El perro caliente, o “hot dog”, es quizá una de las comidas callejeras más populares de la gastronomía mundial. Su llegada al paladar de los comensales se popularizó hacia finales del siglo XIX y principios del XX, transformándose en un ícono de la comida rápida estadounidense.
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Algunos afirman que la idea de poner salchichas dentro de un pan viene de inmigrantes alemanes que trajeron sus “frankfurters” o “wieners” a Estados Unidos durante la época; no obstante, fue Harry Stevens quien comenzó a comercializarlos en diferentes encuentros deportivos de beisbol y fútbol americano. Allí empezó a hacer historia esta receta, gracias al famoso llamado del vendedor: “¡Pida su perrito caliente!”.
Y es que las recetas de comida rápida suelen adaptarse a los gustos y tradiciones de las cocinas de diferentes países. El perro caliente, por ejemplo, ha encontrado lugares como Colombia, donde los ingredientes locales son protagonistas de un sinfín de combinaciones. Creatividad e ingenio que han sido reconocidas recientemente por la guía gastronómica global TasteAtlas.
“El perro caliente colombiano es una variedad del ‘hot dog’ que se caracteriza por su gran tamaño y aderezos inusuales”, afirmó la guía, dándole una calificación de 4 puntos sobre 5, posicionándolo como uno de los mejores exponentes de la gastronomía latinoamericana, junto a propuestas como el Completo de Chile (4.2), el Cachorro Quente de Brasil (4.0) o el Pancho de Uruguay (3.8).
Pero ¿qué hace diferente al perro caliente colombiano de otros del mundo? Según Óscar González, chef de Innato Cocina, esta preparación es la mejor forma de celebrar la abundancia del país, sosteniendo que “la identidad gastronómica también nace en las esquinas, en los carritos y en las manos de muchas personas que cocinan no solo para sobrevivir, sino también para sentir la alegría de ser anfitriones”.
Para el santandereano el perro caliente es una expresión de lo que pasa alrededor de la gastronomía colombiana, es decir, la suma de la generosidad, los colores, contrastes y el afecto. “El perro caliente simboliza la capacidad de tomar una preparación global y volverla profundamente local, cargándola de salsas, texturas y personalidad”.
Desde su experiencia, reinterpretar el clásico perro caliente es un acto de respeto y mientras en otros lugares predomina la simplicidad del pan, la salchicha y uno o dos aderezos, “aquí en Colombia aparece una sinfonía de elementos: papas trituradas, queso rallado, piña, salsas dulces y ácidas, toques crujientes y cremosos”, menciona.
En su restaurante, selecciona ingredientes y texturas que sorprenden donde sobresalen salsas equilibradas, elementos crujientes y cremosos. El pan es de papa nativa que viene de Nariño, Boyacá, Cundinamarca, Tolima Grande y Santander; y para el armado de estos recurre a la mostaza en semilla, queso costeño, suero costeño, piña, BBQ de guayaba, salsa de ajo nacional y hasta chimichurri de feijoa.
“Para mí (y seguramente para muchos cocineros) el perro caliente no es solo comida callejera, sino el ritual que cierra una larga jornada. Es complicidad. Es ese momento casi sagrado de salir después del servicio (cuando la adrenalina sigue alta) a buscar un carrito en la calle, comentar errores y aciertos, y reír sin jerarquías ni uniformes.
Esta construcción de contrastes refleja la diversidad cultural y geográfica del país, dándole libertad creativa a las regiones que lo vuelven único en cada rincón.
“El perro caliente en Colombia refleja una cocina mestiza, festiva y sin pretensiones”, sostiene Danny Benjumea, líder de fogones de Intruso Cocina, quien incluye esta opción en su menú para que el comensal “conecte con momentos vividos, fiestas, madrugadas y niñez, ”por eso, desde el restaurante, aprovechamos la versatilidad del producto colombiano, haciendo recetas reconfortantes para jugar con la memoria gustativa”.
Valorar la calle y mostrarla de otra manera, destacando su origen, es el propósito del restaurante ubicado en Bogotá. Aunque el perro colombiano tradicional lleva ripio de papa, en Intruso lo sustituyen por ripio de arracacha, donde además sobresalen sabores como el de la salsa BBQ artesanal de lulo ahumado combinada con tierra de tocineta, picadillos con carne y ajíes autóctonos como el topito, la salsa tártara típica de la comida rápida colombiana, plátano maduro y cerdo en salsa de cerveza, creando valor gustativo y diverso sin perder la esencia del plato.
El perro caliente colombiano se caracteriza por la abundancia de ingredientes y contrastes de sabor. La calidad es su carta de presentación, factor que incide en la decisión -según los cocineros- de turistas para elegirlo entre otras propuesta de comida casual, un claro ejemplo de mestizaje para quien saborea el producto.
“En un contexto dominado por el fine dining, la atención se dirige cada vez más hacia las cocinas populares con historia”, comenta Benjumea, encontrándose en el mismo punto con González, quien resalta la importancia de la cocina callejera como un reflejo de la esencia del barrio que evoluciona “con su entorno: la noche, la música y la economía cotidiana”.
Eso es lo que hace que el perro caliente colombiano sea auténtico y diferente; en cada una de sus variedades se percibe una capacidad identitaria del cocinero para contar historias reales de sus regiones, “sin sofisticarlo hasta hacerlo irreconocible”. Aquí la receta de éxito es la sorpresa de la despensa colombiana en cada bocado.
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Si te gusta la cocina y eres de los que crea recetas en busca de nuevos sabores, escríbenos al correo de Tatiana Gómez Fuentes (tgomez@elespectador.com) para conocer tu propuesta gastronómica. 😊🥦🥩🥧