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Colombia quedó en silencio este 10 de enero. La muerte de Yeison Jiménez, ocurrida en un accidente aéreo en Boyacá, sacudió al país entero y dejó una sensación compartida de incredulidad. No solo se fue uno de los artistas más influyentes de la música popular contemporánea; se apagó una voz que había aprendido a cantar desde la carencia y desde la necesidad de sobrevivir.
Su historia —larga, áspera, contradictoria y profundamente humana— no se entiende desde el éxito, sino desde todo lo que ocurrió antes de su época dorada. Por eso, desde la revista Vea y El Espectador, recordamos con profunda nostalgia y respeto la historia del cantante caldense cuya voz se apagó para siempre este sábado.
Yeison Jiménez, del niño soñador al hombre que creó un imperio
Yeison Orlando Jiménez Galeano nació el 26 de julio de 1991 en Manzanares, Caldas. Su infancia estuvo lejos de cualquier ideal romántico. Creció en medio de dificultades económicas severas, sobre todo tras el divorcio de sus padres, y en un entorno donde la música no fue un lujo ni una vocación artística, sino un refugio.
Desde niño participó en festivales y concursos, no tanto por ambición, sino porque cantar era una de las pocas cosas que le daba sentido y alivio. Muy pronto, sin embargo, la vida lo obligó a enfrentarse a responsabilidades que no correspondían a su edad.
La llegada a Bogotá marcó uno de los capítulos más duros de su vida. Junto a su madre y hermana menor se instaló en condiciones precarias, cerca de Corabastos, epicentro del comercio informal y también del desgaste cotidiano. Allí trabajó desde adolescente como vendedor ambulante, cargando bultos, ofreciendo aguacates y otros productos para llevar algo de dinero a casa. Pero hubo momentos en los que eso no fue suficiente.
En algunas entrevistas, Yeison Jiménez habló sin orgullo —pero con honestidad— de las decisiones equivocadas que tomó en medio de la desesperación. Contó, con una crudeza difícil de asimilar, la impotencia de ver a su hermana menor sin leche, de no poder responder como hermano ni como hijo. Reconoció haber cruzado límites y haber estado cerca de la prisión. No lo narraba como hazaña, sino como advertencia: el hambre, según dijo, también empuja a buscar cualquier salida.
Ese fondo del pozo fue, paradójicamente, el punto de quiebre. La música dejó de ser solo una ilusión y se convirtió en una salida concreta. Pero Yeison entendió algo que pocos artistas asimilan tan temprano: el talento, por sí solo, no garantiza nada. Había que moverse, insistir e incomodar.
Con sus primeras grabaciones en formato físico —CDs costeados con sacrificio y deudas— comenzó a recorrer Bogotá a pie, entrando a locales comerciales, bares, tiendas de música y cantinas. Ofrecía su trabajo sin intermediarios, soportando rechazos, miradas de desconfianza y silencios incómodos. En más de una ocasión recordó esa etapa como una de las más humillantes, pero también como la más formativa. Ahí empezó a entender el negocio, la lógica del público y la importancia de no esperar validaciones externas.
Los primeros frutos de una carrera llena de éxito
Ese aprendizaje artesanal fue el cimiento de todo lo que vino después. Poco a poco, su música empezó a circular en emisoras regionales. Canciones como Aventurero, Maldita traga, Vete o Cómo duele comenzaron a conectar con una audiencia que no se sentía representada por discursos pulidos, sino por letras directas, cargadas de rabia, desamor, orgullo y frases del día a día.
Para todos fue claro, desde el principio hasta el final: Yeison Jiménez nunca cantó desde la pose, cantó desde la herida. Y eso, en la música popular y regional, tiene un peso especial.
A diferencia de otros artistas del género, el caldense asumió un control casi total sobre su carrera. Compositor prolífico, productor de su propio proyecto y estratega incansable, fue construyendo una marca que trascendía la canción puntual.
Temas como Ni tengo ni necesito, Por qué la envidia, Bendecida, De pura rabia o MLP no solo fueron éxitos radiales y digitales; se convirtieron en consignas para un público que veía en él una validación de su propia historia. La música popular dejó de ser un nicho para convertirse, gracias a figuras como la suya, en un fenómeno masivo con códigos propios. No por menos fue elegido como uno de los personajes del 2025 en El Espectador.
El crecimiento fue sostenido. Llegaron las giras nacionales, luego internacionales. Estados Unidos y Europa empezaron a recibirlo en escenarios llenos de comunidades latinas que replicaban la misma conexión emocional. Al mismo tiempo, Yeison Jiménez expandió su proyecto más allá de la música: invirtió en negocios, habló sin tapujos de dinero, de disciplina y de visión. Para muchos, ese discurso fue incómodo; para otros, inspirador. Lo cierto es que él nunca ocultó su ambición, porque la entendía como una respuesta directa a todo lo que alguna vez le faltó.
El reconocimiento institucional también llegó. Premios, nominaciones y presencia en formatos de alto alcance, como Yo Me Llamo, lo posicionaron ante audiencias que antes no consumían música popular. Su figura empezó a leerse no solo como la de un cantante exitoso, sino como la de un referente cultural capaz de dialogar con distintos públicos sin traicionar su origen.
La vida detrás del ícono musical
En lo personal, Yeison encontraba equilibrio en su familia. Su esposa Sonía Restrepo fue, durante años, un soporte silencioso pero determinante, y sus hijas —a quienes mencionaba con frecuencia— se convirtieron en el centro de su vida fuera del escenario. La paternidad lo transformó: lo volvió más consciente del tiempo, del riesgo, del legado. En entrevistas, como la que concedió en septiembre de 2023 a Vea junto a su esposa, hablaba menos del éxito y más de la responsabilidad de estar presente, de no repetir ausencias.
El punto culminante de su carrera llegó con el Estadio El Campín. No fue un concierto más. Fue una promesa cumplida. Yeison Jiménez se convirtió en el primer artista de música popular colombiana en llenar en solitario el escenario más emblemático del país. Más de 45 mil personas corearon canciones que habían nacido en cantinas, calles y radios pequeñas. Para el género, fue un antes y un después. Para él, una reivindicación total: el niño de Manzanares, el joven que cargó CDs por Bogotá, estaba de pie en el centro simbólico de la industria musical colombiana.
Ese estadio terminó siendo, también, el último. La ironía no pasó desapercibida. En más de una ocasión, Yeison Jiménez había hablado de sueños premonitorios, de presentimientos, de una relación intuitiva con la muerte que nunca abordó desde el miedo, sino desde la aceptación. Hoy, esas palabras resuenan con una fuerza distinta, aunque el país aún no logra procesarlas del todo.
Su muerte repentina dejó proyectos inconclusos, giras en marcha y una sensación colectiva de vacío. Pero también dejó algo más sólido: una obra, una narrativa y una prueba viva de que la música popular puede ser, al mismo tiempo, cruda y digna, masiva y honesta.
Yeison Jiménez no fue un artista perfecto. Fue, precisamente, lo contrario: un hombre atravesado por errores, contradicciones y decisiones difíciles. Y ahí radica su legado. En haber demostrado que el origen no se borra, que el pasado no se niega, y que incluso desde los lugares más oscuros se puede construir algo que valga la pena ser escuchado.
Hoy, Colombia no solo despide a un cantante. Despide a alguien que supo contar, con voz propia, la historia de muchos. Por eso, desde la revista Vea y El Espectador lamentamos la muerte de Yeison Jiménez y enviamos sentidas condolencias a toda su familia.
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