Hace unos años, un amigo de esos que compran libros desenfrenadamente (porque considera que los libros son la mejor compañía y, en algunos momentos, una forma de salvación), compró El conde de Montecristo de Alexandre Dumas.
Un día lo vi absorto, sentado a la mesa del comedor leyéndolo. Así pasaron varias horas. Su rostro se veía intrigado y fascinado, como sucede con los grandes libros, esos que más que hablarle a uno de una historia que no es del propio tiempo ni del propio contexto, le hablan a uno del mundo interior, de uno mismo, de todo lo que todavía no ha descubierto.
Tiempo después, este amigo, que compraba libros desenfrenadamente, perdió un dinero que se le cayó del bolsillo. Era dinero necesario para pagar algunas deudas. Lo vi angustiado ante la situación. Entonces decidió buscar a algunos de sus amigos, quienes también comprábamos libros desenfrenadamente, y nos ofreció algunos de los suyos.
Todos los libros de este amigo tenían alguna relación con él. Decía que cada vez que compraba uno debía leer al menos veinte o treinta páginas. Era una manera de saludarlos, de darles la bienvenida a la casa, con la certeza de que en algún momento llegaría la oportunidad de leerlos. Así, cada libro era apreciado.
Un amigo le compró Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Yo le compré El conde de Montecristo, ese mismo que había visto en sus manos durante varias horas.
Tiempo después, otro amigo me contó que había encontrado en Francia una edición especial de El conde de Montecristo y que quería leerla. Pensé que ese sería el momento de leer un libro en común para conversarlo con alguien cercano. Así que busqué el ejemplar que le había comprado a mi amigo y empecé a leerlo.
He encontrado la misma fascinación de mi amigo. He pasado varias horas absorto en la historia de Edmund Dantés. He visto cosas de mí reflejadas en el texto y que no sabía. He leído ideas sobre política, sobre la muerte, el dolor, la alegría y la aventura. En este clásico suceden muchísimas cosas. Hay traiciones, intrigas, amistad, amor, infelicidad. Hay erudición y conocimiento del alma humana. Y entre sus muchos personajes hay dos antagónicos que me han llamado la atención.
Por un lado, está Gaspard Caderousse, que nunca tiene la valentía para hacer el bien, aún cuando quisiera. Entonces pensé en cómo tantos deseamos hacer el bien, pero cuánto nos cuesta. Recordé la frase de Pablo de Tarso cuando decía: “No entiendo qué es lo que me pasa, porque siempre termino haciendo no lo que quiero, sino lo que aborrezco”.
El otro personaje es Bertuccio, quien habla del honor, de un crimen, de la redención, de la vida del contrabandista, de la decepción, de la pérdida, de la mala suerte. Este personaje se pregunta, en un momento, por qué seguir viviendo cuando aparentemente no hay razones. Antes deseaba la vida por su hermana, por salir victorioso de una venganza. Sin embargo, todo eso le fue arrebatado. Cuando se vació de todo se dio cuenta de que quería vivir por el amor a la vida en sí misma.
Ahora bien, ¿en qué momento podemos amar la vida por el solo hecho de vivirla? Tal vez pasamos demasiado ocupados, distraídos, alejados de la vida. En esta novela, algunos personajes se mantienen cavilando en venganzas, intrigas, codicia. Por eso no pueden darse cuenta de que están vivos.
Nosotros, en el siglo XXI, que vivimos tan ocupados, en la sociedad del cansancio, ¿cuándo será el momento en que podremos decir que amamos la vida por sí misma y nos daremos cuenta de que estamos vivos?