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Un tendero de versos

Poeta y novelista, los críticos lo consideran el principal renovador de la poesía amorosa en Colombia. La próxima semana viajará a la Feria de Guadalajara a presentar su última novela, Una voz interior.

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Fernando Araújo Vélez
21 de noviembre de 2007 - 05:47 p. m.
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En sus tiempos de universitario, finales de los años 60, fue un perdedor empedernido en el parqués, aunque jamás faltó a la cita de los dados que precedía sus eternas noches de tinto, cigarrillo sin filtro y estudio. Solía llegar a la casa de sus amigos con los códigos y los libros de leyes y algún tomo de poesía bajo el brazo, con el nudo de la corbata corrido, y un comentario escéptico disfrazado de optimismo sobre el futuro de su equipo del alma, el DIM. Tal vez fue fanático del Medellín toda su vida, porque las derrotas siempre fueron una noble condición para los poetas. "Mi sangre fue, es y será roja escarlata", solía decir desde entonces. Tal vez, simplemente, heredó aquella pasión roja de su padre, y de los amigos de su padre, que iban a hablar de fútbol y de política todas las tardes al almacén El Mar que tenía don Alfonso Jaramillo en pleno centro de Medellín, al lado izquierdo de la iglesia Veracruz.

Muchas veces Darío Jaramillo trabajó allí. Leía entre cliente y cliente, escribía, soñaba. En el colegio, sus autores predilectos eran Salgary, Mark Twain, Julio Verne. Luego, cuando volvía de vacaciones de Bogotá, se perdía entre el Nocturno de Silva, un texto perdido en una revista literaria de la época sobre Borges, y sus propios intentos. "Los detonantes para que yo empezara a intentar versos aparecieron, invento una fecha aproximada, a mis 15, 16 años, por ahí en 1963, y fueron el descubrimiento del Canto a mí mismo de Walt Whitman y de las Obras completas de León de Greiff, que editó Alberto Aguirre, el librero donde mi padre me autorizó para pedir libros".

Ya en la Javeriana, mezclado entre algunos de los poetas de los últimos años 60 que se reunían en torno de las páginas literarias de Vanguardia, bajo la tutoría de María Mercedes Carranza, descubrió a Cernuda, a Kavafis, a Pessoa y de nuevo a Borges, pero también a unos cuantos novelistas, "pues siempre fui un lector compulsivo de novelas". Melville, Dickens, Flaubert, Tolstoi y Conrad y tantos otros, casi todos anteriores a 1900, lo llevaban a un mundo de tramas, ilusiones y caídas del que retornaba casi desnudo a su vida de aprendiz de abogado. Alguna vez dejó olvidada en casa de un amigo una releída biografía sobre Dostoievski, repleta de apuntes, signos, garabatos, con una hojita suelta que le recordaba una cita para el día siguiente con el padre Giraldo, por aquellos tiempos, decano de la Facultad de Derecho.

En una página desteñida tenía subrayada varias veces una frase que Dostoievski le había escrito a su hermano mayor: "Tengo un proyecto: volverme loco". Unas líneas más adelante señalaba una escena en la que el escritor, a punto de ser decapitado por "conspirador", le preguntaba a su compañero de pena si podía contarle un cuento que se le acababa de ocurrir. Sus libros eran fuentes inagotables de análisis para él, que incluso muchos años más tarde, se definiría como un tendero aplicado. "Lo sigo siendo ahora que no tengo compromisos laborales con el Banco de la República, por ejemplo. Todos los días me levanto a las seis y media de la mañana, sin necesidad de despertador, y enciendo la radio y leo los periódicos".

Hoy, dice, está dedicado "fundamentalmente a nada", después de haber permanecido 20 años como subgerente cultural del banco. Anda sin corbata, sin agendas impuestas, sin más nostalgias por su antiguo trabajo que las de algunos afectos, "que son para toda la vida, por otra parte", y sin que le hagan falta en lo más mínimo "los distintos roles que tuve que cumplir allá". Escribe, como siempre. Se le van apareciendo las imágenes, los versos. "Sin obsesiones, yo no pretendo que una obra mía vaya a torcer el ritmo de la humanidad. Para mí, escribir es un juego, un juego que disfruto y que no me duele, y me gustaría que se notara en mis textos".

Sufrió, como todos. Amó, perdió. Recorrió Bogotá de noche y a pie en más de una ocasión, sólo para ofrecerle una serenata desafinada a un amor. Se alió con el humor. Y sus primeros poemas fueron el reflejo de aquella alianza. Como escribió Mario Jursich, "Jaramillo comenzó escribiendo una poesía irónica e intelectual. En ella dominaban las citas, el tono humorístico y la parodia de los mitos e instituciones literarias".

Un día de 1989, en el campo, pisó una mina quiebrapatas y estuvo cuatro meses entre la vida y la muerte, más muerto que vivo. Perdió un pie. Luego hizo un poema que llamó ‘Desollamientos'. "Sin pie mi cuerpo sigue amando lo mismo/ y mi alma se sale al lugar que ya no ocupo,/fuera de mí:/no, no hay aquí símbolos,/ el cuerpo se acomoda a la pasión/y la pasión al cuerpo que pierde sus fragmentos/y continúa íntegro, sin misterios incólume./Contra la muerte tengo la mirada y la risa,/soy dueño del abrazo de mi amigo/y del latido sordo de un corazón ansioso./Contra la muerte tengo el dolor en el pie que no tengo,/un dolor tan real como la muerte misma/y unas ganas enormes de caricias, de besos,/de saber el nombre propio de un árbol que me obsede,/de aspirar un perdido perfume que persigo,/de oír ciertas canciones que recuerdo a fragmentos,/de acariciar mi perro,/ de que timbre el teléfono a las seis de la mañana,/de seguir este juego".

Siguió con el juego, porque a ciencia cierta nunca ha estado seguro de lo que es la realidad. "No entiendo muy bien lo que llamamos realidad. Y tampoco sé quién o quiénes soy. Todo me cambia a tal velocidad, que no alcanzo a captar y cualquier asunto que aclare de mí, es rebasado por el tiempo". Aún así trata de entender, aunque a veces entiende tantas cosas que termina por sospechar de todas ellas.

SU OBRA

Poesía

Historias. 1974.

Tratado de retórica. 1977.

Poemas de amor. 1986.

Cantar por cantar. 1992.

Novela

La muerte de Alec. 1983.

Cartas cruzadas. 1994.

Novela con fantasma. 1994.

La voz interior. 2007

Por Fernando Araújo Vélez

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