Wislawa Szymborska: «A la humanidad no había que amarla, en absoluto, no se lo merece»

La risa de Szymborska es contagiosa y juvenil, como de chiquilla traviesa. “Tengo muchísimos defectos, pero una virtud: la curiosidad por todo —revela—. Ese es mi motor. En mi discurso de aceptación del Nobel ya repliqué el Eclesiastés, que afirma que ‘no hay nada nuevo bajo el sol’. La vida es tan rica… todo está lleno de variedad”.

Wislawa Szymborska fue premio Nobel de literatura en 1996.  / Kim Manresa y Xavi Ayén
Wislawa Szymborska fue premio Nobel de literatura en 1996. / Kim Manresa y Xavi Ayén

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De ahí que en su poema inédito Falta de atención se riña a sí misma: “Ayer me porté mal en el cosmos. / Viví todo el día sin preguntar por nada, / sin sorprenderme de nada. / Realicé acciones cotidianas / como si fuera lo único que tenía que hacer”.

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“¿Cómo veo el mundo de hoy? Lo mejor es mirarlo desde el espacio —afirma gesticulando como si pudiéramos planear por las galaxias—. Hasta el siglo XX era un planeta azul que giraba silenciosamente por el universo. Pero en estos momentos es una bola estruendosa, ¿no lo oyen?, está hablando todo el tiempo, es escandalosa, ¡una bola charlatana con un montón de palabras! Hay un montón de información que en dos minutos recorre todo el planeta, pero, si se fijan, son tonterías absolutas, informaciones que no tienen ninguna importancia”.

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“No abrazo el nacionalismo, pero es que ni siquiera el ecologismo. ¡Cero ismos! No deberíamos someternos jamás a las ideas de grupo. No se puede ser ese insecto clavado en un corcho con una agujita y una etiqueta debajo. Es mejor poder seguir volando. Al principio, yo admiraba el sistema comunista y escribía poemas de realismo social. Después entendí que a la humanidad no había que amarla, en absoluto, ¡no se lo merece! Hay que experimentar empatía hacia ellos, y con eso basta. Por desgracia, de esos grandes amores a la humanidad siempre surgen las peores cosas, auténticos infiernos”.

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En uno de los estantes de su biblioteca, reposa el Quijote. “¿Qué les parece a ustedes? —nos pregunta—. Creo que es una obra maestra, pero que ha cambiado mucho con el tiempo. Cuando se publicó, hace más de 400 años, era un libro enormemente divertido. En estos momentos, al menos para mí, es un libro triste. Cuando lo cierras, lo que queda en el alma del lector es un pozo de amargura. Es como si el humor hubiera envejecido, ¿verdad?”

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