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La delgadez como objetivo: ¿qué se esconde detrás de ese propósito de Año Nuevo?

Empezar el año queriendo bajar de peso se ha vuelto casi una costumbre. Frente a este escenario, expertas llaman a mirar con más cuidado qué motiva este propósito, cómo se relaciona con los discursos sobre salud, la gordofobia y por qué no siempre conduce al bienestar que promete.

Luisa Lara

10 de enero de 2026 - 07:00 p. m.
Foto: Jonathan Bejarano
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¿Sabía que uno de los propósitos para iniciar el año que más se repite es bajar de peso? Cada enero, este objetivo reaparece como un recordatorio constante de ir al gimnasio, cambiar la forma de comer y “mejorar” la salud, un objetivo que a simple vista es inofensivo, pues apunta al bienestar físico y mental. Pero, ¿qué pasa cuando se presenta como un mandato incuestionable en medio de un contexto mundial donde la atención parece concentrarse, una vez más, en los cuerpos delgados?

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El cierre de 2025 estuvo marcado por varias noticias que reforzaron, desde distintos frentes, el discurso que privilegia los cuerpos no gordos. Por un lado, se popularizó el uso de fármacos adelgazantes como Ozempic y la Organización Mundial de la Salud les dio un espaldarazo al incorporarlos en su Lista de Medicamentos Esenciales. Al mismo tiempo que calificó la obesidad como una “enfermedad crónica”, una definición que ha sido ampliamente debatida por sus implicaciones sociales.

En Estados Unidos, el presidente Donald Trump planteó la posibilidad de no entregar visas de residencia a personas que pudieran convertirse en una “carga pública” por motivos de salud, equiparando de manera problemática la gordura como sinónimo de “enfermedad”. Al mismo tiempo, las pasarelas de moda más grandes del mundo, como la Semana de la Moda de París, mostraron una baja representación de mujeres de “tallas grandes”. Escenario que coincidió con el renovado escrutinio mediático sobre cómo lucen las estrellas de Hollywood, elogiadas o señaladas por verse cada vez más delgadas.

Este panorama refuerza lo que se conoce como “violencia estética”, según expertas. Un tipo de violencia simbólica que impone estándares de belleza distorsionados, homogéneos e inalcanzables. Como señala la escritora feminista Esther Pineda, este fenómeno afecta de manera desproporcionada a las mujeres, sobre quienes recaen las presiones de cómo verse para la construcción de la feminidad, mientras que en los hombres la preocupación por la apariencia suele ser cuestionada. Solo basta con mirar la industria de la belleza, que tiene volcada su atención en ofrecer nuevos servicios para ellas, o notar cómo en las redes sociales aumenta el listado de regímenes alimentarios virales, como las “dietas de las princesas de Disney”. Un problema que, en definitiva, no afecta solo a mujeres gordas, ni implica una recriminación a quienes son delgadas, pero sí evidencia el juzgamiento que existe sobre la diversidad de cuerpos.

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Para la nutricionista con enfoque peso-inclusivo y PhD en Psicología, Paola Sabogal, esta “ola de delgadez” no es nueva. Explica que se trata de un ciclo recurrente en el que la dieta y el peso vuelven a ocupar un lugar central, especialmente en la vida de las mujeres, debido a presiones sociales, culturales y de género que aún están presentes en la sociedad. Mensajes que también tuvieron fuerza en los años noventa y en los primeros años de los 2000.

Hoy, ese mismo discurso regresa atravesado por la “era del Ozempic”, dice. Un medicamento que se presenta como “el supuesto fármaco milagroso que trata de resolver todo esto que la biología antes no había podido. Por supuesto, con las mismas fallas, pero por ahora con una promoción y un marketing que lo posicionan como una esperanza para las personas que no han logrado esa pérdida de peso de manera sostenible”, señala en entrevista con El Espectador.

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Sabogal aclara que este es un medicamento que cuenta con varios años de evidencia en el tratamiento de la diabetes mellitus no controlada, indicado originalmente para una población específica que no logra un control metabólico adecuado. Pero su ingreso en la industria de la dieta ocurrió cuando se identificó que generaba “cierta inapetencia, como síntomas incluso de anorexia; anorexia entendida como el no comer o el no alcanzar una ingesta adecuada”. Ese efecto secundario fue capitalizado por la industria del marketing, con “una dosis muchísimo más alta, que no estaba aprobada para ese efecto”, lo que ha derivado en demandas en Estados Unidos por efectos adversos como pérdida repentina de la visión, gastroparesia (parálisis estomacal), vómitos persistentes y complicaciones de la vesícula biliar.

Además, un análisis publicado por la revista médica The BMJ, encontró que las personas que dejan de utilizar estos medicamentos recuperan el peso perdido en menos de dos años. Se trata de una recuperación significativamente más rápida si se compara con el retorno al peso inicial que suele darse tras abandonar dietas y rutinas de ejercicio convencionales. Procesos que pueden tardar cerca de cuatro años.

La motivación de bajar de peso se puede esconder bajo varias presiones sociales

Sabogal explica que, “vivimos en una sociedad, especialmente en Colombia, donde los cuerpos en general, pero muy particularmente los de las mujeres, son supremamente fiscalizados”. Por eso, el deseo de bajar de peso no siempre responde a una motivación individual, sino a un aprendizaje social sobre los cánones de “belleza”.

“Nacemos en un sistema que nos invita a moldear el cuerpo constantemente. No es que las personas nazcan pensando que tienen que modificar su cuerpo; esto es algo que aprendemos en la cultura social. No juzgo a las personas que quieren hacerlo, lo que digo es que estamos en un sistema que nos obliga a ello”, comenta la nutricionista.

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Para Silvia Quintero, especialista en estudios feministas e integrante de la organización Gordas, se trata de un propósito que persigue a muchas personas de manera constante. Más allá de calificarlo como correcto e incorrecto, lo importante es preguntarse por qué se desea bajar de peso y qué hay detrás, dice. “Cuando una persona engorda, inmediatamente empieza a recibir malos comentarios; empieza a tener dificultades para encontrar ropa. Empieza, justamente, a vivir todas las formas en las que la gordofobia opera en el mundo. Cuando las personas quieren adelgazar, no lo hacen necesariamente por temas de salud, sino para evitar el rechazo”, señala en conversación con este diario.

Para nadie es un secreto que las personas gordas están expuestas a distintas formas cotidianas de discriminación. Desde su experiencia, Quintero las ha vivido: “Las sillas de los lugares a los que voy son muy incómodas o no quepo bien y me lastiman. Me pasa mucho que recibo comentarios o miradas odiosas, otras que vienen en forma de recomendaciones no solicitadas de dieta o de formas para perder peso. También comentarios sobre mis prácticas alimentarias”, cuenta.

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Por eso, la activista señala que está bien llegar a la decisión de bajar de peso si así se quiere, pero desde un lugar de autocrítica y reflexión. Pues muchas veces esa decisión no responde solo a un interés personal, sino al deseo de habitar la existencia de una forma menos dolorosa, menos violenta y menos excluyente. De ahí que valga la pena preguntarse contra qué se quiere luchar: si contra el cuerpo o desde la indignación que produce vivir estas situaciones de discriminación. “No es justo que las personas se sientan obligadas a someterse a cosas para bajar de peso que no les produzcan bienestar”, dice.

Para ejemplificarlo, Quintero pone el foco en la comida, “los seres humanos no comemos únicamente para tener un aporte de nutrientes. Comemos también para relacionarnos con otras personas, para recoger memorias, para sentirnos mejor”. Una experiencia que le suelen arrebatar a las personas gordas o que están preocupadas por el peso, quienes muchas veces se empiezan a relacionar con la alimentación desde el rechazo.

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Por otra parte, también cuestiona la normalización de alterar el cuerpo a toda costa o de someterlo al uso de medicamentos que quitan el hambre y generan malestares. “Vivimos en una sociedad a la que le parece bien aceptar cualquier malestar, si al final lo que te prometen es la delgadez”, añade.

Bajar de peso: lo que la nutrición pone en duda

La nutricionista explica que cualquier persona que considere someterse a regímenes estrictos para adelgazar debería considerar que no existe evidencia de efectos positivos a largo plazo, ya sea que se trate de dietas, medicamentos o cirugías.

Por el contrario, advierte que es una presión que aumenta el riesgo de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria o de entrar en el llamado “efecto yoyó”, un proceso en que una persona pierde peso y luego lo recupera rápidamente. Esto pasa porque el cuerpo interpreta la restricción como una amenaza, responde gastando menos energía y, cuando vuelve a haber comida disponible, recupera el peso como un mecanismo de protección.

Se trata, según la experta, de “un proceso que no solo afecta el cuerpo, sino también la salud mental y la forma en la que las personas se relacionan consigo mismas”, comenta.

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Frente a este escenario, insiste en que “no podemos medir la salud de una persona por cómo se ve”, pues el peso está influido por más de cien factores diferentes, como la genética, el metabolismo, el estilo de vida y la historia previa de dietas. En ese sentido, subraya que una persona delgada solo comunica que es delgada, y que eso no dice nada, por sí solo, sobre su estado de salud.

Finalmente, hace un llamado al sector salud a revisar las formas en las que se habla de alimentación, para evitar reducir a las personas a diagnósticos o métricas. “Le explican a la gente la alimentación como si fuera bioquímica, como si solo fuéramos un órgano que procesa comida, y se nos olvida que la salud es mucho más compleja que eso”, afirma. En consecuencia, señala que estudios de largo plazo, como los de longevidad y bienestar han demostrado que uno de los factores más relevantes para la salud son las relaciones humanas, lo que invita a cuestionar la idea de que la salud depende exclusivamente de lo que se come.

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Un llamado a la calma para pensar las metas de 2026

De acuerdo con las expertas consultadas, desear bajar de peso puede ser un camino válido si así se decide, pero coinciden en la importancia de preguntarse qué significa realmente la salud o el bienestar para cada persona, más allá de las presiones sociales que suelen aparecer al inicio de cada año.

Sabogal explica que no existe una única forma correcta de habitar el cuerpo ni de construir bienestar. Por eso, uno de los ejercicios que propone es tomar distancia de los cuerpos idealizados que circulan en redes sociales y que, a su criterio, terminan profundizando el rechazo hacia los cuerpos que no se ven delgados. “Yo le digo a mis consultantes: dejen un ratico las redes, salgan a la calle y vean cuánta gente se ve como en las redes. Porque lo que está en internet es algo filtrado, con una gran cantidad de adecuaciones y moldeos”, advierte.

Desde ahí, propone bajar del pedestal a esos referentes de alimentación o actividad física y mirarlos desde un lugar más humano, reconociendo que todas las personas cargan dolores, inseguridades y heridas. “No hay nada que esté defectuoso en nosotros, no hay nada que nos falte trabajar, no hay nada que tengamos que optimizar. Ya estamos bien tal cual somos”, afirma.

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Por Luisa Lara

Comunicadora social con énfasis en periodismo. Tiene estudios de género y diversidad en el Knight Center for Journalism. Interesada en contar historias con una perspectiva interseccional y feminista.
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