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“Mientras llueve”: El eco de la injusticia en la nueva edición del clásico de Soto Aparicio

Hace casi seis décadas Fernando Soto Aparicio publicó “Mientras llueve” (1966), pero el tiempo no ha logrado silenciar su denuncia.

Jasson Enrique Valero Diaz

05 de febrero de 2026 - 04:13 p. m.
Fernando Soto Aparicio fue escritor, guionista y profesor.
Foto: Andrés Torres
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A propósito de la más reciente edición de “Mientras llueve”, del escritor Fernando Soto Aparicio, nos adentramos en una historia de dolorosa actualidad que funciona como un espejo de nuestra sociedad: un sistema dispuesto a dictar sentencias morales y legales irrevocables ante la ausencia total de pruebas.

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Desde su celda, Celina murmura: “Fernando”, como un conjuro para romper el estruendoso rechinar de rejas que se cierran. Como si ese solo nombre contuviera toda la esperanza del mundo, y el ser pronunciado derrotara la rutina agobiante del presidio en el que se ve obligada a permanecer. No hay cabida en la vida de quien lo ha perdido todo para otro sentir que no sea el amor, ese que blinda y da amparo contra toda adversidad y resguarda el corazón de quien ha caído en desgracia.

Fernando Soto Aparicio nos ha regalado una narrativa inolvidable para la literatura colombiana, y siento gran interés en presentar su obra “Mientras llueve”, la cual, a pesar de haber sido publicada en el año 1966, hoy hace eco en quien repasa esa prosa tan bien lograda. El lector no podrá despegar la pupila de esas páginas en las que se sufre por la desventura de Celina, su personaje principal. Se es testigo de los castigos de una sociedad como la nuestra, cuyo proceder judicial, su pacata moral y un absurdo sistema le imponen el cruel destino del herrumbroso óxido del calabozo.

Esta novela traspasa toda ficción y pone de relieve una de las problemáticas cuando de términos de justicia se habla. Ya que, en ocasiones se condena sin la prueba concreta necesaria para que todo el aparato judicial recaiga sobre quien supuestamente ha incumplido la ley, y se le impone el castigo más atroz por el que puede pasar cualquier ser humano: la pérdida de la libertad.

Esto se convierte en un verdadero sufrir cuando quien ha caído entre esas garras es completamente inocente, y en la conciencia no está el peso de estar purgando algo merecido, sino solo la injustificada desgana de un sistema que vulnera la presunción de inocencia y el debido proceso. No se hace la valoración concreta de las pruebas y se soportan los años impuestos a ese condenado basados en un mero decir, que resulta suficiente para acabar con la vida de cualquiera.

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Aquí, el solo testimonio de una persona basta para cernir sobre la acusada el alto muro, y no hay forma de salir de ello. Celina no cometió el delito; ella jamás habría sido capaz de cercenar la vida de Jacobo Cortés, a pesar de no amarlo y de verse obligada por culpa de su madre a estar con tan aborrecible hombre. Pero eso no importó y el ente acusador puso sobre sus suaves hombros veinticuatro años de intramural por homicidio culposo.

¿Se imagina usted, lector, despertar una mañana y, sin previo aviso, asistir a su propio funeral sin la posibilidad de decir “este cuerpo es mío”, y luego verse arrastrado al fondo de la mazmorra sabiéndose inocente?

Una lágrima de herrumbre resbala. Un pedacito de cárcel se cristaliza. La amargura de la iniquidad hace mella y una ya no es la misma, porque en algún rincón del mundo la tristeza en prisión se hace latente. ¿Será usted, lector, capaz de seguir pensando que a lo mejor se lo merecía, que si la llevaron a ese lugar era porque algo habría cometido, que como dice el dicho popular “cuando el río suena, piedras lleva”? ¿Será usted capaz de todo ello? ¿De condenar sin pruebas, de darle rienda suelta a esa indiferencia infundada en la que, mientras no me suceda a mí o a mis allegados, no es mi problema? Cuidado, porque cito a Paul Auster: “Piensas que nunca te va a pasar a ti, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”.

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Soto Aparicio conmueve y nos adentra en ese encierro primitivo, de pérdida completa de los valores y el ser se pone a prueba. Da una perspectiva de la deshumanización y el deterioro ético en la función carcelaria. Se supone que al sujeto que ha cometido el delito se le extrae de la sociedad porque se le considera un peligro para convivir en ella y, en beneficio, se le lleva a un centro de reclusión para su respectiva resocialización; pero, en la realidad, no siempre cumple ese rol y se convierte entonces en un terreno distópico de rejas silentes de las injusticias cometidas.

En sigilo la muerte arrastra sus pasos por entre los pasillos de esta obra. La violencia traspuesta por la guardia encargada de velar por el bienestar de la prisionera. Los favores pagos a cara o cruz. La intolerancia a cualquier resistencia. El maltrato como única caricia. La presencia siempre latente del abuso de poder y el desamparo en la desventura. La crepuscular espera a la nada. El recuerdo como cuchillo lacerante en una herida abierta. La retórica de la sinrazón. Acervo incontable de iniquidades en los que sus personajes se ven envueltos. Una literatura hecha a pulso.

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Esto es, en definitiva, un libro que hay que devorar sabiendo que no se va a salir ileso, porque se lee para aguantar, pero se escribe para vivir, para no ser devorados. El tiempo entre sus hojas es delirante. Imposible no hacer propio este encierro, esa añoranza, no querer rasguñar las piedras. Todo es posible, solo quédense con eso; porque de la ficción a la realidad solo nos separan breves esquirlas que un día pueden herirnos de frente.

Así que sigamos resistiendo desde la empatía y dejemos que las historias hablen por sí mismas, más nunca señalemos al otro sin haber escuchado su versión de los hechos, porque el destino es frágil y no sabemos si un día nos toque a nosotros. Por ahora, “esperaré la muerte —amiga muerte— mientras afuera llueve”.

Por Jasson Enrique Valero Diaz

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