bien como una invitación a un principio básico del contrato social, pero que se nos ha perdido en algún momento del camino: sentémonos a hablar sin matarnos.
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