Durante la pandemia y en algún rincón de la ciudad, una artista bogotana encontró en la ventana de su habitación la posibilidad de salir sin estar afuera. Para Marina Sánchez, ese fino vidrio se convirtió en una puerta hacia la vida que continuaba transcurriendo incluso cuando el tiempo parecía haberse detenido. En este ejercicio de contemplación, la mirada de la artista se posó en unos gigantes que rodean la ciudad y que, en medio del afán cotidiano, suelen pasar desapercibidos.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Así nacieron los 26 cuadros que componen “Panorámicas de la sabana”, una serie de acrílicos convertidos en un poema dedicado a las montañas que la acompañaron en medio de la pandemia. “Estando alejada de la gente, de la familia y de los amigos, solo veía el cielo y la luz de los atardeceres a través de la ventana, y quise replicar algo que no se apreciaba en su totalidad. Fue como si me hubiese integrado a la naturaleza durante el confinamiento”, explicó Sánchez en un comunicado sobre su obra.
En una entrevista para El Espectador, Sánchez y su hija, María Claudia Peña, explicaron que la artista posee una especial sensibilidad frente al color, lo que le ha permitido explorar el paisaje desde múltiples miradas. “Ella es capaz de percibir el color en dimensiones distintas, mientras que yo no lo logro ver así”, manifestó Peña.
Al comenzar el recorrido por la exposición, los colores y los contrastes de cada cuadro revelan distintas facetas de los cerros a lo largo del día. Desde su gama de verdes característicos hasta los tonos anaranjados que muestran la tenue luz de los atardeceres y los azules que se convierten en un reflejo de la noche. Ningún cerro permanece estático.
La artista recordó que este acercamiento a lo cromático empezó desde que era pequeña. Uno de los primeros recuerdos que tiene es cuando su padre llevó a casa unos lápices con dos puntas, una roja y otra azul, un contraste que la asombró a su corta edad. A partir de esos lápices, su mano curiosa empezó a dibujar una variedad de margaritas y desde entonces no ha dejado de hacerlo.
A pesar de haber nacido en Bogotá, la artista sólo pasó allí los primeros cinco años de su vida. Durante el periodo de La Violencia, su padre fue perseguido y sufrió varios atentados tras realizar una investigación sobre la Masacre de la Casa Liberal de Cali, un ataque armado que dejó un saldo de 24 personas asesinadas.
Sánchez relató que hubo una ocasión en la que se vio enfrentada de forma directa a ese peligro constante que ponía en riesgo la vida de su padre. “Son recuerdos muy difíciles. Una vez estaba caminando de la mano con mi papá. Él era muy grande para mí, claro, y me tomó del brazo y me dijo: ‘Métete debajo del carro’, porque había una persona que le iba a disparar”.
Fueron este tipo de hechos los que obligaron a la familia de la artista a mudarse a Estados Unidos y posteriormente a Italia. El dolor de ese recuerdo lo reconstruiría muchos años después en un cuadro titulado “Mi violencia”, que hace parte de una serie que lleva el mismo nombre.
Durante su estancia en Nueva York, Sánchez vivió rodeada de museos y galerías a las que asistía constantemente con su madre. Esto hizo que fuera adquiriendo un conocimiento artístico que marcaría su forma de ver el mundo y la llevaría a formarse en esta disciplina desde que se mudó a Italia.
En Milán, Sánchez empezó a recibir clases privadas de dos maestros: Aldo Damioli y Angelo Minutelli, quien la guio en su acercamiento a la naturaleza. “Él me enseñó todo sobre el paisajismo. Hablaba con mucha pasión y con mucha seriedad acerca de la perspectiva, del color, de cómo pintar las cosas. Realmente aprendí todo con él”.
Posteriormente se inscribió en la Escuela Cívica San Elembardo, donde realizó su primera exposición individual. Milán fue el lugar que vio nacer su carrera: gracias al gremio de artistas de esta ciudad pudo verse involucrada en una serie de muestras colectivas que califica como “enriquecedoras” y con las que recorrió gran parte del territorio del norte de Italia. “Allá los artistas tienen un gran espacio, tal vez porque el arte les corre por las venas”.
Después de un tiempo regresó a Nueva York, donde se unió a un grupo de pintores llamado “Abington Square Painters”, con quienes abrió un estudio. Sánchez describió que, a partir de este proyecto, mostró su trabajo en diversas ocasiones y destacó que la mentalidad norteamericana es muy “abierta”.
En 2007 decidió volver a Bogotá, aunque ese retorno representó un punto de quiebre en su vida tanto personal como artística. “La adaptación a la vida colombiana no es fácil. Personalmente encuentro que es una sociedad muy cerrada y que los gremios también lo son”.
Sin embargo, ha logrado abrirse espacio en distintas galerías y, a pesar de que volver fue un reto, su admiración por los paisajes capitalinos siempre ha estado presente. “No puedo negar que me impactó mucho la belleza de Bogotá. Mucha gente dice que Bogotá es fea, pero a mí me parece particularmente bella, y eso es precisamente lo que reflejo en mi trabajo”.
Su hija la ha acompañado en todo este proceso y destaca los “trazos fuertes” y la “vitalidad” del uso del color que hace su madre en las obras. En esta “poesía cromática”, como Sánchez definió su exposición, usa el color y la belleza de los cerros como un recurso para llamar la atención sobre su cuidado.
Para ella estos “guardianes de la ciudad” son frágiles dentro de su propia inmensidad y muchas veces pasan desapercibidos, por lo que hay que continuar con los esfuerzos para protegerlos. Ninguno de los cuadros tiene un nombre específico: la artista no pinta cuadros separados, todos hacen parte de “Panorámicas de la sabana”.
La exposición estará disponible en el Museo Mercedes Sierra de Pérez hasta el 29 de marzo. “Quiero abrir un espacio para la reflexión en el observador. Ofrecerle un momento para la contemplación sosegada más allá de las dificultades que nos rodean, a pesar de las hordas inevitables de conflictos, guerras e inequidades”, concluyó Sánchez.