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El amarillo que obsesionó y elevó a Van Gogh, más allá de sus icónicos Girasoles

El amarillo no fue solo el color favorito de Vincent van Gogh, sino un lenguaje visual que, en torno a 1900, expresó modernidad, escándalo, espiritualidad y energía.

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Imane Rachidi-EFE
14 de febrero de 2026 - 08:53 p. m.
Una muestra en Ámsterdam toma como punto de partida los icónicos Girasoles (1889), pero amplía el foco para analizar cómo el amarillo se convirtió, en torno a 1900, en un lenguaje cargado de significados: modernidad, rebeldía, escándalo, espiritualidad y energía.
Una muestra en Ámsterdam toma como punto de partida los icónicos Girasoles (1889), pero amplía el foco para analizar cómo el amarillo se convirtió, en torno a 1900, en un lenguaje cargado de significados: modernidad, rebeldía, escándalo, espiritualidad y energía.
Foto: EFE/ Imane Rachidi
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Sobre el ataúd de Vincent van Gogh, en julio de 1890, había un sencillo paño blanco cubierto de flores amarillas: dalias, girasoles, amarillo por todas partes, y su amigo Émile Bernard escribió entonces: “Era su color favorito (…) el símbolo de la luz que buscaba en los corazones y en las obras de arte”.

El propio Van Gogh, un neerlandés acostumbrado a los cielos grises del norte de Europa, plasmó su fascinación por la intensa luz que se encontró en Arlés, en el sur de Francia, en una carta a su hermano: “Luz del sol, una luz que, a falta de una palabra mejor, solo puedo llamar amarilla- amarillo azufre pálido, limón pálido, oro. ¡Qué bonito es el amarillo!”

“¿Qué es exactamente el amarillo? ¿Qué ocurre cuando lo utilizas? ¿Qué quieres expresar como artista?”, planteó la conservadora Ann Blokland. Su colega, Edwin Becker, agregó: “El color en sí mismo no tiene significado; es un fenómeno de luz. Somos nosotros quienes le damos sentido, y ese sentido cambia según la persona, la cultura o la época”.

El recorrido se centra en el período 1850-1900 para responder a una pregunta concreta: “¿Qué ocurrió en el periodo de 1850-1900 con el color amarillo? Esa es la cuestión central”, dijo Emilie Gordenker, directora de la pinacoteca conocida por albergar la mayor colección de Van Gogh del mundo.

En los Girasoles, el amarillo se despliega en capas físicas y simbólicas: “En esa pintura hay muchas capas, literalmente en la pintura, pero también en los tonos, que van del amarillo limón al naranja profundo”, explicó Becker.

Para este conservador, la obra encierra modernidad y valentía: Van Gogh logró “dominar ese color tan fuerte con aparente sencillez”, hasta convertirlo en una imagen hoy icónica.

El amarillo es “un color que eleva, que anima”, añadió, aunque matizó que en los girasoles también hay melancolía: flores inclinadas, cabezas que pesan, al final vitalidad y decadencia conviven bajo la misma luz.

Sobre este tema se abrió una nueva exposición del Museo Van Gogh, titulada “Amarillo. Más allá del color de Van Gogh”, que abrió sus puertas con unas 50 obras y objetos fechados entre 1850 y 1915.

La muestra toma como punto de partida los icónicos Girasoles (1889), pero amplía el foco para analizar cómo el amarillo se convirtió, en torno a 1900, en un lenguaje cargado de significados: modernidad, rebeldía, escándalo, espiritualidad y energía.

La exposición, que reúne obras de más de quince artistas además de Van Gogh, incluye nombres como Kandinsky, Ramón Casas, Klint, Manet y Turner, maestros que usaron el amarillo como símbolo cambiante.

A finales del siglo XIX, el color se convirtió en emblema de modernidad y escándalo; las novelas con cubiertas amarillas, que abordaban temas como el alcoholismo o la prostitución, eran vistas como provocadoras, y muchos artistas las representaron en sus cuadros como signo de una nueva sensibilidad.

En paralelo, el amarillo adquirió un significado espiritual: en la teosofía se asociaba al crecimiento interior, y para Kandinsky evocaba el sonido agudo de una trompeta.

“El color era un medio ideal para expresar ideas abstractas o incluso sonidos”, recordó Blokland, aludiendo al interés en la época por la sinestesia, fenómeno en el que los sentidos se mezclan.

Por Imane Rachidi-EFE

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