Debajo del palo’e mango está Diomedes

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Mientras una demanda inesperada aviva el debate sobre las razones de la muerte del ‘Cacique de La Junta’, el cementerio de Valledupar se convirtió en sitio de peregrinación para sus seguidores.

Debajo del palo’e mango… justo en ese lugar, al extremo derecho de la entrada principal del Cementerio Jardines del Ecce Homo, en Valledupar, fue sepultado el cantautor Diomedes Dionisio Díaz Maestre. Su lápida gris oscura con letras negras descansa sobre la de su padre. Debajo del palo’e mango, suena revelador, lo abraza Rafael Díaz Maestre, lo cubre una bandera de Colombia y parecieran devolverle la vida decenas de rosas, gladiolos, crisantemos, tulipanes, claveles, lirios, violetas y cerezos, así como todos sus “seguidooores”, que en peregrinación lo visitan y refuerzan su leyenda.

“Te quereeemos, Diomedes, te quereeemos”, corea en voz baja Olga Sena Rodríguez, mientras empuña con fuerza un botón con la imagen de ‘El Cacique de La Junta’ que lleva abrochado a su vestido blanco, en el lado izquierdo de su pecho. La fotografía revela la amplia sonrisa del cantante exhibiendo su reluciente dentadura que cuidaba aún en sus peores épocas de preso condenado, reo ausente y enfermo en silla de ruedas. La última imagen descrita la pude seguir en detalle a finales de 2009 en la sala VIP del Puente Aéreo en Bogotá. Lo ayudaba a movilizarse una mujer bonita que orgullosa se abría paso entre los espectadores, aduladores del cantor. Diomedes reía y saludaba. Ya no tenía el diamante incrustado en su dentadura, pero sí conservaba la excéntrica forma de vestir y el olor a María Farina Men, tan característico en los hombres adultos de Valledupar.

“Todo mundo viene y nadie le hace una oración”, dice Olga, la aprendiz de pastora, con algo de pesar y de reproche contra quienes esperan pacientemente el turno para hincarse ante la tumba y pedirle a Julio Solanilla García que, por cinco mil pesos, les tome una fotografía. El tolimense, con poco más de 30 años viviendo en el Cesar, procede a revelar en su vieja máquina que congela el tiempo, el montaje que los “seguidooores” guardarán como recuerdo, tras haber visitado el que se acaba de convertir en el nuevo sitio turístico de la meca del vallenato: la tumba de Diomedes Díaz, el cantautor que más copias ha vendido en la historia de este género musical.

“Ayer fotografié a unos gringos que vinieron de Nueva York y hoy bien temprano a gente de Ecuador y de Venezuela. Es que a este hombre lo quería todo el mundo, no importa que se haya portado tan mal”, recita Julio el libreto aprendido. Está haciendo su agosto en el diciembre-enero negro que viven los fanáticos de ‘El Cóndor Herido’.

La aprendiz de pastora, morena y gruesa, bajita y de cabello negro muy largo que recoge en infinitas vueltas en un moño alto, prosigue en el cementerio dando un discurso como si estuviera en el púlpito de la Trinidad, Radio Minuto 15-20, donde sigue a pie juntillas las palabras de su mentor Sergio García. Se dirige a Diomedes: “Hijo, va a salir una novela sobre ti. La va a transmitir RCN. Ya está lista, ya lo dijeron por televisión. Eres un orgullo de esta tierra, Cacique”. La observan con atención las más de 20 personas que rodean la tumba y que pisan con descuido las que están alrededor.

El día del sepelio, el 25 de diciembre, la horda de fanáticos, el pueblo que hizo del ídolo una leyenda, le fue a dar el adiós al cementerio sin importar lo que esa locura colectiva generaba en el espacio físico donde descansan los hijos del Valle de Upar. La tumba de Antonia Guerrero de Felizola, diagonal a la de Diomedes, fue una de las que sufrieron los estragos de la multitud. La lápida de mármol se partió en cinco pedazos, que fueron dispuestos uno sobre otro por el sepulturero del cementerio, días después. 13 de junio de 1918, fecha de nacimiento de Antonia; 22 de noviembre de 2005, fecha de muerte; y 25 de diciembre de 2013, fecha de la oleada diomedista que despidió al ídolo.

“Pero a Diomedes se le perdona todo”, dice el sepulturero. Y de hecho recuerdo que fue así, cuando en 1993 mi padre, el sastre, me llevó a un baile que amenizaría ‘El Cacique de La Junta’ en el coliseo Miguel ‘Happy’ Lora, de Montería. ‘Novienes Díaz’, como comenzaban a llamarlo, hizo honor a ese sobrenombre. La multitud rompió sillas y mesas, hizo añicos la tarima a la 1:00 de la madrugada, mientras un grupo telonero hacía lo mejor que podía por restaurar el orden de la caseta. La fanaticada, con ojos desorbitados por el alcohol que había ingerido hasta ese momento, salió exultante, cantando a voz en cuello Te necesito.

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Se abre paso sin ambages, entre la pastora, los hombres, las mujeres y los niños que en la mañana del 29 de diciembre rodean el nuevo espacio habitado por los restos del cantor, una embarazada vestida de colores. Coloca un humilde ramo de veraneras fucsias sobre el montón de flores que ya no caben en el rectángulo de 70 por 150 centímetros y clava su mirada en la lápida: “Le voy a poner tu nombre. Se va a llamar Diomedes”. Soba su desmedida panza, cierra los ojos e intuyo que reza.

Un silencio venerable y corto se apodera a las 10:00 de la mañana del lugar. Pasados cinco minutos, los vendedores de agua, gaseosas, llaveros, afiches, camisetas, CD y memorias USB con las 300 canciones grabadas por Diomedes rompen la magia de la oración que reclamaba Olga y que con entrega hacía la embarazada. Alrededor de la tumba se levanta una industria que los comerciantes informales confirman que quería ‘El Cacique’.

“Él dijo que hasta los vendedores íbamos a hacer plata con su entierro cuando se muriera”, asegura con desenfado y credibilidad Jesús Monroy Calderón, un hombre de 34 años que lleva 14 de ellos vendiendo CD piratas en las esquinas de los semáforos de las verdes avenidas de Valledupar. Ahora, en compañía de su compadre John Jairo Ortega Rojas, de Barranca, La Guajira, y del niño Jhoneizon Araújo Rodríguez, Jesús exhibe la mercancía que les da de comer: “Los llaveros a tres mil, los CD con el video del sepelio de Diomedes a tres mil, los afiches a cinco mil; las camisetas a 10 mil y las USB con todo el repertorio a 25 mil. Todo listico, debidamente contramarcado y original”. El contrabando de souvenirs se exhibe en las barbas de los agentes de la Policía, que se han convertido en los consumidores número uno de las bebidas que hacen parte del mercado persa dentro de Jardines del Ecce Homo.

Los policías custodian el camposanto para evitar excesos de los fanáticos y escuchan los airados reclamos de valduparenses de ‘buena familia’ que sienten violada la intimidad del cementerio. Ellos dan fe de que hay que dejar trabajar al pueblo. “Así lo quería Diomedes”, me dice un agente del sur de Bolívar que asegura que esta es la mejor y más bonita misión que le han encargado en su vida. Desde el 22 de diciembre, cuando murió Diomedes, ha escuchado de las voces de los cantantes de la nueva ola, un repertorio de letras a capela, como Mensaje de Navidad, Para mi fanaticada, La tiendecita, La reina, entre muchas otras, con las que han despedido al ídolo. Y sigue escuchándolas de todo aquel que se siente artista y que lleva en el alma el canto vallenato.

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En esta región las brisas que golpean la Serranía del Perijá y que se transforman en una especie de canto cadencioso, basta con preguntar quién canta o toca algo, para que aparezcan los animadores de parrandas, los imitadores de las grandes figuras al mejor estilo del reality de TV Yo me llamo y los románticos, que deleitan los espacios con paseos montunos cargados de historias fantásticas, sones clásicos, merengues sabrosos y puyas alentadas que erizan la piel; los cuatro aires de la música vallenata.

Armando Rangel Rúa hace parte del grupo, nació en Barranquilla y se hace llamar ‘El Orgullo Guajiro’, porque desde pequeño se quedó allí a transpirar las composiciones y a intentar convertirse en un compositor. Trabaja en una empresa de alimentos en Valledupar y esperó pacientemente el domingo 29 para ir a visitar la tumba de Diomedes Díaz. Lo hizo en compañía de su madre, una anciana enjuta vestida de un luto riguroso.

Mientras Armando verseaba en la tumba de su ídolo unas letras profundamente tristes y levantaba las manos queriendo tocar el cielo, su madre se resguardaba del sol con una sombrilla morado obispo, debajo del palo’e mango. Observaba de reojo la fanaticada que movía la cabeza como iguanas, al son de la canción, y que se atrevió a pedir Bonita y La montañita. El homenaje de ‘El Orgullo Guajiro’ había culminado. “Mamá, ahora vamos a la tumba de Kaleth Morales”, y agarró a su vieja de la mano, quien se despidió de la periodista con una sonrisa tímida y agradecida por escuchar a su hijo y tomarle unas fotos. El espacio de gloria y fama que Armando andaba buscando.

Madre e hijo se perdieron entre las tumbas florecidas y se apostaron al otro extremo del cementerio, enfrente de una lápida bonita que tiene en la parte alta una fotografía del ídolo que la muerte les arrebató a las juventudes vallenatas y que como en la canción de Kaleth Morales: se lo llevó a vivir en el limbo por toda la eternidad.

Es mediodía y ni el hambre detiene la llegada de más y más seguidooores que “con mucho gustooo” llegan a visitar a Diomedes. Blancos, negros, altos, bajitos, gordos, extranjeros, indios, mujeres, hombres y niños caminan como autómatas buscando la tumba debajo del palo’e mango. Llegan, se persignan y comienza la historia que más de un compositor en estas tierras vallenatas ya está haciendo canción: la muerte del Cacique.

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