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Desde ese entonces

La plaza de Bogotá fue reinaugurada en 1938, año en que celebraron 400 años de fundada la capital, con una nueva cara “hermosa y morisca”, obra ordenada por el alcalde Carlos Sanz de Santamaría con planos del arquitecto español Santiago de la Mora ejecutados por Miguel Hartmann.

Alfredo Molano Bravo
01 de febrero de 2017 - 09:03 p. m.
Un mozo de espadas se prepara para salir al ruedo durante la segunda jornada de la temporada taurina de Bogotá. / Mauricio Alvarado - El Espectador
Un mozo de espadas se prepara para salir al ruedo durante la segunda jornada de la temporada taurina de Bogotá. / Mauricio Alvarado - El Espectador

La Santamaría comenzó a rivalizar con las de México y Lima, competencia validada por la presencia de Domingo Ortega, quien toreó el primer encierro de la ganadería Venecia de doña Clara Sierra. La temporada del 38 fue, sin embargo, trágica: en una revista aérea en Usaquén un avión cayó sobre la tribuna en que estaban el presidente López Pumarejo y su sucesor, Eduardo Santos, que salieron ilesos. Hubo 50 muertos. (Lea aquí: Tarde de hueso)

El público de Bogotá era ya una afición madura que entendía la profundidad de Ortega, un torero al que más que dominio sobre los toros, le reconocía Cossio el poder sobre ellos. Llevaba el duende en las zapatillas, decían. Don Agustín Nieto Caballero, notable educador, escribió: “La fiesta de toros merece llamarse fiesta brava. Así lo han entendido muchas madres que ahorraron en estos días en calzado y útiles escolares de sus muchachos para poder proporcionarles la honda emoción de ver a Domingo Ortega”.

Con el maestro de Borox se inició una gran época: torearon los Dominguines –Luis Miguel recibió la alternativa en la Santamaría–, que andaban por América exiliados por ser comunistas; Conchita Cintrón, la "Diosa blanca", toreó siete tardes seguidas e inspiró una peña, la de los Conchitos, presidida por don Guillermo Cano. Se Hubo toros de Miura, Buendía y Murube; hicieron el paseíllo Morenito de Valencia, Gitanillo de Triana, Cagancho y Noaín, espadas famosas en España y México.

El 7 de abril de 1946 la plaza recibió con un largo aplauso a Manuel Rodríguez, Manolete; tenía entonces 30 años y estaba en la cúspide de su carrera. Era un torero inmóvil, vertical, hondo. Toreó en la Santamaría tres tardes y volvió en 1948. Mi abuelo me llevó de su mano a verlo. No lo recuerdo toreando sino mirando desde el callejón.

Para el 11 de abril, dos días después del asesinato de Gaitán, estaba anunciado Pepe Luis Vásquez, cuyo arte era “profundo como la espuma” y quien casi perece en el incendio del hotel donde se alojaba aquel fatídico 9 de abril. El comienzo de los años 1950 será recordado por el comienzo de la rivalidad entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, que diez años después fue recogida por Ernest Hemingway en su obra El Verano Sangriento. Con la violencia desatada por la Restauración Conservadora, las corridas en la Santamaría cayeron en un profundo declive.

En 1950, Laureano Gómez envió el Batallón Colombia a pelear contra los comunistas en Corea y el país entró en la Guerra Fría y definitivamente en la órbita de la cultura anglosajona, enemiga jurada de la fiesta. En 1954, Rojas Pinilla declaró ilegal el Partido Comunista a instancias de la doctrina del senador McCarthy. En 1956 tuvo lugar una matazón que la afición todavía llora. En la corrida del 29 de enero el público aplaudió a Lleras Camargo, cabeza de la oposición, y silbó a María Eugenia, la hija del dictador. Para la corrida del domingo siguiente, el Gobierno compró 7.000 entradas que repartió entre los seguidores de Rojas y los tenebrosos agentes secretos. Toreaban el venezolano César Girón, Chicuelo II y Dámaso Gómez, con toros de Achury Viejo. En las graderías se volvió al grito: "Lleras sí, Rojas no". Entonces, empezó la golpiza. La embajada americana reportó dos muertos; El Independiente –nombre de El Espectador clausurado– denunció 18 muertos. Hubo 10 orejas y el Gobierno tapó la tragedia. Digo ahora, fue lo que habría podido suceder el pasado domingo 22 si las turbas antitaurinas hubieran entrado a la Santamaría. Para entonces ya eran plazas de primera las de Medellín, Cali, Cartagena y Manizales.

A fines de los 1950 recibieron la alternativa Joselillo de Colombia, y Pepe Cáceres, después de una corta temporada en España, a los que siguieron Manolo Zúñiga, Vázquez II, Pedro Domingo, El Puno y otros menos renombrados. Alternaron con espadas –como Luis Miguel, que quería entrañablemente a la Santamaría–, Diego Puerta, Paco Camino, Santiago Marín, El Viti y Manuel Benítez el Cordobés. Se lidiaban toros de las ganaderías Mondoñedo, Aguasvivas, Vistahermosa, Ambaló, Venecia, Achury Viejo y otras menos conocidas como Las Fuentes, El Socorro, Las Mercedes, Fuentelapeña, Pueblito Español. Por las graderías desfilaron políticos de fama como López Pumarejo, Jorge Eliécer Gaitán, Germán Arciniegas, Laureano Gómez, Belisario Betancur – gran aficionado–. La única muerte en la plaza fue la del charro mexicano Bañales, en un jaripeo. Un toro cebú blanco lo ensartó por un ojo y le destrozó la cabeza. Lo presencié aterrado.

Los años 1970 fueron dominados por grandes toreros. Palomo Linares, valeroso; Ángel Teruel, gran banderillero; el llorado y poderoso Paquirri; Dámaso González, llamado el Rey del temple, que toreaba todo lo que le soltaran; José Mari Manzanares, el más artístico; El Cali; Paquito Esplá, lidiador; el Niño de la Capea; Roberto Domínguez; Curro Vázquez; Ortega Cano. Habría que esperar todavía una década para que la adversidad y la pasión crearan un Cesar Rincón, que nos deslumbró con su verdad en los 1990, y a Joselito, Espartaco y Juan Mora, que citaba de frente. Y hoy están presentes José Tomás, arte y temeridad; Ponce, fino truquista; Juli, obrero de la fiesta, y Morante, ángel encarnado.

Primero fue la invasión de la aplastante cultura anglosajona con sus guerras sangrientas y su embeleco por las mascotas. Luego, la televisión con su mundo ficticio y artificial. Ahora, y sin remedio, la globalización aplastante del consumo y de los temibles héroes de plástico. Son las fuerzas que han criado el movimiento antitaurino, cuyos jefes –autoritarios y brutales– son pagados con dineros holandeses, ingleses y norteamericanos. En el país, esa ola mundial es aprovechada de manera oportunista por los políticos de corte populista como Petro, y de corte aristocrático como Peñalosa. 

Hoy, cuando escribo esta crónica, la Corte Constitucional debe decidir si autoriza que una mayoría antitaurina se vaya lanza en ristre contra una minoría pacífica de aficionados a las corridas de toros. Se inauguraría así un período en que se aplastarán también con plebiscitos los derechos al aborto, al matrimonio homosexual y a la muerte asistida, todo en nombre de la modernidad.

Por Alfredo Molano Bravo

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