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Ser invisible como ejercicio de supervivencia: entrevista a Sergio Ocampo Madrid

El periodista y psicólogo, colaborador de varios medios colombianos, nos entrega su cuarto libro de cuentos, “Los invisibles”, en el que cuestiona las certezas de lo que vemos e invita a conquistar la invisibilidad.

Juan Camilo Rincón

05 de agosto de 2026 - 09:49 p. m.
Ocampo es periodista y psicólogo y ha trabajado como reportero y cronista. Además, es uno de los columnistas de este diario.
Foto: Cortesía FCE
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“Todos guardamos un catálogo mental de pequeñeces”, dice uno de los narradores de “Los invisibles” (FCE, 2026). En este libro de once cuentos, Sergio Ocampo Madrid recorre los días que pasan en la vida de cualquiera de nosotros, siempre tocados por objetos pasajeros, breves instantes, personas que pasan fugazmente y paisajes afectivos mínimos que, al final, constituyen toda nuestra historia.

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El autor nos cuenta sobre hijos y sus madres, parejas que se desencuentran, amistades que se hacen obsoletas, vínculos que pierden caducidad, relaciones afectivas que se sostienen en la fantasía de una casualidad. Así, nos recuerda que vivimos vidas invisibles que solo a veces dejan de serlo, y es allí donde ocurre el hechizo de lo cotidiano.

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En este libro usted se sirve de diferentes tipos de narrador; ¿cómo decide cuál funciona mejor para los fines de una historia?

La segunda persona es particularmente difícil ya que hay una voz que le habla a alguien intencionalmente indefinido, a un “usted” que puede ser el lector, un personaje o hasta el propio autor, y es complejo mantenerla por un tiempo largo. En mi libro hay dos cuentos en segunda persona, en los que los protagonistas son seres en profundo conflicto, uno con su propia vejez que lo ha vuelto invisible y el otro porque ni siquiera tiene la certeza de si existe o no, de ser o no ser, porque desde su origen su naturaleza ha sido la indefinición. Por otro lado, la tercera persona es ideal cuando se requiere de omnisciencia, de saber todo sin cortapisas de tiempo o espacio; y aunque en todas las voces el escritor juega a ser Dios, es en la tercera en la que se es más omnipotente y omnipresente que nunca.

Eso se puede ver en “Todas las veces que no se vieron”.

Claro, esta pareja de adultos jóvenes que viene a encontrarse, y quizás enamorarse, al final del cuento luego de haber coincidido en espacios y situaciones muchas veces a lo largo de la vida sin reparar el uno en el otro. Solo una tercera persona podría saber y llevar la cuenta de todas las ocasiones en que no se vieron antes de que les hubiera llegado su tiempo de conocerse. Finalmente, la primera persona es ideal cuando lo que se quiere explorar a profundidad es un desgarro existencial, un dolor profundo, como en “Muriel prefería la Coca Zero”, sobre la amiga invisible que lamenta cómo los de su especie están condenados a la extinción porque la infancia los desterró.

¿Cómo desarrolló el trabajo narrativo con la memoria afectiva?

En general, en todos los cuentos hay un juego con la memoria, pues o hay añoranza por haber caído en una especie de punto ciego de la vida, en una sensación de pérdida, de un afecto, de unos espacios, de unas costumbres, hasta de unas rutinas que daban seguridad y certezas, o también se explora lo opuesto, la alegría de ser y existir que se rompe cuando la torpeza e ignorancia de otros no soportan la diversidad, y entonces ser invisible se vuelve un ejercicio de supervivencia, una aspiración, la conquista de ser en el mundo sin ser perturbado.

También hace una mirada crítica sobre asuntos como el azar borrado por el algoritmo, “Las conversaciones humanas insulsamente esquemáticas”, lo pasajeras que resultan ciertas emociones y objetos (su rápida obsolescencia), la primacía de la inmediatez… ¿De qué manera los aborda sin caer en la moraleja o en una narración aleccionadora?

Hay una secreta intención en este libro de experimentar un género relativamente ignoto y es el del cuento-ensayo. Entonces, en muchas de sus tramas se intentan entreverar observaciones del autor sobre temas diversos de la vida que no se alejan de la narrativa central, pero que sí pueden ser disquisiciones conexas y complementarias. Tu pregunta apunta inteligentemente hacia varias de ellas. Por siglos, por ejemplo, el azar determinó los momentos y las circunstancias de conocer a alguien, de acercar dos seres para permitir el nacimiento de posibles afectos.

Hoy, eso lo hace el algoritmo.

Claro; es el que termina decidiendo en buena medida eso, al sugerirnos, a su conveniencia, posibles amigos, o con quién se hace “match” en las aplicaciones para tener sexo o conocer gente. Por otro lado, me llama la atención la aridez e ineptitud de los idiomas para renovar y enriquecer situaciones como los saludos, las despedidas, las expresiones en situaciones trascendentales, que terminan cayendo en la precariedad del cliché; me angustia la extinción de los tiempos muertos en la mayoría de seres humanos, esos minutos de no hacer nada, de contemplar, de divagar, de imaginar, de perderse mirando al techo acostado en la cama, que ahora son reemplazados por la compulsión incesante de mirar el celular, de consumir contenidos todo el tiempo.

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Exactamente. También me desconsuela esa lógica del resumen de la contemporaneidad, y la ética por la funcionalidad de los resultados, la importancia del conocimiento instrumentalizado exclusivamente a la monetización, y otras realidades de esta posmodernidad que nos acercan cada vez más a una distopía. La intención de mis cuentos es entregar pedazos de un rompecabezas con elucubraciones dispersas, críticas, que un lector ideal arme y se haga un mapa somero sobre mis inconformidades con el mundo.

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Uno de sus personajes dice: “... si ella no me ve, yo tampoco puedo verme”. En casi todos los cuentos encuentro una idea muy arraigada sobre la mirada del otro, o nuestra propia mirada sobre el mundo.

La invisibilidad en buena medida es una imposición de los otros. Invisibilizar es una forma de mirar sin mirar, una variante del desprecio, un método para castigar, para sojuzgar y someter, de disfrazar el temor propio a acercarse y conocer al otro, un modo para evitar involucrarse y asumir la responsabilidad que significan los demás. En ocasiones es una forma de control y de mantener un statu quo hegemónico. En últimas, decretar la invisibilidad a algo o a alguien es una decisión de no conocerlo.

¿La invisibilidad también puede ser lo opuesto?

Lo es. Puede ser una forma de mirar a los otros sin que estos te miren, como una estrategia para sobrevivir. Así es en el cuento del niño que tiene una sensibilidad particular, que quizá sea diverso en su sexualidad, y ante la respuesta hostil del entorno solo busca ser invisible. También hay otro en el que se explora la posibilidad de no verse a sí mismo, y en él se encara el Alzheimer como una alternativa para no sucumbir ante el dolor, el remordimiento y el peso del fracaso y la derrota de una vida que ya no va a dar segundas oportunidades. Mejor olvidar, ir haciéndose invisible a sí mismo progresivamente.

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¿Cómo define, al final, a “Los invisibles”?

Se trata antes que nada de unos juegos de la imaginación sobre una dimensión que me parece hermosamente literaria, y es la invisibilidad, una dimensión tan rica y fascinante que permite explorarla desde lo evidente; o sea, todo aquello que existe y no se ve, que es traslúcido por naturaleza, hasta elaboraciones más complejas, de tipo psicológico, existencial y metafísico. Un universo posible e infinito el cual, por un acto de la voluntad, se hace invisible para despreciar, olvidar, desconocer, decretar la inexistencia, pero en el que también ser invisible puede ser una aspiración, una conquista, una estrategia o meramente un artilugio de la vida para consolidar la intimidad; y hasta un mecanismo del azar para evitar contingencias o hacerlas coincidir. Es un libro de cuentos-ensayos en el que me permito aventurar diversas tesis sobre la sociedad y el tiempo que vivimos, y en últimas plasmar múltiples quejas personales.

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Por Juan Camilo Rincón

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