6 Apr 2018 - 2:00 a. m.

Preludio a "La escuela de música" de Pablo Montoya

Pablo Montoya estudió música en la Escuela Superior de Tunja. En sus obras literarias, esta disciplina artística siempre ha estado presente. Su nuevo libro, “La escuela de música”, no es la excepción.

Fabio Rodríguez Amaya

En el tormentoso ingreso a la adultez, un puñado de adolescentes comparten ámbitos donde desde “el silencio y la nada, sus orillas definitivas, la música nombra la nostalgia”. Los congrega la existencia fugaz de un administrador avisado. Y la utopía de un maestro audaz, con oído pero sin futuro, formado en el conservatorio Chaikovski de Moscú, aún soviética, quien “quería revolucionar la enseñanza de la música”, noticia que “se desparramó, en cuestión de meses, por los rincones del país”. Muchachas y muchachos provenientes de los lugares, culturas y experiencias más disparatados conviven en un caserón ruinoso de la antigua capital virreinal, donde las jóvenes neogranadinas “iban a jurar su fidelidad a Cristo y al Rey, y a pagar su precio por los deslices clandestinos del amor”.

Pertenecientes a segmentos sociales proletarios y clase media pauperizada, los jóvenes en busca de un oficio y un futuro dignos se afincan en una ciudad “castrense, eclesiástica y sumisa”, atiborrada de iglesias donde, desde su fundación, “el miedo se instaló entre los habitantes”. La más variada fauna humana transita esta ora poderosa, ora desgarradora, ora implacable historia, cuyos ejes portantes son la música y la vida, ensombrecidas ambas por la funérea década del pavor. Sobre éstos, como un fantasma incumbe, omnipresente y sórdido, el país “militarizado y narcontrabandista”, de los años ochentas, inaugurados por el Estatuto de Seguridad. Y escenario de la guerra sucia, avalada por una pseudoaristocracia sin pasado, reciclada con el narco, propiciadora de impensables tragedias humanas, naturales y políticas.

De este tenor son los escenarios y los no pocos personajes y comparsas que verbalizan La escuela de música, la esperada novela —de formación, por cierto—, de inminente aparición con Random House, de Pablo Montoya Campuzano, uno de los más brillantes y concienzudos escritores colombianos en la vulgar y confusa contemporaneidad que se padece por doquier.

La voz axial sostenuta y vivacissima de Pedro Cadavid, el disciplinado aunque torpe instrumentista —alter ego de Montoya, con rubricado pacto autobiográfico—, devenido musicólogo, lector en voz alta y escritor en sueños, alterna en contrapunto con aquella a capriccio grave del maestro Javier Zabala. A ellas se suman otras múltiples voces andanti, vivaci o moderate de todo color, sexo y condición. Voces todas que, a través de una sabia y recamada escritura episódica, son expresión multiforme de conciencia, pasión, estudio, desenfado, disciplina, contradicción, disputa, abandono, intemperancia, angustia y melancolía. Más la necesaria y a veces desaforada dosis de testosterona y estrógenos, sublimados por el mito fundacional de Occidente: el amor-pasión (en todas sus declinaciones, hasta en el incesto en la novela), que “jamás provoca equilibrios” pero palia fríos y dolores, soledades y silencios.

Todo esta complicación aparece orquestada desde la casona colonial de una Tunja estática y sin tiempo, donde lo artístico y lo humano, en todas sus facetas, se yerguen como actores de un concierto permeado por tonos, matices y experiencias. En el ambiente citadino, gélido y mediocre, la Escuela es un crisol de inquietudes e intereses, subvertidos por el ardor juvenil, la sed de conocimiento y la promiscuidad. Equilibrada a tempo por la poesía más una buena dosis de sensualidad, la escritura se propaga con sus ritmos sincopados por el allegro, los compases y los colores de la música. En una Colombia que es “el país de los milagros”.

Ochenta y dos episodios titulados componen esta sopesada sinfonía que restituye a tutto tondo un mundo que es, por sobre todo, sencillo y frágil. Un mundo explorado por primera vez en la narrativa colombiana y redactado en el pentagrama de la transculturación recreada por la melodía, la cultura libresca y las temperaturas del romanticismo europeo. En estrecho vínculo con los avatares de las explosivas culturas literaria, artística y política de un mundo informe y de un país atrozmente bello, que cabalga el tigre de la posmodernidad y que padecerá inútilmente el nefasto Plan Colombia inventado entre la Casa Blanca y el Palacio de Nariño.

Con La escuela de música, Montoya alcanza una nueva y alta veta, desde la médula de su propia experiencia, pues novela su período de formación en que, emigrado por urgencias y necesidad de Medellín a Tunja, cursa estudios en el laboratorio que fue su Escuela de Música. Allí estudia flauta travesera, composición y armonía, y es músico de planta de orquestas y conjuntos de música clásica y estudiantinas hispano-andinas. Allí mismo, agobiado por la pobreza, es al tiempo músico de orquestas populares, con pagos de hambre, en peregrinaciones infernales por pueblos y villorrios. Pero, aspectos autobiográficos y vivenciales al margen, dosificados con el oficio de escritor que se le conoce, lo que fascina es el continuo in crescendo con que Montoya preludia, en la palabra, el conocimiento de los músicos, de la música y de lo musical desde su más profunda esencia humana y estética.

Cada uno de los siete capítulos de la novela culmina con el sonido fatalmente vivificador de una gran composición musical, albergada en teatros, iglesias y auditorios y transliterada en palabras exactas y vibrantes. De Schumann al Réquiem de Berlioz, pasando por Carmina Burana, el Canto general, la muerte infame de su padre, Morada al Sur, Goethe, Goya, Wagner o Rulfo, cuyo paradigma narrativo es la Maratón Beethoven, el lector más desprevenido vivirá la angustia especular de seres sin dioses y sin patria que se interrogan sobre los átomos, la galaxias y el ayuno impuesto. Así mismo sentirá el pulso y la temperatura de personas simples que viven la pobreza material, las faidas públicas y privadas, la precariedad y la grandeza espiritual. Se trata, no hay duda, de la experiencia de Montoya, reflejo del arduo proceso de aprendizaje de un literato quien, desde la música, la poesía y el saber, se apersona de los escritores, la literatura y lo literario, también desde su más profunda esencia.

Al final, destino de toda utopía, pesa la gravedad del ambiente precario y provinciano: el descenso al infierno del mundo real y adulto y la caída son inevitables. Potenciado por la ineptitud de una sociedad hipócrita, el sueño de Zabala precipita y la desbandada es general. El talento, el cuerpo y los sonidos de los jóvenes adultos se desvanecen en la hojarasca del silencio. Todo se disgrega en el olvido, apuñalado por la más sorda desesperanza para una entera generación.

De ella, el único que, quizás, logre rescatarse (la novela es universo totalizador y, al tiempo, obra abierta) es Pedro Cadavid a quien, no obstante el recio peregrinaje emocional e intelectual, la vida le sonríe. Desesperado huye a París donde le esperan un amor, la pobreza, la soledad y una creatura. Donde, se anuncia piano ma non troppo, encontrará su personal redención. Porque, a pesar de las adversidades, opta por dar crédito a la intuición. Ahora, memorioso de vida, música, pasiones y literatura y, al tiempo, autor de La vela apagada, “ese delirio narrativo, expresado en una oración larga, hecha a su vez de frases cortas y que sólo acababa cuando Schumann se tiraba al río”, Cadavid escucha la voz profunda de su otro yo, quien, desde su melancólica llegada a Tunja, le sugirió “la idea de escribir una novela a partir de lo que estaba viviendo en la escuela de música”.

La escuela de música que tengo entre mis manos. Y que alerta sobre la inminencia de nuevos fascismos.

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