Lo que llamamos pensamiento crítico gira en torno a tres grandes habilidades en las que habitualmente no se nos educa: la propensión a cuestionar la información que recibimos, la disposición a interrogar la evidencia que tenemos a favor o en contra de nuestras creencias y el saber argumentar. Estas habilidades no se nos dan naturalmente; es preciso un proceso de educación y examen interior para dominarlas.
La propensión a cuestionar, la primera de las grandes habilidades, ciertamente no se da por sí sola. Nacemos en una sociedad determinada, en una familia con costumbres específicas. Tendemos a aceptar las cosas como se nos han presentado y a no ir más allá al suponer que nuestras maneras son las maneras del mundo; todos las deberían observar. Somos crédulos porque descendemos de quienes le creyeron a sus mayores que en la cueva había un oso, sin tener el atrevimiento de ir a averiguarlo; el escéptico no se encuentra entre nuestros antepasados. Aprender a pensar críticamente a menudo va contra nuestras motivaciones primarias, y es una habilidad que debe ser desarrollada.
Examinar la evidencia a favor o en contra de nuestras creencias, la segunda de estas habilidades, al igual que la argumentación, tampoco nos viene sin un poco de educación socrática. Según un examen superficial, vivimos en un mundo plano, el Sol gira alrededor de la Tierra y rara vez dos cosas al ser soltadas tocan el piso al tiempo.
Pero todas estas ideas, a pesar de que fueron teorías dominantes en su momento, fueron rebatidas por medio de procesos de pensamiento crítico (aunque hemos regresado increíblemente a imágenes de una Tierra plana, una teoría que fue rebatida en el año 600 a.C.). La evidencia no es fácil de inspeccionar, y los datos crudos son engañosos, como los que existen para una Tierra esférica o para el hecho de que es nuestro planeta el que viaja alrededor del Sol y no al revés. Estas ideas exigen evaluaciones más cuidadosas, evaluaciones críticas.
Otras creencias son más difíciles de poner a tono con la experiencia de la vida cotidiana, como la idea de que todos los objetos caen con la misma aceleración. Fue Galileo quien, arrojando una pluma de halcón y un martillo, imaginó qué pasaría en un ambiente sin aire. ¿Caerían con la misma aceleración? Se da cuenta, entonces, que lo que estaba viendo era apenas un efecto producido por la resistencia del aire y que no era esencial al movimiento el tener mayor o menor masa. La ciencia rompe el sentido común y, como tal, nos induce a pensar críticamente.
Hay una gama enorme de habilidades derivadas que se relacionan con las tres que he señalado: saber distinguir entre verdad y mentira, poder pensar “por fuera de la caja” —de maneras no convencionales—, establecer relaciones.
Tomemos solo una de ellas, la habilidad de distinguir lo verdadero de lo falso. En el mundo contemporáneo, en el cual pareciera que cualquier cosa es demostrable según parámetros científicos y en el que abundan las teorías conspirativas, tener la capacidad de demarcar lo verdadero de lo falso es esencial. Cuando no se tiene, podemos terminar pensando que los pedófilos demócratas de la política americana mueven una red de esclavos sexuales a través de pizzerías, como de hecho creen quienes sostienen la “Pizzagate conspiracy theory”. En torno a esa habilidad crítica giran otras capacidades que podemos señalar con claridad: la capacidad de evaluar contextos, saber qué desentona y qué no con los hechos, poder establecer una idea sobre lo probable y lo coherente.
Y claro que todo tiene que ver con disposiciones comportamentales. Podremos ser muy hábiles en poner en duda lo que nos dicen, pero si no estamos dispuestos a decir “no” a lo que no nos suena viable, factible o verdadero, de nada nos servirá pensar críticamente. Pensar críticamente en muchos sentidos es lo contrario al pensamiento positivo y afirmativo. Una persona a la que se le propone entrar en una banda delincuencial o consumir droga difícilmente se podrá considerar un pensador crítico si no puede negarse a las propuestas peligrosas.
De la misma manera, pensar críticamente exige tiempo “muerto”, contemplativo, reflexión, adoptar el “monotasking” versus el “multitasking” que hoy se exige como una habilidad requerida en las entrevistas de trabajo. Pensar se hace a profundidad en una sola cosa a la vez: el multitasking es una habilidad del animal acorralado que debe comer, huir y defender a las crías al tiempo.
Entre nosotros, el pensamiento crítico es un vacío, más que algo en lo que debemos mejorar. En las pruebas internacionales OECD y PISA, los niños colombianos aparecen en los últimos lugares al lado de niños educados por talibanes en Afganistán. Las habilidades que he señalado las encuentran increíblemente difíciles de poner en práctica. Claro que no media ninguna misteriosa disposición genética colombiana. Pero las razones que se aducen parecen igualmente improbables y alocadas.
No creo en las teorías semi-conspirativas de que los congresistas no quieren personas educadas y, por medio de un elaborado esquema de alcances temporales inauditos, no invierten en educación para perpetuarse. Mi experiencia es que simplemente no es un núcleo de interés: la salud y la educación no son fines del Estado, grita la ultraderecha… la política lo es. Tampoco se me hace factible la posición que adoptan algunas personas al interior de entidades públicas que se ocupan de la educación: en su opinión, increíblemente, estos exámenes están sesgados contra los niños colombianos, vaya uno a saber por qué o cómo.
Mi experiencia ha sido que simplemente no tenemos interés en educar en pensamiento crítico. Lo vemos con recelo, como una movida hacia la politización, no entendemos cómo se relaciona con otras de nuestras carencias, como la enorme dificultad para producir ciencia y tecnología… esto aunado al hecho de que no sabemos cómo educar críticamente. Llevo años impulsando un programa de pensamiento crítico que recibe felicitaciones, pero nunca presupuesto.
Educar críticamente no es difícil, pero se ha de enseñar. Quizá la mayor falta de pensamiento crítico sea autorreferencial y esté expresada justo allí, en la imposibilidad de establecer una conexión entre nuestro desarrollo personal y colectivo y nuestras pobres habilidades críticas.