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“La violencia se ha normalizado en los medios”: Fabiola Calvo sobre denuncias de acoso

A partir del caso de Caracol Televisión, empezaron a circular testimonios y mensajes de solidaridad entre mujeres periodistas. Los relatos, compartidos bajo las etiquetas #MeTooColombia y #YoTeCreoColega, evidenciaron una problemática acumulada en el oficio. En entrevista con El Espectador, la periodista Fabiola Calvo Ocampo analiza el acoso en los medios de comunicación.

Alejandra Ortiz Molano

25 de marzo de 2026 - 06:00 p. m.
"Hasta que no salta algo como lo que saltó recientemente, parece que no se entiende, no se asimila o se hace una complicidad a través del silencio", dice a El Espectador.
Foto: Las Igualadas
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Son las siete de la mañana y una periodista revisa su celular antes de salir a trabajar. Tiene mensajes de su editor, un par de fuentes por confirmar y notificaciones de redes sociales. Entre ellas, algunos comentarios que no tienen que ver con su trabajo: insinuaciones, preguntas incómodas, mensajes que cruzan un límite. No es la primera vez y sabe que tampoco es la última.

Horas después, en la sala de redacción, recibe una asignación. Debe contactar a una fuente para una entrevista. Sabe que, además de insistir en la información, tendrá que medir cada palabra, anticipar momentos incómodos y evaluar el contexto para protegerse. En el ejercicio periodístico, muchas mujeres han aprendido que el riesgo de enfrentar algún tipo de violencia no se limita a la calle o a una cobertura, sino que también está presente en los espacios cotidianos del trabajo, incluidas las interacciones con colegas y jefes.

Esa es una problemática extendida en los medios de comunicación. El 67 % de las mujeres periodistas en Colombia ha enfrentado acoso sexual en el ejercicio de su trabajo. En la mayoría de los casos, los agresores son hombres y están en su entorno laboral más cercano, como colegas, jefes o fuentes, según datos del informe “Periodistas sin acoso: Violencias machistas contra periodistas y comunicadoras”, publicado por la Fundación Karisma, la Red de Periodistas con Visión de Género y Colnodo, en 2021.

“No es que haya cambiado mucho con el tiempo, la situación sigue igual”, asegura Fabiola Calvo, coautora del informe. Sin embargo, las violencias machistas que viven las mujeres periodistas no se reducen solo al acoso sexual. De acuerdo con los datos, el 73 % de las comunicadoras consultadas reportó haber vivido violencias psicológicas. Entre las más recurrentes aparecen humillaciones, gritos y formas de manipulación, que representan el 24 %, así como situaciones de acoso relacionadas con solicitudes de tipo sexual, que alcanzan el 14.5 %.

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Esa realidad, que durante años se vivió en silencio, empezó a hacerse visible en los últimos días tras un comunicado de Caracol Televisión en el que anunció la activación de un protocolo interno para atender denuncias de acoso sexual contra dos de sus periodistas. A esto se sumó el anuncio de la salida de Ricardo Orrego y Jorge Alfredo Vargas del canal, este martes. Durante todo el fin de semana, bajo etiquetas como #YoTeCreoColega y #MeTooColombia, mujeres periodistas compartieron sus experiencias en redes sociales y señalaron patrones dentro del gremio, como acoso sexual, comentarios sexistas, abusos de poder y entornos laborales que no han garantizado condiciones seguras.

Lea más aquí: Acoso sexual en el periodismo colombiano: crecen denuncias y testimonios en redes sociales

Según la experta, lo que hoy se nombra tiene una historia larga de silencios, problemas estructurales y un trabajo colectivo para hacerlo visible. ¿Cómo se llegó a este punto? ¿Qué condiciones permitieron que se ocultara durante tanto tiempo? En entrevista con El Espectador, Fabiola Calvo Ocampo, periodista, docente y fundadora de la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género, reflexiona sobre lo que ha ocurrido en los últimos días.

¿Qué patrones de violencia de género han identificado en el ejercicio periodístico?

Muchos. Yo creo que los medios de comunicación, las salas de redacción, son el reflejo de lo que socialmente vivimos. Entonces, no vamos a encontrar nada diferente. Más bien, la pregunta es qué esperaríamos de los medios en estos casos. Lo que más se encuentra es violencia psicológica y acoso sexual, esto en lo que tiene que ver con las salas de redacción.

Ahora, la violencia contra las periodistas no se circunscribe solo a la sala de redacción. Hay espacios que yo diría que son extensión de la sala de redacción. ¿Quién no se va a tomar un tinto a la esquina con un colega? ¿Quién no dice un viernes: hoy es viernes y el cuerpo lo sabe, y sale a cualquier rumba, a lo que les dé la gana? No puede ser que porque hay rumba o hay algunos tragos de por medio, eso sea una licencia para violentar a una mujer.

Ahora, no solamente tenemos que hablar de las salas de redacción, pues también tenemos que extenderlo más allá, como son las fuentes. Hay mucho más acoso del que creemos con respecto a las periodistas por parte de las fuentes que nos dan la información, a quienes entrevistan, y digamos que las más afectadas son las periodistas jóvenes. Y mucho más las que acaban de ingresar a los medios, las que apenas inician su carrera profesional recién terminando la universidad.

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Y ahora se suma que no solamente antes hablábamos solo de las salas de redacción, sino que ahora tenemos que hablar de lo digital cuando hablamos de violencia, porque la violencia también se refleja en las redes sociales. Es una violencia que aprovecha la tecnología para denigrar a las mujeres. Les acomodan historias, sean ciertas o no, le inventan amantes, le inventan salidas, es decir, se hace todo un montaje para acabar con la dignidad de la persona.

Pero, fundamentalmente, lo más grave son las violencias psicológicas y el acoso sexual. Y el acoso sexual tiene muchas maneras de manifestarse.

¿Cómo impacta el acoso de fuentes y colegas en la vida y el ejercicio profesional de las mujeres periodistas?

Una es la afectación emocional y psicológica. Se presentan depresiones que no siempre están totalmente a la vista, es decir, esas depresiones se manejan de forma silenciosa. Por otro lado, se cambian comportamientos en el ejercicio de la profesión. A veces, por ejemplo, en el caso de las redes, se abandonan las redes sociales, se cae en la autocensura y, en el peor de los casos, se abandona temporal o definitivamente la profesión.

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Son afectaciones supremamente graves. Psicológicamente, se genera una zozobra permanente, el hecho de no sentirse segura en el entorno cotidiano.

¿Qué factores dentro de las redacciones o de las dinámicas del oficio facilitan que estas situaciones sigan ocurriendo?

Fundamentalmente es esa falta de conciencia. Las violencias, y no le quitemos la “s”, se han normalizado y naturalizado en las salas de redacción, en los medios y en la sociedad. Es decir, hay expresiones, hay chistes, hay comentarios, hay maneras de relacionarse que son absolutamente violentas, pero que se han normalizado.

Cuando se empieza a tomar conciencia de ello, yo recuerdo, por ejemplo, entrevistas que hicimos en la investigación “Periodistas sin acoso”, que a medida que hablábamos decían: “yo no había caído en cuenta de que esto es violencia.” Entonces, está muy naturalizado entre hombres y mujeres, pero ellas son las que lo sienten y lo padecen.

El cuerpo de las mujeres ha sido por cientos de años un campo de batalla. Eso lo traemos interiorizado, no nos lo estamos inventando. Tenemos abuelas, bisabuelas, tatarabuelas, y sigue la ancestralidad, que muestra el grado de violencia que sufrieron nuestras mujeres que nos antecedieron. Eso lo llevamos y lo cargamos en el cuerpo, lo cargamos.

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Y, por eso, tenemos esa sensibilidad para entender de una manera rápida cuando nosotras mismas decimos: eso es una violencia. Entonces, ¿qué pasa en las salas de redacción? Pues que los hombres, en general, no han tomado, no han asumido los cambios que hemos venido dando las mujeres en temas de derechos. Y un tema de derechos es el respeto y la decisión sobre mi propio cuerpo, el mío.

Entonces, lo que necesitamos es hacer procesos profundos. Salgamos del tallerismo, que ya cumplió su función. Los talleres sí jugaron su función y dejaron una mosca en la oreja, pero eso no permite procesos de transformación, y eso es lo que necesitamos hacer en las salas de redacción, desde el jefe, director, directora, hasta la persona que sirve los tintos.

Es decir, esto tiene que ser todo un engranaje, pero se entiende de una manera superficial. Hasta que no salta algo como lo que saltó recientemente, parece que no se entiende, no se asimila o se hace una complicidad a través del silencio. Lo que necesitamos son elaboraciones, procesos profundos. Si hablamos de cambios culturales, de cambios de pensamiento, de acción, de relacionarnos, necesitamos hacer cambios.

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Siempre pensamos en las estructuras como afuera. No, las estructuras también las tenemos dentro. Somos parte de esas estructuras externas que han incidido en nuestra formación, en nuestra educación.

¿Considera que las relaciones de poder influyen en la normalización de estas violencias? ¿Qué pasa cuando entra una profesional joven a las salas de redacción?

Hablamos de diferentes campos de poder. Uno es ese que se tiene introyectado, y es que las mujeres han sido “propiedad privada” del varón. Apenas en 1972 se quita el “de”, Alejandra “de”, como marca de propiedad privada. No hace tanto tiempo de eso, y nos sirve para entender que en la psiquis del ser humano sigue funcionando ese sentimiento de poder frente al cuerpo de las mujeres.

A eso súmele cuando se tiene un cargo importante, poder político o poder en la estructura de la empresa. “Yo mando, yo decido, tú acatas”, es lo que hay en el fondo.

Cuando entra una mujer joven a un medio, algunas nos contaban las preguntas capciosas que se hacían. Preguntas tendenciosas para saber sus gustos: el “te llevo a casa”, el “te invito a cenar”.

Y en el funcionamiento de una sala de redacción hay una relación cotidiana permanente: reuniones, órdenes de trabajo, tener que ir a cubrir información. “Vaya, cubra lo que pasó con el enfrentamiento entre el ejército y grupos armados”. Usted cita al coronel para que le dé la entrevista. Las mujeres se ven muy sometidas a ese condicionante de “te doy la información”, que puede ser directo o sutil. El que “la llevo”, el que “la invito” a cenar a mi apartamento o a un sitio privado para darte la entrevista.

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Se generan las condiciones para estar a solas. Una persona con experiencia puede entenderlo. Una muchacha joven que llega con ganas de brillar, de aprender, de conocer, de tener fuentes, de comerse el mundo y hasta de cambiarlo desde su medio, no conoce todo eso.

La dinámica en las salas de redacción incluye ese hecho de que “la fulana me gusta” y se aprovecha el ascensor, el rincón para abrazarla. ¿Quién le permitió que se metiera en mi pequeño espacio vital? El toqueteo, el “te invito”, el “yo pago”. Y no hay que condenar todo en absoluto, porque esto también tiene contextos, pero los refranes, los chistes, los cuentos, a veces rayan en el acoso.

¿La visibilización del acoso en las salas de redacción ha cambiado con el tiempo?

Yo creo que antes, porque con estas canas te puedo hablar de mucho antes, realmente el acoso que vivimos era impresionante. A veces podías retirarlo, pero a veces era como soportarlo, soportarlo en silencio.

La Red Colombiana de Periodistas tiene 20 años de existencia y abrimos camino cuando aquí no se tocaban esos temas. Abrimos camino para darle un enfoque distinto a la comunicación, a los medios, al periodismo. Ha sido mucho trabajo abriendo trocha. No se hablaba y hubo periodistas que decían para qué una red de esas aquí en el país, si aquí éramos iguales en las salas de redacción. Simplemente no se había tomado conciencia de la problemática que traemos hace décadas y décadas.

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Entonces, ¿qué ha cambiado? “Tanto cae la gotera hasta que rompe la teja”. Esto ha sido insistir en dar talleres, conferencias, sacar manuales, informes. El programa que hicimos, que fue pionero en el país sobre derechos de las mujeres, el de televisión “Ni reinas, ni cenicientas”. Hicimos una radionovela sobre violencias contra mujeres migrantes por el tema del conflicto armado: “Lazos invisibles”, que se escuchó mucho en los pueblos y que muestra las diferentes violencias. Ha sido insistir, insistir, organizando.

Hemos trabajado mucho en las facultades de comunicación y periodismo, con decanos, decanas, profesores y estudiantes. Es mucho más difícil llegar a las salas de redacción, pero hemos llegado. Eso es parte del problema. Hemos llegado con cosas muy concretas, por ejemplo, un taller en plena pandemia en el que presentamos “Periodistas sin acoso”.

Pero una sola golondrina no hace verano. Con un solo taller, una charla o una conferencia no es suficiente, tenemos que hablar de procesos. Podemos incluir algo en lo que hemos insistido y que, por fortuna, se logró con el caso de Vanessa Restrepo y la sentencia de la Corte. Se han venido sumando elementos.

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Las mujeres y las periodistas se atreven a hablar también por otra razón importantísima: la juntanza. Por ejemplo, una muchacha que hoy no es periodista, pero en el problema está implicado un periodista, Lina Castillo, es una mujer de origen humilde. Podía estar desamparada, pero puede ver lo que ha implicado para ella que mujeres hayamos firmado una carta preguntando qué pasa con este caso, qué está haciendo la Fiscalía, si la están revictimizando. A ella le ha vuelto la vida.

En este momento tenemos una serie de hechos. Ya hay medios de comunicación que antes no existían, que hablan de los temas de mujeres y de las violencias contra mujeres. Hay más canales, hay normativa, hay leyes que necesitamos hacer cumplir, como que la Fiscalía investigue con enfoque de género. Pero el Estado, el gobierno y las empresas no han cumplido esas conquistas. Esas normativas pueden estar ahí, pero hay que desempolvarlas.

¿Con todo el trabajo de dos décadas, qué siente al ver hoy la movilización y unión de mujeres periodistas que están en las redes denunciando con el #YoTeCreoColega?

Te escucho y me erizo. Es decir, a mí me emociona. Me emociona porque fui también víctima de violencia, de acosos, y cuando llegué al país no es que hubiese un gran eco para crear la red de periodistas.

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Fueron cinco muchachas que no habían terminado la universidad las que se subieron al cuento. A mí eso me emociona y mucho más ver ahora que la semilla ha prendido y que ya existe la voz de las mujeres periodistas, porque siempre se había dicho, nos lo enseñaron en periodismo, que “el periodista no cuenta, lo que cuenta es la noticia”.

Pero es que ahora la noticia somos nosotras y eso no podemos ocultarlo. Fíjate todo lo que hay detrás de cuando silenciamos esos acosos, porque los hemos silenciado por miedo, por no perder el puesto, por desconfianza ante la institucionalidad. Son muchas razones por las que las mujeres no hemos hablado: por miedo a que nos revictimicen. Por eso la culpa tiene que cambiar de bando, la vergüenza, porque antes la vergüenza era para nosotras, no para ellos.

Entonces, el hecho de que las mujeres hayan empezado a hablar, yo creo que los procesos son acumulativos y suman hasta que llega un momento en que hay un salto cualitativo, y es el que estamos presenciando. Se ha acumulado la situación, pero a esa acumulación le hemos sumado el ingrediente de la conciencia. Ese ha sido el trabajo de la red de periodistas: generar conciencia en cómo hablar de las mujeres en los medios.

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No solamente es hablar de ellas, nuestra apuesta ha sido cómo hablar de ellas en los medios y que las mujeres periodistas también tienen derechos.

¿Qué tan preparados están los medios de comunicación para atender casos de acoso sexual y otras violencias basadas en género?

Yo creería que no están preparados. Y no están preparados por razones que parecen tan sencillas, pero no lo son. La primera pregunta es si tienen los medios de comunicación en Colombia un protocolo con enfoque de género, un protocolo que contribuya a prevenir y a sancionar realmente lo que ocurre en ese proceso noticioso. Si están los jefes con la preparación suficiente para hacer cumplir ese protocolo, si está preparado todo el personal, mujeres, hombres, administrativos. Si conocen el protocolo y están preparados para llevarlo a la práctica.

Si así fuera, no habría tanta denuncia de acoso.

¿Qué se debe hacer?

Yo creo que tiene que haber diferentes vías. El Estado tiene que jugar su función, y cuando digo Estado me refiero a todas las instituciones que tienen que ver con estos hechos, y tienen que tener el enfoque de género. En casos diferentes tenemos que recurrir también a las instancias internacionales. Si el Estado no cumple, nos quedan las instancias internacionales.

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Entonces, el Estado, los gobiernos en sus diferentes niveles, el Congreso, los medios de comunicación, las plataformas digitales, las organizaciones de periodistas y las facultades de comunicación y periodismo son todos los actores implicados en lo que tiene que ver con la formación de los y las nuevas periodistas.

Por el otro lado, tenemos otro elemento importante, y es justo el que está ocurriendo ahora: la denuncia, la juntanza, la movilización, el arroparnos unas a otras. Las acciones individuales sientan precedentes, pero “una sola golondrina no hace verano”. Necesitamos juntarnos, gritar juntas, porque será más fuerte y nos sentiremos también más protegidas.

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Por Alejandra Ortiz Molano

Antropóloga, periodista y realizadora audiovisual, con una maestría en Salud Pública.@aleja_ortizmaortiz@elespectador.com
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