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Sérgei Eisenstein: reescribir la historia hasta la humillación final

Poco antes de fallecer, Sérgei Eisenstein, uno de los directores de cine preferidos por Stalin, tuvo que soportar que el dictador lo obligara a rehacer una parte de su película sobre Iván El terrible, pues las que había plasmado daban una sensación falsa sobre los propósitos del primer zar en la historia de Rusia. Cuarta entrega de la serie “Políticamente artistas”.

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Fernando Araújo Vélez
15 de febrero de 2026 - 01:10 p. m.
Veinte años después del estreno de “Octubre”, y luego de que en febrero del 46 sufriera un infarto, Eisenstein comenzó a escribir sus memorias.
Veinte años después del estreno de “Octubre”, y luego de que en febrero del 46 sufriera un infarto, Eisenstein comenzó a escribir sus memorias.
Foto: Getty Images
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Cuando rodó las escenas de la toma del Palacio de Invierno para “Octubre”, Sérgei Eisenstein reescribió la historia. En 1917, los bolcheviques que llegaron hasta el centro del poder ruso apenas eran algo más de doscientos, entre marineros y algunos guardias rojos.

Pasados los años, Eisenstein regresó al Palacio con sus hombres, más de cinco mil extras que habían hecho parte de la Guerra Civil que se desencadenó luego de la Revolución, y que incluso llegaron a la puesta en escena con sus propias armas y le dispararon a los jarrones de Sèvres que hallaron en su camino y a uno que otro guardia que estaba por ahí. “En todos sus aspectos, ‘Octubre’ era de una envergadura muy superior a la realidad histórica”, escribió Orlando Figes en “El baile de Natacha, una historia cultural rusa”.

Para comenzar, Eisenstein cambió la escalera por donde entraron los bolcheviques para tomarse el poder. La real, aclaró, le pareció insignificante, “de manera que la filmó en la enorme escalera jordana usada para las procesiones estatales en los tiempos del zar”, como aclaró Figes, quien unas líneas más adelante explicó que “Después de rodar la escena, según recuerda Eisenstein, un anciano portero le dijo, mientras barría la porcelana rota: ‘Su gente fue mucho más cuidadosa la primera vez que tomaron el Palacio’”.

Para la misma película, y siguiendo los lineamientos de sus maestros, Kuleshov y Meyerhold, “Eisenstein intercala imágenes de un caballo blanco que cae al río Neva con escenas de las fuerzas casacas reprimiendo las manifestaciones de los trabajadores contra el gobierno provisional en julio de 1917”.

Según decenas de analistas de la obra de Eisenstein, en particular de “Octubre”, y también para el historiador Orlando Figes, la metáfora que eligió con el caballo blanco era bastante “compleja”. Como escribió en ”El baile de Natacha”, “El caballo era desde hacía mucho tiempo un símbolo del Apocalipsis en la tradición intelectual rusa.

Antes de 1917, los simbolistas lo usaban para representar la revolución, cuya inminencia presentían (En la novela Petersburgo de Biely aparece una y otra vez el retumbar de los cascos de los caballos mongoles acercándose desde la estepa). Al mismo tiempo, y paradójicamente, el caballo blanco en particular era un emblema de la tradición bonapartista. En la propaganda bolchevique el general montado sobre un caballo blanco era un símbolo típico de la contrarrevolución”.

Unos días después de la represión por las manifestaciones de julio, el jefe del gobierno, Alexandr Kérensky, había tomado la decisión de buscar y de encarcelar a los principales dirigentes bolcheviques, previendo que habían utilizado la protesta para darle fuerza a su toma del poder. Desde alguno de sus múltiples escondites, Lenin acusó a Kérensky de contrarrevolucionario bonapartista.

En “Octubre”, Eisenstein insertó algunas escenas del jefe del gobierno provisional viviendo en el Palacio de Invierno de San Petersburgo como un emperador, y las intercaló con otras de Napoleón. Los hechos de julio de 1917 fueron determinantes para el futuro de Rusia, pues desencadenaron en las escaramuzas iniciales de una Guerra Civil que explotaría tres meses más tarde.

Según Figes, la intención de Sérgei Eisenstein con la escena del caballo blanco, “era que el público percibiera la represión de las manifestaciones de julio como Lenin la había descrito: como el momento crucial y decisivo de 1917”. De acuerdo con un texto de Peter Bradshaw conmemorativo de los cien años de la revolución, publicado en The Guardian en febrero de 2017, “La película fue pionera en varias cosas, además del montaje -la audaz yuxtaposición de imágenes- por el que Eisenstein se hizo famoso. El propio Stalin interfirió en una etapa temprana, viendo un borrador inicial del material y exigiendo que se eliminaran las escenas con Trotsky e incluso Lenin. Así se convirtió en el primer productor autoritario del cine, en un repugnante paralelismo con su censura, tiranía y asesinatos en masa”.

Veinte años después del estreno de “Octubre”, y luego de que en febrero del 46 sufriera un infarto, Eisenstein comenzó a escribir sus memorias. Entre tantas otras cosas, decía allí que siempre había querido “atrapar, conservar y afianzar” los momentos perdidos de su pasado, y que su vida había sido original y atormentada. Tanto, que se preguntaba si en realidad había habido una vida.

“Resulta que sí la hubo y fue vivida intensa, alegre y atormentadamente, fue incluso brillante en algunos momentos, indudablemente fue original y fue tal que con seguridad no la cambiara por otra. Con locura quise atrapar, detener y afianzar por escrito esos instantes de ‘tiempo perdido’. Instantes que sólo habían conocido la espera, su recuerdo no sé qué impaciente falta de perseverancia al ser vividos”.

Luego, afirmaba que había “transitado por una época extraordinaria. Pero no quiero escribir sobre ella. Quiero escribir acerca del hombre medio que atraviesa como un contrapunto imprevisto por una gran época”. Pasados los años, y conocidos y comprobados los hechos de los goulags, las represiones stalinistas, las purgas, persecuciones, falsos juicios, asesinatos y demás, varios historiadores se preguntaban si gran parte de las memorias de Eisenstein no habían sido casi que dictadas al pie de la letra por alguno de los altos jerarcas del comité de censura del régimen soviético.

Si bien era cierto que por muchos años y en algunos de sus rodajes no sintió el terror que habían sentido otros artistas, en los años 40 fue obligado a disculparse públicamente por una “equivocación” cuando realizó la segunda parte de la película sobre “Iván, el terrible”.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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