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“¡¿Usted no sabe quién soy yo?!”: acerca de los síntomas de la estupidez humana

Pensamos en la estupidez como algo que ocurre en un país lejano, nunca en nuestro propio jardín, para usar la hermosa imagen de Voltaire para referirse a la vida interior propia. Pero la estupidez nos ataca a todos, es como la gripa ocasional que por más que intentemos no podemos evitar.

Roberto Palacio

14 de septiembre de 2025 - 06:00 p. m.
Foto: Getty Images
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Las acusaciones de estupidez las soltamos hoy en día con una facilidad asombrosa, todos, desde presidentes hasta el más anónimo de los usuarios de las redes. Es estúpido el que no comparte mis puntos de vista: es incapaz de ver lo que yo veo con toda claridad: que el uribismo acabó con Colombia, o que Petro acabó con Colombia; que son las vacunas las que verdaderamente nos enfermaron porque contenía un chip, que la Tierra es plana.

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Desde que leí la sentencia, nunca he podido sacarme de la cabeza la idea de Fernando Savater sobre la estupidez: nos afecta especialmente a los así autodenominados “intelectuales”. Es como una enfermedad profesional; es a nosotros los pensadores lo que la silicosis del carbón es a los mineros; el endurecimiento del tejido pulmonar que nos preveía de oxígeno hasta dejarlo convertido en materia inerte incapaz de alimentar el cerebro. Y la idea se me ha vuelto inevitable, por no decir inolvidable, porque la he visto en acción, en mí mismo y en el medio universitario en el cual me muevo con más frecuencia de la que quisiera. Dijo Savater:

“Los síntomas más frecuentes de la estupidez: espíritu de seriedad, sentirse poseído por una alta misión, miedo a los otros acompañado de loco afán de gustar a todos, impaciencia ante la realidad (cuyas deficiencias son vistas como ofensas personales o parte de una conspiración contra nosotros), mayor respeto a los títulos académicos que a la sensatez o fuerza racional de los argumentos expuestos, olvido de los límites (de la acción, de la razón, de la discusión) y tendencia al vértigo intoxicador, etcétera”.

Cómo negar que la cita APA es una gran herramienta que ha movido a la academia un paso más hacia la estupidización. Hemos intercambiado saber por la cita correcta, por la indexación adecuada. Ya poco importa lo que diga una tesis: el todo es que las citas estén en el formato correcto. La academia, el Alma Mater es justamente eso, un vientre que nos mantiene al margen del mundo, un útero en el que podemos ser tontos sin restricciones.

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Pero no me ensañaré con mis colegas, del cual yo debo ser el más padeciente de la condición. Los síntomas que describe Savater más precisos no pueden ser, por no decir prevalentes y ubicuos. Florecen como la hiedra venenosa en las empresas, en las escalas de poder; uno de sus caldos de cultivo es la jerarquía del organigrama. Si bien dos o tres personas son más inteligentes que una sola, pareciera que en un cruel giro de los atributos de los conjuntos, dos o tres personas insensatas son más insensatas que una sola. La estupidez no sólo es individual, las organizaciones, corporaciones, y toda suerte de compañías colectivas humanas la han hecho una meta.

Ser estúpido es, para comenzar, ser dueño de un “loco afán de gustar a todos” según la cita del filósofo español. El esfuerzo me deja agotado, la cara duele por sonreír a diestra y siniestra, pero simplemente no puedo soportar la idea de que hay gente a la cual yo le desagrado. Aprendí a proyectar una cara sonriente o denodadamente seria porque ayuda a mis aspiraciones políticas. Al cabo del tiempo, me doy cuenta de que ya no sé poner otra: la risa se ve forzada. ¿Cuántos de nuestros candidatos —especialmente quien fuera antiguo Ministro de Hacienda— no son lo que Rabelais llamaba “Agelastes”, personas incapaces de reír?

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La idea del espíritu de seriedad y el estar imbuidos de una alta misión (el segundo síntoma) vienen de la mano. Nuestra lengua carece de la palabra que se me viene a la mente, tomada del inglés: self-important, ser importante solo para sí mismo. La mayoría de nosotros hace lo que puede por vivir nuestra propia vida, de ahí que suponer que otros observan con cuidado cada paso de mi “misión” es un espejismo. Impacientarse porque estos no reconocen quién soy, no ven la magnitud de mi obra, es uno de los pináculos de la estupidez. En Colombia va de la mano con esa frase que adoramos: ¿es que usted no sabe quién soy yo?

Impaciencia con la realidad, número tres. El solo exponerla es un deleite. Nos paramos frente al ascensor, sabemos que oprimir el piso repetidamente no hará que llegue más rápido, pero nos ensañamos con el botón ya iluminado. Yo soy una persona ocupada… no tengo tiempo para estas tonterías… En mi caso, hay una hora del día que simplemente no soporto que algo se me caiga, lo tomo y lo arrojo con fuerza para que se aleje con voluntad. Todos vivimos versiones de esto, bajo las cuales casi todo error, toda imperfección nos llevan a estallar. Es inevitable trazar un presagio, dictaminar algo sobre el carácter del universo: nada me sale hoy.

Y como si nos faltara, estupidez también se refiere al vértigo intoxicador. Soy grande, voy triunfando sentado en la punta de la flecha ascendente del informe trimestral. Siempre me ha parecido que no hay síntoma más claro no solo de estupidez sino de la autoestima estropeada, porque solo el que se padece a sí mismo de forma patológica necesita el vahído constante de la autoafirmación tóxica. Basta recordar que el narcisismo no es solamente amarse a sí mismo sin tapujos. Cuando Artemisa castigó a Narciso en la antigua mitología griega, lo sentenció a no ser amado por la siguiente persona de la cual se enamoraría, siendo él mismo la persona de la que se enamoró, con lo cual se ama pero no se puede querer. Eso es exactamente el narcicismo: amarse sin poderse querer, una condición que pone de manifiesto la savia envenenada de tener que andar por el mundo proyectando imágenes de éxito.

En qué medida todos hemos sido azotados por esta silicosis es un asunto que los que nos rodean ven más claro que nosotros mismos. Por mi lado, sé bien que debo estar alerta a la aparición de cualquier síntoma.

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Por Roberto Palacio

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