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Roberto Rubiano Vargas es un escritor que además de ser uno de los grandes cuentistas colombianos, también escribe novelas. Algunos o algunas recordarán su primer libro, Gentecita del montón, o alguno de sus libros posteriores como Necesitaba una historia de amor o Cincuenta agujeros negros. Recientemente publicó una novela muy sólida que se ocupa de la corrupción en Colombia titulada Banzai (Panamericana Editorial) y acaba de salir su más reciente novela, No eres ni tu sombra (Planeta Seix Barral)
Alejandra Jaramillo: Roberto, quisiera empezar por hablar sobre ese tema que yo creo que debió ser un disparador de la construcción de No eres ni tu sombra y es vivir un fin de siglo y un fin de milenio. Qué significaba para ti estar hablando de dos cierres de siglo, el cierre del siglo XIX y el cierre del siglo XX.
Roberto Rubiano: Bueno, trataba de mostrar la experiencia milenarista sobre el fin del mundo. Las personas que vivieron el final del siglo XIX en Colombia imaginaron que la Guerra de los mil días era el fin del mundo. Y para los habitantes de todo el planeta, ese final del mundo, o ese falso final del mundo, que se vivió en el último segundo del siglo XX y del segundo milenio, cuando se hablaba de la catástrofe digital que podría disparar el apocalipsis bajo la forma de ojivas lanzadas por accidente por culpa de los relojes enloquecidos ante el cambio tecnológico. Estas dos ideas me sirvieron de excusa para crear esta novela. Yo ya había tocado el tema de la Guerra de los mil días, en mi libro Vamos a matar al dragoneante Peláez (Planeta 1999), porque ese conflicto es un punto de inflexión del desastre nacional que disparó la violencia de todo el siglo XX y que seguimos viviendo en la actualidad. Por supuesto que hay otras y muy profundas razones anteriores, pero creo que esa guerra catastrófica inauguró los treinta años de hegemonía conservadora, preámbulo de las desdichas que continúan bajo formas cada vez más perversas.
El otro punto de partida para esta novela es un tema que me ha interesado siempre: la historia de la fotografía en Colombia. Al imaginar los personajes de esta historia pensaba en cómo sería la vida de un fotógrafo en el siglo XIX. Cómo sería andar por estos caminos de mulas y establecerse en pequeños poblados donde habría cuatro clientes para ofrecerles sus servicios de retrato. Entonces, creo que esa combinación de hechos fue suscitando la novela. Claro, también el haber vivido ese fin de siglo XX, me llevó a querer vivir o entender ese otro fin de siglo, y por eso ese miedo milenarista es el disparador de la novela.
Alejandra: tú dices que en la guerra de los mil días empieza el desastre nacional. Quisiera que nos cuentes cómo ves ese paso del liberalismo radical al conservadurismo que va a suceder en Colombia a final del siglo XIX.
Roberto: Bueno, en la novela algunas de las consecuencias de las luchas políticas del siglo las van a vivir los protagonistas. Uno es un francés provinciano que comienza a viajar por el mundo y queda deslumbrado por América. Es alguien más o menos autosuficiente, que está descubriéndose como artista en este proceso. El otro, es un bogotano que ha vivido algunos años en París, donde estaba refugiado, porque su padre, un radical cuyas ideas vienen desde la revolución de 1852, lo tienen allá protegiéndolo de la violencia local, y él termina volviendo a Colombia porque el gobierno priva a la familia de recursos, ya no pueden sostenerlo en Europa y tiene que regresar. Ahí ves que la lucha política va a afectar a esta pareja de pequeños aventureros que tropiezan con los diversos rostros de la violencia.
Una de esas manifestaciones, muy curiosa y poco conocida, es el hecho de que los atrapa una especie de guerrilla católica en la frontera del Perú con Ecuador en un momento del ascenso del movimiento liberal en estos países. Allí los dos viajeros empiezan a vivir esas violencias y terminarán por caer en el centro de la Guerra de los mil días en Colombia. Les pasan muchas cosas, terminan apresados en el panóptico de Bogotá, hoy día Museo Nacional y bueno, la guerra los va a seguir arrastrando. Yo no quiero ilustrar la violencia, pero sí mostrar cómo la violencia termina por marcar a los personajes. Escribamos en 2026 o escribamos en 1886. Es muy fuerte en Colombia ese hecho. Fíjate que en este momento estamos viviendo una violencia verbal por parte de un nuevo gobierno, con unas amenazas que hay que tomarse en serio. Entonces, si esto nos pasa en este momento tan supuestamente civilizado, pensemos cómo serían los radicales y conservadores de 1886. Los truenos y rayos que gritaban en ese momento y que arrastraron a este país, a aquella vorágine intencional que fue la guerra de los mil días.
Alejandra: Bueno, entonces vámonos al otro núcleo. Tú ya nos empezaste a mencionar los personajes. Yo quiero aclararle a nuestros lectores que la novela habla del fin del siglo XIX, con los personajes que ya Roberto estaba describiendo, y también desarrolla el fin de silgo XX. En el fin del siglo XIX están este bogotano con el francés que vienen de viaje, pero también vienen en búsqueda de una mujer. Ahora nos contarás más de toda esta historia, pero pues uno de los dos personajes es un fotógrafo y las fotografías que van a tomar de la guerra y de ese recorrido que hacen por América van a ser muy importantes. Pero luego tenemos los personajes del fin de siglo XX, que son un hombre que investiga sobre la fotografía y que se encuentra con una mujer que lo contrata para hacer la búsqueda de aquel conjunto de fotografías del siglo XIX. Entonces, aquí aparece el segundo núcleo que es la fotografía. En la novela apuestas a hacer las fotografías narradas, y se une con tu trabajo como fotógrafo, pero también como investigador e historiador de la fotografía colombiana.
Roberto: sí, mi interés por la fotografía es otro motor. Porque soy fotógrafo desde antes de ser escritor. Yo desde los doce años tomaba fotografías y muchos años después, yo no sé cómo ni a qué horas, me volví investigador de la fotografía en Colombia. Con Marcos Roda fuimos los primeros en Colombia interesados seriamente en hacer una historia de la fotografía. Hubo dos libros en esos años, el nuestro, Crónica de la fotografía en Colombia, publicado por Carlos Valencia Editores (1981) y otro del Museo de Arte Moderno, cuyo equipo también integré brevemente, que apareció unos meses después del nuestro.
A mí me ha interesado la fotografía como creador y como investigador, pero fíjate que yo creo que también me interesa también por mi sesgo como escritor, ¿no? Me parece que yo siempre busqué un encuentro entre estas dos formas creativas. Me parecía que lo mínimo que podía hacer después de tanto tiempo de escribir y de ser fotógrafo, era hacer una novela donde esas dos formas se encontraran. Esta es una novela de muchas capas y la fotografía definitivamente es una de ellas, pues la novela es también una suerte de álbum fotográfico.
Alejandra: Cuéntanos un poco de ese álbum.
Roberto: Sí siempre he pensado en cómo contar literariamente una fotografía. Y bueno, me costó mucho trabajo decidir cuántas fotografías iba a contar, creo que finalmente fueron siete o nueve, las que rescato porque son las que finalmente van a sobrevivir a la investigación.
¿Por qué tan pocas? Porque hablar del fotógrafo que toma fotos y hace reportería se volvería puro paisaje. Pero si yo en cambio, me concentraba en unas cuantas fotografías, creo que lograba que el lector entendiera el trabajo de ellos, entendiera el periodo histórico y el valor mismo de las fotografías. De ese grupo de fotografías, por supuesto, solo una o dos son reales. La mayoría son fotos imaginadas, porque el fotógrafo, aunque se basa en las decenas de fotógrafos reales que visitaron Colombia, es una ficción. Lo que me interesaba era mostrar esa época del oficio del fotógrafo. Creo que la fotografía siempre nos habla de tiempos pasados. La literatura y la fotografía viven del tiempo, o de tratar de detener el tiempo. Esa es una de las búsquedas de esta novela.
Alejandra: Bueno, y cuando nos encontramos a los personajes del siglo XX, aparece Edgar, Solano, investigador de fotografía, ¿quién querías que fuera ese personaje?
Roberto: Ese no es un personaje con el que comparto el deseo de investigar la historia de la fotografía. De hecho, en la novela se hace alusión a dos jóvenes que investigaban la fotografía en Colombia que somos Marcos y yo, aparecemos citados como un par de pendejitos que iban por ahí buscando cosas que yo creo que es lo que éramos en realidad.
Edgar es un personaje que ya he usado en otros relatos. Es un diletante al que le gusta el cine, le gusta la fotografía y escribe en la revista Número. Es alguien conocido por mí y además yo también escribí en la revista Número, entonces me parecía fácil trabajar con alguien así de conocido.
Este personaje descubre casi por accidente, con su novia fotógrafa, un archivo en el barrio de las Ferias y él piensa que se le apareció la Virgen, porque ya otros habían hecho la historia de la fotografía, pero es un hallazgo le puede permitir decir algo nuevo. Sobre todo, cuando aparece la investigadora ecuatoriana, que le dice, “A mí me interesa ese archivo porque tiene que ver con mi familia.” Y ahí se dispara otra capa de la novela y empiezan a moverse los dos tiempos en un solo engranaje que se va ajustando cada vez más.
Alejandra: Perfecto. En esta novela tanto los fotógrafos del XIX, como Edgar en el XX son aventureros, pero me gustaría que hables también de las mujeres que viajan con ellos. En ellas está también el motor de todo esto que se narra.
Roberto: Yo creo que la novela tiene cinco personajes principales. Que son estos tres hombres, los dos del pasado y el del siglo XX y la mujer del siglo XIX y la mujer del siglo XX. Los personajes masculinos son los engranajes que se van ajustando, pero ellas son realmente la fuerza motriz de la novela. Cada uno de los cinco personajes tienen su propia importancia. Y mi esfuerzo fue que el lector siguiera los detalles de cada uno, supiera quiénes son todo el tiempo y entendiera que esos tres engranajes y dos motores no se detienen. Porque la mujer del siglo XIX huye de un marido violento mientras la otra quiere jalar el hilo desde atrás. Esa es la relación entre las dos mujeres, las une el mismo hilo, para que lo podamos descubrir al final sus secretos familiares.
Alejandra: Desde otro punto de vista la novela es un libro de viajes. Empecemos por el viaje de los personajes del siglo XX a París.
Roberto: Sí, claro. Yo me esforcé por tratar de manifestar en ese pasaje mi primer viaje a París, por supuesto. Después hice muchos viajes, pero para Edgar era el primero y quise transmitir esa fascinación que algunos tenemos con aquella ciudad. Uno llega buscando a la Maga, a Cortázar, uno viene buscando la Torre Eiffel, el cementerio de Pére Lachaise, todas esas referencias que nos atraen a los intelectuales. Entonces traté de que Edgar no fuera un experto en la ciudad. Él la está visitando por primera vez. Y como buen diletante que es, ama el idioma francés. Por eso pude crear la escena en que él entiende en la calle a un clochard que recita un poema de Rimbaud. Y esa no era una imposibilidad en aquel París de finales del siglo XX que yo dibujo. Ese viaje no es un adorno en la novela, porque es de ahí que viene la historia de los fotógrafos, y de la mujer que siguen. Todo viene de París, la cámara que usa, los materiales de Charpentier Photo, las imágenes de Toulouse Lautrec imprimiendo sus legendarios afiches. En algún momento en la novela tenía gran importancia la pequeña ciudad de Albi que yo amo, porque allí vive parte de mi familia. Pero incluirla volvía el viaje muy intrincado y largo. Así que decidí limitarlo a París, y ubicar allí el museo donde se ha guardado la obra de aquel fotógrafo ficcional del XIX que viajó por Suramérica durante algunos años.
Alejandra: ¿Es un museo real?
Roberto: No, es un museo ficticio, pero es muy importante porque se convierte en el lugar donde está enterrado el baúl del tesoro. Toda novela que se precie, nos enseñó el señor Stevenson, debe tener un tesoro enterrado. En mi novela ese tesoro está en aquel museo ficticio de París.
Alejandra: Bueno, Roberto, ¿de dónde sale este título? ¿Quién es el que no es ni la sombra? ¿Son todos? ¿Son los hombres? ¿Es el protagonista del presente del siglo XX? ¿Quién?
Roberto: Es la memoria. Todos nos borramos, desaparecemos en el tiempo. Como las fotografía que se hacen de color sepia antes de desaparecer del todo. Al principio pensaba, “No eres ni tu sombra” tiene relación con Edgar, el protagonista del siglo XX y su desolación. Pero fíjate todos afrontan destinos muy complejos. La ecuatoriana está abocada a tomar una difícil decisión. Nuestra mujer del pasado huye del horror, y en el baúl del tesoro se encuentra la respuesta sobre su destino. Los dos protagonistas del pasado también tienen un destino escrito, marcado por la guerra. El título tiene que ver con eso, pero también en general tiene mucho que ver con el hecho de que perdemos las cosas. Todo se va. Y hablar de la memoria es importante en un tiempo como el que vivimos, en que la gente no se acuerda ni de que hizo ayer. La gente no tiene memoria de nada, no sabe qué pasó en este país, no se sabe qué pasó en el 2005. Las redes sociales han producido un daño cognitivo masivo. Entonces, yo trato de abrir camino a la memoria, ya sé que es un esfuerzo dirigido a una pequeña minoría de lectores, pero esa pequeña minoría de lectores puede ser influyente y para ella trabajamos. Si no supiéramos que trabajamos para eso, los escritores seríamos seres muy frustrados.
Alejandra: la novela tiene dos epígrafes más, además del que le da el título, que siguen apelando a la memoria.
Roberto: Sí, claro, escribo la historia de unos seres que se hubieran perdido en la bruma del tiempo y yo los rescato. No importa si son reales o no. De hecho, la novela mezcla muchos personajes reales con muchos personajes ficticios, y a todos los rescato.
Alejandra: La novela salió hace un par de meses ¿cómo ha sido la sensación que te da la conversación con tus lectores?
Roberto: Muy buena la conversación. Es que la novela gusta mucho. Y también, por supuesto, hay lectores que me escriben, que me hablan de su lectura. Porque fíjate que Colombia se llenó de clubes de lectura y en algunos de esos grupos me podrían estar leyendo. Entonces te invitan de un grupo y de otro y así el camino se vuelve una permanente presentación de las novelas. Algo nuevo y muy interesante. Hace poco estuve en uno en Casa tomada, la librería y fue increíble hablar con personas que ya habían leído la novela. Es un feedback maravilloso.
Y me siento contento porque yo trabajé mucho en esta novela. Yo menciono siempre una cifra arbitraria. Si uno le va a ocupar diez minutos a un lector, uno tiene que emplear diez mil horas de trabajo para que se justifiquen los diez minutos de ese lector. No te quiero decir cuántas veces revise esta novela. Igual que Camilo Jiménez, el editor, que fue muy serio. Creo que Camilo la revisó, no sé, siete veces por lo menos. Solo el editor, ¿no? Imagínate las veces que lo que hice yo. Entonces, detrás de la novela hay mucho esfuerzo, porque soy un escritor que respeta a los lectores.
Alejandra: Sin permitirle a los lectores llegar al tesoro, qué claves quisieras darles para que salgan a buscar tu libro.
Roberto: Yo creo que lo primero es que es una novela de viaje y por tanto una novela de aventuras. Una novela que cuenta historias, que es agradable para el lector. Hago propuestas en ella y espero que el lector encuentre visiones nuevas del mundo. Por ejemplo, una visión del mundo del arte colombiano a través de una artista emergente típica de aquellos años. También es una novela que ofrece otras dimensiones sobre la guerra, la vida nocturna, la fotografía, la amistad, la poesía. Y, claro, también es una historia de amor, de varias historias de amor. Pero además en ella construí con mucha dedicación una atmósfera de nuestro país, en dos momentos distintos de la historia, fin de siglo XIX y fin de siglo XX.
Como ya lo he dicho, es una novela de muchas capas.
Alejandra: Bogotá ha sido también otro de los núcleos de lo que tú has venido trabajando siempre. ¿Cómo habitas esa ciudad que es a la vez la de finales del XIX y la de finales del XX?
Roberto: Permanente la recorro con mirada abierta. Ahora no busco, ahora encuentro, como dirían muy típicamente. Pero de hecho sí. Por ejemplo, el Museo Nacional es un lugar que conozco muy bien y lo recorrí con la mirada de cuando fue una prisión. Mientras lo hacía me pregunté: ¿cómo sería vivir en esta prisión? Miraba qué tan altos eran los muros sobre los que se fugaron muchos prisioneros. Yo narro una de esas fugas, que es minuciosamente histórica. La tomé de un libro de memorias de un político liberal de la época. La misma observación hice con muchas calles de Bogotá tratando de eliminar letreros publicitarios y cables, eliminar todo rastro de actualidad para entender la ciudad del siglo XIX y la del siglo XX, que, aunque no lo creamos, cohabitan claramente con la actual.
Alejandra: ¿Crees que la mirada tuya como escritor también muestra capas históricas de la ciudad?
Roberto: Sí, sí, sí. Porque creo que esa es una manera de que nos entendamos a nosotros mismos. Yo creo que, si entendemos nuestro pasado y de dónde venimos, podemos entender mejor nuestro devenir. Yo tal vez lo puedo tener claro, pero me gustaría que más gente se de cuenta de que estamos perdiendo la memoria, que somos cada vez más esclavos de la inmediatez. No sé, trata de decir que todo pasado fue mejor. No todo pasado fue mejor. Pero si podemos encontrar lo peor que nos ocurre, escrito en nuestro pasado. Y si entendemos por qué ocurre, podríamos atenuar sus consecuencias. Creo que por eso hago ese llamado a mirar al pasado, siempre con ojo crítico.
Alejandra: Yo quiero decirles a las personas que nos leen aquí en El Espectador que realmente es una novela maravillosa, que vale la pena leerla, que vamos a vivir esas sensaciones tremendas de lo que fue vivir el fin de milenio, y que el fin del siglo XIX es un eco de nosotros mismos también. Es una gran novela donde nos topamos con fantasmas muy profundos de la vida y de la obra de Roberto Rubiano Vargas, que ustedes deben leer. Hacer ese viaje de aventura tomando fotos, pero también viendo como esas fotos pueden o no desaparecer de la historia. ¿Qué dirías tu para invitar a las personas a leerte?
Roberto: lo que puedo decir a favor de mi novela es que es un trabajo muy personal, muy profundo, muy cuidadoso, muy pensado. Creo que es una muy buena síntesis de mi obra literaria, que ya es larga, y creo que esta novela es una piedra preciosa que trabajé con mucho cariño.
Alejandra: Roberto, muchas gracias. Y a ustedes lectores y lectoras, les espera una gran novela.
* Escritora bogotana, colaboradora de El Espectador.