En un mundo donde hacer trampa suele ser un asunto rentable, el hecho de “traspasar ciertos límites para encontrar la verdad o para tumbar a ciertos poderes corruptos” puede convertirse en una opción defendible. En "Doris y Renzo, el canto de las moscas", publicado por la editorial española Pre-Textos, la aparición del cadáver de un alto oficial del Ejército en la habitación de un hotel es el punto de partida de una novela policiaca donde el arte, los artistas contemporáneos (“unos completos desquiciados”), el periodismo y la verdad se hibridan en la cara más compleja de una sociedad para la cual “la historia es una ficción que puede contarse de muchas maneras”.
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Este libro empieza con una mirada crítica e interesante sobre el arte y los artistas y su relación con la belleza.
Los escritores son artistas, y escribir es trabajar con las palabras, así como lo hace un artesano, hasta encontrar una forma poética aceptable. Eso lo hace arte. Aunque no sé si “aceptable” sea la palabra precisa y todo lo que acabo de decir suene a cliché. Así como trabaja una tejedora de canastos con una fibra vegetal, con el mimbre o el junco, así trabaja el escritor con el lenguaje, y usa además la cabeza, las manos y la imaginación, para encontrarse al final con un poema o una novela… o lo que sea.
¿Qué diferencia hay entre un artista y esa artesana?
Es que, mientras esta es capaz de reproducir de nuevo el mismo canasto, con pequeñas variaciones en los detalles de cada réplica que la hacen de cierta manera única, aquel persigue la belleza irrepetible del conjunto. Lo otro es que, mientras a la artesana le interesa la utilidad del objeto y su función decorativa, tal vez fijadas por una tradición, al artista le tienen sin cuidado. La literatura es el campo de la inutilidad. Tal vez, una última cuestión es que en la producción de los objetos culturales algunos requieren más trabajo que otros.
En una región literaria donde existen Mario Conde, el Zurdo Mendieta, Dolores Morales o Belascoarán, ¿cómo fue el ejercicio de escribir una novela policíaca hoy y con ellos como referentes?
Durante muchos años quise escribir una novela policíaca, así que me puse a estudiar la forma en la que están contadas algunas de estas historias. Mencionas a algunos de los grandes detectives que se inventaron algunos de los fundadores de la novela negra latinoamericana como Leonardo Padura, Élmer Mendoza, Sergio Ramírez y Paco Ignacio Taibo II, quienes, sin embargo, escriben en tiempos y espacios distintos. Tengo un profundo respeto y cariño por la tradición del género, y he leído, y leo, a muchos de estos autores, al gran Rubem Fonseca, a Maj Sjöwall y Per Wahlöö, a Horace McCoy, y al incisivo Chester Himes, por mencionar algunos; hay dos libros viscerales que leí con fruición, "El absurdo de mi vida", de Himes, y unas cartas y ensayos de Chandler, "A mis mejores amigos no los he visto nunca", que revelan la situación de los escritores que comenzaron a escribir sobre el género y la forma como se configuró la zona oscura del campo literario.
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¿A quiénes destaca en Colombia?
A Germán Espinosa, Óscar Collazos y Gonzalo España, por ejemplo, que incursionaron con relativo éxito en el género, aunque intuyo que les fue mejor a contemporáneos como Gamboa, Franco y Mendoza, autores de tramas detectivescas trepidantes como "Los impostores", "Rosario Tijeras" y "La melancolía de los feos". Aquí vale la pena resaltar dos novelas que pasaron desapercibidas: "Un muerto en la legación", una curiosidad criminal escrita por la cronista Emilia Pardo Umaña, y un thriller muy colombiano, "La mujer que sabía demasiado", de Silvia Galvis, que narra, en un estilo y una prosa propios de la narrativa policíaca clásica, un caso real: el asesinato de la Monita Retrechera. Los divinos, de Laura Restrepo, por citar otro ejemplo, explora los bajos fondos del corazón de unos “niños bien”, y así lo hace también Pilar Quintana en "La perra", con una protagonista que vive las contradicciones de la maternidad, y que es un relato eficaz por su agilidad narrativa.
¿Cómo construyó esos dos tipos tan diferentes de investigadores que son sus protagonistas?
Fue un trabajo que requirió de mucha paciencia. Hay personajes que uno puede elaborar con tres pinceladas y quedan perfectos, como Pascal, el mesero carichupado que atiende a los invitados en la exposición, o la mosca que aparece en la introducción, inspirada en la polilla de Virginia Woolf; pero hay otros que requieren de más trabajo. Con Renzo Ramírez se me facilitó más porque conozco a algunos periodistas literarios, a los que respeto, y he leído muchos de los libros de crónicas y de perfiles que han escrito. Están los estupendos trabajos de Alberto Salcedo con los boxeadores; las crónicas callejeras en El Espacio del legendario Ricardo Rondón; los grandes reportajes de Germán Castro Caycedo; los exactos perfiles literarios de Leila Guerriero; las narraciones llenas de detalles curiosos de Gay Talese sobre Nueva York o los textos existenciales de Hunter S. Thompson.
¿Cómo fue el trabajo con Doris?
Con ella fue más difícil. Para armar el personaje conocí y entrevisté a unas investigadoras de la policía, hablé con ellas de su trabajo, de su vida cotidiana y de lo que llevaban en sus carteras, como la crema de manos, la billetera, las llaves de la casa y la pistola de dotación. Leí novelas con detectives mujeres, personajes de cómics como la audaz Modesty Blaise de Peter O’Donnell, o la independiente, resuelta y muy alejada del estereotipo de mujer a rescatar, Laury, del cómic de ciencia ficción "Valerian", de Mezières y Christin. También me inspiré en rasgos de personajes de películas y series de televisión. Hay uno en especial, un personaje real que aparece en "Objetivo 4″ de Germán Castro, una agente del servicio de inteligencia de la Policía Nacional que se infiltró en una zona rural haciéndose pasar por campesina para obtener información sin despertar las sospechas de los guerrilleros. Doris Mateus es un Frankenstein hecha con partes de mujeres de la vida real y con partes de mujeres de la vida imaginaria.
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Renzo afirma que los colombianos nos desentendemos de ciertos temas por indiferencia o por cansancio. ¿Coincide con él?
Coincido parcialmente con Renzo Ramírez en esa apreciación de la realidad. No sé cómo será en otros países, pero, por ejemplo, tú pones la radio en las mañanas y el locutor empieza a informar sobre la larga cantidad de delitos y crímenes cometidos unos momentos antes de la emisión del programa, como en una especie de agenda negra. No sé si queremos despertarnos siempre escuchando esas historias, pero inevitablemente estamos inmersos en unas tramas de violencia y terror permanentes, atrapados en un bucle temporal del que no sabemos cómo salir.
¿Por eso, tal vez, la indiferencia?
No podemos ser indiferentes ni desentendernos como si flotáramos en una burbuja, porque esa realidad nos afecta cotidianamente. Siento que todo lo que podemos hacer las personas comunes y corrientes es trabajar, resistir y seguir adelante, porque creo que nada de lo que hagamos los escritores incidirá en su transformación. En mis libros traté de contar muchas de esas historias que hemos atravesado, y la de Doris y Renzo no es ajena a lo que ha ocurrido en el país; allí hablo de los “blancos de la violencia”, de las ejecuciones extrajudiciales, de los desaparecidos y del vacío que nos dejan. Las ficciones también sirven para eso, aunque no sea un consuelo.
Uno de los asuntos más interesantes de su libro es el rol de los periodistas como investigadores. ¿Cómo ve el papel de los periodistas en Colombia y en Latinoamérica?
Es muy importante. Gracias por tocar ese punto, porque en Doris y Renzo hay dos tipos de investigación, la policial y la periodística. Hay un libro de no ficción de Cristina Rivera Garza, "El invencible verano de Liliana", con el que obtuvo el Pulitzer en 2024, que narra el feminicidio de su hermana en 1990. Treinta años después, la autora se sumergió en la vida de Liliana y la narró con delicadeza para recordarla como una joven agradable y divertida. En esta historia, Cristina cuenta las peripecias que sorteó para encontrar el expediente judicial sobre ese crimen, que está impune, y para hacer justicia poética: “La memoria colectiva a favor de las víctimas también es justicia”, dijo ella. En otras palabras, los periodistas independientes, valientes, que investigan, van a las fuentes y trabajan para encontrar la verdad, en Colombia, América Latina y otros lugares del planeta, cuando investigan a profundidad, escriben y publican sus crónicas, entrevistas y reportajes, ejercen otra forma significativa de hacer justicia, que se convierte en una lucha cotidiana para tratar de erradicar la violencia en todas sus formas.
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