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La otra arista del caso Rafael Poveda: el mito de la “víctima perfecta” y la revictimización

¿Por qué se espera que las víctimas de violencia sexual reaccionen de una forma determinada? Tras la denuncia contra el periodista Rafael Poveda, buena parte de la conversación en redes sociales se centró en cuestionar el comportamiento de las denunciantes. Expertas explican por qué estos estereotipos y mitos siguen alimentando la revictimización y dificultando el acceso a la justicia.

Redacción Género y Diversidad

04 de agosto de 2026 - 03:35 p. m.
Rafael Poveda, director de Testigo Directo y del pódcast Más allá del silencio.
Foto: Revista Vea
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En los últimos días se conocieron dos denuncias públicas contra el periodista y presentador Rafael Poveda, director de Testigo Directo y del pódcast Más allá del silencio por presunto acoso y abuso sexual. Los casos fueron divulgados por el movimiento Yo te creo Colega, un colectivo creado con el propósito de amplificar las voces de mujeres que denuncian este tipo de violencias en medios de comunicación y que, hasta el momento, ha documentado alrededor de 300 testimonios. Tras las publicaciones, se desató una discusión sobre el rigor periodístico, la oportunidad de Poveda de dar su versión de los hechos y la exposición pública de las denunciantes. Pero, en medio de las reacciones en redes sociales, también surgieron comentarios que ridiculizan los relatos y ponen en duda que cómo operan las denuncias de violencia sexual.

La atención mediática recayó mayoritariamente sobre Sofía Vela Mejía, abogada y creadora de la Fundación Las Guaguas. En redes, algunas personas calificaron su denuncia como falsa. Entre los comentarios aparecieron mensajes de este tipo: “Validar un relatos como este es dejar de honrar la valentía de las víctimas reales”. También cuestionaron que hubiera consentido interacciones que después calificó como violencia y se burlaron de su explicación de haber reaccionado por un “instinto de supervivencia”.

El segundo testimonio corresponde a una periodista que trabajó con Poveda y denunció de manera anónima un caso de acoso sexual. Su versión fue puesta en duda porque aceptó algunos encuentros con él. Entre las reacciones aparecieron frases como: “Si te sientes acosada, ¿para qué aceptabas todo?” y señalamientos directos como “Tú también eres culpable”.

Así mismo, los comentarios también se dirigieron hasta alcanzar el trabajo de las periodistas que acompañaron y divulgaron los hechos, al punto de que han recibido amenazas. “Mensajes con insultos, expresiones misóginas y amenazas directas, como “ojalá las maten”, “vamos a divertirnos con ustedes”, “sé dónde vives”, “ojalá me encuentre algún día a...” y “yo misma la reviento””, advirtió la Fundación para la Libertad de Prensa.

Ante la situación, la FLIP rechazó “la campaña de hostigamiento digital” contra las integrantes del colectivo. Según la organización, estos ataques constituyen una represalia por informar sobre un asunto de interés público y pueden desalentar el cubrimiento periodístico de denuncias relacionadas con violencias basadas en género.

Hasta el momento, Rafael Poveda no se ha pronunciado públicamente sobre las denuncias de violencia sexual, pero sí ha dado respuesta a las periodistas, asegurando que no tuvo derecho a responder antes de la publicación y que no se cumplieron los compromisos pactados con ellas. “Curiosamente, en el documento denominado ‘Derecho de réplica’ no recibí las transcripciones que ellas habían prometido. El primer testimonio fue resumido en tres párrafos. Y el segundo testimonio, correspondiente a Sofía Vela Mejía y con una duración cercana a los 21 minutos, fue condensado por las periodistas en dos párrafos”, dijo en sus redes sociales. Y añadió que el caso ya está en manos de su equipo de defensa, al que se sumó en las últimas horas el abogado penalista Jaime Lombana Villalba.

Sin embargo, más allá de la discusión sobre el cubrimiento periodístico de las denuncias, hubo una arista que pasó desapercibida: buena parte de las reacciones se concentraron en juzgar el comportamiento de las denunciantes antes y después de los hechos. Un fenómeno común que no comenzó con los señalamientos contra Poveda. La misma corriente de comentarios apareció tras la denuncia de Laura Murillo, quien relató que, cuando tenía 21 años y realizaba sus prácticas en Blu Radio, fue víctima acoso sexual, según su denuncia, por parte de Ricardo Orrego. Las críticas se concentraron de inmediato en sus respuestas, calificadas como ambiguas, y en que debió ser más tajante con quien entonces era su jefe y presentador del medio. Es un patrón que también se ha repetido en otros casos visibilizados por el movimiento #MeToo colombiano. Por ello, expertas advierten que esto revictimiza y desalienta la búsqueda de justicia por parte de las víctimas de violencia sexual, en general.

(Le puede interesar: Feminicidios por extranjeros: la prevención estatal parece actuar solo tras el crimen)

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¿Qué es el mito de la “víctima perfecta”? Una forma de revictimizar a quienes denuncian violencias basadas en género

Entre los comentarios que han surgido tras las últimas denuncias por estos delitos aparecen frases como “No entiendo cómo alguien que ya venía siendo acosada desde la oficina después acepta subir al apartamento del acosador” y “Si nunca dijeron que “no”, caso cerrado”. Cuestionamientos que se repiten de forma generalizada en casos de violencias basadas en género, especialmente cuando se trata de violencia sexual. Allí aparece el mito de la “víctima perfecta”, que parte de la idea de que existe una forma “correcta” de actuar antes y después de una agresión para que su testimonio sea considerado creíble.

Como explica Lina María Morales, feminista, abogada y especialista en derecho médico con enfoque de género y derechos de las mujeres, se ha extendido la creencia de que existe una “forma ideal de ser víctima” para que le crean. Según comenta a El Espectador, antes de la agresión se espera que la mujer no haya tenido comportamientos considerados riesgosos, como encontrarse bajo los efectos del alcohol o de sustancias psicoactivas, salir sola o aceptar invitaciones, porque estas circunstancias suelen utilizarse para responsabilizarla por lo ocurrido.

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Bajo esa misma lógica, después de los hechos se espera que “denuncie inmediatamente, recuerde todos los detalles, tenga pruebas físicas de las agresiones, esté muy descompensada emocionalmente, que no vuelva a tener contacto con el agresor, que abandone su vida”, añade Morales. En otras palabras, existe la expectativa de que una agresión transforme por completo la vida de la víctima. Muchas personas esperan que deje de trabajar, rompa sus relaciones, se aísle o nunca vuelva a confiar en otras personas. Cuando eso no sucede, su relato es cuestionado.

Para Morales, esta idea “no tiene ningún sustento científico ni jurídico” y favorece la revictimización durante la búsqueda de justicia.

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Esta idea desconoce que, en una sociedad machista, la violencia sexual opera como un acto de control sobre el cuerpo y la autonomía de las mujeres, y no como una consecuencia de lo que las víctimas hicieron o dejaron de hacer. De hecho, la Organización Mundial de la Salud la define como cualquier acto sexual o tentativa de consumarlo, mediante coacción. Según el mismo organismo, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida, principalmente por parte de su pareja.

En Colombia, las cifras reflejan la magnitud del problema. De acuerdo con la Defensoría del Pueblo, durante 2025 un total de 37.325 mujeres fueron víctimas de este tipo de delitos y, solo en el primer trimestre de 2026, ya se han registrado 13.693 hechos. La misma entidad documentó que, para finales de 2024, las mujeres representaban el 88 % de los casos en los exámenes médico-legales realizados por presuntos delitos sexuales.

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Pero, incluso antes de que exista una investigación, muchas personas ya han emitido un juicio sobre quien habla públicamente de los sucesos. Esto ocurre tanto en redes sociales como en los entornos más cercanos. Cualquier detalle de su vida puede usarse para cuestionar lo que cuentan: cómo se comportaban, por qué tardaron en denunciar, por qué mantuvieron contacto con el agresor o incluso para sugerir que “se lo buscaron”. Mientras tanto, la atención deja de centrarse en la conducta de la persona denunciada.

Para Morales, este cuestionamiento responde a estereotipos machistas que imponen una única manera de reaccionar e ignoran que las decisiones de una víctima pueden estar atravesadas por la dependencia económica, las relaciones de poder, el miedo, las amenazas, los vínculos familiares o, incluso, la dificultad para reconocer lo sucedido como una agresión.

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En el fondo, el mito de la “víctima perfecta” parte de la idea falsa de que todas las víctimas deberían reaccionar igual. Cuando no lo hacen, en lugar de cuestionar la violencia, se cuestiona su manera de enfrentarla y la culpan.

(Lea aquí: “Pretenden posicionar una visión sumisa de las mujeres”: abogada Laura Pedraza)

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Miedo, silencio o denuncia tardía: las distintas reacciones de las víctimas frente a la violencia sexual

Un señalamiento que también se repite apunta el escrutinio de cómo actuaron. “Me acosaba, pero subí a su apartamento”, escribió una usuaria de manera irónica en Instagram. Otra comentó que “no sabía que ahora le llaman ‘modo supervivencia’ a arrepentirse años después de decisiones que uno tomó siendo una persona adulta”.

Por su parte, Ángela Tapias, psicóloga especialista y magíster en Psicología Jurídica y Forense, explica que cada persona responde de manera diferente, según su personalidad, su historia de vida, la red de apoyo con la que cuenta y sus estrategias para afrontar lo ocurrido. “Una persona extrovertida puede reaccionar rápido y de forma enérgica; en contraste, otra persona más joven e introvertida puede callar y animarse a denunciar años después”, dice a este diario.

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Entender que no existe una reacción única frente a la violencia sexual también permite comprender por qué algunas personas necesitan tiempo antes de contar lo ocurrido. Según la experta, las denuncias pueden tardar porque la víctima busca evitar el escrutinio público, proteger su intimidad, no reconoce de inmediato que fue víctima de una agresión, se encuentra demasiado asustada o deprimida para enfrentarse al agresor o desconfía de la eficacia de la justicia.

A esto se suman los procesos internos que atraviesan muchas víctimas, quienes pueden reprocharse no haber identificado las señales de alarma o sentir vergüenza al pensar cómo contar lo sucedido, aunque no sean responsables de lo que ocurrió. “El abuso es más grave que una pandemia y los sobrevivientes tratan de seguir sus vidas ocultando este flagelo. Es una afectación íntima que requiere evaluación experta para identificar el impacto del daño y especialmente requiere del testimonio que muchas víctimas prefieren callar”, afirma Tapias.

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También señala que hay quienes creen que una mujer adulta siempre puede decir “no”. Sin embargo, explica que en espacios como el trabajo, la universidad o las iglesias existen relaciones de poder que pueden influir en las decisiones de una persona. El miedo a perder el empleo, una calificación o una oportunidad también puede convertirse en una forma de presión que condiciona su capacidad de decidir libremente. “La víctima que cede para no perder el trabajo o la nota, es reprochada socialmente, mientras se invisibiliza la conducta antisocial de la figura de autoridad que abusó del poder institucional”, dice.

Es así como no todas las personas reaccionan igual frente a una agresión. El miedo, el trauma, las relaciones de poder o la falta de una red de apoyo pueden hacer que una víctima calle, ceda o tarde años en denunciar. Esperar que todas respondan de la misma manera solo refuerza el mito de la “víctima perfecta”.

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El discurso de las “denuncias falsas” frente a las pocas víctimas que denuncian violencia sexual

Otro argumento frecuente para desacreditar a las víctimas es afirmar que sus testimonios son falsos. Detrás de esa idea está la creencia de que quienes denuncian buscan fama, dinero o perjudicar a la persona señalada. En redes sociales, usuarios escribieron frases como “quieren reconocimiento”, “ahora la moda es hacer acusaciones falsas” o “cómo le dañan la reputación a alguien de forma tan fácil”.

Para Morales, ese argumento sobredimensiona un fenómeno poco común y pasa por alto que las denuncias falsas ya están contempladas y sancionadas por la ley. “Hay estudios internacionales y también estadísticas de la Fiscalía General de la Nación, en donde se establece que el porcentaje de denuncias falsas es muy bajo. Mientras que la subdenuncia de casos de violencia sexual es mucho mayor. Es decir, las mujeres no denuncian ser víctimas de violencia sexual porque esto suele implicar costos enormes sociales y emocionales”, aclara.

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Las denuncias falsas existen, pero son excepcionales, representan menos del 1 % de los casos. En contraste, la subdenuncia sigue siendo uno de los principales desafíos para combatir la violencia basada en género. Según ONU Mujeres, menos del 40 % de las personas que enfrentan estas violencias busca algún tipo de ayuda. La mayoría recurre a familiares o amistades, mientras pocas acuden a la Policía o a los servicios de salud.

(Le recomendamos: Crisis de feminicidios en Colombia: ¿qué revelan los casos que ocurrieron en julio?)

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Lo que enfrentan muchas víctimas después de denunciar

¿Las víctimas realmente están “buscando visibilidad” con estas denuncias? Frente a la idea de que algunas responden a intereses “ocultos”, como obtener un beneficio económico, Morales explica que, “en la práctica, en Colombia los procesos penales no tienen como consecuencia automáticamente una reparación económica para quienes denuncian. Esta reparación requiere procesos y pruebas adicionales, por lo que la mayoría de las víctimas no obtienen beneficios económicos tras hacer una acusación o participar de un proceso penal. De hecho, son muchas más las consecuencias negativas, tanto laborales, familiares y sociales, que hacen que las mujeres no denuncien”.

En realidad, quienes hacen pública una agresión pueden enfrentar intimidaciones, aislamiento en sus entornos laborales y familiares o quedar expuestas al hostigamiento en redes sociales. Algunas incluso deben enfrentar acciones judiciales impulsadas por la persona señalada. Estas consecuencias, sumadas al desgaste emocional de repetir lo ocurrido y defender constantemente su credibilidad, contradicen la idea de que las mujeres denuncian para ganar visibilidad.

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Morales advierte que estos prejuicios también pueden permear el sistema de justicia cuando fiscales, jueces e investigadores valoran los hechos según cómo creen que debería actuar una víctima. Además, recuerda que la Corte Constitucional ha establecido que las investigaciones sobre estas formas de violencia deben adelantarse con enfoque diferencial, “sin permitir que los estereotipos de género reemplacen las pruebas o les resten veracidad. No deberíamos cuestionar si la víctima actuó como nosotros esperamos que actuara o como creemos que nosotros lo haríamos, sino si el agresor vulneró su libertad y autonomía”, concluye.

Por ahora, la búsqueda de justicia sigue estando atravesada por el cuestionamiento y la ridiculización pública de quienes cuentan una agresión. Como advierte la psicóloga Tapias, esto “puede desmotivar a que la víctima continúe participando en el proceso penal, puede generarle estrés o alteraciones en su salud mental. En otras personas puede convertirse en un modelo disuasor de la denuncia”. Aún así, reconoce que algunas víctimas experimentan un crecimiento postraumático, que puede fortalecer su resiliencia para continuar la búsqueda de justicia.

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En el fondo, todos estos mitos y estereotipos terminan desplazando la atención de la conducta denunciada hacia las decisiones de quien denuncia. Así, la sociedad termina evaluando si una mujer actúo como esperaba, en lugar de centrar la discusión en la violencia que relata, y terminan decidiendo qué mujeres merecen protección y cuáles quedan solas frente a la violencia.

¿Dónde puedo recibir ayuda ante un caso de violencia de género?

Si usted o alguna mujer de su entorno es víctima de violencia psicológica, física, económica o sexual, puede acudir a las siguientes líneas de atención:

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  • Emergencias: Línea 123. Al comunicarse, solicite atención de un especialista en temas de género.
  • Orientación: Línea Nacional 155, para recibir orientación y apoyo en casos de violencias basadas en género.
  • Denuncias ante la Fiscalía General de la Nación: Línea nacional 01 8000 919 748. Desde cualquier celular marque 122 o, si está en Bogotá, comuníquese al (601) 570 2000.
  • Bogotá: Línea Púrpura 01 8000 112 137, gratuita desde teléfono fijo o celular. También puede escribir al WhatsApp 300 755 1846.
  • Red Solidaria de Mujeres: WhatsApp 322 332 8655.
  • Protección de niños, niñas y adolescentes: Línea 141. WhatsApp: 320 239 1685, 320 865 5450 y 320 239 1320.

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Por Redacción Género y Diversidad

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