Cuando la política es dinámica

Una campaña presidencial de alianzas y volteretas

Enemigos en el pasado, amigos en el presente. Todo por los intereses que están en juego en las próximas elecciones. Así son las coaliciones y adhesiones en la actual campaña presidencial.

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En tiempos de elecciones se perdonan las ofensas. Los insultos, las acusaciones, los señalamientos y las peleas quedan olvidados —o al menos pospuestos— para cuando los protagonistas de la contienda electoral decidan recordarlas. Circunstancias de las que salen damnificados hasta los principios. Ya habrá tiempo. La campaña política termina por ser la muestra de que la reconciliación, más en estos momentos del fin del conflicto con las Farc, no está tan lejos como los personajes de la vida pública quieren hacer creer y se convierte en la materialización de aquella frase que ha retratado tan bien la historia del país: “La política es dinámica”.

Incluso, un repaso por los libros de historia demuestra que esa capacidad camaleónica parece ser un asunto hereditario. Ya se veía a Rafael Núñez, a finales de la década del 70 en el siglo XIX, y a otros políticos notables en años posteriores, virar entre los intereses de los liberales y los conservadores, cuando era un asunto de vida o muerte, aprovechando las eternas divisiones internas entre los partidos. Y en la campaña presidencial de 2018 de nuevo salen a flote las alianzas que dejan de lado la coherencia en aras de ser parte de la repartición del poder. A la hora de recoger votos, poco importan las riñas del pasado. El objetivo final es sumar a conveniencia, mientras el país vive para ver alianzas.

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La más reciente muestra de tal dinamismo la encarnan Iván Duque y Viviane Morales. ¿Quién iba a pensar que la fiscal que abrió procesos contra exfuncionarios del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, la candidata liberal y antiuribista de 2014 y la congresista que lanzó duros señalamientos al Centro Democrático, iba a ser la ficha cristiana del actual aspirante del partido del expresidente? No en vano esta alianza despertó críticas y cuestionamientos por parte de varios sectores, hasta dentro de las toldas uribistas, incluso del mismo Andrés Felipe Arias, investigado por Morales cuando estuvo al frente del ente acusador y condenado en 2014 por las irregularidades en el programa Agro Ingreso Seguro. Pero estos desencuentros perdieron relevancia, según lo explicaron Duque y Morales, con el fin de impulsar una reforma a la justicia y la integración de una economía de carácter “cristiano”.

Por esos lares igualmente están Uribe y el también expresidente Andrés Pastrana, quienes se encontraron en el sendero de la oposición al proceso de paz, se unieron en la campaña del No en el plebiscito, coincidieron en varias críticas al gobierno de Juan Manuel Santos y, finalmente, consumaron su coalición en noviembre pasado al jugar juntos sus cartas por la Casa de Nariño. Uribe puso a Duque como candidato y Pastrana a Marta Lucía Ramírez como su fórmula vicepresidencial. Esta dupla los tiene de amigos, a pesar de que hace unos años, mientras el primero calificaba al otro de incompetente y lo culpaba del ascenso de la antigua guerrilla de las Farc, el segundo le respondía señalándolo de haber hecho acuerdos con el narcotráfico en el proceso con las Autodefensas de Ralito.

De las volteretas no se ha salvado tampoco el liberalismo. Hace un poco más de dos décadas, mientras estallaba el escándalo del proceso 8.000, Humberto de la Calle, hoy candidato a la Presidencia por los rojos, renunció a la Vicepresidencia de Ernesto Samper, salpicado por la polémica, y se convirtió en un constante reprochador de ese gobierno. Tanto el entonces presidente como Horacio Serpa, su acérrimo defensor, lo consideraban parte de la conspiración contra ellos. Pero en la contienda electoral actual, Serpa no hace más que tirarle flores a De la Calle, seguramente obligado por la decisión de su colectividad, al menos en el papel, de darle el apoyo al exnegociador de paz. “Es sobresaliente, bueno, serio, y tiene la sabiduría del hombre con experiencia. Y es respetable… ¡y no ha cometido fechorías!”, dijo recientemente Serpa en diálogo con El Espectador.

Situaciones similares también han llegado a los pasillos de la Coalición Colombia, de la que hacen parte Sergio Fajardo, su candidato, y los senadores Jorge Enrique Robledo, como representante del Polo Democrático, y Claudia López por la Alianza Verde. Hoy le recuerdan a Robledo cuando, en 2015, cuestionó, de la mano de Olmedo López, candidato por el Polo a la Gobernación de Antioquia en las elecciones de ese año, los multimillonarios gastos en publicidad de la administración del departamento, mientras que se hacían paros por falta de recursos en la institución universitaria Politécnico Isaza Cadavid. La decisión del Polo, y sobre todo del Moir que representa Robledo, de apoyar a Fajardo a la Presidencia también puso en aprietos a esa colectividad en Antioquia, pues diputados como Jorge Alberto Gómez Gallego fueron fuertes críticos de la administración del profesor.

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Otra de las alianzas que pocos entienden, pero que muchos consideran normales, fue la del Partido de la U y el candidato Germán Vargas Lleras. Por ejemplo, los roces entre el senador Roy Barreras y el exvicepresidente son de vieja data. Sin embargo, sus diferencias se acentuaron el año pasado cuando Vargas se alejó del proceso de paz con las Farc y la implementación del Acuerdo, y con la retirada de su partido, Cambio Radical, de la Unidad Nacional. Terminó Barreras por decir que a Vargas, que duró siete años al lado de Santos, le gustaba la leche, pero no la vaca. En esos enfrentamientos también terminó el senador Armando Benedetti, quien acusó a Vargas, en noviembre pasado, de tener “capturada” a la Fiscalía General y de haber armado toda una estrategia para afectarlo. Hoy, Benedetti y Barreras le hacen campaña a su antiguo enemigo político. Porque, al final, la conveniencia es superior a cualquier diferencia.