Lo interesante de “El relojero de la catedral”, la nueva novela del escritor y periodista Pablo Navarrete, es que si bien tiene como personaje a Joaquín, que efectivamente tenía ese trabajo en la Catedral Primada de Colombia, en pleno centro de Bogotá, la historia trasciende y termina siendo una exploración de la historia y los vínculos familiares del autor.
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“La intención de escribir esto empezó hace unos seis años. La iniciativa fundamental era conocer un poco más acerca de Joaquín, el relojero de la Catedral. Quería saber quién era él. Entonces comencé a hacer entrevistas a mi familia, a mi abuela, a distintos familiares. Mi abuela murió y, cuando eso ocurrió, sentí una gran deuda con ella. Nunca tuvimos una relación ideal, aunque sé que había un profundo amor mutuo. No logramos entendernos en muchos sentidos y creo que este libro busca saldar esa deuda con ella. Busca redimirme con ella y también redimirla a ella”, dijo Navarrete.
¿Periodismo o literatura? Pablo Navarrete, si bien dice que su libro tiene mucho de periodismo, él reconoce que su lugar siempre ha sido en el periodismo literario, en el punto de encuentro entre ambos mundos. “Yo vengo de ahí y siempre voy a estar ahí. Amo el periodismo, pero en algún momento me desencontré un poco con él. No fue por una sola razón. Son muchas cosas. Encontrar un proyecto económico seguro en el periodismo es difícil; encontrar un lugar en el que uno se sienta feliz, libre, cómodo y pueda escribir tranquilamente también es difícil”.
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“Puede que sea un buen periodista, pero me bloqueo con la corredera y con la urgencia constante. Me paralizo mucho, aun cuando mis dos libros anteriores con Planeta fueron periodísticos. Fundamentalmente, me encuentro mejor en la literatura. Siento que tengo más cosas por decir desde la ficción. Porque con la literatura también se puede hacer periodismo, por eso hago esa distinción. Me desencontré con el periodismo y me encontré con la literatura”.
Casi al principio del libro dice: “Lloré ahogado, roto, por no haberle dicho a la abuela que su historia también era mía, que la adoraba”. Me llama mucho la atención porque, como acaba de decir y como contaba en la presentación, la relación con su abuela no era la mejor. Incluso usted decía que ella era un poco cruel con usted. Quisiera hablar de esa paradoja. ¿Por qué reivindicar a una persona con la que la relación no fue la mejor?
Es que finalmente yo crecí con mi abuela. No fue una abuela distante. Vivíamos muy cerca, en una vereda de Cajicá, y la abuela Mechas era una presencia constante. Además, era la gran matriarca de la familia.
Desde muy pequeño, los nietos más cercanos a ella —que tal vez fuimos Federico y yo, aunque Federico estaba muy por encima de todos porque fue el amor de su vida— siempre intentábamos ganarnos su amor y su afecto. Yo vine a entender eso ya grande.
Creo que esa paradoja se debe a que sentía que encontrarme con mi abuela y entenderla también me iba a llevar a encontrar zonas de mí que, si ella hubiera estado viva, tal vez nos habrían unido.
Este es un libro que habla mucho del dolor, de las tragedias personales, del horror que uno vive en medio del desamor.
Yo me encuentro con mi abuela justamente ahí: en el desamor constante, en las frustraciones, pero también en esa idea de que, aunque el corazón esté roto, hay que seguir. Hay que trabajar, sacar adelante la vida.
Ella habría dicho: “Tengo que sacar adelante a mis cinco hijos”. Y yo pienso algo parecido: a veces la vida puede saber a mierda, pero hay que seguir. Ese espíritu valiente y fuerte de ella es un lugar donde me encuentro mucho con mi abuela.
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También me encuentro en su espíritu solidario, en esa capacidad de construir comunidad y redes. Y también me encuentro en los resentimientos. Ambos somos profundamente resentidos. Muchas veces destilamos veneno.
La diferencia es que yo comprendí que también puedo destilar veneno, pero con ese veneno construyo historias. Mi abuela hacía otras cosas con él; ella lo seguía convirtiendo en veneno, lo añejaba.
Yo intento moverme de ahí y hacer otra cosa con ese veneno. También necesitaba entender cuál fue mi lugar frente a ella. ¿Por qué tuve el lugar que tuve? ¿Qué pasó para que esa relación fuera así?
Todavía no sé exactamente cuál fue ese lugar. Serán los lectores quienes lo ubiquen. En el fondo, la historia busca encontrarme con ella. Porque, aunque desde mis quince años la relación se volvió muy difícil, también tengo recuerdos muy lindos. Y aunque en muchos sentidos fue muy dura conmigo, también fue preciosa en muchos otros. Creo que eso era suficiente para rendirle un homenaje.
Más adelante el narrador dice: “Me obsesiono con la Catedral Primada de Colombia. Pienso que en ella reside el espíritu del tiempo que no tuve junto a mi abuela”. La Catedral no tiene un papel protagónico permanente en la novela, pero sí resulta fundamental. Quisiera que habláramos de esa obsesión y del papel que termina cumpliendo dentro de la historia.
La Catedral se convierte en una forma de simbolizar varias cosas. Por un lado, simboliza la historia de mi bisabuelo, Juaco. La novela está llena de símbolos y el tiempo, en sí mismo, ya es uno. Yo no quería contar una historia biográfica de la Catedral. Quería humanizarla. Entonces encuentro la historia de Manuel José Mosquera, que me conmovió muchísimo, independientemente del tinte político que pueda tener.
Su cuerpo descorazonado me pareció una metáfora de una profundidad inmensa. Cómo ese Dios sin corazón termina convirtiéndose en una metáfora a través del cuerpo de Manuel José Mosquera. Y, como esta también es una historia del país, me preguntaba si el Dios de este país sería igualmente descorazonado.
La Catedral termina representando el tiempo, la historia del país y también el lugar donde ubico a Juaco. Como dice el primer capítulo, quería ponerlo en un lugar más allá del tiempo. Y la Catedral es precisamente eso: un lugar de todos los tiempos. Tú y yo vamos a morir y la Catedral va a seguir ahí. Por eso me obsesioné con su historia.
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Ahora, tengo una bibliografía inmensa sobre la Catedral Primada porque, buscando su historia, también buscaba la mía. Si mi bisabuelo trabajó allí, ¿qué había mío en ese lugar? ¿Qué hizo él allí? El hecho de que fuera relojero termina siendo una excusa para contar no solo la historia del arzobispo y de una institución descorazonada, sino también la historia del país, de mi familia y de mi bisabuelo.
Usted ya lo ha mencionado varias veces, pero hay una frase que me parece central: “Pienso que nací en medio de una familia hecha de corazones rotos”. Siento que esa idea atraviesa toda la novela y también buena parte de su mirada como escritor. ¿Por qué le interesan tanto esos corazones rotos, esos personajes descorazonados?
Como escritor, siempre he pensado que una persona que no tenga un dolor adentro difícilmente resulta interesante para narrar. El dolor, además de ubicarnos frente a nuestras propias tragedias, también es una forma de narrarnos.
El corazón roto es una manera de ilustrar la tragedia de las familias de este país. Estoy seguro de que mi familia no es la única que ha sentido vergüenza, dolor, pérdidas o heridas profundas. Por eso esa figura era necesaria para contar esta historia. Todos mis libros están relacionados con el dolor. Pero no porque quiera regodearme en él. Lo hago porque quiero entenderlo.
Si en este país han nacido frutos tan tristes y tan dolorosos, es por algo. Mirarlos, tocarlos, olerlos, incluso comer esos frutos, también es una manera de encontrar nuestro lugar dentro del país y dentro de la familia. Siempre me impresiona cuando alguien decide no mirar de frente su dolor.
Y, desde la literatura, creo que el dolor nos lleva de la mano hacia lugares desconocidos de nosotros mismos. Nos permite descubrir quiénes somos, quiénes amamos, a quiénes odiamos y cómo nos relacionamos con los otros. Creo que narrar el dolor es una muy buena forma de construir nuestra propia historia.
Quisiera que habláramos de esa exploración que hizo de la muerte y de las distintas formas en que se manifiesta en la novela. Más adelante podemos hablar específicamente de la muerte de Joaquín, pero primero quisiera detenerme en esa exploración.
Fue muy interesante porque yo venía de escribir un libro relacionado con la masacre de El Aro, Plegarias del pueblo muerto. Allí la muerte se abordaba con una enorme frialdad. Estábamos hablando de paramilitares que llegaron a asesinar a más de una decena de campesinos en un territorio de Antioquia.
En ese libro sí había rastros de la muerte. Había pistas. Incluso logré acceder a los archivos de las necropsias de casi todos los muertos. Aquí no. El único muerto que vi de todos estos fue el cuerpo de mi abuela, ya dentro del ataúd.
Eso también me llevó a hacer un ejercicio de ficción, porque yo no estuve presente en ninguna de las muertes de ellos.
Entonces el reto era cómo narrar la muerte de personas a las que me veía obligado a querer, personas a las que siempre he querido, aun sin haberlas conocido, y cómo dignificarlas para cerrar su ciclo de vida dentro del libro.
La muerte aquí se aborda mucho más metafóricamente y con mayor libertad. Casi que la muerte era yo mismo.
Eso fue muy bello porque implicó vestirme de muerte, ponerme en los zapatos de cada uno de ellos y convertirme, por un momento, en el dueño de esos mundos. Eso es lo poderoso de narrar la muerte desde la literatura: uno se convierte en el propietario de mundos ajenos.
Por eso aquí la muerte aparece de manera mucho más poética, con recursos más imaginarios. Si uno mira, por ejemplo, la muerte de Elizabeth, probablemente fue la que más disfruté escribiendo. También la de mi abuela.
La de Joaquín, en cambio, es exactamente como mi abuela siempre la contó. La muerte terminó siendo un recurso literario con el que podía jugar, bailar. También fue un ejercicio para exorcizarla. Venía del dolor inmenso de haber escrito sobre la masacre de El Aro, que me dejó mucha amargura, y además de la muerte de mi abuela.
Por otro lado, también era una manera de honrar a los demás muertos de la historia. Juaco se suicida, pero los otros también tenían derecho a morir de otras maneras. No sabemos cómo les llegó la muerte. Fue una forma de exorcizar todas esas muertes dolorosas. Porque la muerte, en esta novela, no es solamente dolor.
Hay una frase que dice: “Joaquín no le temía a la muerte; le temía a la soledad que viene después. Esa soledad larga, sin interlocutor, sin cocina encendida, sin conversación interrumpida por la tos leve de María”. Hablemos de esa soledad y preguntarle si usted también le teme.
Sí. En lo personal sí le tengo mucho miedo a la soledad. De hecho, en este momento estoy en un proceso de mudanza. A finales de junio me voy de Cali para Bogotá porque empecé a sentirme muy solo en Cali.
Me da miedo sentirme solo. Y creo que la soledad de Joaquín era una soledad que quedó instalada en el alma. Más allá de su miedo, era un hombre profundamente golpeado por el mundo que le tocó vivir. Eso es, finalmente, lo que lo lleva al suicidio.
A veces miro las fotografías que tengo de mis bisabuelos y de mis abuelos, tanto de la familia de mi mamá como de la de mi papá. Cuando veo el rostro de Joaquín, veo el rostro de un hombre profundamente dolido. Creo que nunca entendió cuál era su lugar en el mundo. Su vida era posible acompañado de su esposa y de su hija. Primero pierde a su hija. Después muere su esposa. Y queda con Fidela preguntándose qué será de él. Creo que intentó dar la batalla durante cinco años, con valentía, pero también con mucho dolor. Vivía atormentado por el miedo y por sus propios fantasmas. Y esa tragedia interior, que probablemente nunca alcanzó a comprender, fue la que terminó llevándolo al suicidio.
También me llamó mucho la atención el comienzo y el final del libro, especialmente por el violín y por esa idea de que los objetos conservan la memoria de quienes los habitaron. Aquí le pregunto dos cosas: primero, por esos objetos que guardan la memoria de las personas. ¿Cuáles conserva usted y cuáles lo siguen conectando con su abuela o con la historia de su familia? Y segundo, por el duelo. ¿Cómo lo ha vivido usted?
Para mí los objetos son fundamentales. En mi familia paterna las fotografías tienen una importancia enorme. También las cosas. Mi padre, por ejemplo... Yo perdí siendo adolescente la cajita de madera donde Juaco guardaba sus fichas de dominó negras con puntos blancos. En ese momento no era consciente de que estaba perdiendo una reliquia de casi cien años.
Hoy tengo, por ejemplo, la mesa de noche de mi abuelo. La he mandado restaurar dos veces. Tengo libros. Tengo fotografías de mi abuela desde que era un bebé. Los objetos son una manera de vivir con nuestros muertos. Yo los siento así. Son una forma de conservar su presencia.
Por eso tengo un altar en la sala de mi casa con las fotografías de mis abuelos. Todos los domingos les prendo velas. También colecciono piedras de los ríos y las guardo en una bolsa de tela que pertenecía a mi abuela. Esa bolsa permanece detrás de su fotografía. Todo es un ejercicio para honrar a los muertos. Más allá del objeto en sí, es una manera de mantener viva la memoria. De seguir hablando de ellos. De que sigan ocupando un lugar en nuestra vida cotidiana.
En cuanto al duelo, durante los últimos dos años y medio he vivido tres muy fuertes. Primero murió mi abuela, el primero de marzo de 2024. Tres semanas después murió mi abuelo materno. Y este año murió una persona muy importante para mí. Lo que he aprendido es a convertir el duelo en una forma de entender el dolor y de rendirles homenaje. ¿Y cómo los homenajeo? Escribiendo. Es lo único que sé hacer. Voy al cementerio y les leo textos. A mi abuela le escribí este libro. Cuando murió, también leí un discurso durante su funeral. Para mí el duelo es una oportunidad para construir palabra. La palabra también construye puentes hacia quienes ya no están. Es una forma de reencontrarme con ellos. Por eso los muertos siguen siendo personajes fundamentales en mis libros.
Hay una frase muy bonita: “Escribir es, en buena medida, algo parecido: una forma de morirse un poco, de embalsamarse entre palabras propias, enterrarse bajo la tierra de la memoria, esperando, con suerte, que alguien escarbe para encontrar entre cúmulos de letras el corazón de quien escribe”. ¿Qué significa para usted esa idea de escribir?
Escribir es precisamente eso. Es la capacidad de morirse con quienes ya están muertos. Y también de hacerse más joven para hablar con quienes siguen más vivos que uno. La escritura nos permite construir caminos que muchas veces los muy lúcidos no alcanzan a ver. Nos permite conectar con otras formas de existencia. Entender dolores pasados. Entender maravillas pasadas. Y también morirnos un poco. Cada vez que termino un libro siento que una parte de mí se muere. Como ocurre con la carta que le dejo a mi abuela al final de este libro. Es decirle: aquí termino este libro y aquí también me muero contigo. Además, yo nunca escribo únicamente para mí. Siempre escribo para alguien.
Plegarias del pueblo muerto fue para las víctimas de El Aro. El libro anterior fue para Nina Pizarro. Siempre hay un destinatario. Aunque esas personas sigan vivas, el libro contiene una parte de mí que ya no me pertenece. Queda ahí. Es como un fósil hecho de letras. Por eso digo que los libros son una forma muy bella de morirse.
También escribe: “Hay gestos que no se hacen por rutina, sino por fe. La fe de que el tiempo, si se atiende con respeto, no se descompone”. ¿Cuáles son esos gestos que usted hace por fe?
Escribir todos los días. Levantarme todos los días. Amanecer y querer seguir vivo en este país ya es un acto de fe. A veces la vida es muy dura. Y decidir ser escritor o periodista en Colombia es una decisión muy difícil. Uno se cansa. Se pregunta hacia dónde va todo esto. Pero creo que hay tres gestos de fe que siempre intento mantener. El primero es abrir los ojos. Mi cama queda frente a una ventana inmensa. Abro la cortina, respiro y me digo: “Con calma y con paciencia”. El segundo es sentarme a escribir todos los días. Y el tercero es mantener la disciplina. Creo que ser disciplinado en medio de la pobreza, del hambre o de las tragedias personales es el mayor acto de fe que uno puede tener. La disciplina es un gesto inmenso de fe y de amor por aquello que uno hace.
Y para terminar: aunque la pregunta pueda parecer obvia, ¿por qué ese arraigo hacia la familia? ¿Por qué es tan importante para usted volver sobre su historia familiar, incluso cuando eso implica descubrir secretos o heridas que muchas veces permanecen ocultos?
Yo crecí escuchando la historia de Juaco, mi bisabuelo que se había suicidado. Pero llega un momento en que uno se pregunta qué hacer con esa información. No es cualquier historia. Es la historia del padre de mi abuela. Uno sabe que fue un gran músico, el relojero de la Catedral Primada de Colombia, un hombre amoroso. Y sí, que se suicidó por amor, en esa especie de historia shakespeariana con María.
Pero más allá de eso, ¿qué mensaje les deja a sus descendientes? ¿Qué llevamos nosotros en la sangre? ¿Qué podemos hacer con esa marca? Creo que escribir sobre la familia siempre es un ejercicio necesario. También es escribir sobre nuestro lugar frente a ella. Y, al mismo tiempo, sobre el lugar de esa familia en la historia del país, de una ciudad, de una época. Narrar a la familia es rendirle tributo. Pero también intentar encontrar similitudes que, tal vez, puedan salvarnos. Salvarnos de dramas que se repiten. De horrores heredados. Es una manera de entender cómo podemos reconfigurar el lugar de nuestra familia en la historia del país. Y también desde dónde queremos pararnos nosotros para mirar esa historia.
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