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Esta semana charlé con el profesor Terao Ryukichi, reconocido hispanista de Japón y profesor de la Universidad Waseda. Es doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tokio, investigador y traductor de literatura hispanoamericana al japonés, así como de distintos escritores japoneses al español. Regresó a Bogotá después de 25 años y dio una conferencia en el Centro del Japón de la Universidad de los Andes. Lo invité a El Espectador para que conociera los textos originales que Gabriel García Márquez escribió en este diario hace 70 años.
¿Por qué se interesó por la literatura latinoamericana?
Desde los años de la preparatoria yo tenía gran interés en la literatura, aunque solo leía literatura japonesa y un poco de literatura inglesa y norteamericana. Pero por casualidad, empecé a estudiar español cuando ingresé a la Universidad de Tokio y me gustó. Ese fue el vínculo que me puso en contacto con la literatura hispanoamericana.
Según leí, empezó por Mario Vargas Llosa.
Sí. El primer libro de la literatura hispanoamericana que leí fue “La Casa Verde” de Mario Vargas Llosa. Ese mundo me fascinó. Luego continué con “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, novela que realmente me fascinó.
¿Por qué le gustó tanto?
En especial porque no era algo que yo conocía, era totalmente nuevo. Fue un impacto tremendo, porque no me imaginaba que en una novela se pudiera hacer algo tan extraordinario.
Luego usted se acercó tanto a Colombia que terminó estudiando en el Instituto Caro y Cuervo y vivió tres años aquí.
Llegué en 1999, pero ingresé al seminario del Instituto Caro y Cuervo en el año 2000. Ahí tomé muchos cursos de la lingüística, de la literatura y de la poesía colombiana. Así me fui acercando a la literatura de este país.
¿Qué impresión le dejó estudiar a fondo literatura colombiana y vivir en Bogotá?
Fue una vivencia así extraordinaria para mí, porque fue vivir en el mundo real de García Márquez, aunque Bogotá es un poco diferente al mundo caribeño, pero a la vez tiene mucho en común. Fue una experiencia tremenda.
Y también estudió poesía colombiana.
Sí. La poesía de acá me era muy ajena, pero cuando empecé a vivir aquí en Bogotá empecé a estudiar, por ejemplo, la obra de Aurelio Arturo, el gran poeta del sur de Colombia. Y también me dejó muy buena impresión León de Greiff, un poeta que sigo admirando y que me gusta.
De Greiff fue uno de los grandes poetas colombianos, nacido en Medellín pero que vivió en Bogotá, fue colaborador de “El Espectador” y gran influencia para Gabriel García Márquez.
Eso no lo sabía.

¿Qué significa para usted conocer el periódico donde trabajó García Márquez? Agradezco muchísimo la invitación. Estoy realmente muy emocionado.
Cuénteme la historia de la biografía para japoneses que usted escribió sobre Gabo.
Hace poco sí escribí una pequeña biografía de Gabriel García Márquez en japonés. Entonces investigué mucho sobre su vida y las etapas que siguió antes de ser un escritor conocido. Sabía muy bien que él trabajó en El Espectador y lo apreció durante toda la vida. Me focalicé en el aspecto literario. Le puse como título “La combinación entre el realismo mágico y la literatura latinoamericana” y lo voy a traducir al español en algún momento, porque yo lo escribí principalmente para lectores japoneses.
Usted también es muy reconocido por la traducción de autores como Julio Cortázar. ¿Por qué le pareció importante la obra del argentino?
Lo leí y me interesó mucho. De él traduje primero, en los años 90, “La otra orilla”, un libro de cuentos que quedó inédito y se publicó de manera póstuma. Ahí se observa su literatura original. Algunos relatos son demasiado sencillos y algunos acaban de manera bastante trunca, pero me interesó porque así se podría conocer Julio Cortázar antes de ser Julio Cortázar.
¿De Vargas Llosa qué ha traducido?
“La verdad de las mentiras”, su colección de ensayos literarios; “El pez en el agua”, que es su libro autobiográfico, incluida la campaña electoral de 1990, y, luego, “Historia de un deicidio”, el mejor estudio sobre Gabriel García Márquez que se ha escrito hasta ahora.
Estamos de acuerdo. Pero de los otros escritores del “boom latinoamericano” también tradujo a Carlos Fuentes.
Sí. “La región más transparente”, novela que me fascinó. La leí cuando yo vivía en la Ciudad de México. Otro mundo fascinante. Me costó mucho traducir porque maneja muchos estilos de la clase popular, de la clase media y de los ricachones.
¿En México cuánto tiempo vivió y por qué?
Estuve un año y pico, entre el 97 y el 98. Estudié en el Colegio de México, que es una institución con alto prestigio, sobre todo en el área de literatura.
Lidera un estudio sobre las editoriales que promovieron toda esta literatura del “boom latinoamericano”, empezando por Sudamericana, que fue la que primero imprimió “Cien años de soledad” en Buenos Aires, en 1967.
Exacto. De momento estoy vinculado con un proyecto de investigaciones sobre las actividades de las editoriales argentinas, sobre todo de la segunda mitad del siglo XX. Incluye otras editoriales como Sudamericana, Emecé, Losada.
¿Qué tanto se lee hoy en Japón la literatura latinoamericana?
Fíjate que sí. “Cien años de soledad” se publicó en edición de bolsillo hace dos años y ya lleva vendidos 400.000 ejemplares. Un éxito inaudito para una obra de literatura universal.
¿Esa traducción al japonés la hizo quien la hizo?
Tadashi Tsuzumi, en 1972. Se han modificado algunas cosas, pero básicamente es la versión original que se sigue editando hasta ahora.
¿Qué otros autores latinoamericanos son leídos en su país?
Vargas Llosa es bastante leído. Julio Cortázar también tiene fanáticos. Y curiosamente, José Donoso, un autor un poco olvidado.
En esta visita a Bogotá dictó una charla muy interesante sobre “la traducción como apropiación”, inspirado en la obra de Jorge Luis Borges. ¿Cómo llegó a Borges?
Borges era un escritor que yo admiraba por sus cuentos. Los leí a mis veintipico de años y me parecieron muy interesantes, muy sofisticados. Para mí era un escritor como ‘Dios’. No era un escritor accesible, pero cuando me incorporé a ese proyecto de investigaciones sobre las editoriales argentinas, empecé a averiguar más cosas y empecé a simpatizar con él. Últimamente yo traduje 25 cuentos que se van a publicar en dos libros.
¿Cuándo se van a publicar?
Uno ya salió de la imprenta y empezará a circular a principios de octubre. El segundo, que es la recopilación de los cuentos publicados en la revista “Sur”, se va a publicar a mediados de noviembre.
Desde su punto de vista, ¿se puede decir que ya se “apropió” de Borges?
No es lo que yo hago en la traducción, aunque Borges se apropiaba de todo, traducía todo y lo publicaba prácticamente como texto suyo. Cambiaba con mucha libertad el original. Yo hago todo lo contrario, no me apropio. Si leo el texto de Borges, lo vivo y no trato de transformarlo. Trato de transmitir mi experiencia en japonés. Lo que hago es objetivizar mi vivencia subjetiva y personal, siempre pensando en los lectores japoneses. Entonces procuro no meter demasiado las manos.
De la explicación de su método en la conferencia me llamaron la atención sus fases previas de “interpretar” y “adaptar”.
A ver. Yo no soy teórico de la traducción. Hay un dicho muy sabio que dice de George Bernard Shaw, que aparece en una obra teatral que se llama “Hombre y superhombre”. Dice: “El que sabe hace y el que no sabe, enseña”. Entonces, yo sé traducir y lo hago de manera intuitiva, pero no sé explicar cómo. Vivo una novela, vivo una obra, vivo una poesía, y procuro transmitir esa experiencia de manera objetiva.
Su trabajo es más valioso porque lo ha hecho en doble vía. También es traductor al español de reconocidos escritores japoneses Kenzaburo Oe, Premio Nobel de Literatura en 1994.
Esa experiencia para mí fue muy útil, porque así pude mejorar mi escritura de español. Comencé a traducir de japonés a español para mejorar mi español, porque quería escribir mi tesis de doctorado en español y la escribí.
¿Sobre qué tema específico?
Trabajé la novela histórica de la violencia en América Latina. Abordé, por ejemplo, algunas novelas de la literatura colombiana, como “Cóndores no entierran todos los días” (“La novelística de la violencia en América Latina” (2005), que compara tres fenómenos: la novela de la revolución mexicana con la novela de la violencia en Colombia y Venezuela). En esa época yo vivía en Venezuela, en Mérida, y mi gran amigo, Ednodio Quintero, gran conocedor de literatura japonesa, tenía mucho interés en divulgarla. Entonces empecé a traducir algunos cuentos de Junichiro Tanizaki, a él no le interesó mucho y se ofreció a corregirme la traducción. Así empecé a mejorar mi escritura.
¿Tanizaki es una puerta ideal para entrar a la literatura japonesa o qué otra?
Es que es un escritor como de capa caída en Japón. Entonces yo no lo recomendaría mucho a los lectores hispanoamericanos, aunque puede una buena introducción porque es un autor representativo. Es enigmático y no enigmático, no diría emblemático. Refleja bien los períodos de la cultura japonesa y, en ese sentido, puede servir de muy buena orientación para los lectores principiantes.
Yo llegué a la literatura japonesa por Yukio Mishima, alumno de Yasunari Kawavata. Empecé con el cuento “La perla”. ¿Qué opina de su obra?
Fue muy buen escritor. A mí me encanta “La estrella más hermosa”. Esa novela la recomendaría mucho. Es un autor muy importante que sigue teniendo mucha importancia hasta hoy en día. Pero si pide que recomiende un escritor específico es definitivamente Kobo Abe. He traducido al español varias novelas y cuentos también.
¿Cuáles, por ejemplo?
Hay una novela que se llama “La mujer de la arena”, que es la más conocida de él, tanto que hicieron una adaptación cinematográfica que resultó muy buena también y del guion se encargó él mismo. Otra novela se llama “Encuentros secretos”, la traduje y la publiqué con la editorial bonaerense Eterna Cadencia. Hay otras muy buenas también, como “El hombre caja”, que se publicó también con mi traducción en España, con la editorial Siruela. Es un mundo casi de realismo mágico, con mucho poder narrativo.
¿Alguna escritora japonesa que podamos leer?
No se han traducido mucho. La verdad, estoy muy poco enterado de la literatura femenina, lamentablemente. Pero hay muchas escritoras que están sonando, se han traducido a varios idiomas occidentales y han ganado lectores.
¿Leer literatura en estas dos vías, como nos une más como naciones?
Los traductores somos de alguna manera puentes entre las culturas, definitivamente. Estoy muy contento de ser puente entre dos mundos totalmente diferentes.
¿Qué representa Colombia para usted?
Siento que debo mucho a Colombia; mi español, mi conocimiento de literatura. Constantemente me siento endeudado con Colombia. Hacía 25 años que no venía a Bogotá y estoy muy contento de poder pagar una pequeña parte de mi deuda.
¿Tiene amigos aquí todavía?
Sí. Algunos todavía viven en Bogotá.
¿Conoce varias regiones de Colombia?
En esa época era muy difícil viajar por el problema de la guerrilla, pero conocí Medellín, Cali, Santa Marta, Cartagena de Indias.
¿Dentro de sus proyectos próximos hay algo más sobre literatura colombiana?
Ahora estamos proponiendo un nuevo proyecto relacionado con el proceso de canonización de la literatura latinoamericana y lo estamos haciendo desde Madrid. Es una serie que se llama “Ediciones conmemorativas” e incluye 15 títulos con el apoyo de una institución que se llama Sociedad Promotora de Investigaciones en Japón.
¿Qué títulos colombianos están incluidos ahí?
“Cien años de soledad”, definitivamente.
¿Algún otro?
No, en este proyecto solo ese. Hay otras obras importantes de literatura latinoamericana como “La ciudad de los perros”, “La región más transparente”, ambas traducidas por mí al japonés.
¿Qué palabra le gusta más del español que se habla en Colombia y que siempre recuerda?
Siempre me da curiosidad porque me tratan de sumerced. Dicto una conferencia y del público siempre hay uno que otro que me trata de sumerced. Eso me suena, pero me siento extraño, porque no me considero tan importante. No me considero sumerced (risas). En otras partes me dicen “estoy a sus órdenes” o “a la orden” y me suena muy bonito.
¿Piensa seguir en contacto con Colombia?
Por supuesto. Seguiré pagando la deuda.
Y seguirá traduciendo literatura latinoamericana porque vi que recientemente tradujo al escritor cubano Leonardo Padura. ¿Le llamaron la atención sus novelas negras?
Sí. He traducido “El hombre que amaba a los perros” y “Como polvo en el viento”, que son las dos novelas más importantes para mí de él. Tengo contacto personal con Padura y el año pasado coincidí con él en la entrega del Premio Tusquets, en Barcelona.
* Lea también la entrevista de Nelson Fredy Padilla al traductor japonés Fumiaki Noya.