El Magazín Cultural

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21 Feb 2022 - 10:45 p. m.

“Mi motor es la convicción de que el país puede ser mejor”: Juanita Goebertus

Las memorias son conversadas. Las historias, escritas en primera persona por Isa López Giraldo. En esta entrega, presentamos una entrevista con Juanita Goebertus, congresista de la Alianza Verde.

Isabel López Giraldo

Juanita Goebertus, abogada y politóloga, fue elegida representante a la Cámara por Bogotá en el 2018.
Juanita Goebertus, abogada y politóloga, fue elegida representante a la Cámara por Bogotá en el 2018.
Foto: Juan Camilo Díaz

Ante todo soy hija de mis padres, ambos profesores. Crecí en una familia que premiaba el mérito, el trabajo duro, la rigurosidad, y en ese sentido soy medio nerda. Pero también soy hiperactiva. Me gusta leer, ver buenas películas, la cocina, bailar especialmente salsa, pasar tiempo con mi pareja y con mis amigos quienes son mi familia extendida. Soy servidora pública de convicciones liberales: creo profundamente en la importancia de una economía fuerte, en que cada persona tiene que poder decidir sobre su cuerpo, sus ideas, el proyecto de vida que quiere tener.

Orígenes

Rama paterna

Mis bisabuelos fueron campesinos, colonos de Indonesia, colonia holandesa. Willem Henrik Goebertus, mi abuelo, nació en Surabaya. Hacia comienzos de la primera guerra mundial, poco antes de que invadieran los japoneses (estos se aliaron con los indonesios quienes vivían su proceso de guerra de independencia), se generó una situación muy grave para los holandeses colonos. Hubo campos de concentración japoneses en Indonesia, de hecho, dos tías abuelas murieron en ellos.

Mi abuelo, por fortuna, alcanzó a salir antes de que la guerra se agudizara. Fue él un hombre muy serio, trabajador, generoso. Los primos de mi papá contaban que la primera fresa que se comieron, el primer libro que pudieron leer viviendo en una Holanda muy deprimida por la posguerra, fueron gracias a mi abuelo. Terminó sus estudios en Amsterdam, Holanda, de donde era su familia. Comenzó a trabajar en la Compañía Real Holandesa de Vapores (KNSM) luego de postularse a una convocatoria en Panamá. Allá conoció a mi abuela.

Graciela Bejarano, mi abuela, fue una mujer caribeña, bailadora, dicharachera, el centro de la fiesta, nacida en Colón de una familia de origen cartagenero. Allá, en Zona del Canal, nació mi papá. Siempre me decía: “Es que tú, Juana, saliste de trapo rojo”. Pero ella era conservadora, goda, aferrada a sus tradiciones.

Willem Henrik Goebertus, mi papá, más conocido como Billy (dado que los holandeses tienen la maña de poner apodos para convertirlos en el nombre, así a mi papá todos lo conocen como Billy), es un hombre feliz que ante las mayores dificultades siempre está sonriente, porque es un optimista consagrado: piensa que, si no hay noticias, es porque son buenas noticias; también que al mal tiempo buena cara.

A mi abuelo lo transfirieron nuevamente, en esta ocasión a Buenaventura. Viajaron con mi papá de cinco años y permanecieron allí hasta que cumplió los siete. Allá mi papá se escapaba a comer cocadas en el puerto. De ahí en adelante fueron una familia nómada: los transfirieron a Cali, Aruba, y finalmente a Bogotá donde mi papá terminó su colegio. Una vez mi abuelo se pensionó, aunque quería quedarse en Colombia, mi abuela lo convenció de irse a vivir a California, Estados Unidos, para estar cerca de sus hermanas.

Para ese momento, mayo del 68, mi papá iniciaba ingeniería (aunque luego se pasó a arquitectura), vivía el hipismo, había empezado a trabajar, entonces quiso quedarse en Colombia. Se ganó una beca que le ayudó a complementar la plata que recibía de sus papás. Le fue especialmente valiosa para poder llevar a cabo su matrimonio, a escondidas y a sus dieciocho años con su primera esposa.

Después de pasar por una firma de arquitectos y la secretaría de planeación del Distrito, muy temprano en su vida montó, en compañía de un muy buen amigo, su propia firma. Así se independizó hasta el día de hoy. Mi papá tiene un espíritu libre. Algunos dirían que es llevado de su parecer y que yo he sacado eso de él, aunque procuro vencer esa terquedad.

Rama materna

La familia de mi mamá es de ancestro paisa y montañero, orgullosos de su sombrero aguadeño y su ruana sonsoñera. Mis bisabuelos vivieron entre Sonsón, Aguadas, Medellín, Amagá y Santo Domingo. Mi bisabuelo fue alcalde de Sopetrán, Santa Fé de Antioquia, Frontino Barbosa y Zaragoza.

Mi abuelo, Gilberto Estrada, nació en Medellín. Aunque no se graduó de la Universidad, fue un hombre muy disciplinado, metódico, lo que le ayudó a salir adelante en la vida. Ahorró hasta el último centavo para que todos sus hijos, incluidas mujeres, fueran a la universidad. La música, guitarra en mano, hizo parte siempre de todas las reuniones familiares.

Su familia se trasladó a Bogotá y allí entró a trabajar en Bavaria. Orgullosamente, contaba que hizo parte del grupo que viajó a los Estados Unidos para traer el primer computador que usó la empresa en su historia. Fue, entonces, uno de los primeros colombianos en traer tecnología al país a través de una empresa líder en sacar adelante estos procesos. Contaba de los cuartos enormes en los que tenían que guardar un solo computador.

Juan Mesa, mi bisabuelo y a quien debo mi nombre, fundó junto a su hermano Bernardo, Contegral, empresa que produce alimentos para animales. El espíritu emprendedor y de ser echados para delante de la familia Mesa, a hoy irriga nuestra cultura familiar.

Mi abuela, Lilián, Liliám, Lilia porque solían cambiarle el nombre en todo trámite (lo que le generó muchos conflictos notariales), finalmente se decidió por Liliám Mesa. Liliám nació en el Poblado, en Medellín. Fue la mayor de sus hermanos, ama de casa porque se consagró a la familia, maravillosa cocinera que se dedicó también a la costura: actividad que compartía con sus amigas y a la que ocasionalmente sus nietas la acompañábamos. Tuvo vena artística, entonces empezó a pintar y nos llevaba a su taller.

Acostumbrada a las comodidades de su familia, llegó a Bogotá y contaba con terror cómo, una vez casada, tuvo que pasar a usar una estufa de carbón. Mujer de su época, pero que, paradójicamente, cuando mi abuelo murió, lo que ocurrió bastante antes que ella porque lo sobrevivió veinte años, tuvo un renacer a una mujer más independiente. Se fue a vivir a una casa para adultos mayores donde fue la más chiquita, era la peladita que los ponía a jugar cartas. Recuerdo que me enseñó a jugar parqués y continental durante muchas sesiones.

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Ángela María Estrada Mesa

Mi mamá, Ángela María Estrada Mesa, la mayor de siete hermanos, nació en Bogotá. Hija de mayo del 68, por lo tanto fue una mujer feminista, revolucionaria, decidida, iba contra la corriente, liberada emocional, académica e intelectualmente. Pese a pertenecer a una familia de valores tradicionales quiso comerse vivo el mundo.

Había tenido un primer matrimonio. Salir de la casa materna implicaba casarse, de otra forma no iba a lograrlo, se hizo mamá cuando nació Lina María (Botero), mi hermana, y se separó tres años más tarde.

Hizo toda suerte de contrarrevoluciones, como decidir que en la casa no se comía nada que hiciera parte de la mesa tradicional antioqueña porque afirmó que quería rebelarse contra años de recibir la misma alimentación: cuando la visitaba y con entusiasmo le manifestaba que quería algo tradicional, le parecía atroz porque le mandaba al traste la revolución que había montado. Con los años empezó a extrañar el bocadillo, y el jugo de guayaba que rechazó por años. Retomó poco a poco sus tradiciones.

Psicóloga, maestra, doctora, hizo a pulso su carrera académica. Profesora de muy alto nivel con investigaciones que fueron publicadas y reconocidas, se concentró en temas de género, de violencia intrafamiliar, pero también de conflicto armado en momentos en que el traslape entre psicología y conflicto armado no era muy conocido. Su tesis doctoral la hizo en temas de identidad de género.

Fue pionera en atención psicosocial a personas víctimas del conflicto, tanto a familias de secuestrados, como a estos luego de su liberación, porque estudió la manera como se recomponían estos vínculos familiares. También trabajó con niños excombatientes desvinculados en temas de salud mental.

Conformó un grupo muy valioso de estudiantes. En la medida en que comenzó a construir una vida contra corriente, su círculo de amigos fueron sus estudiantes, cohortes que estuvieron con ella en distintos momentos.

Casa materna

Mis papás se conocieron bailando salsa, siendo gocetas, con esa vibra hipposa alternativa bogotana. Se casaron a comienzos de los ochenta. Tres años más tarde llegué al núcleo que habían conformado con mi hermana. Tomaron la decisión, que es central a mi historia, de vivir en una casa en La Calera, a las afueras de Bogotá.

Infancia

Mi primer día de mi vida lo pasé en esta casa, lugar donde mis papás construyeron su mundo, un espacio al que le fueron dando vida y en el que tuvimos un compartir en familia muy bonito.

Crecí entre pinos, vivía trepada en ellos. Recuerdo cuando mi abuelo holandés vino a visitarnos y dijo: “Esta niña parece un niño encaramada en los árboles”. Vivía feliz untada de la cera de los pinos, embarrada de pies a cabeza. También crecí compartiendo con muchos perros, tuvimos siete, de raza Gran danés, que vivían afuera, porque eran de finca. Durante mucho tiempo creí que montar encima de un gran danés, era montar a caballo.

La mía fue una familia corazón de la familia materna. A nuestra casa llegaban todos, porque mi mamá hacía las navidades para los abuelos y para sus hermanos y sobrinos en una época en que no había conciencia del peligro y los daños colaterales que causa la pólvora.

Mis papás por ese método científico propio de profesores, si se quiere, fueron de ponerme a descubrir cosas. Alentaron toda la creatividad y la hiperactividad, así tuvimos talleres de arte, clases de natación, equitación y más.

Recuerdo que mi mamá me compró un libro, para niños, de avistamiento de aves. Yo llegaba feliz porque había visto otra mirla, cuando no conocía la gravedad que con su invasión generan. También, alguna vez me compró un balde con lupa para que recogiera y observara bichos. Como cumplo años el 20 de diciembre, mi mamá sin falta hacía un guion de una obra de teatro para que la montáramos con mis amigos.

Mi papá me insistía en que no siguiera las instrucciones del Lego, sino que armara algo por fuera de la caja. Me regaló el capsela para armar circuitos, de química para pintar con limón, quemar y así ver una carta. Mi papá me ayudó a hacer una cámara cortando papel por hileras, me ponía a pintar las fotos que supuestamente íbamos a tomar y metía palitos para que fuera corriendo el rollo.

Fue una familia de hacer, creativa, que incentivó el que buscáramos y nos emocionáramos con nuevas cosas.

Colegio Los Nogales

Inicié en el colegio Rochester, dado que ahí estudiaban mis primos, pero en los últimos años de primaria las cosas se tornaron difíciles para mí. Como fui la primera del curso, hacía todas las tareas, acababa el libro de matemáticas a mitad de año, no solo los profesores no estaban seguros de qué hacer conmigo, sino que los compañeros iniciaron un matoneo que generó conflictos.

Este fue un proceso muy duro para mí que terminó en primero de bachillerato cuando unas compañeras tacharon mi anuario diciendo que me iban “a chuzar”. Mis papás hablaron con el director de disciplina quien les dijo que si él echaba a las estudiantes, dada la gravedad de los hechos, ellas iban a terminar en unas circunstancias muy lamentables, validando, seguramente. Recomendó que fuera yo quien se retirara del colegio y garantizó que con el cambio me iría muy bien.

En ese momento sentí que era lo más injusto que me había pasado en la vida, no entendí, ¡cómo era posible que sin haber hecho nada malo tuviera que irme! Pero hoy lo agradezco. Curiosamente, el año pasado, una de las compañeras implicadas en el tema y con quien nunca había vuelto a tener comunicación desde hace veinticinco años, me escribió pidiendo perdón por no haber sido consciente en su momento de los alcances de sus actos.

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Inició entonces un proceso para nosotros como familia. Mis papás revisaron con suficiencia la decisión de un nuevo colegio para mí. Comenzamos un proceso juntos, cada uno aportó su parte. Mi mamá hacía ejercicio con una señora que le recomendó los Nogales, mi papá tenía buenas referencias de él, entonces consideraron que debía ser este mi nuevo colegio.

El caso es que reprobé el examen de admisión. Al tratarse de un colegio que iba mucho más adelante, era más avanzado. Luisa Pizano, su rectora en esa época me dijo: “No pasaste el examen, pero, por la manera en que aplicas el método para dar tus respuestas, creo que puedes llegar”. Luisa fue quien me salvó y se convirtió en una gran mentora para mí.

En los Nogales pude reafirmar las consecuencias positivas del trabajo duro que diluyeron el mensaje de que quien más estudia merece castigo y le irá mal. Mis amigos de la vida son los de este colegio.

Estudiando aquí conocí el país gracias a su política de hacer caminatas recorriendo lugares claves de Colombia, para que entendiéramos su biodiversidad, siendo conscientes y responsabilizándonos de que cada cosa que lleváramos debía regresar con nosotros, de no tirar la basura, de no dañar el lugar. Los recorridos los hicimos con espíritu de scout, de lo que significa estar juntos caminando un sitio distinto en el que es importante escuchar los sonidos, estar alerta, conectarse con el entorno. Así conocí el Amazonas, la Sierra Nevada de Santa Marta y particularmente Ciudad Perdida, fuimos a nevados, a la Tatacoa, a San Agustín.

Los tres últimos años de colegio fueron muy difíciles. Como el sector de la construcción quebró en 1998, mi papá se vio gravemente afectado. Esta crisis nos llevó a perder la casa, su oficina pasó de emplear sesenta personas a unipersonal. Por fortuna el colegio me becó, pues en un momento dado revisaron la posibilidad de irme a vivir con el único hermano de mi papá que había nacido en los Estados Unidos y se había quedado a vivir allá.

En este proceso mis papás finalmente se divorciaron. Yo, por ecuanimidad, decidí que pasaría una semana con el uno y la siguiente con el otro.

Universidad de los Andes

No fue fácil para mí decidir qué quería estudiar porque me gustaban todas las clases y en todas me iba bien.

Como he sido argumentadora, vehemente según mi papá, genero un caso y lo llevo hasta el final, esta idea me hizo pensar que probablemente estudiar Derecho sería el camino. Por otro lado, el colegio tenía y aún hoy tiene un énfasis muy grande en la importancia del compromiso con el país, cada uno de nosotros, sus estudiantes, debía reconocer la responsabilidad que genera el que hubiéramos nacido en lugares de privilegio, entonces debíamos hacer mucho más por Colombia.

Consideré entonces estudiar Ciencia Política. Me interesé por estudiar la forma como se organiza el Estado, y la forma como hacemos de la nuestra una mejor sociedad. Esto me llevó a matricularme desde primer semestre en el doble programa, Derecho y Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Pude postularme a una beca al ser mis papás profesores en la Universidad. En ese momento no me imaginaba una vida política como la que hoy tengo.

Gocé mi paso por la Universidad, disfruté las clases. Hice nuevos amigos, con intereses comunes, y que conservo.

En el momento de la carrera en que Derecho deja de ser sobre Constitucional y Derecho Comparado, de las que fui monitora, y Teoría del Estado, y pasa de manera radical a ser sobre Derecho Privado, Contratos, Títulos Valores y Comercial, me empecé a refugiar en la Ciencia Política.

Me pareció que Ciencia Política me llevaba a discusiones que me interesaban, como las del día a día político del país. Uribe estaba recién elegido, entonces todas las conversaciones giraban en torno a si sus políticas eran o no adecuadas. Discutimos sobre los primeros estados de emergencia y los decretos de la Comuna 13 en Medellín. Sostuvimos conversaciones de gran actualidad, planteábamos lo que nuestra realidad significaba en cuanto a derechos fundamentales.

Hice parte de la protesta cuando Uribe visitó la Universidad: “Uribe, paraco, el pueblo está verraco”. Participé de foros un poco más teóricos, como el de Teoría Jurídica, en el que armábamos toda suerte de disquisiciones a la clínica de Derecho de Interés Público cuando recién se lanzó haciendo la primera acción de inconstitucionalidad para que se reconocieran derechos de parejas del mismo sexo, que evoluciona con varias sentencias. El primero de los casos fue la clínica y recién creada que hizo la demanda. Construimos perfiles de los magistrados en temas de realismo jurídico: reconociéndolos como seres humanos que no fallaban solamente en derecho, sino llevados en parte por sus convicciones político ideológicas.

Fue una época muy bonita durante la cual disfruté del inmenso privilegio de parchar con mi mamá en su oficina después de clases y de tomarme un café con mi papá terminado algún taller.

La Universidad me abrió muchas oportunidades. Una de las más importantes fue la de asistir en dos ocasiones al foro de Deauville, Francia, equivalente al de Davos, Suiza, pero para mujeres. Allá hice parte del grupo de mujeres jóvenes estudiantes y empecé a entender el significado de tener roles que generaran una relación de mentorazgo y que ayudaran, a partir de la experiencia, a evaluar los retos que como mujeres enfrentamos en un mundo laboral de alto nivel, también la manera de sortear estos caminos. Esto me abrió los ojos a lo que significa ser mujer profesional en esos escenarios.

El segundo fue una convocatoria de Ciencia Política de la Fundación Ideas para la Paz que estaba buscando pasantes que hicieran seguimiento a hechos de violencia en el conflicto. Me postulé, me vinculé y se me abrió todo mi camino profesional.

Terminé primero Derecho y luego Ciencia Política. Cuando ya había terminado la primera, me fue muy exigente terminar la segunda, pues ya estaba trabajando. Una gran amiga de la Universidad me animó a terminarla. Así lo hice.

Work and travel USA

Para mi segundo año en la Universidad me postulé junto a mi novio de la época a un proyecto del Gobierno de los Estados Unidos, Work and travel USA, que otorgaba visas a estudiantes de distintos países para trabajar. Hice este programa durante dos años seguidos.

En 2003 viví y trabajé en Minnesota en un tráiler haciendo algodón de azúcar y fritando queso para vender de feria en feria, de pueblo en pueblo. En 2004 tomé fotos a la entrada de un parque de diversiones en California, por las que me pagaban comisión de acuerdo al número de fotos vendidas.

Europa

Como quería viajar por primera vez a conocer Europa, ahorramos lo producido en estos trabajos para poder hacerlo y en el 2005 viajamos como mochileros.

En medio del viaje recibí la postulación de Ideas para la Paz, manifesté mi interés, pero les dije que desafortunadamente aún me demoraba dos meses en regresar. Una vez en el país corrí con la inmensa suerte de que aún no habían conseguido a otra persona.

Fundación Ideas para la Paz

Comencé a trabajar como pasante en la Fundación cuando Sergio Jaramillo era su director ejecutivo. Mi responsabilidad inicial fue la de registrar hechos del conflicto, experiencia que me abrió los ojos, porque si bien era consciente, por los debates en la universidad de que vivíamos en un país en conflicto, nada me marcó tanto.

Este trabajo fue un golpe de realidad, pues consistía en llenar una base de datos de Excel en la que registraba el día a día del número de asesinatos y desplazamientos cometidos por las FARC, por el ELN, por los paramilitares y por agentes del Estado. Este proceso me permitió entender la gravedad y el tipo de vida que tenía gran parte de esa Colombia distinta a las ciudades y a la de la Bogotá en que yo vivía.

El director ejecutivo no contaba con un abogado que trabajara en la Fundación, y yo todavía no me había graduado. Como habían empezado a hacer estudios sobre el proceso de justicia y paz, el proceso de justicia transicional al que se sometieron los paramilitares desmovilizados, entonces Sergio me pidió que le ayudara a revisar, desde el punto de vista jurídico, unos textos que estaban escribiendo.

Así comenzó mi relación de mentorazgo con él. Estos temas me apasionaron, son en los que más he trabajado y los que más me interesa seguir desarrollando.

Viceministro de Defensa

Juan Manuel Santos nombró a Sergio Jaramillo viceministro de Defensa. Entonces Sergio me invitó a trabajar con él en el Ministerio. Para mí era una consideración muy seria porque yo quería ser gobierno, para ese momento ya había decidido que lo que me interesaba era el sector público, pero en las calles gritaba arengas contra Uribe. Era impensable hacerlo, había escrito columnas de opinión sobre las torturas en el Ejército. Nada me parecía más alejado de lo que quería, pero acepté.

Para mi mamá fue muy duro porque le hicieron estudio de seguridad. Me dijo: ¡Nunca un militar había pisado mi casa!”. Pero para mí fue un aprendizaje inmenso. Tomé la decisión al saber que trabajaría bajo la mentoría de Sergio. Estuve tres años en el cargo trabajando con él en temas de derechos humanos y derecho internacional humanitario.

Una de las mejores experiencias de mi vida fue pararme en los zapatos del otro, entender su mundo, sus complejidades, no para justificarlos o dejar de reprochar actos muy graves, sino para reconocer su valor por el rol que estaban cumpliendo, aunque con otro punto de vista.

Sacamos adelante la primera política de derechos humanos, el primer manual de derechos humanos, las primeras reglas de enfrentamiento. Fue un ejercicio muy reformista desde el sector y para mí absolutamente apasionante.

Aún hoy les digo a mis colegas que tenía mil veces más poder siendo una mini asesora del Ministerio de Defensa que el que tengo hoy como congresista. Esto es así por la capacidad real de transformar y de tomar decisiones que tenían un impacto muy serio, insisto, bajo el liderazgo de Sergio.

Nunca renuncié a mis principios; lo que hice fue contribuir con las transformaciones desde adentro. De lo más significativo, de nuevo, bajo el liderazgo de Sergio Jaramillo y en su momento del presidente Santos que para ese momento era ministro, fue que se tomaron unas decisiones durísimas en función de cambiar la manera en que se evaluaban los resultados operacionales. En el 2007 se registró el pico más alto de falsos positivos en el país, que fue cuando se empezaron a tomar las decisiones de cambio en la manera de medir los resultados operacionales para privilegiar las capturas y los procesos de desmovilización sobre las bajas en combate. Cuando uno mira la curva, a partir de ese año empezó a caer el fenómeno. Era realmente necesario tomar medidas internas que salvaran vidas.

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En paralelo, cuando terminaba Ciencia Política y trabajando en el Ministerio, hablé con Ingrid Bolívar, profesora a quien recuerdo con cariño y que dictaba Estado y emociones, clase muy interesante de sociología, que me estaba costando muchísimo porque debía al mismo tiempo cumplir con funciones en mi trabajo. Como Ingrid hacía etnografía, me propuso que hiciera una de mi trabajo en el Ministerio de Defensa. Este fue un proceso muy bonito, documenté con diarios de campo lo que significaba enfrentarme a una cultura distinta, indicando lo que significaba ser la única en el salón, siempre la más joven e ir a contracorriente en temas de derechos humanos.

Hasta ese momento de mi vida había estado en contra del gobierno, en contra de lo que estaba pasando, era una joven activista que denunciaba. El cambio cultural se dio al entrar a ser parte de la Institución que yo criticaba para tratar de transformarla desde adentro en medio del machismo, con visiones en extremo conservadoras y dogmáticas.

Ingrid para mí es otro ángel que me salvó y quien me ayudó a superar esa fase tan difícil de choque cultural que estaba teniendo, como lo fue para poderme graduar de Ciencia Política.

Harvard University

En el último año, en el Ministerio me postulé a una beca Fulbright en varias universidades con el fin de hacer una maestría en Derecho en los Estados Unidos. Como fui admitida en la Universidad de Harvard, viajé por un año apoyada también en crédito del ICETEX y sumando monedas de aquí y de allá.

Me concentré en temas de derecho constitucional y construcción de Estado. Una de las clases que más disfruté fue la de reforma a la justicia en la que hicimos trabajo de campo en Kenia. El trabajo consistió en cómo las organizaciones de sociedad civil no tenían incentivos para fortalecer la justicia local porque lo que daba réditos y visibilidad era llevar los casos a la justicia internacional ante la Corte Penal Internacional. Sobre esto y sobre cómo podría ser aplicable a Colombia escribí un artículo que publicamos.

La maestría fue una experiencia extrema, muy intensa, de altísimas exigencias, de darlo todo. Sufrí haciendo calendarios diarios para no perderme ninguna de las charlas que ofrecía la Universidad. Para cumplir con las entregas, en un momento dado me tocó llenar mi cuarto de papeles indicando el número de páginas diarias que debía escribir antes de dormir, de otra forma no lo hubiera logrado.

Quizás una de las experiencias más interesantes de ese año tiene que ver con que Uribe ya había tramitado la reforma para la segunda reelección. En octubre de 2009 asistió al Forum de Harvard, uno muy importante al que están invitados presidentes de diferentes países. Yo hacía parte de la organización de estudiantes colombianos en la que iniciamos un diálogo dirigido a lo que deberíamos hacer con su visita. Por supuesto, estábamos divididos, porque algunos querían hacer una protesta, como en efecto ocurrió, pero otros empezamos a liderar la idea de que lo que debíamos hacer, como estudiantes colombianos en Harvard, era decirle por qué creíamos que era un grave error reelegirse por segunda vez.

De alguna manera en el Ministerio había tendido puentes con gente que piensa distinto, con los militares, pero el momento más claro de tener que negociar algo fue la carta, de una sola página, revisada palabra por palabra, dirigida al presidente en la que unos querían decirle “Paraco, dos puntos”, mientras que otros querían decirle “Señor presidente, gracias por salvar el país, dos puntos”, para tener un texto que todos pudiéramos firmar y que nos permitiera decirle, independiente de nuestras distintísimas visiones sobre el legado de su gobierno, “Nos parece un error que usted reforme la Constitución para perpetuarse en el poder”.

Logramos negociar ese texto, y la gran mayoría de los estudiantes colombianos lo firmaron. Negociamos con la Embajada que el presidente tuviera una sesión con nosotros para la que nos concedieron quince minutos y fui elegida entre mis compañeros para exponerle la carta. El presidente se quedó dos horas queriendo convencernos de que nadie lo podía suceder y que él era el único que podía gobernar este país, por nuestra parte le decíamos que estaba llevando a Colombia por un camino de autoritarismo. Fue una experiencia muy enriquecedora.

Empecé a considerar adelantar un doctorado, pero decidí no postularme porque me hacía mucha falta sentir que estaba aportando a la transformación del país.

Presidencia de Juan Manuel Santos Calderón

Llegué en agosto de 2010 a Bogotá cuando Juan Manuel Santos había ganado la Presidencia. Aunque había votado por Mockus, cuando Sergio Jaramillo fue nombrado Alto asesor de Seguridad Nacional encargado de las funciones del Alto comisionado para la paz, en septiembre me invitó a trabajar con él, no dudé en aceptar. Allí trabajé de octubre de 2010 a agosto de 2016.

Los primeros dos años fui asesora del Alto asesor y los siguientes cuatro asesora y luego coordinadora de justicia transicional de la oficina del Alto comisionado cuando fue nombrado en el cargo Sergio Jaramillo.

Los dos primeros años nos concentramos en la reestructuración de Presidencia. Fue un tiempo para mí de mucho aprendizaje, de entender los procesos por dentro. Me dediqué al tema de la reforma a la inteligencia cuando se habían dado las denuncias de las chuzadas, entonces se liquidó el DAS, se reestructuró y se creó la Dirección Nacional de Inteligencia. Sacamos la Ley de Inteligencia para regular qué actividades de inteligencia se podían hacer, cuáles no, y con qué reglas, para evitar que hubiera chuzadas ilegales y seguimientos arbitrarios. Parte de lo que ha pasado hoy es que no la aplican. Si de leyes se tratara, estas son muy claras.

Iniciamos un proceso dentro del Consejo de Seguridad Nacional para hacer reformas sobre lo que significa luchar contra el crimen organizado. Ya habían quedado las bandas criminales producto de la desmovilización con los paramilitares, entonces hice trabajo de campo en Córdoba, hablé con fiscales, investigadores de policía judicial.

Una de las experiencias más enriquecedoras fue entender las falencias de la administración de justicia local y lo que eso significa para que un ciudadano que estaba siendo extorsionado y amenazado, no tuviera ninguna respuesta por parte del Estado. También dediqué tiempo a entender la violencia que luego se genera como resultado de eso.

Mi mayor bebé, durante estos dos años, fue haber sacado adelante una reforma constitucional, el Marco jurídico para la paz, que le dio piso al proceso de paz. A finales de 2010, cuando inició el gobierno, tuvimos una reunión con Sergio y el presidente. Santos dijo: “Quiero tener claro el panorama jurídico, para estar listo en caso de que eventualmente haga un acuerdo de paz con las FARC. Necesito tener mapeado qué se puede y qué no”.

Iniciamos un proceso interno que implicó leer todo lo que había, fue magnífico porque no era una tarea contra reloj, sino que básicamente nos tomó un año entero el revisar todas las alternativas, verificar lo que había ocurrido en el resto del mundo, leer toda la jurisprudencia, lo que había dicho la Corte Suprema en todos los casos de los paras, uno a uno, y poderlo mapear, pero también lo que había dicho la Corte Constitucional, lo que sí se podía y lo que no. Esto con todo el nivel de detalle.

Abro un paréntesis para decir que lo que más falta me ha hecho, lo que más extraño, ahora que soy congresista, es la posibilidad de meterme en los temas a profundidad. Ser congresista es como nadar en una piscina gigante, pero pandita. Extraño el tener la posibilidad de profundizar.

Debía llevar siete u ocho meses de investigación cuando a la salida de Presidencia le dije a Sergio: “Después de estudiar todo esto, creo que tendremos que hacer una reforma a la Constitución”.

Inició el proceso de crear ese espacio que permitiera concentrar un sistema de justicia transicional para no perseguirlos penalmente a todos, lo que hubiera hecho inviable el proceso, sino que nos permitiera concentrarnos en los máximos responsables de los crímenes más graves y representativos, para incluir esto dentro de un sistema que nos permitiera avanzar en Presidencia.

Este fue mi primer proceso cercano con el Congreso. Habíamos escrito el texto y la justificación y lo que seguía era hacerle seguimiento en el recinto ante los congresistas.

Una reforma de estas tiene ocho debates, los segundos cuatro los dimos entre marzo y junio de 2012. Para ese momento, recuerdo, tenía tal nivel de estrés, porque, además, ya estaba adelantándose la fase exploratoria del proceso de La Habana de la que muy pocas personas teníamos información, contadas con la mano realmente, y Sergio no podía estar en Colombia en muchas ocasiones. Entonces asumí una responsabilidad mucho mayor, me obligó a hablar de manera permanente con congresistas, quienes reclamaban la presencia del consejero.

Fue muy satisfactorio, pero contra la corriente, fue un logro gigante:. me concentré en sacar adelante una reforma, me dediqué al hacer hasta alcanzar el logro.

Cuando inició la fase pública del proceso de paz, Sergio ya no solo estaba encargado de las funciones del Alto comisionado, sino que dejó de ser asesor de seguridad nacional para asumir en propiedad. Así fue como todos nosotros, los de su equipo, pasamos a ser parte de su oficina.

Comenzaron cuatro años maravillosos. Mi principal trabajo de 2012 a 2014, ya como coordinadora de un grupo de justicia transicional, fue la de elaborar la propuesta que el gobierno iba a llevar a la mesa de conversaciones con las FARC en temas de víctimas y de justicia transicional. Se trató de bajar, del marco jurídico para la paz y lo que habíamos creado como alternativa, propuestas de negociación y ponerlas sobre la mesa.

Fue muy interesante documentar todo lo que las FARC había dicho desde su creación hasta esa fecha en los temas de justicia, amnistía, verdad, víctimas. Entender qué podíamos ofrecer habiendo estudiado el panorama nacional e internacional, para revisar así las alternativas creativas que podíamos presentar. Pensar ideas por fuera de la caja. Conservo copia del documento en el que dijimos por primera vez: “Hay que crear un tribunal especial”, que es hoy la JEP.

Asistí una vez a la fase exploratoria como apoyo, pero comencé a viajar a partir de junio de 2014 cuando inició la negociación del punto de víctimas que duró hasta diciembre de 2015. Mi mamá decía que atravesé un período de negación cuando no aceptaba que ella afirmara que yo vivía en La Habana y no en Bogotá.

Pasábamos once días en La Habana, tres de sesión en la mesa desde las ocho de la mañana hasta el medio día, por la tarde trabajábamos internamente con Sergio, todos los asistentes temáticos preparábamos lo que le íbamos a entregar a los plenipotenciarios con quienes nos reuníamos en la noche. Así se repetía cada tres días, sin importar qué día de la semana fuera. El cuarto teníamos la mañana libre con reunión en la tarde a fin de preparar la siguiente sesión. Fueron jornadas muy intensas.

Alguna vez un experto escocés en justicia transicional me presentó en un evento diciendo: “Juanita ya tuvo el mejor trabajo de su vida”. Realmente fue algo muy importante, duro e intenso, pues era mucho lo que estaba en juego, y me sentí muy privilegiada de estar en ese lugar.

Sergio es un maravilloso mentor, intensísimo, rigurosísimo, llevado al detalle. Por lo mismo había que leer, preparar, escribir, hacer propuestas, estar realmente al día y anticiparse. Curiosamente, alguna vez, también presentándome a alguien, dijo: “Juanita es sobre todo hiperactiva”.

Estuve ahí hasta que cerramos el punto de víctimas, que tuvo un momento muy particular de vida. El penúltimo ciclo, antes de cerrarlo, llegué a Bogotá y mi mamá me dijo: “Te tengo una mala noticia”. Acababa de recibir el diagnóstico de un tumor en el colon, etapa cuatro, muy avanzado. Debía entrar a cirugía directo. Dado este hecho, no inicié el último ciclo de cierre de año y medio, y me quedé a acompañar a mi mamá quien casi se muere cuando se le rompió la vena cava, por lo mismo casi se desangra. Le retiraron el tumor que tenía el tamaño de una naranja, lo que le permitió cuatro años de vida que se gozó, en los que hizo todo cuanto fue necesario para que se pudiera ir tranquila. Emocionalmente fue muy duro, físicamente también pues se sometió a cuatro años de quimioterapias. Nos enfrentamos a una enfermedad muy difícil.

Cuando se estabilizó después de la cirugía, viajé a La habana al cierre. Luego me devolví a Bogotá para permanecer seis meses más en la oficina del Alto comisionado. Empecé a considerar un cambio pues llevaba once años trabajando con Sergio Jaramillo, mi mentor, en quien creo y en quien pienso cada vez que voy a tomar una decisión difícil preguntándome qué haría él en mi situación. Pero era mi momento para empezar a construir mi propio proyecto de vida profesional y no bajo el ala suya.

Tomé la decisión de renunciar en agosto de 2016 cuando ya habíamos firmado el acuerdo final, todavía no era el plebiscito que se dio en octubre.

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Instituto para Transiciones Integrales

El Instituto para transiciones integrales, centro de pensamiento basado en Barcelona y creado por Mark Freeman, canadiense que había trabajado como asesor externo de la negociación, estaba abriendo su oficina en Colombia, entonces asumí esta responsabilidad.

Se trataba de compartir lecciones aprendidas del proceso de paz colombiano en otros procesos de negociación; que ese conocimiento que se forjó durante la negociación no se perdiera durante la fase de los quince años de implementación.

Creamos el fondo de capital humano para la transición en Colombia, red que sigue activa y de la que hacemos parte quienes fuimos asesores técnicos en la negociación de La Habana. Nos reunimos una vez al mes, sin falta.

Cuando no se dio el plebiscito nos reunimos para sacar documentos de recomendaciones sobre cómo superar la crisis, de cómo buscar cosas que se pudieran modificar para que el acuerdo y la renegociación funcionaran. También asesoramos a El Salvador, Gambia, Sri Lanka, Ucrania, Venezuela. Fue un año en el que viajé alrededor del mundo, visité diecisiete países exponiendo lo que habíamos hecho en Colombia, las lecciones que podrían serles útiles en sus procesos. Aprendí mucho de otros contextos.

Mark también ha sido un gran mentor que me ayudó a pesar más allá de Colombia.

Participación en política

Me encontraba en Sri Lanka trabajando cuando recibí una llamada de Angélica Lozano para manifestarme que quería que fuera su fórmula a la Cámara. Me tomó por sorpresa, por supuesto, pero yo regresaba a Colombia dos semanas más tarde, entonces le agradecí y le pedí tiempo para pensarlo. Me dijo que tenía una semana par decidir. Era noviembre de 2017.

Resulta que me había encontrado con Claudia López cuando adelantaba su doctorado en Chicago y su vuelo hizo escala en el aeropuerto de El Salvador.

Hablamos durante el vuelo, le comenté que estaba decidiendo sobre mi futuro, que me encontraba en una fase de transición, que no sabía si lanzarme a ser magistrada de la JEP, a la que me postulé, pero no quedé, o si lanzarme a la política. Claudia me dijo que no se me fuera a ocurrir hacer política, que el Congreso era muy frustrante. A raíz de esa conversación, cuando Angélica y Claudia estaban pensando en personas, Claudia le mencionó lo que habíamos hablado. A Claudia la había conocido como senadora cuando yo era asesora del gobierno Santos durante del proceso de paz.

Hice mi gran matriz de pros y contras. Mientras yo dormía, por la diferencia horaria, Andrés, mi pareja, preparaba otra tabla de riesgos, ventajas, costos y demás. Así tomé la decisión de que valía la pena, aunque todo se mostraba dificilísimo. Recuerdo que le escribí a Sergio quien me dijo: “Pues, hágale, pero no se vaya a quemar”.

Como había ganado el no, y las posibilidades de que el Centro Democrático ganara la Presidencia eran altas, la idea de defender la paz desde el Congreso me animó a decidirme. Sentía la obligación de hacerlo y, teniendo la posibilidad, no podía dejar el espacio para que otro lo ocupara. Después de consultar a mis mentores decidí lanzarme a esta locura de la política.

Congreso de la República

Este ha sido un proceso muy interesante de aprendizaje. Una excongresista me había dicho que no iba a encontrar nunca una mejor maestría en política pública. ¡Cuánta razón! Porque este es un proceso en el cual uno tiene que navegar el mismo día en distintos temas: pasamos de discutir en la mañana sobre la cadena perpetua, al medio día sobre la regulación de piscinas, en la noche sobre infraestructura vial, al día siguiente sobre presupuesto. El Congreso da visión, presenta un panorama mucho más amplio de país que es muy interesante tener.

Desde el comienzo me fijé en la manera como habían estructurado sus equipos de trabajo las distintas personas que habían hecho un buen ejercicio político sus unidades de trabajo legislativo. Le di la mayor prioridad a tener un buen equipo para lo que abrimos un proceso de convocatorias. Hoy somos nueve las personas vinculadas al trabajo legislativo, cinco más están al servicio de la comisión de paz gracias al apoyo de cooperación internacional. Todas ellas muy profesionales, generosas y maravillosas, gente híper rigurosa que le mete toda el alma y todo el corazón, lo que me permite abordar temas en los que no soy experta.

Montamos una junta asesora externa, académicos de muy alto nivel que nunca se vendrían a trabajar al Congreso en este momento de sus carreras, pero que han estado estos tres años y medio asesorándome desde afuera, siempre disponibles cuando he necesitado y brindándome una visión más panorámica.

Diseñamos una estrategia de transparencia. Lina Guerra, mi coordinadora de prensa, hizo su doctorado a lo largo de este proceso en transparencia política, en cómo recuperar la confianza con transparencia, y dice que soy su conejillo de indias. Publicamos todo: agenda, declaraciones, registros de regalos, quién me regaló qué y si lo recibí o se lo devolví, quién financió cada viaje. Publicamos toda suerte de cosas más allá de lo obligatorio o de ley.

El eje del trabajo ha sido construcción de paz. La experiencia más significativa de estos casi cuatro años, fue haber tenido el privilegio de hacer la primera réplica a Duque en el marco del estatuto de oposición. Cuando objetaron la ley de la JEP, la gente me empezó a conocer, porque estuve en el lugar correcto en el momento correcto.

Yo había contribuido a estructurar durante seis años ese sistema de justicia transicional que Duque estaba objetando y me había hecho elegir gracias al apoyo de Claudia y de Angélica para defender la paz.

Nos dispusimos en equipo a revisar punto por punto desde el viernes. El sábado en la mañana ya teníamos una tabla que empezamos a distribuir entre congresistas llamando la atención en lo que se podía refutar. Más tarde Angélica me dijo que yo debería hacer la réplica y como segunda vicepresidenta del Congreso empezó a hacer la solicitud de la réplica para la oposición en general, empezó a moverse en el chat de oposición que creían que lo debería hacer yo, dado mi conocimiento del tema.

No sabía si la iban a autorizar, pero comencé a escribir un texto lo que me consumió todo el lunes desde un café cerca de mi casa pensando en que sin importar quién hiciera la réplica, allí estuvieran todas las ideas claves. El martes llegué en la tarde a la oficina después de atender una reunión y me confirmaron que la haría. A las tres de la tarde un aviso nos informó que teníamos hasta las siete de la noche para enviar el video. Sin el trabajo adelantado no habría sido posible presentarla.

Enviaron cámaras desde el partido. Quien hoy es miembro de mi equipo, en ese momento voluntario, bajó un programa de telepronter en el computador y sostuvo el portátil al frente para que yo pudiera leer. Luego de una pre producción en tiempo récord, finalmente hicimos la réplica. Ahí sentí que había valido la pena estar en el Congreso.

Ejercí la primera réplica después de veinticinco años de la Constitución que había prometido el Estatuto de Oposición. Por fin se estaba dando, en cabeza de una mujer, joven. Fue algo muy simbólico que le indicó al gobierno que este sería un Congreso que no le iba a aceptar sus ataques a la paz. Más adelante fui nombrada ponente de las objeciones, recibimos el apoyo de los partidos independientes y derrotamos a Duque en el Congreso a los dos meses, cuando se dio la votación.

También ha sido muy significativo el proyecto que montamos, Del Capitolio al Territorio. Hemos hecho veintinueve visitas a los territorios más afectados por la guerra y por la pobreza. En todos ha sido un ejercicio de ir con personas que están en desacuerdo frente al acuerdo de paz: vamos con gente del Centro Democrático, conservadores, en conjunto con miembros del partido Comunes. Nos reunimos con excombatientes, víctimas, campesinos que hacen parte de los Programas de desarrollo con enfoque territorial – PDET, con ex cocaleros que están en procesos de sustitución, con sector privado, con fuerza pública. Visitas de dos días, cada una de ellas, para sumergirnos en la realidad de cada uno de estos territorios y entender lo que está pasando y cómo avanza la implementación.

Para mí estas visitas me han permitido conectarme con la gente por la cual vale la pena estar en el Congreso. Cuando uno está cansado de ver que pasan las horas en las que votan impedimentos o que transcurren en debates infructuosos, realizar estas visitas, los jueves y viernes, llena de motivos para trabajar por esos territorios y esas comunidades. Emocionalmente ha sido muy importante y muy bonito. Mal que bien había recorrido varios de los departamentos del país, pero, después de estas visitas, me queda solo Vaupés por conocer.

En medio del paro montamos Los jóvenes tienen la palabra. Hicimos catorce visitas a las ciudades con mayor desempleo juvenil, por la urgencia de lo que estaba pasando, y de manera multipartidista con congresistas de distintos partidos, incluyendo los de gobierno, independientes y de oposición, para escuchar a los jóvenes que estaban participando en las manifestaciones. Estuvimos en Cali, Buenaventura, Valledupar, Riohacha, en distintos territorios. Nos reunimos, en muchos casos, con chicos de primera línea, en otros con los manifestantes, tratando de identificar los temas que eran más demandantes para ellos, sus razones de la protesta, esto buscando convertirlos en proyectos de ley.

Así surgieron cinco proyectos multipartidistas de reforma a la policía, de participación ciudadana, de educación sexual temprana, de acceso a educación pública superior y de empleo joven. Buscamos que el Congreso respondiera y no que simplemente estuviera sordo ante lo que estaba pasando en las calles.

Aún con la agenda legislativa y de control político, que también es muy intensa, más el popurrí de estar pendiente de toda suerte de temas, hemos sacado adelante proyectos de ley muy interesantes. El de mi corazón es el de transporte escolar rural para que los niños no terminen desplazándose en una tarabita o cruzando en lanchas que ellos mismos tienen que remar. Pero resulta muy frustrante que el gobierno no la haya implementado.

Sacamos adelante la reforma constitucional y la ley de Bogotá Región, para que Bogotá se pueda articular con los municipios aledaños de Cundinamarca, panear el desarrollo con visión de largo plazo y que los planes de ordenamiento territorial estén articulados. En esta región se presentan toda suerte de problemas por la falta de un desarrollo articulado: exceso de peajes sin calidad en la movilidad, la contaminación del río Bogotá, el déficit de calidad del aire, la urbanización de la Sabana que acabado con los suelos rurales. Esto es así debido a la falta de coordinación regional. Sacamos adelante una reforma constitucional para que pudiera ser posible esta reforma, luego la ley orgánica.

Di peleas durísimas por la consulta anticorrupción, liderada por el partido, por Angélica y Claudia, entonces asumí la vocería en la Cámara. Sacamos adelante pliegos tipo para que la contratación no fuera hecha a la medida del contratista amigo del político de turno, sino estandarizada.

Quedé como la única en Comisión Primera votando la reducción del salario de los congresistas: somos treinta y ocho y treinta y siete se declararon impedidos para bajarse su propio salario. El Gobierno Duque, después de salir a decir que apoyaba el resultado de la consulta, mandó un concepto para apoyar que todos se declaran impedidos.

Aparte de la JEP, me han objetado dos leyes.

Sacamos un proyecto divino de mujeres en prisión con Rodrigo Lara, para que las mujeres cabeza de familia puedan pagar su sanción por delitos menores con trabajo social cerca a su casa. Lo que documentó el Comité Internacional de la Cruz Roja, fue que cuando una mujer cabeza de familia está privada de la libertad, los hijos empiezan ciclos de criminalidad, dejan de estudiar, comienzan a trabajar, inician consumo problemático de drogas y terminan en redes de criminalidad. Si ellas pagan una sanción de servicio social cerca a sus hogares, podrán cuidar a sus hijos y evitar este ciclo de violencia. Lo sacamos adelante después de cuatro debates y de lograr las mayorías en el Congreso, pero el gobierno Duque lo objetó y ahora está en la Corte Constitucional. Esperamos que sea ley pronto.

El otro que nos objetaron es el proyecto de ley que retoma los tiempos normales de respuesta de los derechos de petición. En pandemia duplicaron los tiempos, algo razonable en medio del primer semestre de pandemia, pero que, dos años después, es una afectación desproporcionada al derecho al acceso a la información pública. Lo sacamos adelante, nuevamente cuatro debates, con las mayorías de todos los partidos, pero el gobierno Duque lo objetó. Estamos a la espera, otra vez, de que el Congreso vuelva y vote si acepta o no las objeciones de Duque.

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Sacamos adelante la ley de licencia compartida de paternidad y maternidad, extendimos en una semana la licencia de paternidad que va a ir creciendo año a año de a una semana conforme vaya bajando el desempleo, y también que se pueda compartir seis semanas entre padre y madre de común acuerdo pues ayuda a reducir el desempleo femenino. También sacamos adelante la ley de capacidad legal de personas con discapacidad para que no sean considerados ciudadanos de segunda categoría.

Hemos hecho control político en temas de paz, seguridad territorial, el fracaso de la política diplomática de este Gobierno, los Pandora Papers y el plan de vacunación en la ruralidad. He participado en todas las mociones de censura a los ministros de defensa y voté afirmativamente la de Ministerio de Hacienda.

Parte de mi decisión de irme del Congreso, está apoyada en que las leyes necesitan ser implementadas por el ejecutivo. Un Estado de Derecho tiene tres poderes públicos: el legislativo que hace las leyes, el ejecutivo que las implementa y el judicial que dirime las controversias . Si el Congreso saca una ley, al gobierno nacional y a los locales les corresponde implementarla. Y a mí me hace mucha falta eso, trascender las palabras, los textos, para hacer cosas que cambien la realidad. Por eso decidí no volver a lanzarme al Congreso.

Proyección profesional

Para mí era muy importante poder decirle a la gente: “No quiero seguir en el Congreso, pero como ustedes depositaron su confianza en mí, quiero presentarles a una persona por la que pueda poner las manos en el fuego. No una heredera, sino alguien que haga una política con los mismos principios porque es transparente, rigurosa, constructiva, tiende puentes”.

Así me di a la tarea de buscar personas. Quería que fuera una mujer porque hoy somos tan solo el 19% en el Congreso, pero, además, quería asegurarme de traer una profesional técnica que pudiera ayudar a dar los debates de fondo en la política. No fue fácil, porque si bien hay gente maravillosa con quien he hablado, no está dispuesta a medírsele a esta locura, máxime con el comportamiento de la gente en redes.

Finalmente llegué a Diana Rodríguez Uribe, una mujer muy talentosa, abogada javeriana, comprometida con los temas de seguridad ciudadana, de género y construcción de paz. Fue asesora de derechos humanos en el Ministerio de Defensa, ayudó a montar la primera secretaría de seguridad de Bogotá, fue defensora delegada para la equidad de género en la Defensoría del Pueblo, y trabajó en la ONU en un sello de calidad para empresas que promuevan la equidad entre hombres y mujeres.

Parte de lo que sigue para mí durante estas semanas es apoyarla para que logre llegar al Congreso de la República a continuar con un ejercicio político transparente, riguroso y constructivo. Esta es una manera de usar el capital político para que más mujeres jóvenes lleguen a la política y ayuden a transformarla desde adentro.

Servidora pública

Soy servidora pública consagrada. En el invierno extremo en Boston supe que lo que me gusta y me hace feliz es ayudar a que mi país sea mejor, entonces quiero ayudar a que la Coalición Centro Esperanza sea el próximo Gobierno.

Estoy trabajando en la campaña de Alejandro Gaviria porque creo profundamente que Colombia necesita un cambio, pero uno responsable, no populista. Creo que el cambio que simplemente pone en riesgo las instituciones o la economía es supremamente riesgoso. Creo que este país necesita un liderazgo sensato, moderado, que tienda puentes, que ayude a reconciliarnos en el país. Creo que la Coalición Centro Esperanza y en particular Alejandro, lideran esa visión.

Alejandro tiene el conocimiento en los retos más importantes para el país (la economía, la seguridad y la sostenibilidad); es el único que no viene de hacer política antes, su perfil es académico; y es un reformista que sabe que para lograr hacer las transformaciones se necesita hablar con quienes piensan diferente. Quiero ayudar a que gane y hacer parte de ese Gobierno.

En general, soy de la idea de que en política es muy peligroso tener la ambición de ir hacia un cargo, porque eso confunde y hace cometer errores graves. Hoy sé que quiero ser servidora pública, sé que desde el ejecutivo puedo hacer más de lo que pude desde el legislativo, creo que tengo experiencia y conocimiento en temas de paz, de seguridad territorial y en temas de administración de justicia. Es en estos temas en los que yo podría aportar.

Nuestro compromiso en la Coalición de la Esperanza es apoyar a cualquiera que sea el candidato que gane la consulta. De ella hacen parte Juan Manuel Galán, Sergio Fajardo, Jorge Enrique Robledo, Carlos Amaya. Cualquier gobierno de centro que quiera mi apoyo, sabe que estaré feliz de hacer parte.

Parte de mi vida, en paralelo mientras estuve en Presidencia y en el Instituto para transiciones integrales, fue dictar clases como catedrática. Fui profesora de argumentación, de derecho internacional humanitario, de justicia transicional. Me encantaría retomar algunos de esos procesos que en su momento dejé pues no me daba la carga laboral. También me gustaría aportar a la defensa de los derechos humanos desde organizaciones de sociedad civil.

Pareja

Andrés Bermúdez Liévano, mi pareja, es periodista, trabaja en temas de paz, ambientales, y sustitución de coca. Nos conocimos en la Oficina del Alto Comisionado en el proceso de paz cuando él hizo un paréntesis en su vida periodística para ayudar a hacer pedagogía del Acuerdo. Queremos construir una familia juntos.

Reflexiones

Nuestra historia ha sido cíclica: en sus luchas armadas, en el abandono, falta de oportunidades, desplazamiento, acaparamiento de tierras, corrupción. ¿Cuál es su Colombia ideal y cómo hacerla realidad?

Creo que la agenda del Acuerdo de paz de La Habana, si bien, por supuesto, no agota todos los temas que son importantes para el país, sí permitió que nos diéramos a la tarea de hacer el ejercicio de documentar dónde estaban las condiciones que han permitido que el conflicto se perpetúe. Justamente es una agenda de no repetición porque los cinco puntos están pensados para evitar la repetición del conflicto armado.

Lograr que un lugar como Arauca o como el norte del Cauca o como el Catatumbo, que tienen hoy las crisis de seguridad territorial que están enfrentando, se estabilicen, pasa por implementar el punto uno del acuerdo de paz: desarrollo rural integral que incluye vías terciarias, apoyo técnico a los campesinos para que puedan sacar adelante sus productos, apoyos para comercialización, acceso a crédito, compras públicas, vincularlos a redes para que puedan ser competitivos con distintos tipos de productos.

Resolver lo que está pasando en la Amazonía pasa por servicios ambientales para que los campesinos puedan conservar la biodiversidad y no sean usados por el crimen organizado y por otras organizaciones ilegales para deforestarla y promover el acaparamiento de tierras con gravísimas consecuencias para la crisis climática.

Esa agenda, esa ruta de trabajo, está en el acuerdo de paz. Resolver el problema de las drogas, básicamente, es aprender de las lecciones del pasado porque de nada sirve erradicar, pues hay resiembra, una tras otra. Lo que se necesita es sacar a los campesinos de esa economía y vincularlos a economías lícitas. Sorprendentemente, con cualquier cocalero con el que uno habla dice: “Si usted me da una oportunidad distinta, estoy listo”. Porque ellos tampoco están felices de mantenerse en una economía ilegal en medio de la guerra y siendo usados por la criminalidad. Estoy convencida de que si uno hace eso, logra la no repetición del conflicto armado.

Ahora, el país tiene, en mi opinión, además de esa crisis de seguridad y de no implementación del acuerdo de paz, tres crisis más. Una social y económica brutal, que es la de la pandemia: se perdieron dos millones de empleos que han afectado, sobre todo, a mujeres y jóvenes que aún no se han recuperado; crecieron los niveles de pobreza, porque Colombia venía en un proceso lento de reducción de la pobreza, pero perdimos las últimas dos décadas de esa lucha. Hay un primer elemento para concentrarnos en recuperación de empleo, y es una reforma tributaria que realmente grave los más altos ingresos: tenemos el peor sistema tributario de toda la OCDE, que grava durísimo a las empresas, que no las deja ser productivas, que es anti empleo. Y que, por el otro lado, a las personas de más altos ingresos no las grava lo suficiente según muestra la curva de la comisión experta en temas tributarios.

Tenemos una crisis ambiental durísima. Lo más importante que tiene que hacer Colombia es proteger su biodiversidad. No existe ninguna otra mayor contribución a luchar contra la crisis climática. Lo que estamos viendo en incendios en Guaviare, Meta y Vichada, es muestra de la falta de capacidad del Estado colombiano para cuidar con la gente esos valiosos territorios. No es simplemente sembrando árboles como se recupera la biodiversidad. Somos el segundo país más biodiverso del mundo, y recuperar esos ecosistemas requiere un esfuerzo mucho más integral. Es necesario cerrar esa frontera en la que un buen número de ganaderos están haciendo quemas para poder apropiarse de las tierras.

Este gobierno está haciendo al año el 30% de lo que deberíamos estar haciendo en formalización de tierras y menos del 1% de lo que tendríamos que estar haciendo en acceso a tierras.

Tenemos también una crisis brutal de legitimidad en las instituciones. Nadie confía ni en las Cortes, ni en el Ejecutivo, ni en el Congreso, ni en la Fiscalía, ni en los órganos de control. Esto nos pone en una coyuntura política muy difícil, en un escenario de auge de populismos, del sentimiento en las calles con la gente diciendo: “¡No nos importa que tiren el tablero, porque ya no creemos en nada!”. Entiendo de donde viene ese dolor, es a causa de tanta corrupción, de tanto privilegio de unos pocos.

He ocupado mucho tiempo diciéndole a mis colegas en el Congreso que: “Ustedes no se dan cuenta de que cada vez que pasan una reforma para no bajarse su salario, que no se recortan las vacaciones, que cambian las reglas de impedimentos para favorecer a sus financiadores y para favorecerse electoralmente, lo único que hacen es perder legitimidad y darle pie a que llegue un populista y diga: “¿Sabe qué? ¡Cierre el Congreso!”.

Creo que las encuestadoras no formulan esta pregunta por miedo, la de cuánta gente quiere que se cierre el Congreso. A la mayoría no le importa perder en democracia porque siente que los congresistas solamente están ahí para privilegiarse. Ahí hay una erosión de nuestra democracia muy, muy peligrosa, que puede terminar en muchísima arbitrariedad.

Por eso mencioné al inicio que necesitamos un gobierno moderado, que lidere, que inspire, que haga transformaciones profundas, pero que invite también a la ciudadanía a reconciliarse en torno a una estabilidad institucional y económica que es muy importante.

¿Cuál es el sentido que le imprime a su existencia?

Un bioenergético alguna vez me dijo frente a mis respuestas a sus preguntas: “¡Te estoy pidiendo que me digas qué sientes, no qué piensas!” Y es que siento que mi motor de vida - la profesional tiene un espacio grande porque no es simplemente un trabajo, sino que hace parte de mi proyecto de vida-, es la convicción de que el país puede ser mejor y de que yo tengo el deber de contribuir.

Me da piquiña y siento que tengo que hacer más, que tengo la obligación de hacer más. Es una obligación ética, la de hacer que todos en Colombia estemos mejor.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

Una sonrisa, buena energía.

¿Le gustaría ser recordada? ¿De qué manera?

Sin duda me gustaría ser recordada. De hecho, una de las cosas por las que peleo cuando la gente critica a Santos, con todos sus más y sus menos, por su ambición del Nobel, digo que lo que uno más necesita de un presidente es que quiera dejar un legado. El peor escenario es tener un gobierno como este al que no le importa, ¡qué desgracia! Si uno es funcionario público tiene que preocuparse por su legado, no por vanidad, sino por responsabilidad. Si no va a dejar algo, mejor ceder el espacio para que otro sí lo haga.

Para mí, en el Congreso, con el que cierro este capítulo, quiero ser recordada como la congresista que defendió la paz.

Me cuesta trabajo diferenciar mi actividad política porque en general mi familia y amigos, quienes más me quieren, saben que mi vida es eso, es ser servidora pública.

¿Cuál debería ser su epitafio?

En general no me gustan esas biografías de gente joven a las que le queda todavía mucho camino por delante. Pero tal vez diría lo mismo que como comencé esta conversación. Es que soy hija de mis papás, en el sentido de ser producto de ellos, de su talante. Soy hija de la felicidad y del optimismo de mi papá y soy hija de la rebeldía y de las ganas de comerse el mundo y de estudiar de mi mamá.

Pienso en mi mamá, quien fuera mi mejor amiga, mi compañera de viajes, pero también mi confidente, porque nos contábamos todo.

En esta fase en el Congreso fue casi miembro honorario de mi equipo. Veía programas de opinión y hacía fichas de resumen por si no había alcanzado a ver uno u otro. Ñoñísima, divina, opinaba de todo cuanto veía en cada programa al que me presentaba, me decía: “hablaste muy rápido, aquí bien, aquí no tan bien”.

Era mi fan, pero también mi mayor crítica. Me criticaba con todo el cariño para poderme decir: “eso no se te ve bien, eso no te lo pongas porque vas a distraer a la gente y no va a prestar atención a lo que estás diciendo”.

Fue una valiente. Si bien en cosas de la vida cotidiana se podía enredar, cuando le llegó el reto de verdad con relación a su salud, dijo que quería vivir y batallar, dio una lucha guerrera. Fueron cuatro años que se gozó, en los que viajó e hizo las paces con todas las personas con quienes tenía cuentas pendientes, cerró capítulos para que no quedaran dolores.

Nos escribió a mi hermana y a mí su legado de lo que ella sentía que había sido su vida y lo que nos había dejado y lo que quería que nosotras fuéramos. Parte de su legado es

Chilaquiil, nuestro perro que tiene nueve años. Él acompañó a mi mamá hasta el último de sus días y vive con nosotros hace dos años.

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