El Magazín Cultural

29 Nov 2019 - 2:00 a. m.

Pintura de luz y movimiento

La exposición individual del artista bogotano está a la vista desde mañana en el Centro Cultural-Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo de Bogotá.

Eduardo Márceles Daconte

“Presencia XII”. Acrílico sobre lienzo. 90 x 210 cm. Una de las obras de Ricardo Valbuena que estarán en su nueva muestra.  /  Cortesía
“Presencia XII”. Acrílico sobre lienzo. 90 x 210 cm. Una de las obras de Ricardo Valbuena que estarán en su nueva muestra. / Cortesía

Conocí a Ricardo Valbuena en Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos, cuando la Fundación Contempo me invitó a hacer la curaduría de la exposición New Generation: Ibero-American Art, 2008, en el Palacio de los Emires, una suntuosa construcción con paredes de mármol de diversos colores intercaladas con columnas de oro macizo. En esa muestra de 30 artistas iberoamericanos, la obra de Valbuena sobresalía por su excelente factura, su intenso cromatismo y esos temas tan admirados por los árabes del desierto como son las vistas marinas y las composiciones de caballos galopando en medio de un torrente de luz que incendia el lienzo.

Años después, cuando visité su taller en Bogotá, pude comprobar que no solo seguía forjando una obra de prodigiosa vitalidad cromática, sino que retomaba la técnica del pastel, indagando en rostros de personajes anónimos que proyectan una personalidad definida de rasgos enérgicos. En su exposición actual, muestra una colección de pinturas donde predominan los caminantes, los caballos, el cuervo o las presencias humanas que ha trabajado desde tiempo atrás, solo que en esta ocasión su interés radica de manera especial en el movimiento y la luz, además de una reflexión sobre su propia existencia que, en este caso, gira alrededor de sus convicciones espirituales, el yoga, por ejemplo, y de la física cuántica en tanto esboza una verdad científica la cual explica que toda materia está compuesta de átomos y partículas en movimiento, nada permanece inmóvil en la naturaleza, por eso sus figuras evaden los contornos definidos para disolverse en una atmósfera luminosa, inmersos en la energía que les confiere la potestad de estar en constante actividad.

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Tal actitud se refleja en su temática titulada Andanzas. En ella enfoca a personas que caminan o deambulan por un espacio urbano protocolizado por una luz brumosa que tiende a ocultar sus fisonomías para convertirlos en la masa anónima que caracteriza cualquier lugar del mundo donde se comparten los mismos fenómenos sociales como pueden ser los desplazados, peregrinos, inmigrantes o transeúntes desprevenidos, muchas veces sin rumbo fijo, intentando escapar de la indigencia o en busca de mejores condiciones de vida.

Por supuesto, su pintura tiene el mérito de poseer esa ambigüedad que debe tener toda obra de arte, sujeta a las interpretaciones de cada observador. No sería arriesgado presumir que el artista, además de esta lectura de expatriados en su propia tierra, haya querido expresar también esa búsqueda incansable del ser humano por encontrar la luz que ilumine el camino hacia la realización de sus ideales.

Algunas de esas figuras remiten a pensar en la soledad de seres alienados por una sociedad enmarañada con todo tipo de complejos sistemas económicos, psicológicos y sociales que restringen la libertad e impiden la satisfacción de sus necesidades básicas. También asume su responsabilidad con el medio ambiente en tanto alude a la contaminación ambiental que extingue el oxígeno que necesitan esos transeúntes para sobrevivir. En este sentido, su pintura capta esa franja de incertidumbre que agobia a la mayoría de los habitantes de este planeta, aunque también se inclina por explorar estados de ánimo de personajes en espacios urbanos que buscan la interacción con sus semejantes.

Valbuena permanece fiel a los argumentos que han estado presentes en su derrotero artístico como son la luz, el movimiento y una simbología personal que contribuye a la solidez conceptual de su trabajo. El caballo es sin duda su símbolo más recurrente en tanto proyecta elegancia, fuerza y velocidad, mientras que el águila es una metáfora de libertad como es también la presencia de perros por su lealtad y amor incondicional a sus amos. En algunas de sus pinturas el cuervo nos recuerda The Raven, el pájaro de ébano en el famoso poema de Edgar Allan Poe, inteligente y burlón que, en la mitología de nuestras culturas nativas, simboliza la magia del universo.

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Si bien su pintura se ha caracterizado por un colorido enérgico, dinámico y emocional, en esta propuesta visual destaca de manera especial los grises o tonos medios como corresponde a estos tiempos aciagos de desamparo y riesgo ambiental, cuando no se vislumbra en el horizonte una transformación social que llegue a aliviar las ineludibles y pesadas cargas que lleva a cuestas todo ciudadano. No se limita, sin embargo, a formular solo una pintura monocromática sino que va insertando colores de manera gradual, ya sea en acrílico o pastel, en atmósferas azules, amarillas o rojas, pero manteniendo la rigurosa sensación de soledad existencial que predomina en su trabajo actual.

Para un artista inmerso en la realidad de cada día es imposible permanecer indiferente ante las injusticias sociales y el deterioro de su medio ambiente, no importa si es una actitud premeditada o espontánea, esas circunstancias afloran en su obra tarde o temprano. Por eso, más allá de su indiscutido valor artístico, encontramos en su pintura señales inequívocas de preocupación por el incierto futuro que depara a la humanidad en estas épocas de crisis pero también de luchas, sacrificios y esperanza.

*Escritor, curador de arte e investigador cultural.

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