Bastan apenas 60 páginas para que Yura Silva se abra paso en el panorama de las letras nacionales. La autora se arriesga por la vía de la autopublicación y cuenta en el proceso con la lectura y el acompañamiento de lectores conocidos y conocedores: Diego Gallardo, editor de Sin Fronteras, sello colombiano, y Federico Díaz-Granados, poeta y gestor cultural, por mencionar algunos. El resultado permite poner en cuestión ese prejuicio según el cual un libro que prescinde de un sello editorial está necesariamente condenado a la improvisación. “Así (mueren) las orquídeas” demuestra, por el contrario, que una publicación independiente puede encontrar una voz propia y sostener un trabajo cuidadoso alrededor de ella.
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La poesía contenida en “Así (mueren) las orquídeas” se abre paso entre los múltiples ruidos de la muerte, el desamor, el olvido y el miedo a perderse a sí misma. Son poemas que nacen de la intimidad, pero que no se quedan encerrados en ella: al avanzar por sus páginas, aquello que parece estrictamente personal comienza a adquirir una dimensión más amplia, reconocible en las distintas formas en que los seres humanos enfrentamos la ausencia, el deseo y la pérdida.
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Silva se desnuda ante el lector y permite asistir a un coro de nostalgias que se asoman, sigilosas, por los resquicios de lo humano. Hay en sus versos una constante tensión entre aquello que se desea y aquello que inevitablemente se escapa. “Floreces cuando quieres, cuando no te busco, cuando no te espero”, escribe, y en esa aparente paradoja se concentra una de las formas del amor que atraviesan el libro: la de aquello que surge precisamente allí donde las expectativas han dejado de tener lugar.
En otros momentos el amor aparece como una posibilidad de refugio. “Es su silencio a quien persigo, el que adormece mis ruidos”, dice la voz poética. No se trata necesariamente de encontrar respuestas en el otro, sino de hallar, en su presencia, aunque sea silenciosa, una pausa para aquello que ocurre dentro de sí. El ser amado funciona entonces como una suerte de habitación donde por un instante pueden aquietarse los propios fantasmas.
Pero esta es una poesía que no parece conformarse con nombrar el dolor. Lo interroga. “¿Por cuál de las tragedias comienzo a hablar, la del desamor, la del abandono, la de la muerte o la de la supervivencia?”, se pregunta la autora. La enumeración importa porque desplaza el centro del libro: morir, abandonar, perder y sobrevivir dejan de ser acontecimientos aislados para formar parte de una misma experiencia.
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La supervivencia, de hecho, aparece como una pregunta persistente. “Si hoy fuera mi última noche... ¿qué podría decirles a mis manos?, ¿que han sido espejo, tal vez, o manantial?”, escribe. En otro poema, “en su espalda veo el diluir de mi existencia”. Y más adelante: “Solo te has vuelto exigente con el tipo de fuego que te enciende”. Son imágenes que regresan sobre una preocupación común: qué queda de nosotros cuando aquello que nos sostenía comienza a desaparecer.
Quizá por eso resultan tan significativos los paréntesis que atraviesan el libro. Ya desde el título —“Así (mueren) las orquídeas”— aquello que aparece entre ellos parece adquirir un peso particular, como si la autora quisiera señalar una palabra, detenerla, ponerla bajo sospecha. Pero los paréntesis también hacen otra cosa: delimitan. Abren la posibilidad de preguntarse qué hay dentro y qué queda por fuera. ¿Qué significa la palabra que ha sido encerrada? ¿Qué ocurre con aquello que permanece afuera de ella? La pregunta puede extenderse: ¿qué queda fuera de estas pequeñas dosis de sentido y de sinsentido? Tal vez, precisamente, la vida entera.
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“No los llamen poemas”, advierte Silva en el prólogo. “Solo es mi alma desnuda, fragmentada”, escribe. La declaración propone una clave de lectura, aunque también un riesgo: el de leer estos textos exclusivamente como confesiones personales. Sin embargo, el valor de la poesía no reside únicamente en aquello que cuenta de quien escribe, sino en la capacidad de transformar una experiencia particular en lenguaje y permitir que otro pueda reconocerse, incluso parcialmente, en ella.
En ese tránsito se encuentra buena parte del interés de “Así (mueren) las orquídeas”. La poesía de Yura Silva se alimenta de dolores, añoranzas y pérdidas, pero no pretende resolverlos. Los observa, los rodea, vuelve sobre ellos. A veces los convierte en preguntas; otras, en imágenes. Y es justamente allí donde la experiencia íntima comienza a desprenderse de su origen para convertirse en materia poética.
Las orquídeas del título parecen contener esa misma paradoja. Son flores asociadas a la belleza, a la delicadeza y a la permanencia, pero aquí aparecen acompañadas por un verbo que anuncia su final. Morir no cancela necesariamente la belleza de aquello que alguna vez floreció; acaso la vuelve más consciente de su carácter pasajero.
Al cerrar el libro queda la impresión de que la poesía es también eso: un artilugio para mirar de frente aquello que duele, un designio que intenta encontrar forma allí donde todavía no la hay, una plegaria pronunciada a ojos cerrados. Yura Silva hace de sus pérdidas una materia que puede ser compartida. Escribe desde lo que se rompe, pero también desde aquello que, incluso después de romperse, insiste en florecer.
Y quizá sea allí, justamente, donde terminan de morir las orquídeas: en el instante en que sus pétalos caen, pero el poema permanece.
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