Hace casi siete años, Leandro Gómez dejó Colombia y se estableció en Sydney, Australia para estudiar. Es bogotano, trabaja como especialista en marketing y creación de contenido, y los sabores de su infancia se han convertido en un vínculo esencial con su identidad lejos de casa.
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A través de sus redes sociales comparte su vida de latino en el extranjero, pero hay un hilo que conecta todos sus recuerdos: la comida colombiana. Los sabores de su país ahora viajan en el morral que carga a diario, alegrando a otros migrantes que, como él, extrañan sus raíces. Para Leandro, estos productos son puentes que detienen el tiempo y despiertan el sentido de pertenencia.
En Australia, descubrió que la comida no solo evoca nostalgia, sino que mantiene viva la identidad. “Aquí, la diversidad hace que la comida sea la primera introducción a una nueva cultura. Como colombianos, mostrar lo que somos y lo que tenemos para ofrecer también pasa por la comida”, dice.
Su iniciativa de regalar productos colombianos nació de un recuerdo personal. “En un momento rutinario y aburrido, me di cuenta de que conseguir algo de mi país era un tesoro. Recordé los recreos, las vacaciones y los momentos felices que siempre estuvieron ligados a lo que comía”. Un día, simplemente decidió regalar golosinas de tradición a colombianos en el centro de Sydney.
Las reacciones fueron tan emotivas y cercanas a sus primeros días en el otro continente que decidió compartirlo en redes, para que otros también sintieran la conexión con el anhelo de volver. La gran pregunta es: ¿cómo identifica a los colombianos?
“Los reconozco por cómo van vestidos, por los zapatos, por los rasgos faciales; algunas veces, por la marca de la maleta que llevan y hasta por el uniforme de trabajo que traen puesto. Con tantos años por acá, uno aprende a diferenciarlos de las demás nacionalidades, aunque una que otra vez también me equivoco (risas)”.
Leandro se ha dado cuenta en en el ejercicio, que todos los colombianos, con un solo bocado o incluso imagen, añoran las conversaciones entre amigos a la salida de un partido de fútbol, las visitas los domingos por la tarde en casa de las abuelas o la comida que preparaban las mamás. “La gastronomía se convierte en una forma de construir comunidad y mostrar Colombia al mundo”, cuenta.
Sostiene además que, aunque estando lejos, la comida ayuda a mostrar la llama de la autonomía colombiana, esa que expone la calidad y el espíritu familiar de su gente. “A través de un desayuno, almuerzo, cena u onces, enseñamos nuestra cultura y creamos conexiones que trascienden la distancia, y el solo hecho de cambiar el día de alguien dándole un pedazo de su lugar de origen” ya abre otras conversaciones.
“A lo lejos se ve mi pueblo natal, no veo la santa hora de estar allá, se vienen a mi mente bellos recuerdos, infancia alegre que yo nunca olvidaré”
Esta añoranza por los sabores de casa es compartida por muchos colombianos que viven fuera del país, desde madres que envían arepas y empanadas a sus hijos en otras ciudades, hasta recién llegados que buscan en mercados locales los ingredientes exactos para recrear el ajiaco o el sabor de la carne a la llanera de los domingos.
A kilómetros de distancia, hablamos desde El Espectador con nueve colombianos que viven en diferentes países del mundo y buscan a diario, desde las cocinas de Estados Unidos hasta los apartamentos en Chile o los hogares en Montreal, Canadá, crear recetas y adaptar técnicas que difundan la riqueza gastronómica de Colombia más allá de sus fronteras.
Y aunque no tienen un Leandro en sus lugares de residencia, él se ha convertido en un ejemplo para que cada comida se convierta en un ritual que mantenga viva la memoria de Colombia compartiendo con sus vecinos y sus nuevos amigos.
Adriana Nieto: de Bogotá a Montreal, Canadá
Se fue hace nueve años de Colombia y desde entonces vive en Montreal, Canadá, llevando consigo los sabores que guardan su infancia y su hogar. Extraña con intensidad el ajiaco y el puchero santafereño preparados por su abuela y su mamá, que le traen recuerdos imborrables de la vida en su país. Ha intentado recrear esos sabores en el extranjero, especialmente el ajiaco, pero nada logra igualar la magia de la mazorca y las guascas colombianas, ni la abundante variedad de frutas que allí crecen.
Descubre que cosas que antes pasaban inadvertidas, como la carne a la llanera, la morcilla, el mondongo o la mazamorra chiquita, hoy le provocan una nostalgia que no imaginaba. Cada bocado perdido es un vínculo con su tierra, un recordatorio de raíces que ni la distancia ni los kilómetros pueden borrar.
Omar Luna: de Bucaramanga a México
Extraña el caldo con huevo, arepa y queso, que le recuerda las mañanas en familia: su papá picando todo y su mamá haciendo su magia. Un plato que lo conecta con su ciudad, sus raíces y su país.
Ha intentado recrearlo en el extranjero, pero la tierra y los ingredientes hacen que nunca sea igual. “La cebolla junca se reemplaza con poro, el queso chitagá por Oaxaca, y el sabor se transforma”. Además, ahora valora más el mute que no encuentra con solo salir a la esquina de su ciudad. Hace catorce años tomó la decisión de irse de Bucaramanga para vivir en México.
María Fernanda Bernal: de Bogotá a Sydney, Australia
Sydney, Australia es su hogar hace una década, y no ha pasado un día en que no extrañe su hogar. Recuerda los buñuelos frescos que comía al bajar del bus y, sobre todo, la lechona, el plato que la lleva a revivir celebraciones familiares y momentos especiales que hoy parecen “inalcanzables”.
Ha intentado preparar platos típicos como el salpicón, “pero la fruta aquí carece del sabor auténtico, eso pasa con la patilla; la papaya y la piña requieren paciencia y suerte, mientras que el plátano verde y las guascas frescas son casi imposibles de conseguir”. Incluso recetas que antes pasaban inadvertidas, como la changua, hoy despiertan un deseo profundo de revivir los sabores exactos de su infancia, recordándole que cada ingrediente es un vínculo con la tierra y la familia que dejó atrás.
Laura Redondo: de Bucaramanga a Chile
La comida casera viene a su mente una y otra vez desde que se fue a hacer familia hace 10 años con su novio de la universidad. Extraña los sabores agridulces que la conectan con su hogar: ensaladas, bocadillo con queso, melao de panela con almojábana, son recuerdos de momentos simples, pero llenos de calidez.
Ahora que tiene dos hijas ha intentado recrear esos platos, pero “la papa criolla o amarilla nunca sabe igual, las que se encuentran son importadas de Ecuador y, además de ser costosas, no saben igual”. Otros ingredientes como el guineo, el ñame, las guascas o el condimento de color son casi imposibles de conseguir.
No deje de leer: Guascas: de dónde son, para qué sirven y por qué son clave en la cocina colombiana
Karen Martínez Rojas: de Bogotá a Estados Unidos
Establecerse en Estados Unidos ha sido un reto para su paladar. Desde que se fue de Colombia, hace 11 años exactamente, el sabor del ajiaco ha sido un recordatorio de su ciudad. Aunque ha intentado replicar la receta de tradición, casi no logra encontrar los ingredientes que lo hacen tan especial, porque nunca saben igual, asegurando que muchas veces los productos que llegan a su país de residencia llegan deshidratados o precocidos, alterando por completo el sabor original.
Desde la distancia, incluso aquellos sabores que antes no valoraba, como los dulces y postres colombianos, hoy despiertan en ella una nostalgia inesperada.
Rosy Palma: de Barranquilla a Gainesville, Florida, Estados Unidos
Hace un año que esta colombiana empacó el Carnaval de Barranquilla para trasladarlo a otra cultura. El sentido del gusto es el que más ha desarrollado estando en Estados Unidos. Extraña profundamente los sabores de Colombia, especialmente los bollos que marcaron sus desayunos de infancia, los de mazorca, de angelito, de millo, y sobre todo el de yuca, su favorito, el que podía comer todos los días.
Preparar otras propuestas colombianas en el extranjero, como el arroz de coco o bollo de mazorca usando “sweet corn cream style”, no ha sido tarea fácil “nunca logro el mismo resultado, ya que no solo dependen de los ingredientes, sino también del método de preparación y de utensilios como el caldero”. Además, le resulta difícil conseguir productos típicos como queso costeño, suero costeño y ají topito, y extraña frutas como bananos dulces, mangos variados, ciruelas y zapotes.
Sabores que cruzan fronteras: tres chefs colombianos en el extranjero
Salir de Colombia significó para Moris Moreno, Miller Prada y Federico Trujillo no solo mudarse de país, sino también enfrentar la ausencia de los sabores que definieron sus raíces.
Moris Moreno, oriundo de Boyacá y quien actualmente reside en Londres, confiesa que extraña “profundamente las sopas y los asados, que me recuerdan mi hogar. Intentar preparar ajiaco fuera de Colombia ha sido un reto, nada logra igualar el sabor de las guascas y las papas auténticas; los sustitutos solo son un eco lejano de lo que conozco”.
Incluso las frutas típicas, como corozo, mamey, mamoncillo, zapote o curuba, son difíciles de conseguir, y cada bocado perdido se convierte en un hilo que lo une a su tierra. Ingredientes que antes pasaban desapercibidos ahora cobran un nuevo significado, como la granadilla, la feijoa o el lulo.
Miller, también vive en Londres pero cuenta con un recorrido internacional más amplio por su profesión, que incluye Sydney, Hong Kong, Miami, Lima y Dubái, recordando con cariño la manera en la que se trabaja el maíz en Colombia. “Los tamales, los envueltos, especialmente los de mi abuela, y las arepitas me llevan a memorias entrañables de la cocina de casa y de mi infancia”.
Aunque confirma que hoy se consiguen algunas frutas colombianas en la ciudad, “ninguna se siente igual que en Colombia, muchos ingredientes naturales y culturales simplemente no llegan, dificultando recrear los sabores auténticos”.
Por su parte, Federico Trujillo quien hace un tiempo vive en Guayaquil, Ecuador, recuerda los sabores que lo conectan con su país, evocando con nostalgia “un sancocho bien hecho, los tamales cartagüeños y, especialmente, la arepa, que es fundamental en cada comida, como el pan de mi cultura paisa”.
Preparar ajiaco fuera de Colombia es imposible de igualar. Como Moris y otros colombianos en el exterior, manifiesta que “las guascas, la combinación de ingredientes y hasta el caldo de cubito varían según el país, y la arepa con queso nunca se consigue del mismo modo”. Trujillo ansía fuera de su natal Colombia “un guandolo con limón bien frío”, reconectando con la sencillez de la cocina de su hogar.
La comida como memoria: sabores que sostienen la identidad en la migración
Para muchas personas migrantes, los sabores del país de origen no son solo una cuestión de gusto, también se transforman en un vínculo emocional con la propia historia y con la sensación de “volver a casa”.
Según la psicóloga Viviana Daza Alayón, de la Universidad Konrad Lorenz, esto se debe a que la migración implica la pérdida de referencias estables de la vida cotidiana, como el idioma, los paisajes, los sonidos y las rutinas sociales. “Cuando alguien migra, se genera una desorganización intensa que a veces alcanza lo que podríamos llamar una desorganización identitaria. Por eso, la comida se convierte en un estímulo que podemos controlar y que nos conecta con algo que reconocemos”, explica.
La comida tiene un vínculo directo con la memoria autobiográfica. “Uno recuerda cómo su mamá preparaba ciertos platos, cómo hacía el jugo de maracuyá, cómo disponía los ingredientes y eso funciona como un regulador emocional”, asegurando además que “a nivel neuropsicológico, el gusto y el olfato están estrechamente conectados con las emociones y la memoria, de modo que un aroma o un sabor puede traer inmediatamente recuerdos, aunque uno no se hayan recordado conscientemente”.
Para la experta, los platos específicos evocan nostalgia porque se vinculan con la infancia, la familia y rituales como cumpleaños o Navidad, creando un sentido de pertenencia. “Cocinar y compartir comida funciona como regulación emocional temprana, asociando ciertos sabores con amor y seguridad. Además, la memoria gustativa ayuda a sostener la identidad cultural en la migración, conectando pasado y presente, y fortaleciendo vínculos familiares y sociales”.
Extrañar un sabor no es solo añorar un alimento, sino todo lo que representa en términos de afecto, recuerdos y pertenencia. Para el migrante, en este caso el colombiano, cada bocado es un tiquete de vuelta a casa, con sabor a cultura y raíces. Porque, al final, “el buen hijo siempre vuelve a casa”.
Y usted, que está lejos de su tierra, ¿a dónde acude para conseguir sabores colombianos en su país de residencia? Lo leemos en los comentarios.
Si te gusta la cocina y eres de los que crea recetas en busca de nuevos sabores, escríbenos al correo de Tatiana Gómez Fuentes (tgomez@elespectador.com) para conocer tu propuesta gastronómica. 😊🥦🥩🥧