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Detrás del telón de cada historia se desprenden preguntas, silencios y búsquedas. El universo creativo de Paula Bombara (Bahía Blanca, Argentina) está habitado por moléculas y metáforas, por una memoria histórica aguda y una profunda capacidad de empatía. La historia personal de Bombara está atravesada por el sismo de la última dictadura cívico-militar argentina: su padre, Daniel Bombara, fue torturado y desaparecido en 1975, obligando a su familia a huir a la capital.
Luego vinieron los libros como un abrazo y un lugar seguro. La autora recuerda que, además del afecto incondicional de su madre, los libros se volvieron un lazo invisible para acompañarse ante el dolor: “El primer libro me lo dio mi mamá a los 5 años: Dailan Kifki. Me hizo pensar que todo era posible, me marcó y me despertó muchas preguntas”. Esa herida, lejos de cerrarse, se transformó en una militancia activa por los derechos humanos. La autora es una colaboradora esencial de las Abuelas de Plaza de Mayo y del Equipo Argentino de Antropología Forense.
Bioquímica de profesión, años más tarde se acercó de nuevo a la escritura y la academia cursando unos años la carrera de filosofía. En 2004 decidió volcarse de lleno a la literatura infantil y juvenil (LIJ) y a la divulgación científica. Para ella, el arte y la ciencia se resignifican en la individualidad; el arte no busca un fin utilitario, sino provocar ese “sismo” interno, ese eco que la obra genera en quien la recibe. Desde su casa en el barrio de La Paternal, donde vive rodeada de plantas, sus gatas y el sonido de fondo de Radiohead, Pearl Jam, Debussy o el jazz, Bombara lee de todo, escribe de todo y disfruta la vida con curiosidad infinita.
Sus “escritoras faro” como Liliana Bodoc y María Teresa Andruetto guían un oficio que dialoga constantemente con la filosofía, la sensibilidad y la observación atenta del mundo.
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Presentamos una entrevista sobre “Kibú”, la más reciente obra de la autora publicada en Colombia por Panamericana Editorial, una historia que celebra la vida, el encuentro y la fortuna de tener a alguien especial. Es una invitación a atesorar los recuerdos y, al mismo tiempo, a permitir que se renueven bajo la luz de cada pequeño gesto compartido. Es la certeza de que, cuando dos seres heridos se conectan desde la empatía pura, se transforman para siempre.
La obra nos introduce inmediatamente a la melancolía y al desarraigo a través de Kibú. ¿Cómo eligió a un perro siberiano como punto de partida para hablar de la distancia y el recuerdo?
Elegí un perro siberiano pues cada vez que los veo paseando por las calles de Buenos Aires, mi ciudad, me pregunto si se sentirán cómodos tan lejos del paisaje que les da el nombre. Son perros preparados para el frío, para la nieve, viviendo en un lugar donde no hay nieve y hace frío muy pocos días al año… Siempre me pregunto qué historia tendrán y si los tratarán bien. Lo mismo me sucede cuando voy a un encuentro lector cerca de mi casa y conozco a niños o niñas que son de lugares lejanos y me lo cuentan; me pregunto cómo se sentirán y por qué habrán tenido que mudarse.
¿Cómo surgió la construcción de la nostalgia en José y cómo trabaja el lenguaje para que la ausencia o la apatía se sientan en la cotidianidad de los niños?
Intenté ponerme en los zapatos de José y en las patas de Kibú y caminar por los lugares emocionales que ellos están transitando. Muchas veces las palabras más simples son las que mejor expresan los sentimientos profundos, así que fui en busca de frases sencillas y sinceras que hablaran no solo de ambos personajes sino también de cualquier persona capaz de comprender y abrazar el dolor que ellos sienten.
Durante el relato hay un juego poético de espejos entre los vacíos de José y los de Kibú. ¿Considera que la infancia y el mundo animal comparten un hilo especial de comunicación?
Para mí, el ser humano es un mamífero más entre tantos otros; somos parte del mismo mundo animal. Cuando vemos cachorros de diferentes especies mirarse entre sí, es evidente que su curiosidad, su entusiasmo, su dependencia y su vulnerabilidad son muy parecidos. Por otra parte, creo que las infancias se dan el tiempo necesario para observar a seres y cosas que les llaman la atención; lamentablemente, las personas adultas vamos perdiendo esa “antena” y esa capacidad de observación. Yo me resisto porque admiro esa capacidad de extrañamiento y de pensamiento lateral que tienen los niños y las niñas.
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El texto contrapone las comodidades materiales del centro de adopción a las necesidades emocionales de Kibú. ¿Buscaba hacer una reflexión sobre cómo a veces los adultos intentamos sanar la tristeza con “cosas” ?
Sí, totalmente. En muchas ocasiones creemos que la solución a una ausencia está en compensarla con comidas, con regalos, con objetos. A la vez, sabemos que cuando estamos tristes lo que más necesitamos es que nos brinden tiempo de calidad, amor, un abrazo y la escucha. Además, creo que los seres humanos le debemos al resto de las especies respeto y cuidado, pues hemos invadido muchos de los ecosistemas donde las vidas de dichas especies se desarrollaban. A lo largo de nuestra historia, incluso, la humanidad ha modificado sustancialmente el equilibrio del planeta.
En la LIJ el texto y la ilustración dialogan todo el tiempo. Háblenos acerca de este trabajo en “Kibú”.
La elección de Luis San Vicente como ilustrador de “Kibú” es mérito de mi editora, Luisa Noguera. Cuando vi los bocetos, me puse muy contenta, pues es un artista que me gusta mucho y no imaginé que alguna vez una historia inventada por mí estaría ilustrada por él. Creo que hizo un trabajo maravilloso.
Al final, cada uno proyecta en el otro su propia pérdida: ¿es Kibú una historia sobre cómo el reconocimiento del dolor ajeno nos ayuda a empezar a sanar el propio?
Sí, creo que es fundamental sostener la sensibilidad frente al dolor de quienes nos rodean, no ser indiferentes al pesar del otro. El texto surge de mi intriga acerca de si un perro adulto es tan sensible al dolor de un niño humano como gran parte de las y los adultos humanos lo somos cuando encontramos un perro que está sufriendo; y en este caso, decidí que Kibú sí lo fuera: él siente y comparte con José esa necesidad de encuentro y de alegría.
¿Tiene alguna imagen como una “primera mirada” del duelo en su infancia?
Siendo muy pequeña, mi padre fue secuestrado, asesinado y desaparecido por el terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico-militar de Argentina; un par de años después, mi madre y yo misma fuimos secuestradas por los militares. Como imaginarás, estos hechos dejaron una marca muy profunda en mi vida y me sensibilizaron para siempre frente al dolor que le provoca a un niño, a una niña, el no saber o no entender qué está pasando y qué sucederá después. A través de mi trabajo intento dar respuestas que conduzcan a pensar en que algo bueno aparecerá de un modo u otro y dará fuerzas y herramientas para seguir adelante.
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¿Qué reflexiones le gustaría que se queden rondando en la cabeza de quienes lean este libro al cerrar la última página?
Me gustaría que la historia sembrara palabras y ánimos para pronunciar alguna pregunta o alguna reflexión que no podían formular antes porque no sabían cómo. También me gustaría que Kibú y José los hicieran compartir un lindo momento. Tan lindo como los que pasamos Luisa, Luis y yo mientras construimos este libro
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