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Sara Jaramillo Klinkert: “Son más interesantes y lindos los miedos infantiles”

“La cabeza del degollado” (editorial Grámmata), que cuenta con ilustraciones de Valentina Toro, es uno de los libros más recientes de la escritora antioqueña. En él aborda, desde la ficción, recuerdos de su infancia y plasma también relatos populares y la violencia que ha aquejado a la ruralidad en el país.

Andrés Osorio Guillott

28 de agosto de 2026 - 03:07 p. m.
Ilustración del libro “La cabeza del degollado”, escrito por Sara Jaramillo.
Foto: Valentina Toro
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En “La cabeza del degollado”, Sara Jaramillo Klinkert aclara que este cuento de literatura infantil lo escribió hace tiempo para el London Magazine, y que con él quiso no solo rendirle un homenaje a Luis, un tío político, y a los recuerdos que le dejó su infancia en Carolina del Príncipe, un municipio ubicado al norte de Antioquia, y en el que, entre flora y fauna, también había curiosidad e historias de guacas y brujas.

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Jaramillo recordó que su tío Luis, que estudió medicina e hizo el rural en Carolina del Príncipe, la invitaba a ella y a sus hermanos a la finca que tenían allí, especialmente después del asesinato de su papá. “Recuerdo que él le decía a mi mamá: ‘No, présteme a los muchachitos, yo me los llevo para que se entretengan, para que piensen en otra cosa’”.

“Paramos de ir porque la guerrilla se tomó el pueblo. Hubo una toma guerrillera; atacaron la estación de policía y, en ese momento, los secuestros estaban muy en boga. Entonces nadie volvió a ir y quedó ese sinsabor de cómo le arranca a uno la violencia de este país lugares que fueron importantes para uno, lugares tan lindos, tan sanos, tan llenos de vida, de naturaleza, de todo. Pero definitivamente lo que me hizo contar esta historia fue que, ya muchos años después, como periodista, me mandaron a cubrir algo allá, la estatua de Juanes. Llevaba mucho tiempo sin ir y fui muy emocionada porque quería ir a reconocer el sitio, y fue un sinsabor tan grande volver, pero darme cuenta de que no era igual a cómo yo lo había imaginado y cómo el progreso no deja las cosas intactas”, contó Klinkert.

Sara Jaramillo Klinkert es novelista, profesora de narrativa y columnista de El Colombiano.
Foto: Agencia EFE

Pues ya que menciona lo de la guerrilla y el tema de la violencia, ¿cómo es ese tratamiento de incluir la violencia en un relato de literatura infantil?

Este país está compuesto de esto y yo creo que a los niños esas cosas no se les deben ocultar. Hay que encontrar maneras de hablarles de estos temas, de recordarles dónde viven, de recordarles que este país tiene una historia compleja encima y que esa historia incluso sigue siendo compleja, porque no es otra cosa distinta que prepararlos para que vivan en el país que les tocó, porque es que esto es lo que les tocó.

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Entonces, yo tuve muy claro que lo quería poner, porque me parece además que es una manera muy interesante de hablarles a los niños de esos temas, como de establecer una lectura guiada con los padres y de establecer una conversación en torno a esto que ha atravesado este país.

Volvemos con su tío para hablar porque dice la narradora que con él: “Aprendimos el concepto de libertad”.

Sí, el concepto era muy bonito porque, como los campesinos iban mucho a consultarle cosas, él nunca les cobraba y entonces ellos, pues, no tenían cómo agradecerle sino llevándole lo que fuera que tuvieran.

Si hacían agricultura, le llevaban cosas de la agricultura, y si tenían gallinas, le llevaban gallinas. Pero lo que más le daban eran gallinas y pájaros. El regalo de un pájaro siempre va en una jaula; ellos lo consideraban un regalo, y yo me acuerdo de que él siempre nos alentaba a liberar esos pájaros.

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Y me servía también mucho como subtema para hablar de eso tan complejo que es el secuestro, que viene después. Qué tan bonito hablarlo a través de esa metáfora con ese pájaro que es muy lindo y todo, pero está encerrado en una jaula y no puede vivir su vida y no puede ser libre.

 “Comprobar que, tras casi 30 años de por medio, mis miedos han cambiado”. También quería preguntarle por ese elemento de los miedos y cómo los comprobamos.

Cuando uno es niño los miedos eran a que se nos apareciera la bruja, los miedos eran a los espantos, los miedos eran a esa bendita cabeza del degollado, que todo el mundo hablaba de la cabeza, pero nunca nadie vio la cabeza.

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Cosas en las que creímos y que fueron importantes para nosotros y que fueron gran parte de nuestra vida. Y ya son miedos tan adultos y se supone, a la vez, tan pendejos también. Son mucho más interesantes y más lindos los miedos infantiles.

Lo dijo ahorita y casi igual a como lo escribió. Quiero preguntarle por esa confrontación del progreso y el tiempo. “Necesito tomar aire para enterrar mis recuerdos y asimilar tanto progreso”.

Me confronta mucho no solo con lo que ocurrió en este pueblo, que es lo mismo que estaba ocurriendo en todo, sino, por ejemplo, también el tema del turismo. Es que tenés que entender que mi generación, la generación de mi edad que creció en la Medellín de esa época, nosotros no conocimos los pueblos.

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O sea, a nosotros se nos negó la posibilidad de viajar a los pueblos, de ir a hacer caminatas, pues primero por la guerrilla, después por los paramilitares. Y ahora que sí se puede ir, ahora que los estamos redescubriendo, es muy triste ver cómo nosotros mismos también somos los que muchas veces llegamos a dejar nuestra huella.

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Vamos a la naturaleza, pero intentamos seguir haciendo las cosas que hacemos aquí en la ciudad. Entonces se pone música a todo volumen, se lleva basura, en vez de tratar de convivir con lo local, con la comida que hay allá, con las oportunidades que ofrece, con el silencio que ofrece.

Ese es un problema que no tiene solución porque pasa aquí, pasa en el mundo entero. El progreso y el turismo muestran lugares que son fascinantes y, como los muestran, pues todos queremos ir y todos masivamente dañamos los lugares y les robamos esa magia que fue precisamente la que nos atrajo. Entonces, es un problema sobre el cual pienso mucho y es un problema que no tiene solución. Así es y así somos.

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¿Ya había escrito literatura infantil?

Sí. Yo, como no tengo hijos, lo que me ocurre es que todas mis amigas me quieren dar a sus hijos de sobrinos, de ahijados. Y entonces yo, siempre que recibo esa petición y la acepto, me propuse nunca darles cosas físicas o, si les daba cosas físicas, iba a ser un libro.

Pero, en la medida de lo posible, siempre trato de escribirles cuentos en los cumpleaños. Entonces, ya con tres ahijados que ya están muy grandes, tenía un montón de cuentos a cuestas.

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Es algo que me parece muy bonito. Finalmente, todos fuimos niños. Todos los que hoy en día somos buenos lectores alguna vez fuimos niños y nos volvimos lectores porque llegó alguien que nos puso un libro entre las manos, que nos contó un cuento, que nos presentó ese mundo que la literatura proporciona.

¿En qué cambia el proceso creativo de un relato infantil respecto de uno que no lo es?

El proceso creativo es muy parecido. Yo creo que lo que cambia es el lenguaje. Uno a los niños les puede hablar de casi todos los temas. Lo que tiene que hacer es bajarle al lenguaje, que las ideas no sean tan complejas.

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Y la magia de la literatura infantil es que se puede contar con la ilustración. Y entonces, claro, el lenguaje está más sencillo, pero la ilustración ayuda a complementar las cosas que a lo mejor el lenguaje sencillo no alcanza a decir. Esa es la diferencia.

Valentina, cuéntenos entonces cómo fue ese trabajo de la mano de Sara y cómo fue el proceso de pensar las ilustraciones guiadas por la historia.

Pues mira, yo incluso le contaba a Sara, alguna vez, que fue muy mágico porque normalmente ilustrar un libro toma mucho tiempo y es un proceso que casi nunca es lineal, que siempre es de ir y venir entre bocetos, devoluciones, feedback, y encontrar esos puntos medios con el autor, con lo que se imagina.

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Pero en el caso de este cuento, primero, yo ya lo había leído cuando salió en The London Magazine. Cuando me propusieron ilustrarlo, ya lo tenía en mi memoria. Pero, por otro lado, yo creo que Sara y yo tuvimos una infancia muy similar; conocimos paisajes muy similares, tuvimos este asunto alrededor de las historias, del folclore, de estos personajes medio mitológicos del folclore antioqueño.

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Desde la perspectiva de la imagen, fue muy fácil traerme todos los referentes de la imagen para la historia. Entonces lo ilustré muy rápido; fluyó muy fácil. Cuando Sara vio las ilustraciones también, pues fueron como ajustes muy pequeños, como de cosas muy técnicas, y ya.

Sara Jaramillo: Y no había preguntado nada. Yo siempre estaba como esperando y pensando: ¿yo le tengo que dar alguna información? Y es lo que suele hacerse. A mí nunca me habían ilustrado ninguno de mis textos, entonces desconocía cómo era la dinámica.

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Dije: “Bueno, pues ella es la que sabe. Ya si necesita preguntar, pregunta”. Nunca preguntó nada, pero para mí la sorpresa cuando vi las ilustraciones fue mayor. Era muy parecido a lo que yo tenía en la cabeza y eso me pareció muy mágico.

Valentina Toro: Sí, es una cosa que no es común. De hecho, a mí me pasa mucho justamente lo que Sara dice: me toca sentarme con el autor, pedirle que me haga mapas visuales, que me muestre referentes. Casi que hacemos un mood board entre los dos para instalarme en algún lugar de su imaginario.

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Pero en este caso sí, yo creo que teníamos unos referentes visuales muy similares y la historia me hacía mucho sentido a mí, dentro de mi propia infancia y lo que yo había vivido. Ilustrarla fue una delicia.

Y ya que hablaron de eso. Hay un reconocimiento quizás a ese elemento de las tradiciones, de nuestras leyendas…

Sara Jaramillo: Yo eso se lo debo al tío Luis. En esa finca no había electricidad, no había televisión, no había teléfono. Por la noche no había nada que hacer sino encender una fogata y sentarnos ahí a que él nos contara historias. Y yo creo que él fue como el que me inoculó... Yo hoy en día, como en mi imaginario, veo que él me inoculó un montón de cosas. Que todo eso viene de esa época.

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Carolina del Príncipe es un pueblo donde hubo muchos asentamientos indígenas. Y eso allá está lleno de entierros y de guacas. Entonces, uno le pregunta a cualquier mayordomo, a cualquier señora, en cualquier ranchito, y todos tienen historias de brujas.

Y el tío, pues, también lo hizo muy bien, porque él nos escondía cosas, tal y como dice en el cuento. Mandaba al mayordomo a que por la noche, con la linterna, nos hiciera lucecitas, porque se supone que donde aparece una luz hay una guaca. Entonces él lo mandaba a hacer luces.

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Y al otro día nosotros madrugábamos con pala a cavar, porque íbamos a encontrar la guaca. Y cosas... Entonces imagínate uno de niño que alguien le exacerbe eso. Eso todo se lo debo a él y se lo debo a esa época.

A mí esos tipos de historias me encantan. Siempre me han gustado mucho los mitos, las leyendas, las brujas, los fantasmas, todo ese imaginario que en nosotros es muy rico porque nuestros bosques son muy diversos y están llenos de un montón de cosas inexplicables. Y como son inexplicables, el ser humano las explica a través de esos mitos e historias. Y me gustó mucho porque Valentina estaba en las mismas.

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Valentina, ¿cómo fue esa especie de exaltación de la naturaleza? Porque hay muchos detalles de la fauna, de la flora.

Una apuesta que yo he hecho desde hace mucho tiempo es tratar de que la literatura infantil colombiana parezca colombiana. Creo que es algo que nos ha pasado durante muchos años y es que nuestros referentes siempre han sido de afuera. Entonces, cuando pensamos en un bosque desde el imaginario, casi siempre pensamos en un bosque de afuera, en un bosque escandinavo, en un bosque europeo, en este bosque que yo llamo el bosque de Bambi, que es muy bonito y romántico, pero estos bosques no se ven así.

Por eso te diría que ilustrar este cuento en particular fue súper delicioso para mí porque me daba ese pretexto de hacer esos escenarios realmente colombianos, incluidos los personajes también, esos personajes fantásticos, la Madremonte, el Mohán, que creo que es lo mismo: como que cuando los imaginamos tenemos la tendencia a imaginarlos muy desde la estética de afuera, porque nosotros mismos hemos sido un poquito desagradecidos con nuestra propia cultura, nuestra propia tradición oral.

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La dejamos como algo diferente a lo que se usa en literatura infantil. En la literatura infantil tratamos de traernos siempre como el cuento de hadas clásico, el cuento de hadas europeo. Entonces fue muy chévere porque pude realmente darle rienda suelta a eso que siempre quería apostar: que sean esos escenarios que realmente, cuando un niño ve una casa, esa casa de campo que se ve ahí, sea la casa campesina que ve cuando mira por la ventana en cualquier pueblo de Colombia, ni siquiera solamente de Antioquia.

Suele pasar, por ejemplo, cuando yo doy talleres de ilustración. Me río mucho con los niños y nos reímos mutuamente porque yo les digo: “Dibújenme una casa y dibújenme un árbol”. Y casi siempre dibujan una casita que es como la típica casita con las dos ventanitas.

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Cuando dibujan un árbol, dibujan un árbol de manzanas. Entonces les digo: “¿Cuándo han visto ustedes un árbol de manzanas?”. Nunca hemos visto un árbol de manzanas; no conocemos un árbol de manzanas. Pero claro, cuando pensamos en imagen artificial, en imagen hecha, en imagen fabricada, pensamos siempre en imágenes de afuera.

Casi nunca nos basamos en las imágenes que vemos constantemente, porque como que las tenemos disociadas, pensamos que son cosas distintas. Entonces sí, mi apuesta siempre ha sido por eso, por traerme la fauna, la flora, las imágenes que nos rodean y que se empiecen a instalar realmente, pues, en ese imaginario cuando pensemos en literatura.

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