El Magazín Cultural

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4 Dec 2014 - 2:41 a. m.

Óleos para tocar

El pintor Ricardo Valbuena expone una serie que refleja diferentes temáticas: los elementos, el paisaje, la luz, la figura humana.

Sara Malagón Llano

Este cuadro, ‘Dos figuras’, fue una exploración de la muerte a raíz del suicidio de su hermano. / Fotos: Cortesía
Este cuadro, ‘Dos figuras’, fue una exploración de la muerte a raíz del suicidio de su hermano. / Fotos: Cortesía

Los óleos son ricamente empastados. Valbuena trabaja con mucha materia, capas y capas de pintura. En diferentes sesiones se van construyendo los cuadros, compuestos por sedimentos, estratos, como la naturaleza misma, que se va formando y acumulando como en capas geológicas, que aparecen en el lienzo. Por un amor a la materia se muestra una textura que dan ganas de tocar, de mirar de cerca. “Quiero que la riqueza orgánica y plástica se sienta hasta el punto que provoque deseos de tocar la pintura, que se convierta en algo táctil”.

¿Por qué tanta naturaleza?

Es la fuente principal de inspiración. Durante años viví en Londres y trabajé exclusivamente la figura urbana. Hice una serie sobre la gente transportándose en los metros de Londres, una temática urbana, de interiores cerrados con luz artificial. Eventualmente tuve una crisis con mi vida en la ciudad y con esa obra oscura e intensa, y me volqué a la naturaleza, que se convirtió en mi maestra. El agua, el elemento más precioso, es un espejo de todo lo demás. La luminosidad y el espacio se multiplican en ella. A nivel del yoga, además, el agua está relacionada con el cuerpo emocional. Las próximas guerras se pelearán por el agua, no por el petróleo.

¿Cuál es su relación con el yoga?

Por dos años estuve en la India estudiando yoga. La palabra significa “unión”, que se da con nuestra esencia divina. Fue después de vivir en Londres y de pintar un poco en el campo colombino. Un amigo había estado en un ashram de una escuela en el estado de Bihar, al este de India, y me pasó la información. Dejé atrás incluso mi carrera. Fue fascinante, decidí quedarme. Después me di cuenta de que tenía que volver a pintar y a estar en el mundo.

¿Cómo era la rutina en el ‘ashram’?

Empieza a las cuatro de la mañana y cada cual medita en su habitación. Luego hay una sesión de canto colectivo y karate. A las seis de la mañana desayunamos y luego nos dedicamos a diferentes labores: a la limpieza, a trabajar en las oficinas, a dar clases. Yo me encargaba de las ilustraciones para las publicaciones. La idea es que la gente no se apegue a un solo oficio, así que también trabajé en la cocina y tiñendo las prendas terracota de los monjes de allá. Dibujaba con tinta. Hice una serie de miniaturas de la vida diaria del ashram, de sesiones rituales, de cuando llegaba el barbero a raparles a todos la cabeza y otros trabajos que eran exclusivamente sobre las posturas de yoga. Para los libros todo se hacía artesanalmente, no había impresión a color.

¿De qué forma esa experiencia influyó en su trabajo artístico?

Me abrió al mundo interior, a descubrirlo y a conocerlo. Me llevó a descubrir que mi esencia es la luz de la conciencia, que el cuerpo físico es en realidad un campo energético. De hecho tenemos centros energéticos, los chakras, que están asociados, cada uno, a un elemento y un color de todo el espectro que aparece al descomponer la luz blanca, que es la fuente.

O sea que la pintura y el yoga se conectan, para usted, en muchos puntos.

Para mí es una sola práctica, porque empiezo muchos cuadros, de hecho, desde un punto de luz y cierto color.

¿El acto mismo de pintar es meditativo?

Sí, porque pintando todo sale a relucir: frustraciones, rabia, entusiasmo, gozo, deleite. Todo está en el cuadro, y el proceso de crear es impredecible. Nunca sé qué va a pasar con cada cuadro, no sé en qué se va a convertir, cada uno pasa por distintas etapas de construcción y destrucción. En alguno he pintado encima, y el cuadro nuevo ha quedado afectado por lo que estaba antes en ese lienzo. Se da algo que no hubiera podido suceder si lo hubiera pintado desde cero. La gente me pregunta cuánto tiempo me toma un cuadro, pero cada uno tiene un proceso y tiempo únicos, insospechados.

Entonces, ¿cierta parte del proceso creativo se escapa al control del pintor, a su racionalidad, tal vez?

Hay control y al mismo tiempo se está a la merced de cosas inciertas o de accidentes que pasan en la ejecución: un gesto, un brochazo, un estado de ánimo, un acto emotivo. Puede incluso resultar en algo horroroso.

¿Qué piensa de la relación entre arte y belleza?

Me parece esencial que el arte busque expresar la belleza, porque es parte de nuestra esencia espiritual. En ese sentido, la naturaleza es un gran tema, porque es expresión constante de belleza. El arte, para mí, debe expresar todos los aspectos humanos, puede evocar algo desgarrado, tenebroso, aspectos oscuros de la conciencia humana. Sin embargo, al mismo tiempo debe aspirar a elevar el espíritu y trasformar la conciencia, pero esa es una opinión personal.

Después de la India, ¿dónde vivió?

En Marruecos. No me veía viviendo de nuevo en Occidente. Escogí un punto intermedio. Terminé construyendo allí un estudio con un amigo, sobre unas montañas. Luego, la dueña de una galería irlandesa con la que todavía trabajo conoció mi trabajo en el estudio en Marruecos y me llevó a Irlanda. Creó un retiro para artistas en la costa oeste de Dublín, en unas cabañas restauradas que habían quedado en ruinas tras la Hambruna de la Patata. Luego, por mi esposa, terminé viviendo en California, y me enamoré de su luz, de su ambiente progresivo, liberal, creativo. Pero ya estoy mirando a dónde ir ahora. Tal vez si me hubiera quedado en Colombia o en Londres haría parte de un nicho, tendría más contactos. Lo que he hecho siempre es dejar atrás todo e ir a aventurarme en nuevos mundos, y eso ha implicado una pérdida. Pero no puedo evitarlo: siempre he tenido la necesidad de volver a cambiar de país.

¿De dónde viene esa necesidad de ir de un lado a otro?

Supongo que del hecho de que a mi mamá la nombraron diplomática. Desde que tenía nueve años tuvimos una vida de gitanos. Vivimos en Viena, Ecuador, España... Eso me desarraigó totalmente y me quitó el sentimiento de pertenencia. Se creó en mí una especie de patrón, de estar viajando y cambiando. La costumbre es no quedarse en un solo lugar, no al contrario.

¿Podría hablar un poco del cuadro ‘Dos figuras’, que representa a dos personas tendidas con los ojos cerrados?

Hace tres años mi hermano mayor tuvo una muerte trágica. Se suicidó lanzándose al cañón del Chicamocha en un pequeño auto que tenía. Eso me llevó a contemplar la muerte. Concluí que para mí su suicidio fue un acto de entrega total. Traté de llevarlo a una dimensión más positiva, como de disolución del ser. Por eso el cuadro muestra la doble imagen de unos cuerpos que se unen con el mar. La muerte es la total entrega y la trascendencia de la existencia terrenal.

¿Y los cuadros sobre el fuego?

Siento que en la historia del arte nunca se ha realizado una exploración seria del fuego, y a mí me parece un elemento con mucho potencial. He estado viajando a Hawái, que es una zona volcánica, y me he dado cuenta de que la lava ardiente no son sólo la Tierra y la naturaleza haciendo presencia, sino también un símbolo de protesta por nuestros abusos y una fuerza telúrica poderosa. Es una manifestación de las fuerzas de la naturaleza que me parece fascinante.

¿Por qué el caballo y no otro animal para llevar a cabo una exploración del movimiento?

Por su relación con el ser humano, porque hemos tenido vidas paralelas. Porque es de una belleza y nobleza extraordinarias y porque también es como un símbolo de fuerza vital y poder, que en yoga se llama kundalini.

¿Cómo encuentra a Bogotá?

A pesar del trancón y la congestión, ha habido un cambio positivo. El movimiento del arte está en su mejor momento.

¿Dónde cree que va a parar ahora?

Me gustaría tener un sitio aquí, para venir más a menudo, pero dejo que la vida dicte su camino y revele direcciones.

 

saramalagonllano@gmail.com

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