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La experiencia, contrario a lo que dicta la lógica, es para utilizarla. No para impartir decretos en el oportunismo periódico de nuestros tronos. “Peón ataca, peón defiende, peón corona, peón sacrifícate”. Y tú, ahí, en la quietud, sin hacer nada. Eso sí, en las victorias eres la portada principal.
Y fue así como discerní el verdadero problema: nosotros mismos, malditos peones. Dóciles a la manipulación. Un statu quo que da luz verde a la mediocridad del sistema. Que nos estanca, que nos frena el progreso. Delegar, ese verbo terrenal, tan oxidado.
Hoy es 8 de agosto en Ajedreces Bajos. Nuestro país, el de los pisoteados. El Presidente Peón dará su discurso del Estado de la Unión: es el único momento en el que los 34 millones de peones del planeta estamos en pleno, reunidos en el Peonotolio.
Y ahí estoy yo, el más desgraciado de todos los peones, sofocado por el oficio de hacer lo mismo todos los días, obnubilado por la anarquía. He dejado una bomba: cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Y los reyes y reinas tuvieron que trabajar. El antídoto a la mediocridad.