A orillas del río Havel, 35 kilómetros al norte de Berlín, se encuentra Oranienburg, un apacible pueblo de casas bajas y abigarradas que no llega a los cincuenta mil habitantes y al cual, en 2025, arribaron poco más de medio millón de visitantes.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
A las afueras del pueblo y en medio de un barrio residencial donde pueden verse niños montando bicicleta o jugando a las escondidas, se encuentra un lugar que descuella energéticamente por la atrocidad que albergó desde el verano de 1936 hasta la liberación de Alemania en la primavera de 1945.
El Campo de Concentración de Sachsenhausen, devenido en museo y monumento conmemorativo, abre todos los días del año e intenta contar, en una veintena de idiomas, su historia, una sobre la que francamente se pasa deprisa, porque las voces de quienes perecieron allí saben amontonarse rápidamente en la consciencia del caminante.
A vuelo de pájaro, el tamaño actual del sitio podría reducirse a unas veinte canchas de fútbol juntas, pero en los años de funcionamiento pudo haberse triplicado con ese tipo de orden siniestro que sabe albergar la oscuridad cuando es en serio. Saber de quién son los pasos que lo dirigen a uno por el vacío es algo imposible, porque la memoria, cuando se ejecuta al lado del silencio, se transforma en anonimato y por eso duele más.
En la puerta de hierro que funciona como entrada formal al Campo dice, con letras de 20 centímetros, sin ningún viso de óxido y perfectamente sincronizadas con las rejas: “Arbeit macht frei”, algo así como “el trabajo libera”, primer dejo de deshumanización para todo aquel que entrara en calidad de prisionero.
Le sugerimos: Una exposición interactiva busca acercar al público al galeón San José y su época
El cielo de abril permanece nublado. En cinco horas de marcha no asoma el sol. Los vientos son fuertes, pero no tanto como para mover las manecillas del reloj que tutela el Campo y que quién sabe desde cuándo y a razón de qué se mantiene congelado en la misma hora: 11:07. Antes del meridiano: el miedo a la muerte. Después del meridiano: el dolor por la vida. De cualquier manera, el tiempo era el espanto cardinal. Estúpidas imaginerías de alguien que llega a mirar algo que solo se puede sentir.
La Baracke 38, pintada de verde claro, espera a los visitantes con las puertas abiertas para dirigirles a la afónica espiral del sufrimiento humano. La Baracke (barraca, barracón, cuartel, en español) fue la estructura de madera destinada al alojamiento de los prisioneros. Por estos pasillos no se camina ni se piensa y, aunque esté dicho renglones atrás que solo se puede sentir, todo es mentira: lo que se experimenta son caídas. Bordes de precipicios en cuyos fondos centellea la desolación.
El hacinamiento surge como el segundo dejo de deshumanización. En un espacio de cincuenta metros cuadrados hay veintiocho camarotes de tres niveles. Estructuras que hacen que la distancia entre el suelo y el techo a dos aguas de la Baracke 38 se reduzca a la de un ataúd. Ecos rotos, desvíos de dolor, oraciones de abismo y descensos a lo inconfesable surgen en la madera tallada con las uñas de los prisioneros. La antesala a las cunas de gas y fuego.
Una máquina de afeitar perteneció a Otto Ralfs, que fue asesinado allí, con 37 años, el 18 de agosto de 1942. Un collar con diminutas piedras blancas alguna vez adornó el cuello de Lea Kimmelman, que fue asesinada allí, con 49 años, el 9 de enero de 1944. Un lapicero escribió las cartas de Istvan Adorjan, que fue asesinado allí, con 61 años, el 17 de mayo de 1941. Una mujer rubia deja caer sus lágrimas sobre el vidrio que cubre la exposición. Nadie repara en la sensibilidad ajena. Cada quien carga con la suya como puede.
El enigma de la maldad salta de los dormitorios y se extiende de forma indefinida en los baños. Diez letrinas de porcelana café miran de frente a otras diez. En el medio de éstas, dos pilas de piedra de un metro de diámetro. Una gran ventana deja entrar la luz natural que se estaciona con ironía sobre los desportillados elementos. ¿Cuántas veces antes acciones mínimas como orinar, cagar y asearse no solo fueron sinónimos de humillación sino de bestialización?
Le recomendamos: La cara occidental del Partenón vuelve a ser visible después de 220 años
En la Baracke 39, pintada de verde oscuro, están las celdas de aislamiento. Decenas de pequeñísimas habitaciones de tres por tres con puertas de hierro de veinte centímetros de grosor y ventanitas tan diminutas como la palma de una mano. Alguien estuvo aquí. Muchos estuvieron aquí. Y nadie ya. “The truth will prevail”, “La verdad prevalecerá”, dice, en alguna celda, entre un ramo de rosas sintéticas y una bandera de Israel. La historia es engañosa, pero la verdad no. Alguien estuvo aquí… en el tercer dejo de deshumanización.
La opresión anímica que genera el Campo se mueve sobre la nada. Es la nada, en sí misma, la que sigilosa e invisible se va colando en la consciencia de los vivos hasta traer de vuelta el tiempo escondido de los muertos. Una nada que se pega a las espaldas como un animal mensajero de ese Dios que permitió la barbarie. Y así, la nada se convierte en un todo, cuando germina la posibilidad de imaginarse que algo así puede volver a pasar.
Icko Wilenczyk, un negociante textil polaco, marcó con su nombre la gabardina de lana con la que entró a Sachsenhausen en 1939. La idea de salir con vida era tan natural como si se hubiera tratado de una incómoda entrada al dentista. En 1941 fue asfixiado en una cámara de gas junto a otras treinta y dos personas. Al lado del pijama de rayas que usó diariamente mientras le llegaba el turno en el matadero está su pasaporte con una J roja. En la foto la sonrisa le ocupa un cuarto del rostro.
La fotografía de una montaña de cadáveres recién salidos de la cámara de gas resulta más sugestiva que su homóloga sacada a las afueras de los hornos crematorios. En la primera son los gestos pérfidos y las formas encorvadas e inverosímiles de los cuerpos vencidos por la intoxicación. En la segunda solo se alcanzan a ver algunos huesos sueltos y el azabache que ocasiona la larga exposición al fuego de la piel humana. Las fotos, más allá de lo que muestran, son la prueba de que alguien, documentando, intentó estetizar el exterminio.
Podría interesarle: Poder y política en “Facundo”, de Domingo Faustino Sarmiento (La novela y el mundo)
La tierra del Campo es negra como los gritos que gravitan, extraviados, en el aire. Nadie los escucha, pero todos saben que están ahí, a los pies de la cámara de gas, en las chimeneas de los hornos crematorios, en las cúpulas de las torres de vigilancia. Gritos sordos que descansan en los detalles que lega la dramaturgia del terror: los troncos de pino que todos saben el tipo de humo en el que se convirtieron, las baldosas relucientes de la morgue con la figurada muerte acumulada, la gélida cerámica de los baños de desinfección que presenció cómo las personas se convertían en cueros andantes. Gritos salvajes con sus propios decibeles mentales.
Esa misma tierra negra mancha la base del Obelisco Conmemorativo. Sombras tiesas de hombres y mujeres lloran sobre desconocidos hombros. Breves fantasmas alzan vuelo sobre el concreto rojizo. Las piedras son presencias y nadie se acurruca a tocarlas. Permanecen ahí para recordarnos que hemos sido salvajes y que para odiarnos no nos hemos escondido de la misma forma como sí lo hacemos para amarnos. Cuarenta metros de altura que pueden divisarse desde cualquier rincón de Oranienburg.
De hace ochenta años o de ayer, que en cierto sentido puede ser lo mismo, el patíbulo guarda la memoria en un presente que, por lo continuo, espanta. Muchos de los miles que pasaron por allí con nombres propios y vidas propias se perdieron en las burocracias de las oficinas adyacentes. El paredón de fusilamiento ostenta los orificios de las balas que dejaron los oficiales con mala puntería. Las fosas comunes, ya desocupadas, son huecos en la tierra que ni siquiera la curaduría museística puede resistir. No hay distancia posible. Admitir es más fácil que fingir porque la sangre siempre fluye recta hacia sus propios cauces.
La memoria es un eco que retumba en cada esquina. Ni siquiera los pájaros vuelan por encima del Campo de Concentración. La vegetación es frondosa, pero oscura, como si se tratara de un mensaje de la historia o de algún tipo de amenaza poética. La culpa está impresa en cada centímetro de Sachsenhausen, pero también el convencimiento de que la geografía del horror dispuesta es una forma no solo de narrar lo inenarrable, sino de quitarle las sábanas al relato y dejarlo desnudo, a cielo abierto, para que las cincuenta mil almas que se hirvieron allí puedan desprenderse de su tragedia y, de vez en cuando, puedan venir a llenarnos de luz la boca: la peste, esta peste que nos evaporó, pudo haber desaparecido, pero no se olviden de que la infección sigue latente.
Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖