2 Feb 2020 - 2:00 a. m.

Un periodista japonés tras la verdad de Ángela Vicario

Se cumplen 40 años de la escritura de “Crónica de una muerte anunciada”, de Gabriel García Márquez, y desde el otro lado del mundo evocamos una investigación sobre la vida real de la protagonista de la novela.

Gonzalo Robledo * / Especial para El Espectador - Tokio

Akio Fujiwara con Jorge Cardona (centro) y James Díaz (der.), sus guías durante su investigación en la Guajira, y el libro que publicó en 2007. / Archivo particular
Akio Fujiwara con Jorge Cardona (centro) y James Díaz (der.), sus guías durante su investigación en la Guajira, y el libro que publicó en 2007. / Archivo particular

La investigación del periodista japonés Akio Fujiwara sobre la vida real de Ángela Vicario, protagonista de Crónica de una muerte anunciada, empezó como el sesudo estudio de un admirador de Gabo y terminó siendo un libro sobre las consecuencias de usar vidas ajenas con fines literarios, titulado La mujer sepultada por García Márquez (García Márquez ni homurareta onna, Ed. Sueisha, 2007). (Le puede interesar: James Rodríguez en japonés).

Fujiwara era un ingeniero de una empresa de minas que se aficionó a García Márquez tras leer la traducción al japonés de Crónica de una muerte anunciada y que abandonó su profesión para hacerse periodista. Aprendió español y en 2002 fue enviado a México como corresponsal para América Latina del diario Mainichi Shimbun. Desde allí viajó diez veces a Colombia para conocer los personajes y el escenario donde tuvo lugar, en enero de 1951, el sangriento homicidio novelado y publicado por el escritor colombiano tres décadas después.

En sus recorridos, acompañado por James Díaz, amigo colombiano que había vivido en Japón, Fujiwara conoció la geografía que inspiró Macondo y se dio cuenta de las diferencias y coincidencias entre la realidad de la costa Caribe y el “mundo alucinado” que imaginan muchos lectores japoneses de García Márquez. (Más: Los traductores de García Márquez al japonés).

Al llegar al pueblo de Sucre, en el departamento de Sucre, escenario real de la tragedia, quedó desconcertado al no encontrar la arquitectura majestuosa ni el blanco inmaculado del vestuario de la película que el director italiano Francesco Rosi realizó en 1987, cuyos exteriores fueron rodados en Mompox.

Cuando empezó a hacer entrevistas sobre el suceso, se topó con el resquemor de los habitantes hacia García Márquez por haber publicado una historia que, según le decían, llevó a la ruina a la familia de Margarita Chica Salas (1925-2003), Ángela Vicario en la novela. Después del crimen, Margarita se mudó a Sincelejo y se empezó a ganar el sustento cosiendo vestidos de novia, los mismos cuya simbología de pureza acrecentaron su desgracia, y solo salía de su casa para ir a la iglesia a rezar.

El cruento episodio se empezó a diluir en el tiempo y en la memoria de la gente y los protagonistas de la historia real habían envejecido y estaban alejados de la vida pública. Cuando el olvido les estaba devolviendo la paz, apareció, en 1981, Crónica de una muerte anunciada. Aunque la novela no revelaba ningún nombre real, el mundo entero supo, por informaciones de prensa, que Margarita había sido la muchacha rechazada en su noche de bodas por no ser virgen y vengada por sus hermanos, con el encarnizado ajusticiamiento del supuesto autor de su desfloración.

Por tener la sensación de que Ángela (Margarita) era el personaje menos elaborado, pese a su importancia en la trama, Fujiwara decide dedicarle su libro y lo inicia diciendo: “Pienso en ti, Margarita. Durante mucho tiempo supe que tarde o temprano te iba a encontrar. Para serte sincero, durante mucho tiempo solo te conocí como el personaje de una novela. Eras producto de la ficción. No eras de este, sino de otro mundo”.

El libro construye un retrato de Margarita emulando la técnica de Crónica de una muerte anunciada y recurre a un mosaico de testimonios en el que figuran, entre otros, el de Luisa, la sobrina de Margarita, que la acompañó en los últimos años de su vida; Jaime y Margot, hermanos menores de García Márquez; Blanca Guerra de Seba, vicerrectora de un colegio de bachillerato, quien fuera amiga de Margarita por veinte años, y el periodista Blas Piña, que intercedió, sin éxito, ante Gabo para que atenuara con unas palabras la pesadumbre de Margarita.

De ser alegre y abierta, Margarita se volvió introvertida, propensa al llanto y apenada por las posibles consecuencias de la novela en el futuro matrimonial de sus sobrinos y sobrinas. Gabo, que siempre fue cariñoso con los periodistas, críticos y escritores japoneses que llamaban a su puerta, se negó a darle una entrevista a Fujiwara para hablar sobre el tema.

Fujiwara describe a una Margarita digna que rehace su vida en soledad, compra una casa cuando se gana una lotería y hace de la máquina de coser Singer su compañera inseparable. Un día, mientras comentaba con Blanca sobre la libertad de las jóvenes de la actualidad comparándola con las de su época, confiesa que el autor de su desfloración fue Caetano Gentile (Santiago Nasar, en la novela) cuando ella era bachiller y él un universitario que le había prometido casarse cuando volviera para las vacaciones de fin de año.

Blas Piña cuenta que Miguel Reyes Palencia (Bayardo San Román), el marido por una noche de Margarita, quien la rechazó por no ser virgen, le propuso irse con él a Europa “a escribir nuestro libro”. Reyes Palencia le había exigido a García Márquez la mitad de los beneficios de la historia impresa y la película, en una demanda que fue desestimada por un tribunal de Barranquilla en 2011. Al escuchar la propuesta, Margarita le respondió: “Tengo mis propios sentimientos y no están a la venta, ni para entretener a nadie”.

Para despejar dudas éticas, Fujiwara consultó con otro Nobel de Literatura, J. M. Coetzee, con quien estableció una relación de amistad cuando fue corresponsal en Sudáfrica. Coetzee le dio una respuesta honesta y tajante: “Tienes que tener mucho cuidado cuando le cuentas algo a un escritor. Lo único que nos interesa de una persona real es cómo se ajusta a nuestra historia. Traicionamos a los que están en nuestro entorno. Es algo inevitable, pues es el destino de quien escribe”.

Coetzee había recibido presión familiar para no escribir sobre su hijo Nicolás, fallecido en una misteriosa caída desde un undécimo piso, e inventó la historia de Dostoyevski, que en El maestro de Petersburgo lucha por aceptar la muerte de su hijastro e investiga las misteriosas circunstancias de su muerte.

Para Fujiwara, Crónica de una muerte anunciada fue escrita por el deseo de vindicar a la víctima real, Caetano Gentile, un amigo de la familia de García Márquez descendiente de italianos y por el cual el autor colombiano sentía un afecto muy especial. El libro de Fujiwara termina explicando que un creador siente tristeza cuando se ha servido de una persona real si ha “tocado su alma. García Márquez nunca sintió empatía por Margarita, pues nunca tocó su alma”, concluye.

Hoy, convertido en políglota por la naturaleza de su trabajo, Fujiwara disfruta los libros de García Márquez en varios idiomas y cuenta su decepción cuando al leer el primer párrafo de la versión japonesa de El amor en los tiempos del cólera no encontró uno de sus comienzos favoritos: “Era inevitable”. Debido a que la gramática japonesa suele invertir la construcción del español, la oración fue puesta después de la explicación sobre cómo el olor de las almendras amargas le recordaba al doctor Juvenal Urbino “el destino de los amores contrariados”.

Que el Nobel colombiano ha marcado también su forma de hablar español se nota cuando Fujiwara cuenta que La mujer sepultada por García Márquez fue un libro escrito entre varios viajes a Irak para hacer reportajes de guerra y bajo el riesgo permanente de una muerte repentina: “Sentía que podría estar escribiendo mi último libro. Era inevitable”.

*Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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