Varios meses antes de la Revolución de Octubre ya en Rusia imperaban el hambre y la indignación. Los pobres más pobres fueron los que se aliaron con Lenin cuando llegó de Suiza para tomar el poder. A fin de cuentas, eran los más, y los que menos tenían que perder. Cuando Víctor Serge entró en Petrogrado, escribió que “entrábamos en un mundo mortalmente helado. Era la Capital del Frío, del Hambre, del Odio y de la Tenacidad. Recibíamos en un Centro de Acogida mínimas raciones de pan negro y de pescado seco. Ninguno de nosotros había conocido nunca tan terrible comida. Jóvenes mujeres con bandeletas rojas y jóvenes agitadores con gafas nos resumían el estado de las cosas: ‘Hambre, tifus, contrarrevolución por todas partes. Pero la revolución mundial va a salvarnos’”.
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Casi apenas llegó, Serge consiguió trabajar con Máximo Gorki en la editorial Literatura Universal, que publicaba decenas de miles de libros clásicos, y luego, con Grígori Zimoniev, viejo revolucionario bolchevique que presidía la Tercera Internacional. Unos y otros, y los de más allá lo requerían, pues necesitaban a alguien que hablara varios idiomas y pudiera comunicarse con Europa, o con parte de Europa. Rusia ardía en una guerra fratricida de blancos y rojos, pero también en una lucha interna por el poder y por llevar a buen término los ideales que habían llevado a los bolcheviques a dirigir el país. Serge veía indicios de grietas día tras día. Grietas, odios, sangre, traiciones, hambre. Se enfrentó a Lenin, a sus colegionarios y a determinados movimientos de brutal represión.
Uno de ellos fue el de “La rebelión de Kronstadt”, promovido y ejecutado por los marinos de la isla de Kotlin, en el golfo de Finlandia, que intentó derrocar al gobierno de la República Federativa Soviética de Rusia e implantar una “verdadera izquierda” en Rusia. A principios de marzo de 1921 los rebeldes formaron una comuna revolucionaria para oponerse a un régimen que ellos habían ayudado a implantar. El enfrentamiento con facciones del Ejército Rojo dejó más de diez mil muertos. Los combates duraron 16 días, y al final, potenciaron aún más el hambre y el descontento general del pueblo de Petrogrado, que veía y vivía hora tras hora cómo las promesas de los bolcheviques se quedaban en simples palabras y arengas. La guerra civil se expandía, y los enemigos del gobierno aumentaban.
Sin embargo, poco a poco, muerte tras muerte y desaparición tras desaparición, también se fueron callando. Serge denunció el silencio, y denunció varias de las atrocidades del régimen, que en 1924 padeció la muerte de Lenin y el ascenso al poder de Joseph Stalin. Para Víctor Serge, aquellos mismos que decían y repetían “Proletarios de todo el mundo, uníos”, empezaron a cambiar su discurso por uno que ordenaba que se les escuchara y obedeciera solo a ellos. “Todo nos es permitido, la revolución somos nosotros”, dijo que decían, y escribió sobre la traición de Stalin y sus consecuencias. “Detrás de él suben, se mueven como ratas, los aprovechadores, los cobardes conformistas, los timoratos, los recién instalados, los arribistas, los aspirantes arribistas, los vendidos de antemano a todos los poderes…”.
Unas palabras más adelante, habló de la turba, la “vieja turba que va al poder porque es el medio de quitarle al prójimo su esfuerzo, los frutos de su esfuerzo, su mujer si es bella, su casa si es confortable. Y esa multitud se pone a gritar, se forma de verdad el coro más unánime del mundo: ‘Viva nuestro bistec, viva nuestro jefe, nosotros somos la revolución, es por nosotros que los ejércitos en harapos vencieron, admiradnos, dadnos honores, puestos, dinero, ¡gloria a nosotros, maldición a quien se oponga a nosotros!’”.
Serge se unió a León Trotsky, a quien admiraba por sus luchas, sus textos y su carácter, y de alguna manera, selló su destino. Los dos fueron perseguidos por Stalin y sus brazos armados, de inteligencia y espionaje, y los dos terminaron exiliados, luchando contra fantasmas.
Serge fue el primero, o uno de los primeros escritores que definió al gobierno de Stalin como un “totalitarismo”. “El retrato físico de Stalin es muy conocido”, escribió. A continuación, combinó su físico con su carácter: “Esa frente estrecha bajo la cabellera dura, esa cara más bien cuadrada, carnosa, atravesada por un fuerte bigote, con ojos pequeños, sin luz, dan la impresión de una seguridad obcecada: nada más. Su palabra es torpe, su cadencia, monótona, con un fuerte acento georgiano. Desde su juventud, lo vimos, lo atenaza un complejo de inferioridad. Se siente, sabe que es poco dotado, inferior en sus capacidades a los hombres importantes que va conociendo y que su energía le empuja a querer ser como ellos, a envidiar, a odiar, porque valen más que él. La intriga lo sigue desde sus primeros pasos…”.
En su descripción, Serge decía que a Stalin no se le conocían amistades, y que estaba dominado por el odio de los mediocres. Citó a Trotsky cuando lo calificó como “la mayor mediocridad de nuestro partido”, y habló de que bajo su mando, en ningún caso lo que importaba era convencer, sino matar. De Trotsky dijo que: “Aparecía vestido con una especie de uniforme blanco sin insignias y tocado con el ancho kepis plano, también blanco; de hermosa prestancia, de ancho pecho, barbita y cabellos muy negros, relámpago de los anteojos, menos familiar que Lenin, con algo autoritario en el porte. Tal vez lo veíamos así, mis amigos y yo, comunistas de espíritu crítico, que lo admirábamos sin tenerle cariño”. Trotsky, aseguraba Serge, era severo, exigía puntualidad tanto en el trabajo como en la lucha, y era impecable en su aspecto, “en una época de descuido popular”. “Le devolvía la confianza al hombre”.
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