Hay experiencias, como algunos sueños, que tienden a ser olvidados como un pensamiento lejano o que se confunden con un recuerdo vivido desde una mirada que no observa, sino que siente. Esto es algo que Sirat, dirigida por el francés Oliver Laxe, propone desde un viaje espiritual y físico, el impacto que se detiene un momento para reformular un cuestionamiento profundo, lo simbólico como el encuentro con la muerte y la extinción del pensamiento como herramienta de olvido.
Sirat le exige al espectador paciencia para mirar una narrativa lineal que no se dirige a lo convencional. A través de actos simbólicos, involucra una realidad propuesta en su primer acto que se arriesga a ir en contravía en una especie de road movie, que quema gasolina y que transmite la danza de la destrucción humana a cada paso, envuelta en imágenes llenas de espejismos que articulan dolor y duelo en búsqueda de un propósito con el desierto como metáfora de nuestro tiempo.
La película inicia con la travesía de Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez) que llegan a una rave (fiesta de larga duración centrada en la música electrónica a menudo clandestina), perdida en las montañas del Sur de Marruecos en busca de Mar, su hija desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer.
El director, luego de Mimosas (2016) y Lo que arde (2019), regresa con la exploración de una sociedad sedienta de momentos pasajeros, bajo un concepto anunciado desde el título, refiriéndose al mítico puente islámico que cruza el infierno que toda persona debe atravesar en el Día del Juicio para entrar en el Paraíso. Cada paso es una prueba, cada desvío un recordatorio de nuestra vulnerabilidad, y cada error se paga con un precio reflejado en cómo vive la humanidad repitiendo el mismo error una y otra vez.
El largometraje de casi dos horas se relaciona, por momentos, con el concepto filosófico del eterno retorno, donde la búsqueda de la hija es la búsqueda de sentido en un mundo saturado de imágenes muertas, como Laxe ha señalado. La música electrónica, con su sonido repetitivo, marca los cuerpos en movimiento y convierte la tensión en un ritual contemporáneo de la cotidianidad.
El director le apuesta a planos largos y a atmósferas densas, que para algunos espectadores pueden resultar extenuantes, y que buscan sumergir en un estado de trance más que narrar linealmente, ya que la narrativa deja de importar. Apenas visible en su primera parte, la actuación de Sergi López aporta humanidad y peso emocional, evitando que el largometraje se pierda en pura abstracción.
Sirat no busca complacer, ni dar respuestas fáciles, ni incomodar gratuitamente: busca incomodar, porque exige atención, con puntos de giro que confrontan con la posibilidad de pensar el cine como experiencia ritual y filosófica en tiempos de consumo rápido y narrativas procesadas. Laxe propone un puente entre lo humano y lo espiritual, el dolor y el olvido, entre la imagen y el silencio. Un recordatorio de que el cine, cuando se atreve a ser camino, obliga a cruzar un desierto propio. Juzguen ustedes.
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