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Sobre mujeres, madres y lesbianas

“Amores”, el libro de la escritora Leonor De Recondo, narra la historia de dos mujeres que experimentan un romance prohibido en una sociedad patriarcal que les enseñó que no tenían la posibilidad de elegir: el fin de sus cuerpos era la maternidad.

Laura Camila Arévalo Domínguez

18 de octubre de 2020 - 04:29 p. m.
Leonor de Recondo hablará sobre su recorrido como escritora y violinista este 19 de octubre a la 1 de la tarde, en el marco de la Feria del Libro de Cali. La charla se transmitirá a través del Facebook de El Espectador.
Foto: Archivo particular
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Mi abuela, que se llamaba Inés, tuvo 20 hijos. Y podría quedarme exclusivamente hablando de ese número y de todo lo que implicó en aquella casa: veinte partos, veinte crianzas, veinte platos de desayunos, almuerzos y comidas. Veinte regalos de navidad en medio de veinte gritos, llantos y quejas. Veinte razones para reír, pero también para llorar. Veinte hermanos, algunos mayores, que se hacían amigos de los vecinos, que quién sabe si eran buenos o malos; y veinte hermanos menores, que querían ser como los mayores. Veinte posibles enfermedades, así que veinte razones para estar alerta. Veinte cuadernos, lápices y loncheras. Veinte camas. Dos baños para veinte. Veinte cuerpos para vestir. Veinte vidas.

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A mi papá, que es muy católico, se le escapó alguna vez que “los curas eran unos inconscientes. Unos irresponsables”. Alguien le preguntó por qué, y contó que su papá, cada vez que ‘doña Inés’ quedaba embarazada, iba a contarle al cura. El padre le respondía “Los que Dios mande”, y mi abuelo lo consideraba como una bendición, así que seguía procreando sin consideración, porque, además, la decisión era de él: mi abuela, que ya estaba harta, se le escondía en la cama de alguno de sus hijos hasta que él se durmiera.

Después de escuchar su queja, entendí que no tan agradable el recuerdo de que mi abuela, la señora Inés, los llevaba a los parques atados de una cuerda y con el nombre escrito en el pecho, como si portaran carnés. Tenía que llamar a lista para que no se le perdieran y si por alguna razón alguno se quitaba la “identificación”, las cosas se complicaban: no recordaba los nombres, se confundía o se le perdían.

Ella, que se murió de 94 años, no tuvo mucho tiempo para decidir, ni para pensar ni para llorar. Tenía que alimentar 22 bocas, porque, además, se debía hacer cargo de su comida y la de su esposo. Así se decidió que sería su vida desde que cumplió 12 años.

“La madre de Céleste se pasó años dando a luz sin comprender demasiado de dónde salían todos esos niños. Cuando cogía en brazos al recién nacido, parecía incrédula, y esa incredulidad no la abandonaba nunca. Incluso cuando crecían, parecía preguntarse quiénes eran realmente. Céleste está convencida de que su madre jamás se ha percatado de su presencia en media de la multitud de hijos. En la granja, piaban, crecían y los criaban como buenamente podían”, dice en la página 29 de la novela “Amores”, de Leonor De Recondo.

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Y entendí que esas palabras eran la queja de mi papá y que la madre de Céleste era su madre y que la fertilidad, hasta hace muy poco, no era un asunto de las mujeres. Y que las consecuencias no solamente las pagaban las madres o las que no podían ser madres, sino sus hijos o sus “no hijos”, que si eran hombres, eran criados para ser padres, fuera como fuera, y si eran mujeres, eran criadas para ser madres, fuera como fuera.

El progreso es lento: mi papá nació en 1955. La novela fue ambientada en 1909. Hoy, en 2020, la discusión ha cambiado, pero el problema esencial sigue siendo el mismo: el cuerpo de la mujer es de todo el mundo, menos de la mujer. Es de la religión, de sus padres, de las reglas sociales, de los hombres, pero nunca de ella.

Pero “Amores” no es una novela enfocada, exclusivamente, en la fertilidad. El libro narra la historia de dos mujeres, de clases sociales muy distintas, que terminan enamoradas. Una de ellas, Céleste, es la “empleada del servicio” de la casa en la que Victoire es la dueña y señora. El amor nace en medio del odio, la humillación y la anulación del otro, sobre todo de Céleste, que, sin importar la circunstancias, perdió cuanta cosa le fue entregada desde que nació.

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No sufría tanto por los abusos, sino por su incapacidad para agradecer: trabajaba en un lugar en el que debía estar disponible más de 14 diarias, pero tenía trabajo; el dueño de la casa se metía en su habitación y la violaba, pero tenía trabajo; quedó embarazada por alguna de esas entradas furtivas del patrón a su cama, pero tenía trabajo.

El amor de estas dos mujeres, prohibido y desagradable para cualquier persona “normal y sensata” en 1909, creció también gracias a que, desde ninguna otra orilla, habían probado la libertad de elegir hacia donde enfocar sus energías ni sus intereses ni sus deseos.

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De Recondo deja muy claro que para los pobres nacidos en Francia en 1909 no era posible, ni siquiera, disfrutar de la misa, el evento social más esperado de la semana. La pobreza era entonces una condición que merecían por algún designio divino por el que tampoco debían preguntar. Lo merecían y cada paso en dirección hacia un mínimo de progreso debía aprovecharse sin importar el nivel del abuso. Ese era el precio. Esto no solo aplicaba para los pobres, sino también para las mujeres, que a pesar de ser ricas, tenían una sola función en la vida: ser madres.

El sexo para Victoire, la esposa del dueño de la casa, era un “enredo inmundo”, que debía soportar cada vez que su esposo lo pidiese, y que además le daría la utilidad a su cuerpo, incapaz de dar a la luz hasta ese momento. Así como para la señora Inés, mi abuela, fue cada encuentro con don Juan, mi abuelo, que la buscaba para saciarse y recibir las bendiciones de Dios, que resultaron ser veinte hijos. El sexo para Céleste, la mujer encargada del servicio, cuando el dueño de la casa se metía en su cama, era el peor de los infiernos, y además, cuando quedó embarazada, tuvo que disculparse por su “atrevimiento”, así como a doña Inés, mi abuela, le hubiese tocado pedir disculpas si se hubiese atrevido a decir que no quería parir más.

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Al final, en esta novela donde lo absurdo no se ve absurdo para los hombres ricos y, en algunos casos, para sus esposas, “la vida está llena de tormentos”, una sentencia de un sacerdote que, además, dio consejos basados en la crueldad que justificó con la biblia. Así como se los dieron, cincuenta años después, al esposo de doña Inés.

Por Laura Camila Arévalo Domínguez

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.@lauracamilaadlarevalo@elespectador.com
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