Hay una frase anónima que dice: “Los recuerdos son una forma de aferrarte a las cosas que amas, las cosas que eres, las cosas que no quieres perder”. El constante ejercicio de memoria en un país con tantos conflictos y miles de desapariciones forzadas como Colombia, implica millares de historias de familias que no han sabido asociar su dolor con el olvido o el perdón, no por falta de voluntad, sino por la incertidumbre de lo que pasó.
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La desaparición forzada se considera un duelo con muchos vacíos, que, gracias al arte, es posible representar en imágenes. El caso del documental Soñé su nombre, dirigido por Ángela Carabalí, es un recorrido personal por el dolor de su autora y de la realidad de muchas personas, que construye un sentido colectivo frente a este flagelo, entre sus planos y narrativas poéticas con la naturaleza como testigos del tiempo y del significado de la desaparición para quienes quedan en este lado del recuerdo y de la vida.
Este trabajo, lleno de sensibilidad, narra, que luego de 30 años de negar su dolor, Carabalí se enfrenta a su pasado cuando su padre, en un sueño, le pide que lo busque. Con su hermana Juliana, emprende un viaje a través de una parte de Colombia hasta tierras indígenas donde su padre, un agricultor afrodescendiente, fue víctima de desaparición forzada.
Mientras las hermanas recorren los caminos, es posible ver los paisajes y los contrastes de Colombia, mientras se entablan conversaciones que revelan el perfil de su padre: Esaú Carabalí Brand, un arrocero independiente, rebelde y víctima de robo. En el camino descubren un inesperado archivo sonoro familiar y hacen una parada en la casa de su introspectiva abuela paterna. Días después, las hermanas salen del territorio, habiendo encontrado el amor, el legado de su padre y una comunidad atravesada por la violencia que aún resiste mediante una conexión profunda con su tierra y su alimento.
Soñé su nombre, logra decir sin sobreexponer una idea impuesta al espectador. Ahonda sobre la importancia de la memoria y cómo es indeleble por donde se la mire, donde las huellas de la violencia quedan para siempre, pero la memoria de su padre vive para siempre en las personas que hicieron parte de su vida por donde su lucha se abrió camino, porque se quedó presente en las personas y en la memoria de su propia familia.
El documental destaca por su continuidad: su ritmo no solo se mantiene de ejercicios de contemplación, pues muchas producciones con esta temática se quedan en ese lugar común. Esta narrativa se mantiene dinámica, incluyendo una presentación visual de sus protagonistas que explican de manera orgánica cómo cada secuencia se va enganchando, logrando un ritmo interesante sin dejar de invitar a la reflexión, sin dejar de mostrar el proceso personal de quienes viven el luto sin excesos, permitiendo que la idea principal nunca se trunque.
Ángela Carabalí le da firma a un documental con una limpieza visual de gran valor técnico, impulsada con una bella dirección de fotografía de Liberman Arango y una buena producción de Sandra Tabares Duque y María Alejandra Rodríguez rompiendo los esquemas de este tipo de documental para que se siga construyendo la memoria de un país fragmentado por los intereses particulares, pero que sigue resistiendo desde el arte valiente y sincero que se refleja en pantalla.