Pablo Montoya ha explorado diversas manifestaciones del arte en sus novelas: la música, la fotografía y la pintura, entre otras. “El jardín del mundo”, su nuevo libro, nace de su admiración y fijación por El jardín de las Delicias, el tríptico del pintor neerlandés Jheronimus Bosch, conocido como El Bosco, y que se encuentra en el Museo de El Prado en Madrid, España. En su nueva obra, el autor barranqueño divide su historia de ficción en dos: en una se aborda la vida del artista europeo y en otra se cuenta la historia de José Diego Vargas, un pintor nacido en el Nuevo Reino de Granada que descubre en la obra de El Bosco su destino.
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“Dios estaba involucrado en el quehacer de los hombres”. Constantemente en el libro se habla de la religión, de la idea y la figura de Dios. Hablemos entonces de la importancia que tiene esta creencia en la novela y en la historia del tríptico.
Estos dos pintores, tanto el Bosco como el pintor mío, Vargas, son pintores que trabajan para los conventos, para los monasterios, para el clero; sin duda alguna estaban involucrados tremendamente en ese ambiente.
Yo soy un poco más bien ateo, o no ateo, pero sí fui educado en el catolicismo; entonces, al abordar estos dos pintores, me interesó sobre todo impregnarlos de una especie de sentimiento de crítica al establecimiento católico. Son cristianos, pero no son cristianos que simpatizan completamente con el poder. Entonces, por ejemplo, el pintor mío es erasmista, y ser erasmista, o sea seguidor de las ideas de Erasmo de Róterdam, en la Nueva Granada era verdaderamente un acto casi que revolucionario. Entonces ya hay una crítica fuerte, muy fuerte, porque es una época —recordémosla, y ahí vamos entrando en el tema de la novela— que controló completamente la imaginación de los artistas y controló sobre todo los cuerpos, el deseo, el amor, los controló completamente. Por eso la novela mía es más o menos una especie de canto al amor libertario, es decir, a la libertad del amor en tiempos de gran represión religiosa.
En su libro “La sed del ojo” usted también aborda, pero desde la fotografía, el hedonismo, el cuerpo y el amor relacionados con la estética y el arte. ¿Por qué estos temas siguen siendo de su interés en la literatura?
El cuerpo es pecado. El gozo de los sentidos es una vía para ir al infierno, todas esas son cosas en las que yo fui criado. Y claro, como era un niño tan devoto, pues le hice caso a mi mamá con ese tema. Entonces la infancia mía fue muy reprimida en el sentido del gozo de mi cuerpo. Mi cuerpo lo veía como un instrumento del pecado. Por fortuna, vinieron las grandes sublevaciones de mi adolescencia en la que desmonté todo eso, pero para hacerlo tuve que irme de la casa, irme de Medellín, alejarme lo más posible de ese entorno represivo, reconciliarme finalmente con mi mamá. A mi mamá, por ejemplo, no le regalé “La sed del ojo” porque ya se había muerto, pero me habría impresionado si lo hubiera leído.
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Es que somos sociedades completamente reprimidas, controladas. Y cualquier registro de desobediencia es castigado con rigor. Entonces, mis pintores, tanto el Bosco como José Diego, se cuidan, evidentemente, en medio de estas atmósferas tan difíciles en las que viven. Y la manera en que se cuidan es que trabajan para el establecimiento eclesiástico.
Me llama la atención la presencia de dos personajes: Ana Micaela, en el caso de José Diego, y de Aleid, en el caso de Bosco. Hablemos de las mujeres en la novela y del amor que también resulta central en este libro.
Sí, porque son las mujeres, en este caso la esposa del Bosco y la amante de José Diego en Madrid, fundamentales para ese proceso de liberación, digamos así, que tienen estos dos pintores.
Son mujeres sensibles, son mujeres inteligentes, son mujeres críticas, son mujeres que de alguna manera también enfrentan ese momento histórico de gran vigilancia.
Entonces, yo me imaginé la relación entre el Bosco y su mujer, de la cual no se sabe absolutamente nada, se sabe que el Bosco tuvo una mujer, pero más allá no se sabe cómo hacían el amor, por ejemplo.
Están bendecidos por la iglesia y pueden procrear, etc. El bosco por su mujer y del de ella por él, también este enamoramiento no solamente es admiración por la obra pictórica del Bosco, sino que también hay una gran atracción física, por supuesto.
Y ya en lo que tiene que ver con Ana Micaela, Ana Micaela que es otro personaje inventado, yo traté de recuperar como la figura de la mujer en cierta medida libertaria en la España del siglo XVII, que fueron también mujeres.
Completamente vigiladas, las que se rebelaban las metían en el convento, fueron mujeres muy reprimidas. Pero si uno indaga bien la historia cultural de la España del siglo XVII y particularmente de Madrid, pese a la gran represión que había por parte de la Contrarreforma, sí había voces femeninas importantes para la historia del arte, para la literatura, mujeres inteligentes, educadas, que leían en varias lenguas, que tocaban varios instrumentos. Y que tenían una especial sensibilidad por la pintura. Entonces, Ana Micaela es una de esas mujeres, y creo que es uno de los personajes, en realidad es el personaje libertario de la novela.
El libro hace constante referencia a Erasmo de Rotterdam. Incluso se refleja una especie de amistad con El Bosco. ¿Por qué?
De Rotterdam vivió un periodo en S’Hertogenbosch, que es la ciudad del Bosco, y coincidió con El Bosco. Entonces, en alguna biografía que yo leí sobre Erasmo, leí que él habías sido alumno de El Bosco, entonces lo pongo como su discípulo. Pero como Erasmo es un intelectual, digámoslo así, es un hombre que ve e interpreta lo que ve, queda fascinado con algunos cuadros que hace El Bosco y se establece una amistad.
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Hay momentos sobre la Europa, sobre el despelote de Europa. Y está el famoso libro de Erasmo que se llama El Elogio de la locura o La alabanza de la estupidez. En realidad, literalmente, se debería traducir La Alabanza de la Estupidez, que es un libro que registra la Europa de ese momento y, en un tono muy burlesco, en un tono muy irónico, pues, digamos, enfrenta a ese mundo patas arriba que era la Europa de aquel entonces. Y ahí no se salva nadie, ahí no se salvan ni el Papa, ni los clérigos, ni los filósofos, ni los pobres, ni los artistas. Todo el mundo sale completamente ridiculizado.
Y quien habla, o quien narra en La alabanza de la estupidez es la estupidez y es una mujer, una muy inteligente que se está burlando justamente de las ambiciones del ser humano, de su deseo de riqueza, de su inclinación al pecado, a la lujuria, etcétera.
Hablar sobre Europa y, como en ese momento, el gran acontecimiento que había, digamos, estremecido o que estremeció la, digamos, el imaginario europeo es el descubrimiento de América.
La manera en que se aborda América en el jardín del mundo es una manera muy utópica, e incluso yo planteo la posibilidad de que el jardín de las delicias, la parte central, sea América, sea un jardín americano, porque es un poco la utopía del buen salvaje.
¿Qué es lo que le llega a El Bosco y qué es lo que le llega a Erasmo de América? Pues la visión de Américo Vespucio, la visión de que aquí todo el mundo vive feliz, que hay una compenetración. Perfecta entre hombre y naturaleza, que no hay frío, que no hay calor, que todo el mundo vive en plena armonía, no solamente con el derredor, sino también con los otros. Entonces, eso es más o menos lo que yo propongo en el jardín del mundo, que ese jardín que él pinta, hay muchos elementos de esa proyección utópica que hace el europeo en América.
Ana Micaela dice en una parte que prefería la parte central en la que el jardín se manifestaba, pues ahí está expresada, decía ella, como en ninguna otra obra, la felicidad de los hombres. Hablemos de ese concepto y, si se quiere, de esa parte central del tríptico.
Bueno, en realidad, Ana Micaela piensa que esa parte central es una inmensa ensoñación del amor. Y Ana Micaela queda profundamente fascinada por este cuadro. Y claro, cuando se conoce con José Diego, José Diego no tenía ni idea de quién era El Bosco. Pero la manera en que le muestra El Bosco es también a partir de la gran atracción física y el amor que ellos entablan.
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El papá de Ana Micaela es un español de estos, soberbios, altivos, que tiene un montón de prejuicios frente a los indianos. Y bueno, se va a entrometer y va a impedir que esa relación entre los dos fructifique del mejor modo, pero Ana Micaela sí tiene una percepción muy especial de esa parte del Jardín de las Delicias y su percepción es eminentemente amorosa, y el amor que ve es justamente un traspasar las fronteras, es un ir hasta más allá de los límites. Es como si ella sintiera que el amor es una posibilidad de no tocar a Dios, pero sí de fundirse con una dicha como cósmica, digamos así.
Hay una interpretación del Jardín de las Delicias, de esa parte central, quiero decir, y que tiene relación con una secta, que son los hijos de Adán, los adamitas, que proliferó en la Europa del medioevo y el renacimiento y que parece que venía desde una antigüedad más o menos remota.
¿Esa secta en qué consiste? En que ellos se consideran hijos de Adán, pero no se consideran hijos del Adán expulsado del jardín, sino del que nunca fue expulsado del jardín. Son, según ellos, hijos de Adán, pero también hijos de Eva. Esa secta que fue reprimida salvajemente por la Inquisición, casi todos fueron quemados, porque eran unos depravados.
Ellos concebían la cópula como el camino más expedito para comunicarse con Dios. No había culpa, no había pecado, no había ninguna de estas cosas con las que la Iglesia Católica se constituyó.
O sea, el cuerpo hay que usarlo, es para sufrir, para padecer y para procrear. Si se atraviesa ahí el sexo, entonces es para procrear. Y los adamitas no tienen en cuenta eso. Los adamitas sienten la necesidad de convivir armoniosamente porque es una comunidad autosostenible, viven en plenitud, son vegetarianos, no quieren el poder, no creen en la iglesia.
Entonces, lo que yo hago es retomar un poco la presencia de estas sectas y pongo a El Bosco no como un sectario, pero sí como un hombre que se interesa en esos ritos.
Los sueños, las pesadillas también juegan un papel importante en esa parte creativa de los pintores. ¿Por qué es importante este elemento onírico aquí en el libro?
Bueno, en realidad, sobre El Bosco no se ha escrito, pues no se sabe mucho sobre su vida, se ha escrito mucho sobre su obra. El Bosco, digamos, fue un hombre que participó activamente de la vida religiosa de S’Hertogenbosch. Pintó muchas iglesias, mucha de la pintura del Bosco se perdió por las guerras de religión, ¿cierto?
Porque hubo un bando de la guerra que quería destruir las imágenes porque les parecían pecaminosas y porque representaban justamente el poder eclesiástico que estaban combatiendo. Pero se sabe, por ejemplo, que hubo un incendio tremendo en S’Hertogenbosch que acabó con el 90% de la población. Y ese incendio ocurrió cuando El Bosco tenía 13 años.
En la obra del Bosco, que está llena de incendios, hay pinturas que tienen que ver con el infierno, y eso es debido a un trauma que dejó el gran incendio en El Bosco. Entonces yo me apropio un poco de eso y le atribuyo no solamente la experiencia del incendio, sino también la experiencia del trauma de este. En realidad yo le atribuyo a El Bosco varios traumas en su infancia y en su adolescencia. También hay unos míos que yo le paso a él, porque yo necesitaba darle más consistencia a ese personaje. Yo quería que yo fuera más él y él fuera más yo. De algún modo.
La parte onírica es muy importante en lo que tiene que ver conmigo. Pero también, claro, cuando uno mira la pintura de El Bosco uno sabe que está llena de sueños, de pesadillas. Es decir, vean el infierno del Juicio final, de La carroza de heno, vean el infierno del Jardín de las delicias. Pues ahí hay mucha cosa del sueño. E imagínense que son justamente los surrealistas en el siglo XX que son los grandes defensores de la experiencia onírica como experiencia poética.
Sus libros suelen plantear similitudes que, aunque haya siglos de distancia, no dejan de presentarse en las distintas sociedades del mundo. ¿Qué paralelos encontró en esta ocasión?
El Bosco se conoce como a la locura del mundo, ¿no? Y yo creo que estamos en un mundo muy loco actualmente. Un desvarío, un extravío, una falta de referentes. Sí, porque lo que piden estos grandes humanistas del Renacimiento, o lo que les asombra, es la barbarie de la guerra, la presencia, la manipulación que tiene la iglesia con la guerra, porque es la iglesia la que va a patrocinar o apoyar las grandes guerras.
Desde ese entonces la corrupción en todos los estamentos es una cosa que a estos dos personajes les indigna profundamente. Pero claro, ellos sienten o saben que a la otra orilla del océano, hay un jardín donde posiblemente los hombres puedan ser felices.
Pero también está el otro asunto, que me parece que es el de la vigilancia de los cuerpos, la vigilancia del deseo, es el de que nos quieren volver a domesticar, que nos quieren volver a constreñir la imaginación, y sobre todo la imaginación amorosa. Yo soy de los que pienso que el erotismo es una de las grandes fuerzas transgresoras de las sociedades.
Pensamos que en cierta medida la habíamos superado, pero miren lo que estamos viviendo ahora en Colombia: un gobierno que quiere establecer otra vez a Dios en las aulas de la educación pública y que quiere expulsar todo lo que no esté de acuerdo con esa idea de Dios que ellos tienen.
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