El Magazín Cultural

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6 Aug 2022 - 5:00 p. m.

República Islámica (Cuentos de sábado en la tarde)

Después de veinte minutos de espera, al fin pasa el 703; ese es el bus que cada mañana lleva a Ariel desde su casa, en la esquina de la calle 69D sur con carrera 45 del barrio Jerusalén, hasta la Avenida Villavicencio, donde hace trasbordo al 271, bus que lo deja, después de 37 paradas y hora con veinte de recorrido, en un taller de ornamentación del barrio La Serena al noroccidente de la ciudad, sobre la transversal 77 con diagonal 81H, muy cerca del Hogar Infantil Nazareth.

Alejandro Cortés González

Este cuento fue tomado del libro "Todos los diablos tienen sed" de Escarabajo Editorial, 2022.
Este cuento fue tomado del libro "Todos los diablos tienen sed" de Escarabajo Editorial, 2022.
Foto: Archivo particular

Si le parece confuso el párrafo, ni se imagina lo enredado que es hacer diariamente este recorrido; más si tenemos en cuenta que Ariel acaba de cumplir diecinueve años, toda su vida ha transcurrido en el barrio Jerusalén, y las únicas veces que tuvo que cruzar la ciudad fueron para sacar la libreta militar y cumplir con este empleo. Si sumamos la totalidad del tiempo que Ariel pasa transportándose, ida y vuelta de su casa al trabajo, tendríamos un resultado de cuatro horas diarias. Cuatro horas que, a pesar de los trancones, las demoras en la llegada de los buses y la congestión de pasajeros en horas pico, Ariel pasa muy a gusto escuchando en sus audífonos la discografía de Queen y pensando en el torneo de banquitas que juega los domingos en el barrio Minuto de Dios, muy cerca de su lugar de trabajo.

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Él todavía recuerda la charla que tuvo hace dos semanas con don Alí, el dueño del taller Los Campeones, donde trabaja como soldador: “Oiga, … ¿cómo es que es su nombre, chino?”. “Ariel”, responde el muchacho mientras acomoda en una esquina cuatro láminas de aluminio. “Oiga, Ariel. Me dijeron por ahí que usted es bueno para el fútbol”. “Pues, don Alí, yo no sé qué tan bueno sea, pero a mí sí me gusta jugar”. “Es que armamos un equipo de banquitas para jugar un torneo en el Minuto de Dios los fines de semana y nos falta alguien así como usted, joven, que las luche todas, y claro, que haga los goles. ¿Se le mide?”. “¡Pues de una, don Alí! ¿Y quiénes están en el equipo?”, pregunta Ariel mientras se quita los guantes de carnaza y los deja sobre una mesa cubierta de grasa y herramientas. “Somos varios vecinos de por aquí, de los barrios La Palestina y El Morisco, por eso le pusimos al equipo República Islámica”. “Ah, bacano”. “Sí, el nombre fue idea mía. En el equipo está don Asdrúbal, el pensionado que nos mandó a enderezarle una reja antier, ¿se acuerda?”. “Sí, señor”. “Bueno, él y otros amigos de él, son los que ponen la plata para la inscripción y los uniformes. También están los empleados de un call center que queda en El Morisco y los muchachos del supermercado”. “¿Cuál supermercado?”. “El que está aquí enfrente del Hogar Infantil Nazareth. El equipo es bueno, chino”. “¡Cuente conmigo, don Alí!”. “¡Listo! Ya lo inscribo. Oiga, y el uniforme es muy bonito”, dice don Alí apoyando su mano diestra sobre la mesa de herramientas. “¡Uy!, ¿cómo es?”. “Camiseta roja, pantaloneta blanca y medias negras”, explica tan emocionado, que al hablar de la camiseta se pasa las manos por el pecho y se mancha la camisa de grasa. “Ah, como el de la Selección de Egipto”. “¿Egipto? No me acuerdo… Como el del Manchester, chino”, responde el jefe tratando de limpiarse la mancha con un pañuelo. “Sí, es el mismo uniforme”, confirma Ariel. “Bueno, el caso es que usted debe llevar los tenis; esos Croydon que tiene puestos son los propios. Nosotros le damos su uniforme con el nombre del equipo. ¿Qué número quiere en la camiseta?”. “¡Uy!, pues yo siempre he jugado con el 9 o el 11″. “Nooo, chino. Esos números los tienen los pensionados que son los que ponen la plata. Y ni se le ocurra pedir el 10 porque ese es para el capitán del equipo, o sea, yo. Le voy a dar el 18: eso es como ser el 9 dos veces”. “Listo, don Alí. Yo no peleo por eso”.

Si esta charla se repite en la cabeza de Ariel varias veces durante el trayecto, además del setlist de Queen que equivale a un álbum por recorrido, imagínese lo rápido que se le pasan las cuatro horas de desplazamientos. Por ejemplo, ahora que va camino al trabajo escogió el álbum News Of The World del setenta y siete, y la calle se le olvida y el mundo se le devuelve al domingo anterior, tan pronto empieza la percusión de “We Will Rock You”, la primera canción.

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Para quienes llegan a esta hora a la sintonía les contamos que República Islámica va perdiendo uno por cero frente a Ferrepinturas.

Sí, y la verdad no entiendo por qué faltando cinco minutos para terminar el segundo tiempo, República Islámica mete al número 18, el jugador más jov…

Perdón, compañero, lo interrumpo, el 18 roba nuevamente la pelota, amaga, hace una pausa, espera a que alguno de sus compañeros suba pero ya ninguno corre, el 18 hace una pinta le sale bonita se saca al 14 evade al 3 pero no, ¡¡¡qué feo!!!, el 3 le manda un planchazo por detrás y el 18 se levanta y la recupera limpiamente, ¡esto es mucho coraje!

Buddy, you’re a boy, make a big noise

playing in the street, gonna be a big man someday

Así es, compañero. El 18 pelea como un león en la cancha.

El 18 busca el arco por la punta izquierda y hace que el arquero salga; más atrás suben el 10 y el 11 de República Islámica, el 18 lanza un pase el arquero está desacomodado y ¡no!, ¡no!, ¡no no no no no! El 10 la bota por encima de la reja del parque y estrella el balón contra el aviso de aluminio de la droguería.

¡Bongggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg!

¡Qué horror, compañero! ¿Cómo es posible que alguien pueda darle así de mal? Uno no sabe si reír o llorar.

Bueno, ya el juez pita y esto se acabó. Ferrepinturas 1 – República Islámica 0.

You got mud on your face, you big disgrace

Kicking your can all over the place

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Y así, pensando en partidos de banquitas y canciones de Queen, se pasan rápido los trayectos en los buses y los días en el trabajo. Que reciba el aluminio, que componga los archivadores, que vaya hasta donde don Asdrúbal a ver qué reja se le torció, que termine de soldar las puertas para el colegio. “Chino, apúrese que soldar es fácil”. ¿Fácil?, piensa Ariel: Soldar necesita precisión, precaución y maña; en cambio, haber hecho el gol con el arquero fuera del arco, eso sí era fácil. Fácil es meter desde el comienzo al jugador más joven y desequilibrante del equipo. Fácil es reemplazar las explicaciones por órdenes. Y bueno, las órdenes del trabajo Ariel las soporta sin problema, porque es trabajo y le están pagando. Pero la falta de explicaciones por las decisiones del partido, la falta de colaboración del equipo hacia él, eso sí se le dificulta soportarlo, porque es un juego, es decir, es algo que realmente le importa y uno de los pocos espacios donde puede ser muy bueno.

Ariel ya lleva más de media hora ahí parado frente al Hogar Infantil Nazareth, esperando el bus 271 con el que inicia su recorrido desde el taller Los Campeones en el barrio La Serena, hasta su casa en el barrio Jerusalén. Treinta minutos y nada que aparece el bendito bus; ya casi ha oscurecido. ¡Jmm!, además hay que pasar por 37 paradas en hora pico hasta la Avenida Villavicencio donde le toca hacer transbordo al 703 que lo lleva a la esquina de la calle 69D sur con carrera 45. Y piensa entre desanimado y agotado: Voy a llegar tarde a Jerusalén. ¡Ah!, ya estoy hablando como los manes de la biblia. Hasta que un llamado de su patrón, que está en el supermercado del frente, lo regresa del viejo testamento.

Ariel cruza la transversal 77, entra al supermercado y encuentra a algunos de sus compañeros de República Islámica bebiendo cerveza. Eso no le sorprende. Pero, ¿qué suena en el supermercado? ¡¿Acaso es ese piano?! ¡¡¡¿Acaso es esa canción?!!!

“Ariel, ¿quiere una? Yo se la invito”. “Bueno, gracias, don Alí”. “¿Sí cerró bien el taller?”. “Sí, señor”. “Bueno, ¡salud!”. Chocan sus cervezas con los empleados del supermercado y sí, es esa canción.

I’ve paid my dues

Time after time

I’ve done my sentence

But committed no crime

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“Don Alí, yo quería preguntarle…”, “Si me va a preguntar por cosas del trabajo, olvídese. Ya cerramos el taller”. “No, señor. No era de trabajo”. “Si me va a preguntar por cosas del equipo de banquitas, menos le voy a responder”. La cara de Ariel extrañado y en silencio, despierta las risas de los demás. “¡Uy, súbale a esa canción! Escúchela bien, Ariel, porque por esa canción le puse a mi taller Los Campeones. Si alguna vez ganamos un torneo de banquitas, quiero que en la cancha suene esa canción”.

And bad mistakes

I’ve made a few

I’ve had my share of sand kicked in my face

But I’ve come through

Ariel brinda con su jefe y canta mentalmente el coro de la canción. Ya no hay nada que le interese preguntar.

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