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¡Te arrepentirás! (Cuentos de sábado en la tarde)

Nunca supe lo que quería en la vida. No creo que haya necesidad de presionarse en saberlo. Cuando mis amigos de la niñez se preparaban para encauzar sus carreras universitarias, yo trabajaba en el ‘Mercado de Bazurto’ vendiendo perfumes de imitación, mis padres me dijeron: “¡Si no quieres estudiar, pues, a trabajar, algún día te arrepentirás, Idalia Josefina!”.

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Verónica Bolaños
13 de noviembre de 2021 - 06:30 p. m.
Entonces, para no tirarme por el Puente Román, me gasté una parte de la liquidación en la compra de libros, allá en la Librería Nacional, ahora, me la paso en el patio leyendo, escribo y reescribo…
Entonces, para no tirarme por el Puente Román, me gasté una parte de la liquidación en la compra de libros, allá en la Librería Nacional, ahora, me la paso en el patio leyendo, escribo y reescribo…
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Ese “te arrepentirás” me perseguía en sueños, cuando me subía a la buseta, mientras me bañaba, cuando me quedaban pocos pesos para llegar a final de mes, cuando deseaba ir a una pizzería italiana, cuando quise ir a conocer el río Magdalena y ni pa’eso me alcanzaba…

A la vez, me preguntaba de qué tengo que arrepentirme si es que no sé lo que quiero, encontraba más coherente arrepentirme de algo que había hecho mal, con desgana, con poca voluntad, o haber perdido el tiempo haciendo cosas por hacer, por darle gusto a mis padres, ¿arrepentirme tal vez de lo que no había hecho? ¿Arrepentirme por no saber lo que quiero? Me parecía absurdo. Intentaba no martirizarme, pero, esas palabras cargaban mucho peso.

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Cuando aplaudía para atraer a la clientela, para que se acercaran a mí y perfumarlos con las más deliciosas fragancias, muchas veces me ignoraban, era invisible para ellos, una más vendiendo mierdas de imitación, una más bajo el sol aplastante intentando ganarse unos pesos para mantenerse y no tener que pedir para comprar una maquinita de afeitar o para el bus a los viejos. En esos momentos que me sentía ignorada, vapuleada por la vida, vista sin ser vista, entonces aparecían como una maldición las palabras que me repitieron mis padres hasta la saciedad “te arrepentirás, te arrepentirás, Idalia Josefina”.

Ya una vez cogí cancha por estos lares, pensé que un trabajo similar en otro lugar sería pan comido… Cualquiera no tiene la experiencia de vender perfumes finos a buen precio en un mercado atestado de gentes y olores añejos. Cualquiera no se planta a vociferar entre la muchedumbre teniendo solo en el estómago una miserable empaná de carne molida y un guarapo bien frío, con tres limones exprimidos. Siempre pensé y aún lo sigo pensando, que nunca me desmayé porque vitamina C era lo que me corría en las venas, que yo recuerde nunca me dio gripa, colesterol, sarampión, viruela, ni estuve baja de defensas, ni me atacó el COVID 19.

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Después de un tiempo, encontré trabajo en una agencia de Car Rental, la oficina quedaba dentro de un hotel colonial 5 estrellas. Un cambio radical. Llegó el progreso, subí de caché. Mi cometido era alquilar carros a los huéspedes. Me sentía en la gloria, como niña con zapatos nuevos. El uniforme era un vestido verde con botones dorados, encima de las rodillas, medias veladas, y tacones (obligatorio los tacones e ir perfectamente maquillada y oler muy bien).

A los dos meses me vino a conocer personalmente el director general de la empresa, se hizo el viaje desde Barranquilla, según me dijo estaba impresionado por mis excelentes ventas. Me preguntó si era cierto que había trabajado en Bazurto, a grito limpio, vendiendo perfumes de imitación, le respondí que era verdad. Me preguntó cómo me sentía en este nuevo trabajo, le respondí que bien, estoy encantada, le comenté que a veces lo pasaba un poco mal, por el aire acondicionado del hotel, y me prometió hacerme llegar con uno de los mecánicos una torerita para cubrirme los brazos.

Aproveché para decirle que la gerente del hotel me había llamado la atención porque dice que grito mucho, estaba prohibido dar palmas y mover el esqueleto para llamar atención de los clientes, a lo que el gerente me respondió que no hiciera caso, que continuara así… más vendedoras como yo era lo que necesitaba su exitosa empresa, sin quitarme ojo de mis prominentes tetas con lunares.

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El tiempo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Nunca me casé, tampoco tuve hijos, es raro sí, pero no tengo ni uno, pensándolo bien, a Dios gracias… porque sacar adelante a un hijo en este país…

Duré más de 30 años en esta agencia, cuando cumplí 45 años me compraron un ponqué y bebidas, como era costumbre. El día siguiente me despidieron, no por mala vendedora sino por vieja, los tacones ya no los soportaba, llevaba los dedos forrados con curitas, el escote no era igual de atractivo. Lloré, lloré porque a mi edad ya no me querrían en ningún lugar, ni en el mercado, lloré porque aún sigo sin saber qué era lo que debía de hacer en la vida.

Entonces, para no tirarme por el Puente Román, me gasté una parte de la liquidación en la compra de libros, allá en la Librería Nacional, ahora, me la paso en el patio leyendo, escribo y reescribo…

Aquellas palabras ya no me hacen tanto daño, pero hay una frase que un día escuché a unos huéspedes, y viene a cada momento a mi memoria “A la vejez, viruelas”. Creo que tiene algo que ver conmigo, no estoy segura.

Por Verónica Bolaños

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