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El siempre presente debate sobre la separación de obra y autor (Opinión)

Recientemente, la cantante Rosalía pidió disculpas por haber dicho que le gustaba la obra de Pablo Picasso. Según explicó después, no conocía bien las acusaciones de misoginia que rodean la figura del pintor.

Juliana Vargas Leal

25 de marzo de 2026 - 09:00 a. m.
En una entrevista con la escritora Mariana Enriquez, Rosalía dijo que le gustaba la obra de Pablo Picasso y que creía que podría haber sido su amiga.
Foto: ALBERTO PAREDES - EUROPA PRESS - ALBERTO PAREDES - EUROPA PRESS
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En efecto, Picasso tuvo múltiples parejas cuyas relaciones han sido descritas como emocionalmente abusivas, controladoras y profundamente asimétricas. Dora Maar tuvo una fuerte crisis emocional tras dejar al pintor. François Gilot describió su carácter dominante y Marie-Thérèse Walter tuvo una relación con él cuando aún era adolescente. Además, en algunas de sus pinturas las mujeres aparecen fragmentadas, deformadas o sometidas a una mirada dominante, según una lectura contemporánea de su vida y obra.

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Sin embargo, lo cierto es que Picasso fue uno de los más importantes e influyentes artistas del siglo XX, al punto de crear, junto a Georges Braque, el cubismo, el movimiento artístico que introdujo la perspectiva múltiple, formas geométricas y el collage. Con ello, redefinió la pintura como reflexión intelectual y sentó las bases del arte moderno. El Futurismo, el Dadaísmo, la abstracción e incluso el cine se nutrieron del cubismo y demostraron que el arte podía ser interpretación y una ruptura de reglas, en lugar de sólo una copia de lo ya hecho.

Entonces, ¿Rosalía sí debía pedir disculpas por haber pecado por tener ciertos gustos artísticos? Quizá no, la idea de que una obra artística debería ser evaluada a partir del carácter personal de su autor cae en un absurdo, el absurdo de prácticamente abolir la historia del pensamiento, al menos, de occidente.

Aristóteles fundó un sistema filosófico propio, alejado de algunas de las más importantes teorías de su maestro, Platón. Propuso que el objetivo de la vida es alcanzar la felicidad mediante la virtud, entendida como el punto medio entre dos extremos viciosos. Consideró al hombre un animal social y político, y fue el pionero en la clasificación de los seres vivos y la observación minuciosa de la naturaleza, estableciendo la causalidad. Su filosofía fue la base de la escolástica y el inicio del empirismo. Fue el pilar de los métodos científicos modernos y sus análisis sobre las formas de gobierno todavía son relevantes en la ciencia política moderna.

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No obstante, era un reconocido esclavista. La antigua Grecia contraponía la libertad y la necesidad y veía a los esclavos como homo laborans que utilizaban su cuerpo para satisfacer las necesidades básicas. De esta forma, otros podían ser libres, es decir, pensar y ser parte de la polis.

“Así habló Zaratustra” es una obra cumbre que propone la superación de la moral tradicional y la religión. El superhombre, el concepto de la muerte de Dios, el eterno retorno y la voluntad de poder se desprenden de esta obra. En suma, de aquí resulta la filosofía de la superación personal, la responsabilidad de encontrar nuestro propio sentido de la vida y nuestros propios valores. Pero a Friedrich Nietzsche también se le puede criticar su desdén por la compasión y la empatía, y el potencial de su filosofía para justificar la crueldad y la desigualdad. Asimismo, se le critica su evidente misoginia, pues calificó a la mujer como fuente de necedad, caos y peligro para la búsqueda de la verdad del filósofo, y tenía visiones estereotipadas de la mujer, asociadas a una supuesta inferioridad intelectual y domesticidad.

Y así se podría seguir en un bucle continuo. Rousseau teorizó sobre la educación y el concepto del contrato social, pero abandonó a sus cinco hijos en un hospicio. El filósofo Martin Heidegger fue miembro del Partido Nazi. León Tolstoi predicaba la moral cristiana y el ascetismo, pero lo que su vida reflejó fue el conflicto, lo que le provocó la excomunión y enfrentamientos con su esposa, quien consideraba que era un irresponsable con sus trece hijos. Incapaz de conciliar sus creencias con su estilo de vida, abandonó su hogar a los 82 años y falleció poco después en la estación de tren de Astápovo. H.P Lovecraft fue el autor de un universo terrorífico e inspiración del personaje David Jones, los videojuegos Bloodborne y World of Warcraft, el escritor Stephen King, las series de Re-Animator y Evangelion, el grupo musical Metallica, y los Greyjoy y las Islas del Hierro en “Canción de Hielo y Fuego”. Sin embargo, su correspondencia evidencia un evidente racismo y xenofobia. J.K Rowling creó un universo en el que toda una generación de niños y adolescentes ha podido vivir a través de estudiantes de magia, pero su postura frente a los derechos de las personas trans es bastante controversial.

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Pretender que cada obra artística deba pasar primero por un examen moral de su creador implica reducir el arte a una extensión de la biografía, pero el arte nunca ha funcionado así. La historia cultural está llena de artistas problemáticos, contradictorios, incluso moralmente reprobables, y aun así sus obras siguen hablando a generaciones que viven en contextos completamente distintos a los suyos. El hecho de que sus valores, o falta de ellos, los haya hecho personas complejas e incluso dignas de animadversión y desprecio no es una paradoja. Es más bien una de las razones por las cuales el arte sobrevive a lo largo del tiempo.

Hace décadas, el crítico francés Roland Barthes propuso el concepto de “muerte del autor”. Su argumento era sencillo. Cuando una obra entra en el mundo, deja de pertenecer exclusivamente a quien la escribió. Los lectores, los espectadores y el paso del tiempo la reinterpretan constantemente. Su significado se multiplica e incluso puede contradecirse. A lo largo del tiempo, la obra se transmuta para darle cabida a nuevas miradas y perspectivas.

Por ende, las pinturas de Picasso no existen para justificar su vida personal, la filosofía antigua griega no depende de las opiniones políticas de quienes la desarrollaron, y las novelas contemporáneas no pierden su capacidad de fascinar lectores porque el autor haya expresado opiniones que otros consideran reprobables. Confundir estas dimensiones conduce a un callejón intelectual curioso: el intento de convertir la experiencia estética en un juicio moral permanente, cuando estética y moral pueden ser perfectamente separados.

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El arte no es un certificado de virtud y el talento y la imperfección humana siempre han coexistido. De ser perfectos, los artistas, escritores y músicos sencillamente no serían humanos, y exigirle a Rosalía que pida excusas por sus gustos artísticos es restarle agencia. Es decirle que no es capaz de disfrutar de un movimiento artístico mientras critica los defectos de un ser humano que pudo ser tan talentoso y brillante como despreciable.

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