20 Sep 2021 - 2:00 a. m.

Una Colombia más habitable

Enrique Serrano, autor de la novela “Guerras ajenas” y el ensayo “¿Por qué fracasa Colombia?”, entre otros libros, habla sobre la importancia de la historia en la consciencia colectiva de un país y su impacto en el presente colombiano.

Enrique Serrano es el primogénito de seis hermanos. Entre sus más antiguas lecturas de la infancia, recuerda algunos intentos por leer El idiota, de Dostoyevski. Siempre vio con admiración la biblioteca que había en su casa, que lo fue volviendo un lector organizado, interesado por la historia, la filosofía de la historia y la literatura. Y no ajeno a la biblioteca, estaba su padre, un escritor empedernido de cartas.

Los primeros cuentos de Serrano, recogidos en La marca de España (1997), son ficciones sobre personajes históricos. Y su reciente novela, Guerras ajenas (2019), es su propia búsqueda sobre cómo pudo haber sido el proceso de independencia en Colombia. Considera que la relación entre historia y literatura “es vital y absoluta porque la historia es literatura, es narración, es relato; es un esfuerzo por hacer narrable y comprensible un pasado desde una perspectiva y, al mismo tiempo, acepta que esa no es la única perspectiva posible.

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Yo siempre he tenido claro que aunque la historia es lo efectivamente acontecido, si no hubiera relato no podría llegar a las generaciones siguientes. Entonces la relación es íntima, es intensa, es profunda. La literatura toda, en alguna forma, es historia, es histórica. De hecho, cuando a uno le dicen: ‘Te voy a contar una historia’, siempre hay un pasado que conecta con el presente; incluso en la literatura de ficción, que presume el futuro, también se narra lo que pasó o lo que está pasando y eso hace que la relación —digamos filosófica— entre literatura e historia sea irrompible. La literatura es un esfuerzo inacabado por dar cuenta de lo humano, por poner en escena, además de lo que pasó, por qué pasó y cómo pasó, cuáles son los motivos y especialmente los motivos humanos que inspiraron que las cosas resultaran siendo lo que fueron”.

¿Cuál es el valor del archivo para la historia de un país?

Los archivos son la posibilidad de veracidad y de autenticidad, a través de los documentos, de lo que efectivamente aconteció o de lo que por lo menos hay fe que alguien registró ese acontecimiento y, por tanto, son los puntos de partida. Los hitos a través de los cuales uno puede reconstruir el pasado: es como un mosaico del que se han perdido algunas piedritas, pero un hábil archivista es capaz de rehacer lo que se ha perdido.

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El pasado es un conjunto de fragmentos, muchas veces dispersos, desordenados; para el que no entiende eso no tiene sentido, pero para aquel que entiende o que va entendiendo, le hace un cuadro espectacular del pasado y ese cuadro es una imagen fantasmal que se trae al presente, deslumbra a la gente y produce esa sensación de fascinación, de hechizo, de pasmo, que es la madre de la literatura, de la filosofía y de todo lo que podemos considerar valioso en el mundo.

Los recuerdos de viaje, las migraciones, incluso los dolores sufridos, las persecuciones sufridas, la fatalidad y la angustia, la miseria incluso moral en la que muchas cosas han sumido a mucha gente a través del tiempo, bien merecen ser contadas y ser recreadas con toda la seriedad y con todo el rigor y con toda la dedicación, dando origen a una gran cantidad de elementos de juicio entendiendo el pasado. Así se va construyendo el concepto de memoria, tan polémico en países como el nuestro, en donde la guerra y las dificultades han marcado el destino colectivo.

Sobre la comprensión del pasado, ¿cómo analiza la ruptura de estatuas que hubo durante el paro nacional?

Hay una parte grande de ese fenómeno que fue espontáneo. Una gente que se sentía indignada y se fue a manifestar violentamente. Yo creo que el pueblo colombiano no sabe hacer la mediación entre lo que es la indignación —un sentimiento de rabia— y la expresión violenta o la ruptura, y hoy está muy de moda, está muy exaltado aquello que (además es muy propio de los jóvenes) los lleva a expresarse de manera violenta, y como en general la historia de la cultura es la historia de la contención frente a la violencia, hay un cierto espíritu insurrecto en muchos jóvenes. Pero, como toda violencia, tiene motivos políticos y como la política en general es un conjunto de fuerzas que intentan mover la estructura de la sociedad, pues por supuesto eso tiene consecuencias políticas en todos los bandos de la sociedad colombiana.

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Romper estatuas es como expresar, de manera inconsciente, una relación problemática con el pasado. Yo creo que en el pueblo colombiano, que precisamente desconoce la mayor parte de su historia y de las fuerzas que lo han venido a constituir, esa especie de ceguera generalizada ha marcado una especie de relación con la historia muy problemática que nos lleva a negar, por ejemplo, el pasado español y no me refiero solo al de los conquistadores: yo siempre he hecho la salvedad de que Colombia, precisamente, no era un país rico que ofreciera riquezas al conquistador, a diferencia de México o el Perú, por ejemplo, que eran los enclaves; Colombia era un lugar de paso que resultó ser muy poblado, era un lugar de transición y, en eso, lo que hubo fue colonia, más que conquista, o muy poca conquista y mucha colonia. No sabemos de dónde vienen nuestras mentalidades, nuestros valores, nuestras idiosincrasias, nuestras reacciones frente al mundo.

Tumbar la estatua de Sebastián de Belalcázar o de Jiménez de Quesada es como infringir una herida a la sociedad, una herida colectiva, de gente que les echa la culpa a unos para exculpar a otros, y no se da cuenta de que pertenece a ambas cosas. Todos pertenecemos a todo. Eso es lo que me llama la atención sobre seguir en este empeño de tratar de advertir que, más allá del paro y sus consecuencias políticas, lo que en realidad importa es que tengamos un cultivo de la historia y un desciframiento de la cultura que en unos años nos permita tener, para un niño colombiano promedio, la explicación de quién es él y por qué ha llegado a ser así como es. Todavía un niño y una niña crecen en un lugar telúrico, lleno de mitos y cuentos que no entienden y que tampoco la gente comparte de manera masiva.

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Todavía una idea de nación madura no existe. Colombia debería ser un país mucho más lúcido, mucho más dueño de sí mismo, de manera que no estalle en reacciones violentas, incluso a veces autodestructivas, sino que sea capaz de ir llegando a esa construcción nacional, que sea reconciliadora y que sea reconfortante y que además no nos desanime sobre lo que hemos hecho, pero que al mismo tiempo no nos impida seguir haciendo lo que tenemos que hacer.

¿Los estallidos sociales no hacen parte del camino hacia esa construcción?

Puede que sí, pero en todo caso no puede centrarse en eso. Es decir, las revueltas son una reacción, la furia es una reacción, incluso la desesperación es una reacción, pero uno no puede quedarse ahí, sino que tiene que ser esencialmente reconstructivo. Indignarse es una parte, pero un individuo que vive todo el tiempo indignado, pues indigna a otros. Tiene que responder proponiendo cosas.

Uno de los problemas de Colombia, desde su perspectiva de mentalidad colectiva, es que todavía no sabe proponer ni respetar las propuestas de los otros. Es una sociedad conservadora. Durante mucho tiempo ha tenido esta especie de comodidad de las pequeñas cosas, un cierto encierro; es un país que todavía no tiene un conocimiento pleno del mundo. Se tiene que romper esa comodidad en la que tradicionalmente hemos vivido para poder integrarnos con un mundo mucho más amplio, más exigente; es lo que nos falta. Esto es un signo esperanzador, pero falta mucho más, sobre todo en la tendencia contraria: no es la destrucción sino la construcción o la reconstrucción o la adaptación hacia una Colombia más habitable, más próspera, más justa para poder hacer la distribución de esa riqueza, y no solo me refiero a la riqueza en el sentido material del asunto sino de las oportunidades, de las posibilidades, de los individuos.

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Ya tenemos una nación que sabe leer y escribir, no la teníamos, pero todavía no sabe qué leer ni qué escribir; es una nación que ahora conoce mejor el ámbito técnico en el que se mueve el mundo y algunos de los avances, pero todavía no es líder, todavía no tiene nada atractivo que ofrecer, tiene que irlo confeccionando, o lo ha ido confeccionando. Los jóvenes de hoy tienen una serie de potencias y de posibilidades que hasta ahora no han explotado suficientemente, pero ya ahí está el futuro convertido en presente, llegándoles encima para exigirles una respuesta más consecuente que el simple hecho de estar en contra de un gobierno y pretender derribarlo: eso es un gesto, pero hay que acompañarlo con muchas otras cosas.

¿Esos cambios se lograrían al llegar e instaurarse en las instituciones?

Las instituciones son el reflejo de la gente. En donde la gente ha empezado a aprehender eso, a llevar eso a su vida, se refleja en una vida institucional más coherente. Yo creo que tenemos demasiadas instituciones: Colombia es justamente un país leguleyo e institucionalista, pero muchas de esas instituciones son fantasmales, no se traducen en realidades todavía. Es un país muy preocupado por la constitución y la ley, un país muy dado a los debates y las reglamentaciones, pero cree, ingenuamente, que con solo hacer la ley ya produce las nuevas sociedades.

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La consciencia de cómo hemos mejorado está muy débil todavía. La vida institucional tiene que hacerse más sólida y más pacífica. Yo creo que los gobiernos, incluso aunque sean bien intencionados, todavía no tienen la potencia ni la fuerza como para hacer cambios cuya naturaleza sea fundante. La gente espera vivir mejor, vivir en un entorno más seguro, tener más oportunidades.

Es una paradoja que en Europa, por ejemplo, se empiezan las labores a las nueve de la mañana y se terminan a las cinco de la tarde y sin embargo los países son muy productivos; y no a las cinco de la mañana como lo hacemos nosotros y que en muchos aspectos somos improductivos. Entonces eso es lo que tenemos que aprender: una generación de riqueza colectiva que sea esencialmente vivificante y que sea compatible con lo que el mundo está validando y produciendo, en lugar de manifestarse en abstracto contra el capitalismo, contra las grandes empresas, contra el imperialismo, porque eso es un signo de inmadurez, casi de ingenuidad, en un mundo como este.

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