El Magazín Cultural

8 Jan 2020 - 5:06 p. m.

Transportando Jaramillos y Restrepos (El monstruo en el hueco VII)

Presentamos el VII capítulo del libro "El monstruo en el hueco", escrito a modo de correspondencia por Ángel Blas Rodríguez y Alfonso Rubio.

Alfonso Rubio y Ángel Blas Rodríguez

Ernest Hemingway, en cuyo libro "La capital del mundo", Madrid está lleno de niños que se llaman Paco.  / Cortesía
Ernest Hemingway, en cuyo libro "La capital del mundo", Madrid está lleno de niños que se llaman Paco. / Cortesía

Querido Blas

Transporte, mercadeo callejero, los zocos mexicanos herederos del Gran Teatro del Mundo, siento no corresponderte inmediatamente con todos los mismos temas de los que me hablas. ¡Estamos en Locombia, ja, ja! Sé –nuestra amistad así me lo certifica- que no necesitas mis disculpas y que tengo tu permiso para hablarte –en correspondencia o no- de lo que desee, pero créeme, no olvido tus precedentes cartas que prometo responder. Y es cierto que este bus en el que estoy viajando lleva harto tiempo de retraso, así que prefiero ponerme al día respondiendo primero a esos tránsitos del arco iris. Dibujemos ahora el panorama ensordecedor del transporte urbano.

Si está interesado en leer el capítulo anterior de esta serie, ingrese acá: Los tránsitos del arco iris (El monstruo en el hueco VI)

Leo en el cuento de Ernest Hemingway titulado La capital del mundo, escrito, no puedo precisarte más, entre los años de 1925 a 1952, que Madrid está lleno de chavales que se llaman Paco, que es el diminutivo de Francisco. De igual manera, Medellín está lleno de Jaramillos y Restrepos, dos de los apellidos más comunes de la estirpe paisa.

¿Jaramillos y Restrepos venidos desde Castilla la Vieja? Con la felicidad de estar atrapados en la red, esclavos de la interné, a estas alturas todos los Jaramillos saben de su origen herbáceo (jaramago) y todos los Restrepo, de su posible origen textil (estrippe) o destripador (estriper). Destripadores y textileros entre plantas herbáceas “todas buenas” de la ciudad, ¿será? Casualmente, no es difícil en una violenta ciudad textilera encontrar asociaciones. Ah, se me olvidaba decirte que si nosotros llamamos al sol Lorenzo, ellos utilizan el Jaramillo… ¡y cómo está pegando en el día de hoy!

Si está interesado en leer el primer capítulo de esta serie, ingrese acá: Galaxia Distrito Federal ¡Bienvenidos! (I)

Jaramillos y Restrepos enlatados en un sistema de transporte masivo inaugurado en 1995: el Metro. Un Metro que contó con tecnología española y alemana, que todavía está pagándose y que combina un sistema férreo con un sistema de cable aéreo y alcanza en el total de su red los 30 Km. Es sorprendente cómo las cuidadas  y  ordenadas  instalaciones  de  este  medio han creado “cultura metro” –silencio, buenos modales, respeto al prójimo, ayuda al necesitado- dentro de una olla siempre hirviente, rebosante de gentes que caminan, que comercian, que mendigan, que insomnes mantienen calles, avenidas y plazuelas con el continuo murmullo de sus carros, de su charla, de sus gritos. El contraste entre esa vida del Metro, elevada, ficticia y momentánea, y la vida callejera es tan grande que Diego Jaramillo la llama Cultura del Sistema No: no elevar el tono de voz, no comer, no fumar, no apoyarse en las partes ornamentales, no rebasar la línea amarilla cercana a los raíles, no, no, no… y a las tres líneas con las que cuenta la red, ya se le está sumando una cuarta en construcción.

Jaramillos y Restrepos enlatados en un sistema privado de buses urbanos que realmente atiende a todas las zonas, comunas, barrios y corregimientos; buses que suben y bajan pendientes montañosas con la misma seguridad y estruendo que un tanque, pero un tanque veloz, uffff…, un tanque que te hace llevar durante todo el trayecto las huevas en la garganta. Te puedo asegurar que si vives en casa contigua a la vía del bus y construida además sobre una larga pendiente, inevitablemente amaneces de cinco a seis de la madrugada con un motor de guerra en la cabeza.

Si desea leer el segundo capítulo de esta serie, ingrese acá: Medellín: La estrella más inquieta (El monstruo en el hueco II)

Los buses urbanos, por otro lado, como sabes, son un fiel reflejo de las políticas sociales implementadas en la ciudad. Aquí hay de todos los tamaños y según éstos, ahí va una de las clasificaciones establecidas: buses, busetas, colectivos y… ¡la chiva! Sí, la chiva, no la chimba, no, no cometamos el error del… mejor te explico. La chiva es un autobús con la carrocería de madera completamente abierta por los costados, más ancha que los buses. Sigue siendo el transporte típicamente campesino del país, donde convergen y circulan diariamente de pueblo en pueblo gentes, mercancías, historias, alimentos y noticias, haciendo de él un móvil salón de reuniones. En las grandes ciudades la chiva ya ha desaparecido como transporte cotidiano y ahora se utiliza como entretenimiento turístico o festivo con el nombre de la Rumba-Chiva. Es usual ver la Rumba-Chiva los fines de semana atravesando la ciudad de norte a sur, con la música a todo trapo, en juego de luces discotequero y las caderas a ritmo de mariachi, vallenato o guasca. Esto, Blas, es la chiva, pero tranquilo, te enviaré una postal para que tengas su viva imagen. Y chimba, entre otros significados, es un sinónimo de vagina en el habla popular. Decir chimba por chiva, ese fue el error del que te hablo y por el cual todos los que me acompañaban en la excursión se echaron a reír a carcajadas; cuando necesitábamos un bus que nos trasladaría de Moñitos a Paso Nuevo -en el golfo de Urabá- y dije: ¡Esperemos a la chimba, que pasa por aquí!   

Si está interesado en leer la entrega enterior de esta serie, ingrese acá: Aburrae ciudad (El monstruo en el hueco III)

Pero volvamos a los buses, de tamaño grande y con capacidad aproximada para 40 pasajeros sentados; a las busetas, de tamaño mediano para 30 pasajeros; y a los colectivos, de tamaño pequeño para un aproximado de 20 pasajeros. Todos ellos incómodos, parando y arrancando a golpes que te tumban y sin cupo limitado para que los ciudadanos que se han quedado sin asiento se estrujen mientras hacen equilibrio colgados de las barras metálicas que a lo largo cruzan su techo. En los colectivos se respeta la capacidad de los pasajeros por el número total de asientos, pero su techo tan bajito sólo produce sensaciones claustrofóbicas, más cuando los colectivos suelen hacer recorridos mayores. Buses y busetas adueñándose de la ciudad, sin paradas fijas y sin control riguroso del tiempo que se demoran recorriendo sus respectivos circuitos. Si el busero te ve y le da la gana parar, basta con sacarle la mano para que puedas subir a ellos. Si no, “adiós amigo, en el día de hoy he tenido muchos contratiempos con el tránsito de este último trayecto, me varé en la calle 13, sufrí trancones en el centro y las discusiones con 4 ó 5 pasajeros me dejaron…adiós, adiós, amigo, y no me pongas mala cara, peatón hijoeputa. Ufff…¡pobrecitos nosotros los viandantes!, pero la verdad es que ser conductor de buses urbanos, con sus miserables salarios, sólo es para superhéroes.

Otra historia, Blas, son los taxis, la infinidad de taxis –legalizados o no- que trazan por la ciudad largas líneas de un llamativo amarillo. Taxistas independientes o un buen negocio si se es dueño del carro: taxistas a su servicio. De asequibles precios los encuentras disponibles a la vuelta de la esquina, ahí mismo o a una cuadra, no más, y a toda hora y así, como acabo de decir de su intenso color, pareciera que siempre están llamándote para subir en ellos. Se han hecho imprescindibles y los taxistas lo saben, pero es necesario controlar la ilegalidad y regular la sobreabundancia de licencias, perjudicial para el gremio. Ah, algo que nunca encontraremos en Europa es el ver a los taxistas de madrugada cerrando las calles de un barrio con sus carros para jugar un partido de fútbol. Ver tal espectáculo, ciertamente, me produjo gran contento.

Si está interesado en leer el capítulo anterior de esta serie, ingrese acá: Urbis paternus (El monstruo en el hueco IV)

Como sabrás por tu querido México D. F., el taxi también es utilizado para practicar una cada vez más frecuente modalidad de robo: el paseo millonario. Al poco tiempo de montar al cliente, el taxista se detiene para recoger a su colega y al instante, otra vez en movimiento, éste, a punta de revolver, obliga al cliente a utilizar sus tarjetas bancarias para extraer toda la plata posible que los cajeros automáticos puedan suministrarle y ponerla en bandeja, sucia y acostumbrada, de los atracadores. Así que la mano que utilizamos para parar un taxi, ¡cuidado!, puede ser la misma mano obligada a pagar al taxista con una suma de pesos que podría servir para recorrer Colombia entera, y mira que es grande. Eso, claro, si dócilmente has aceptado el chantaje y el dedo que pulsa el gatillo no se ha escapado antes.

Ufff, pobrecitos nosotros los peatones cuando además ejercemos de peatones, sin pasos de cebra, sin semáforos, sin aceras o con aceras usurpadas por los carros. El peatón, el único de los seres indefensos, lo ínfimo, el desamparo, la desolación, la víctima desconocida. Como si nada hubiese cambiado, te traslado algunos párrafos de la aguda crónica de Germán Arciniegas escrita en los años 30, crónica hecha en defensa del peatón: “Es curioso el caso del automovilismo. El monstruo de las cuatro llantas de goma hizo su aparición independientemente de la voluntad del hombre de la calle, del pobre diablo que se sirve de los remos inferiores como Dios manda. Y ahora es este hombre de la calle quien debe sufrir las consecuencias del invento. Mientras el automovilista reclama todos los          derechos: el de ser dueño de la vía pública, el de atropellarnos, etc., el peatón  sufre íntegras las cargas. Él es quien debe aprender a caminar de otro modo, saber los reglamentos del tránsito, soportar los ruidos de las bocinas, tragar polvo, sufrir salpiques de lodo, y poner una cara de mártir          para que el automovilista tenga cómo divertirse […] Los peatones –dirán los choferes- deberían andar contra las paredes. Y seguramente están en lo cierto. Yo no veo, para nosotros los peatones, otro remedio sino tener paciencia y maldecir pasito”.

Si está interesado en leer el capítulo V de El monstruo en el hueco, ingrese acá: La tribu de los paisas (El monstruo en el hueco V)

Peatones como Jaramillos y Restrepos que juegan cotidiana y peligrosamente a ser transportados en un caos circulatorio cargado de flamantes taxis y buses urbanos. Paco, el camarero del cuento de Hemingway, simulando ser torero, muere a consecuencia de un juego temerario y estúpido. Pero en Medellín, ese caos circulatorio sólo es aparente, o…no lo sé, es un caos real y ya bien conocido que se hace necesario para poder jugar sin peligro. Buseros, superhéroes de barrio.

Un fuerte abrazo

Alfonso

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