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Un naciente circuito de tapas

Plan predilecto durante la jornada taurina.

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Juan Camilo Maldonado T.
06 de febrero de 2010 - 03:28 a. m.
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Es noche de tapas. En el aire se respira el vino tinto y de la esquina del salón, el sonido lánguido de la cantadora, el aplaudir de las palmas y el estallar del cajón inundan el lugar de un espíritu inusual. Los pequeños platos van y vienen entre el rumor de las conversaciones, mientras que en un pequeño espacio auxiliar, una máquina de pinball, silenciosa, espera con sus bombillitos de colores a que algún comensal la ponga en marcha.

“Es el sueño de Peter. Está convencido de que ese es lugar donde el chico está jugando y la chica lo ve, y se le acerca, y bueno…”, dice Adriana Pinzón, dueña, con su esposo, Peter Hoogeveen, del restaurante La Tapería, en el barrio La Macarena. Con menos de un mes de inaugurado, el lugar aún tiene rastros de estreno. Sin embargo, la considerable afluencia de clientes, que en un jueves de enero repleta el lugar, es un indicio de sus aciertos.

El pinball, así como la carta y el ambiente liviano y familiar, eran elementos imprescindibles cuando Adriana y Peter soñaban con montar un bar de tapas, “al estilo ibérico”, como lo describen ellos. Hace muchos años, cuando de niño viajaba con su padre holandés y su madre colombiana de Ámsterdam a Madrid, a Hoogeveen lo hipnotizaban esos espacios repletos de gente de todas las edades que, de pie o sentados, fumaban, comían y bebían, entre música y pequeños platillos que se compartían y se rotaban. Para Adriana, de igual manera, siempre es grato recordar las tardes que pasó en La Champañería de Barcelona, donde descubrió cuando era estudiante el arte de “tapiar”.

Por eso, cuando por fin se conocieron y se enamoraron, fue fácil decidir qué hacer: una versión bogotana y a domicilio de esta tradición medieval española, cuyos orígenes aún son difusos, aunque una leyenda se lo atribuye al rey Alfonso el Sabio, quien habría ordenado que en las tabernas se vendiera vino acompañado de un pequeño bocado de comida.

Siglos después, el experimento de tapas a domicilio de Adriana y Peter no tuvo mucho éxito. Sin embargo, enamorados de la cultura del tapeo, “una cultura para compartir, conversar, ser amigos”, se mudaron a La Macarena, donde abrieron su primer bar: Tapas  Macarena, una acogedora esquinita, de cinco mesas, en el límite sur de este sector.

Han pasado dos años y ahora los clientes de Tapas participan con complicidad del proyecto de Peter y Adriana: empezar a crear, con La Tapería, un circuito donde la gente vaya de un lado al otro, pidiendo una o dos tapas (las cartas son diferentes; vale la pena indagar por las morcillitas con salsa de uchuvas, los pinchos de chorizo y los rollitos de jamón serrano con zucchini) con una o dos copas de vino por cada lugar. El plan es delicioso. Y por estos días de jornada taurina se acompaña con una ronda de canto flamenco, a cargo de una pareja de músicos que también reside en el barrio y que se pasan todos los jueves por el lugar.

Con las tapas, entre $10 mil y $20 mil, una buena noche no supera los $35 mil por persona. Esto, si el cliente no se queda más de la cuenta hipnotizado por la música y la conversación de los dueños de casa, que logran demorar al comensal hasta el cierre. Claro, y por el pinball, que cada noche espera que algún chico deposite una moneda...

Direcciones

La Tapería: Cra 4A #26B-12.

Tapas Macarena: Cra 4A# 26-01.

Por Juan Camilo Maldonado T.

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