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“La ‘infidelidad’ puede ser una estrategia de supervivencia”. Entrevista de Cecilia Orozco

La coordinadora del Centro de Atención a Víctimas de País Libre responde interrogantes sobre las consecuencias de un secuestro prolongado y sus efectos en las relaciones afectivas, en casos como el de Íngrid Betancourt, Luis Eladio Pérez, Jorge Eduardo Géchem y otros.

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Cecilia Orozco Tascón/ Especial para El Espectador
05 de julio de 2008 - 09:50 a. m.
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Íngrid Betancourt ha dejado al mundo estupefacto. No sólo por su cinematográfico rescate sino por su aparente buen estado físico, después de que se había anunciado varias veces que estaba al borde de la muerte. También impactaron su cordura y su sagacidad cuando les contestó a los reporteros toda suerte de interrogantes. La respuesta emotiva sobre la depresión que le produjo la noticia de la muerte de su padre; la descripción de su tristeza por no haber visto crecer a sus hijos y las revelaciones alrededor de las infrahumanas condiciones de su cautiverio eran previsibles.

No obstante, entremezclados con la expresión de sus sentimientos soltó otros conceptos que no dejan de tener un tinte de estrategia política completamente inusual, pues se supone que las prioridades de un liberado que acaba de salir de la selva después de seis años y medio son otras. Sus afirmaciones sobre Álvaro Uribe, el papel que deberían jugar Hugo Chávez y Rafael Correa en la construcción de la paz; el apoyo a la segunda reelección presidencial y la efusiva solidaridad con las Fuerzas Armadas, parecen significar algo más que una muestra de agradecimiento con el gobierno que la sacó del  cautiverio. 

Eso ha hecho pensar a los buenos observadores que Íngrid no se va a dar tregua y que después de un corto período de reencuentro con sus familiares, vendrá a posicionarse como protagonista de la política. La cuestión no es si lo logrará, porque de hecho ya es la figura colombiana de mayor renombre en ese campo. El tema de esta entrevista es si personas como ella, aun con el dominio racional que refleja de la situación, tienen su psiquis bajo control y pueden retomar la vida anterior al secuestro, pese a que crean tener la energía y el equilibrio suficientes para hacerlo.

El caso de la colombo-francesa no es el único. Se recuerda lo ocurrido con el canciller Fernando Araújo quien apenas al llegar de una larga travesía de fuga de sus captores, fue nombrado en el cargo de ministro de Relaciones Exteriores. Otros recién liberados también conocidos, no han dejado de aparecer en las portadas de los medios porque decidieron incentivar la curiosidad del público con asuntos que hasta ahora habían permanecido en la órbita de la intimidad. Estas reacciones de los ex secuestrados fue analizada para El Espectador por la coordinadora del Centro de atención a víctimas de la Fundación País Libre, psicóloga Dary Lucía Nieto, quien en su calidad de tal, ha tenido que ver directa o indirectamente con el reintegro social de centenares de víctimas de ese atroz delito. Ella contesta si un recién liberado está en capacidad de asumir puestos públicos; si el hecho de que exponga sus relaciones amorosas en los medios es la manifestación de una especie de patología derivada de la privación de la libertad; si el regreso garantiza por si solo la felicidad, o si tanto los que aparecen como los que esperaban ansiosos el regreso del familiar ausente, sufrirán nuevos períodos de dolor.

Cecilia Orozco Tascón.- Una persona que estuvo secuestrada durante varios años y cuyo rol en la sociedad antes del cautiverio era público, ¿está en capacidad de asumir tareas de responsabilidad pública en cuanto regresa, o es preferible esperar a su recuperación?

Dary Lucía Nieto Sua.- Depende de la personalidad, pero en general se puede decir que no hacer primero claridad sobre lo que ocurrió, es una falla muy grande porque genera confusiones. Lo ideal sería esperar a hacer la evaluación de lo que sucedió. Sin embargo, lo que hemos visto más corrientemente es el afán de recuperar el tiempo de una manera exagerada, lo que tiene, desde luego, efectos en el plano familiar y  social. Quisiera llamar también la atención sobre las diferencias que existen por el tiempo de cautiverio. Si un secuestrado es liberado en pocos meses, es decir, mientras está haciendo el proceso de aceptación de la situación de cautiverio, se le encontrarán mayores efectos sintomáticos porque aún estaba ajustándose a los cambios. Cuando los secuestros son de largas etapas, es diferente, porque se han sobrepasado unos procesos de adaptación y se han desarrollado unos niveles de resistencia física y emocional muy altos. Estas características se reconocen fácilmente por su especial forma de hablar y por la referencia permanente a la parte espiritual.

C.O.T.- Cuando los liberados no adelantan su proceso de recuperación en forma adecuada, ¿les sucede lo mismo que a una persona que no hace el duelo por un ser querido que murió?

 D.L.N.- Sí, es lo mismo. Ocurre ese fenómeno en términos de que en algún momento se le va a salir el ‘guardado’.


C.O.T.- Tanto el secuestrado como su pareja habitual pueden haber entablado relaciones afectivas y sexuales con otras personas, especialmente cuando las ausencias son prolongadas. ¿Deben revelarse ese tipo de experiencias o deben ocultarlas?

D.L.N.- Ese es un tema netamente de pareja, independientemente de que uno de ellos hubiera estado secuestrado. En nuestro sistema de creencias, este tipo de información afecta a las parejas y tiene incidencia. Por eso debe evaluarse qué puede suceder al revelarla. Adicionalmente en la situación del secuestrado hay una diferencia que no es fácil de comprender por quien lo espera. Consiste en que en esas ocasiones, la “infidelidad” o la vida sexual que se hubiere tenido, puede ser una estrategia de supervivencia. En consecuencia, es diferente a la infidelidad que conocemos en otras circunstancias. De cualquier manera, puede resultar muy difícil de entender para la mayoría de las personas.

C.O.T.- Una relación afectiva que se haya creado en condiciones de secuestro, ¿es real o es producto de las especiales circunstancias en las que se dio, y resiste o no el impacto del regreso a la vida normal?

D.L.N.- Yo diría que ese tipo de relación es real, porque el secuestro también lo fue, lo mismo que las circunstancias límites en las que se produjo, como por ejemplo, la privación de la libertad y el tratamiento inhumano que se dio. La pregunta es si trasciende tales circunstancias y si es capaz de sostenerse, y eso no es tan fácil de responder en cuanto no conocemos la fortaleza de las decisiones de cada uno de ellos. Lo que sí sabemos es que la relación va a ser totalmente diferente a la que se construyó en cautiverio, porque ésta tuvo como marco la solidaridad, el apoyo, la compañía, la protección en medio de una necesidad de afecto y de contacto físico. Eso hace que nosotros, desde afuera, estemos imposibilitados de juzgarla y de darle cualquier valoración, más allá de entender que respondió a un momento especial.

C.O.T.- Se dice que cuando hay un secuestro las parejas llegan fácilmente a la ruptura en cuanto el liberado regresa. Primero: ¿Eso es cierto? Segundo: ¿Las separaciones se deben directamente a las secuelas del secuestro o tienen que ver con la ausencia prolongada?

D.L.N.- Una de las secuelas del secuestro es la redefinición de la relación de pareja, puesto que quedan en evidencia circunstancias como las de que no había tanto afecto, que el proyecto de vida no era común o que no había compromiso de esperar al otro. Secuestros prolongados generan modificaciones en los ciclos de vida de las personas y eso trae también un cambio en las creencias. Hay separaciones que son directamente proporcionales a las consecuencias del secuestro, en cuanto a que se presentan sentimientos de abandono, de reclamo o porque efectivamente en la búsqueda de apoyo para sobrellevar el tiempo del secuestro se produjeron unos afectos diferentes. También puede suceder que el ex secuestrado tenga una sintomatología que hace difícil la convivencia por depresiones profundas o por inseguridades en su comportamiento diario.

C.O.T.- ¿Es saludable que el secuestrado exponga detalles de su vida íntima en público o sus familiares deben intentar evitarlo?

D.L.N.- Lo mejor es evitarlo y la familia del ex secuestrado debe darse un tiempo para evaluar qué es lo que va a mantener en público y qué es lo privado; recuperar la libertad es  poder tener la capacidad de decidir qué se dice y qué no se cuenta. Pero algunos no se dan ese espacio y por eso vemos una cierta incapacidad de establecer los límites de su vida íntima.


C.O.T.- Recientemente hemos visto una profusión de historias de ese tipo en la prensa, pero por iniciativa de los ex secuestrados. ¿Cómo tratarlas entonces?

D.L.N.- Es un asunto de ética individual y colectiva del periodismo, si entendemos que el secuestrado en su primera etapa no tiene sentido de intimidad, porque fue lo que le quitaron los secuestradores al dejarle como secuela una total dependencia del medio externo.

C.O.T.- Seguramente el secuestrado tendrá ansiedad de saber todo lo que pasó en su ausencia y algunos sucesos desconocidos por él pueden llegar a ser muy dolorosos. ¿Esos hechos se le pueden revelar o es preferible ocultárselos para después?

D.L.N.- Un secuestrado debería tener la oportunidad de recibir toda la información, aun en cautiverio. Lo primero que quiere saber cuando lo liberan, es que le cuenten qué pasó y cómo se resolvieron las cosas. Es importante decirle lo sucedido y darle el tiempo para que elabore la emoción que le corresponda ya sea de dolor, de tristeza, de rabia consigo mismo o de reclamo hacia una tercera persona. Él debe aceptar la realidad y por eso necesita que su grupo familiar le revele todo lo que hizo para sobrevivir. El liberado también debe hablar sobre sus propios cambios. Se trata de un ejercicio de reorganización, de preguntas y de sorpresas.

C.O.T.- ¿Siempre se necesita ayuda psicológica o depende del carácter de cada víctima?

D.L.N.- Al principio hay una etapa de negación de las dificultades de adaptación. Afortunadamente las familias que han tenido ayuda profesional le piden y casi que le exigen al ex secuestrado que asista al psicólogo. Eso facilita las cosas, porque el terapeuta le ayuda a entender las diferencias. Según nuestra experiencia, casi el 24% de los ex secuestrados, que es un porcentaje alto, inicialmente niega la necesidad de apoyo y  lo solicita al cabo de un tiempo cuando se ha generado más angustia y no ha podido sobreponerse a sus temores.

C.O.T.- ¿Qué le espera en su aspecto emocional al ex secuestrado, horas después de la euforia del regreso?

D.L.N.- La etapa de la euforia puede durar horas o incluso hasta un par de meses, y se caracteriza por una confusión de emociones que van desde la alegría hasta la inseguridad y el descreimiento de que realmente se está en libertad. Como le decía, cuando se trata de secuestros de largo tiempo las personas desarrollan capacidades muy fuertes para  poder soportar las condiciones extremas a las que son sometidas. Por eso en la etapa de la euforia también se presenta la negación de que uno está afectado. Es comprensible porque el ex secuestrado se siente firme. Se da entonces una paradoja: ¿cómo aceptar que se está mal si fuimos capaces de sobrellevar situaciones límites? Después de la primera etapa, viene la del ajuste. Es cuando la víctima identifica y evalúa los cambios vividos y sus consecuencias, al reencontrarse con sus familiares e intentar reconstruir sus relaciones o su proyecto de vida y darse cuenta de que todo es distinto a lo que soñó. En ese momento empieza a entender que la realidad es diferente.

C.O.T.- ¿Las secuelas del secuestro permanecen por el resto de la vida o son superables con el tiempo?

D.L.N.-  Permanecen pero no necesariamente de manera disfuncional. Quedan como ese tipo de eventos que han cambiado de manera significativa la vida, incluso en algunas ocasiones de manera positiva. Hemos encontrado que aquellas personas y familias que han permitido revisar qué significado tuvo un evento como esos, han podido fortalecer sus relaciones y han construido unas más agradecidas, más espirituales, más expresivas, solidarias y de mayor confianza. Esto hace que algunos también puedan decir que como efecto del secuestro, se pudieron superar o reencontrarse de manera diferente.


¿Qué deben hacer las familias?

C.O.T.- ¿Cómo deben actuar los familiares ante los cambios físicos y emocionales que ha sufrido el recién llegado?

D.L.N.- Es importante entender que las dos partes han cambiado. Se debe desarrollar un nivel de tolerancia y comprensión frente a la frustración y a la diferencia, pues tanto el uno como los otros han imaginado un encuentro fuera de lo real. Por eso hay que descubrir vías de comunicación, iniciar un replanteamiento de roles, revisar las relaciones y no exigir que las cosas sean como antes.

C.O.T.- ¿Cuáles son las primeras necesidades emocionales de una persona cuando se reintegra a la vida familiar y social tras un cautiverio de 6 ó 7 años?

D.L.N.- Seguridad es lo primero. Durante el tiempo de cautiverio ha estado en un constante límite entre la vida y la muerte. Por eso su primera necesidad es la de tener la certeza de que su entorno no es peligroso, que puede confiar en las personas que están alrededor y que no va repetirse la experiencia del cautiverio.

C.O.T.- ¿Quién es víctima en mayor grado, el secuestrado o su familia?

D.L.N.- Todo el grupo familiar. El recién liberado tiene dolores y heridas para sanar porque está, digámoslo así, sin piel, en un estado de irritabilidad total. Entonces inicialmente debe consentirse mucho más. Pero una vez logre un primer nivel de recuperación, él tiene que igualarse al resto de la familia para que todos dejen atrás sus características de víctimas.

La asistencia psicológica y psiquiátrica al plagiado

Según la Ley 986 de 2005, mediante la cual se adoptan medidas de protección a víctimas del secuestro y sus familias, sin perjuicio de la asistencia psicológica y psiquiátrica a que tienen derecho el secuestrado y su núcleo familiar a través del Sistema de Seguridad Social en Salud, el Gobierno, por medio de las entidades delegadas para ese fin, puede promover el desarrollo de programas de asistencia psicológica y psiquiátrica con el propósito de lograr la recuperación psicosocial del secuestrado. Dicho programa hace énfasis en la atención que deben tener los menores de edad.

La referida norma señala que cuando se trata de miembros de la Fuerza Pública y de los organismos que cumplen funciones de Policía Judicial que sean víctimas de secuestro, sin perjuicio de la aplicación de los regímenes especiales a los que pertenezcan, corresponde a la respectiva institución a la cual permanezcan incluirlos en programas de asistencia psicológica y psiquiátrica con el ánimo de obtener su recuperación, así como la de su núcleo familiar.

La norma de protección a los secuestrados y sus familias también destaca que la asistencia se debe prestar de manera obligatoria por el tiempo que los especialistas lo consideren pertinente. Un beneficio que en la ley se extendió a los miembros de las instituciones que al momento del secuestro se encuentren prestando el servicio militar obligatorio.

Por Cecilia Orozco Tascón/ Especial para El Espectador

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