El Magazín Cultural

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22 Nov 2015 - 2:00 a. m.

Zarzuela en clave de cursilería

¿Qué sería de las historias de amor sin un poco (o mucho) de melodrama? Detrás del éxito irrebatible y duradero de la zarzuela está la evidencia plena de que, en el fondo de nuestros corazones, lo que más deseamos es encontrar el amor.

Teatropedia®, Especial para El Espectador

¿Quién dice que yo no me quiero casar? Eso se preguntaba La fierecilla domada, esa díscola Catalina de Shakespeare a quien le hacen toda suerte de desaires y burlas pero que en el fondo de su corazón es un buen personaje con un solo deseo: ser feliz. [La del manojo de rosas por Teatro Digital, una entrada para todos]

Ahora bien, ¿qué significa justamente ese deseo de ser feliz? ¿Qué hacen las historias de amor si no responder (o intentarlo) a la pregunta esencial de la búsqueda eterna del único y verdadero amor? Un reto ya de por sí inquietante, por lo enorme, por lo ambicioso, por lo iluso, dirían muchos. Para la muestra, un botón: ¿se han fijado en que cuando se retrata al enamorado se lo dibuja un poco tonto? No es fortuito que en esa categoría tengamos a Meg Ryan (historia patria) o a Cameron Diaz o a la dueña del Diario de Bridget Jones, la gran Renée Zellweger, protagonistas eternas de comedias románticas de donde les quedó difícil salirse.

Porque ni único ni eterno se siente el amor hoy en día (¿alguna vez lo fue?). Aunque la realidad sea apabullante, nos empecinamos en soñarlo y anhelarlo y por eso nos llenamos de argumentos de que sí, sí es posible encontrarlo, porque lo vemos en la pantalla, porque en algún lugar de nuestras fantasías sí existen Gaviotas y Sebastianes, sí hay un “and they lived happily ever after”, o vivieron felices y comieron perdices.

Aunque, luego —y demasiado pronto— haya que levantarse de la sala de teatro o de cine (que se libra de culpa con cinismo y nos reitera que es apenas una ilusión con el bendito “The End”) y el embrujo se desvanezca. Aunque se acabe la canción y nos quedemos tarareándola un rato más, la realidad llegará para confrontarnos, sea con el trancón, con las noticias o con la evidencia de que el otro lado de la cama está perfectamente tendido o, peor aún, la almohada está hundida pero no era lo que pensábamos que iba a ser.

Porque lo cierto es que el final de esas historias de amor, la noche feliz de tantos y tantos cuentos de hadas, es apenas el comienzo de la verdadera historia. La gran traición del arte, o su increíble brillantez, es que se queda en el brindis y se libra de la resaca. Y de la cotidianidad. Y del ronquido, y del aburrimiento, y de la impaciencia, y de la falta de maquillaje o la calvicie.

Basta recordar la forma algo patética, y horriblemente real, como se nos presentó a Jennifer Aniston (paradójicamente otra de las divas de la comedia romántica) cuando la abandonó Brad Pitt, ni más ni menos que por Angelina Jolie. Todo un melodrama en varios actos digno de la zarzuela.

Por eso, frente a la cruenta verdad del engaño y el final, de cuando en cuando necesitamos esa dosis de belleza e ingenuidad que tanto se necesita para sobrevivir. Aunque en el fondo de nuestros corazones sepamos que los celos entre Julián y Paloma (La verbena de la paloma) son tan asombrosamente parecidos a los nuestros, lo cierto es que los de ellos, aunque pasen por la comisaría, terminan en besos y abrazos. Y eso consuela. Nos permiten justificar que aún hay chance y que esa es también otra forma del querer. O que Francisquita, que es tan bonita, verá recompensada su devoción, adoración y larga espera por Fernando, si bien éste lo único que quiere es quedarse con Aurora. Como también lo sabe el barberillo Lamparilla (El barberillo de Lavapiés), quien se traga la indiferencia de Paloma porque terminará conquistándola con sus habilidades en las artes de la conspiración.

De la zarzuela como género musical inventado en España podríamos decir que es el enorme aporte a la popularización de la historia de amor. ¿Dónde cabría ese elemento tan esencial en la búsqueda del amor, la cursilería, si no hubiéramos tenido zarzuelas en escena? Luego vendrían la radionovela, la telenovela, la música de plancha o las baladas de amor, las películas de amor romántico. Todos los dispositivos necesarios para engancharnos en la fantasía del amor ideal.

Ese espacio de lo popular, donde cabíamos por fin todos, abrió el grifo sentimental. Permitió exponer, con las luces puestas sobre los personajes más estereotípicos, que somos nosotros mismos, y de la manera más directa, eso que nos daba pena mostrar: que lloramos, que pataleamos, que nos morimos de los celos, que en el amor hay luchas de clases. La máscara sentimental, melosa, desgarrada, esa que canta y baila “vulgarmente” la zarzuela, es, en realidad, todo lo que estamos pensando y sintiendo y que justo las “bellas” artes se empecinan en ocultar por privilegiar la ausencia de show, la prudencia sentimental, la contención, el protocolo, el silencio, la cabeza fría y el cálculo. La desgracia. La tragedia. Qué pesadas. Eso, que es la vida misma, es a lo que les huyen estas expresiones artísticas que se concentran fervorosamente en demostrarnos que hay algo como la pureza del corazón.

Pero lo cierto es que frente a esta ilusión queda claro que toda historia de amor empieza en una mentira. Esa en donde no nos presentamos como lo que somos: bravucones, impacientes, despeinados, intolerantes a la lactosa y hasta infieles. Como en el perfil de Facebook, ¿por qué vamos a exponer nuestros defectos si lo que queremos es causar una (primera) buena impresión? Así, viéndonos frente al espejo, no nos lo creemos ni a nosotros mismos cuando vemos que estábamos de conquista con un ramillete de bellezas propias de un príncipe o princesa de cuento de hadas. Como diría Rafael: “Estar enamorado es descubrir lo bella que es la vida; es confundir la noche con los días; es caminar con alas por el mundo; es vivir con el corazón desnudo; es ignorar el tiempo y su medida; es contemplar la vida desde arriba; es divisar la estrella más pequeña; es olvidar la muerte y la tristeza; es ver el mar con árboles y rosas; es escuchar tu voz en otra boca; es respirar el aire más profundo; es confundir lo mío con lo tuyo…”. Esto hace el amor. O eso quisiéramos.

De eso tan bueno no dan tanto

Todos mentimos. Joaquín, protagonista de La del manojo de rosas, miente al hacerse pasar por mecánico siendo todo un señorito de alta alcurnia, con tal de ganarse el amor de Ascensión. ¿Quién no ha dicho una mentirilla sobre sí mismo con tal de no cerrar tan pronto las puertas del amor?

La historia que conocemos es la del ladrón que se disfraza de príncipe. La princesa descubre la verdad y por el dolor corta con él. La oportunidad surgirá para que el ladrón se muestre como el gran héroe que en verdad es. La princesa perdona toda indiscreción y... fin.

Ahí comienza el tan escurridizo y misterioso final feliz. El que jamás vemos en las pantallas. En el que nunca nos cuentan sobre el posterior divorcio de Aladín y Jazmín, luego de que ella se enterara de que Aladín ha vuelto a sus viejas andanzas. Nunca lo asumiríamos, ya que el romance sentimental lo perdona todo. Siempre.

Pecamos en este momento de caer al otro lado del espectro: el cinismo. Por supuesto que Joaquín miente. ¿No son así todos los hombres? Mentirosos, infieles y machistas. Ah, claro que lo perdona Ascensión. ¿No son así siempre las mujeres? Torpes, ingenuas y romanticonas. Disney no nos preparó para coger las espinas de esa hermosa rosa.

Y es que la fábrica de magia se ha especializado en desdibujar los puntos medios. Por cada Simba hay un Scar, por cada Cenicienta hay una malvada hermanastra. No nos enseñó que como seres humanos estamos expuestos permanentemente a las presiones externas e internas de la vida y que eso es lo que determina en gran medida nuestra personalidad y acciones. Entendemos la influencia que tienen nuestras madres en nuestra vida —gracias, Freud—, pero entonces, ¿por qué no les perdonamos nadita a esas malvadas hermanastras? Tampoco es que tengamos que simpatizar con ellas, pero darles cabida, permitirles ser, sí facilita la manera como nos relacionamos con las personas a nuestro alrededor. De hecho… esa hermanastra mala mala está también en nuestro interior.

Tenían razón ciertos orientales al ponerle de sello a la vida el yin y el yang. Los seres humanos somos un coctel explosivo, una parte de dulzura por otro tanto de amargura. Aburridísimo (y sospechoso) sería estar sonriendo todo el santo día. Nuestras pataletas y nuestros miedos también nos definen. Nos completan. Nos permiten no jugar a la falsedad de pretender que somos perfectos.

La demostración de madurez de Ascensión implica perdonar a Joaquín, sin obviar u olvidar su error. No es un acto de piedad, ni de compasión; es un acto de comprensión, bondad y empatía. Esa es la verdadera magia que recorre nuestras vidas, ver cómo cambiamos y evolucionamos como personas para descubrir los maravillosos y terribles actos que podemos cometer. Que luego de todo eso Ascensión quiera estar o no con Joaquín es otra historia completamente diferente. Y para eso, seguramente, habrá otra zarzuela.

* Teatropedia es un proyecto educativo del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en pro de la formación de públicos en temas culturales. Más información en www.teatromayor.org.

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