Desde hace una década, la política colombiana ha estado permeada por el término “ideología de género”. En el país, la mayoría lo ha escuchado al menos una vez, en conversaciones cotidianas, en debates sobre educación y salud, en discursos políticos e incluso en discusiones sobre paz y conflicto. Es una idea que se instaló, se repitió y se filtró en distintos escenarios hasta volverse familiar, aunque no siempre se entienda con claridad qué nombra.
Las campañas electorales de cara a las próximas elecciones no son la excepción. La candidata Paloma Valencia, en varias entrevistas, ha señalado que, aunque en un eventual gobierno se comprometería a “honrar la Constitución y la ley”, no está de acuerdo con la llamada “ideología de género”.
“¿Qué es la no ‘ideología de género’? Para ser absolutamente claros, es que usted no le tiene que poner a los niños unas cargas que no tienen. Un colegio tiene que estar listo para lidiar y para tener un entorno seguro para cualquier niño, y que no sea susceptible de discriminación nadie. Y otra cosa es que, para hacerlo, usted tenga que generarle un conflicto con su género a todos los demás niños”, le dijo a Noticias Caracol.
En la misma línea, el candidato Abelardo de la Espriella, en entrevista con Caracol Radio, también se refirió al tema: “Yo soy enemigo de la ‘ideología de género’. No acepto que a nuestros niños se les quiera condicionar, se les contamine con ‘ideología de género’ para tratar de cambiar su visión sobre la sexualidad, incluso del sexo”.
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Casi al unísono, ambas candidaturas aluden a esta expresión cuando se les pregunta por los derechos de las personas LGBTIQ+, como la adopción igualitaria, el matrimonio igualitario o el acceso a la salud, entre otros. Sin embargo, no se trata de una categoría académica, jurídica o científica. De acuerdo con voces expertas consultadas por este diario, es una estrategia política abstracta orientada a movilizar votos e infundir pánico frente a situaciones que no ocurren en el país.
María Mercedes Acosta, codirectora de Sentiido y quien ha dedicado investigaciones a rastrear las raíces históricas y el uso político del término, es enfática. “Hablar de ‘ideología de género’ no es describir una política real, sino simplificar temas más complejos y disputas más complejas sobre derechos, a partir de una movilización emocional”, explica a El Espectador.
El uso de esa expresión, más que nombrar una política concreta, simplifica discusiones sobre derechos humanos. Para Acosta, se trata de mezclar pánicos morales, ya que en materia electoral un debate sobre derechos “es poco atractivo y poco persuasivo. Es una manera de despertar miedo sobre la religión y la familia, que son los ejes que más les importan a los colombianos a la hora de votar según las encuestas”.
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Por su parte, Naciones Unidas ha calificado su uso como una estrategia para difundir desinformación y reforzar prejuicios contra grupos históricamente discriminados. En 2023, Irene Khan, abogada y relatora especial, presentó un informe en el que evidenció cómo este discurso ha convertido a mujeres y personas LGBTIQ+ en blanco de ataques bajo la acusación de promover la supuesta “ideología de género”. Además, documentó que en algunos países ha servido para restringir el acceso a información sobre derechos sexuales y reproductivos, vulnerando derechos fundamentales.
En ese sentido, Flora Rodríguez Rondón, antropóloga y coordinadora del Centro Plurales de la Universidad del Rosario, advierte que emplear la palabra “ideología” para referirse a temas de derechos e igualdad distorsiona la discusión, estigmatiza a ciertos grupos, resta credibilidad a décadas de estudios y combina teorías de conspiración.
“Cuando decimos que la postura de alguien es ideológica, decimos que está sesgada, que no está apreciando los hechos de manera objetiva”, dice a El Espectador. Por esta razón, ubicar los derechos de una persona bajo ese rótulo desplaza la conversación hacia un terreno negativo, “no solo como un error en el que incurre una persona o un grupo de personas, sino también como un supuesto esfuerzo activo de un grupo por imponer algo sesgado”. Agrega que esto desconoce las múltiples formas de discriminación y violencia que históricamente han enfrentado mujeres y personas LGBTIQ+, y la lucha por sus derechos.
Ahora bien, ambas candidaturas responden a las preguntas sobre avances en derechos aludiendo a las infancias y a la educación sexual integral, sugiriendo que allí se “confunde” o se “impone” algo. Frente a esto, Acosta explica que en la práctica no ocurre: “La educación sexual de calidad va acorde con la edad de la infancia y de la adolescencia, como lo estipulan protocolos de organismos internacionales. Es una educación que busca el conocimiento del cuerpo, entender el consentimiento para prevenir la violencia sexual en menores, aprender sobre el respeto. Y aprender sobre relaciones, en el momento oportuno, sobre anticoncepción, para evitar los embarazos adolescentes”.
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El discurso de la “ideología de género” como estrategia política en Colombia
En Colombia, el término empezó a resonar hace una década, siguiendo el mismo patrón en sectores políticos que promueven agendas conservadoras. Según Acosta, su primera aparición se remonta a 2016, cuando coincidieron varias coyunturas sociales.
Por un lado, la Corte Constitucional ordenó revisar los manuales de convivencia de los colegios para prohibir la discriminación, decisión motivada por la muerte de Sergio Urrego, un joven de 16 años que se quitó la vida tras la persecución de la que fue víctima en su colegio por ser gay.
“La Corte Constitucional dice: esto no se puede repetir y le ordena al Ministerio de Educación revisar los manuales de convivencia de todo el país para verificar que no haya contenidos discriminatorios. No se estaba hablando del matoneo de sus compañeros y compañeras; se estaba hablando de las directivas en contra de un adolescente”, agrega Rodríguez. La decisión apuntaba a prácticas institucionales que permitían la discriminación dentro de los colegios.
En paralelo, la diputada Ángela Hernández, del Partido de La U, convocó un debate para discutir la Ley 1620 de 2013 y las cartillas de educación sexual dirigidas a docentes, promovidas por la entonces ministra de Educación, Gina Parody, sobre las cuales circuló información falsa, generando pánico entre la ciudadanía. “Falsificaron el material usando imágenes de un cómic erótico gay y diciendo que esas eran las cartillas que estaba sacando el Ministerio de Educación, cuando no era así”, menciona Acosta.
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La desinformación se expandió rápidamente y salió del debate institucional hacia la calle. “Se volvió una bola de nieve en cuestión de días, al punto que el 10 de agosto de 2016 se realizó una de las marchas más masivas en Colombia contra este material pedagógico y contra la llamada ‘ideología de género’. Todo pasó en un mes. Este es un ejemplo súper concreto de cómo el miedo infundado moviliza a la gente y, en Colombia, nació, creció y evolucionó, porque no ha muerto. Ese concepto se instaló y mucha gente lo ve como cierto”, agrega.
Asimismo, el término se coló en el debate del plebiscito por los Acuerdos de Paz con las FARC. En ese escenario, sectores opositores usaron esa etiqueta para referirse al enfoque de género incluido en los acuerdos, bajo el cual se buscaba reconocer “que el conflicto afectó de manera diferenciada a mujeres y a personas LGBT”, sostiene Acosta.
Esto se difundió pese a que se ha documentado que actores armados ilegales ejercieron violencias específicas contra mujeres y personas LGBTIQ+ en razón de su género. El objetivo fue “corregir” o “castigar” su orientación sexual o identidad de género, imponer normas tradicionales y disciplinar los cuerpos y las expresiones diversas, como lo registran hoy el Centro Nacional de Memoria Histórica, la Unidad de Víctimas, la Comisión de la Verdad y organizaciones sociales como Colombia Diversa y Caribe Afirmativo.
“La guerrilla también tenía sus órdenes de género distintas y de sexualidad, y ejerció mucha violencia”, dice Rodríguez.
En este caso, el discurso de la “ideología de género” articuló distintos miedos y fue promovido por los sectores que hacían campaña por el “no” a los acuerdos, junto con otros argumentos. Al final, esta postura fue la que ganó en las urnas.
En suma, todas estas coyunturas permitieron que el concepto ganara popularidad y se normalizara en el país, al usarse de forma indiscriminada en distintos campos para sustentar posiciones políticas contrarias al avance de los derechos de las mujeres y las personas LGBTIQ+, presentándolos como una amenaza a un “orden” basado en valores morales y religiosos sobre la familia y los estereotipos de género.
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Del Vaticano a América Latina: los hilos del discurso de la “ideología de género”
El concepto de “ideología de género” no apareció en Colombia de la nada; se inscribe en una tradición más larga de reacción conservadora frente a transformaciones culturales, científicas y legales que han ampliado derechos.
Según Acosta, antes de ese término ya existían otros nombres para canalizar ese rechazo. En Estados Unidos, en los años 20, se hablaba del “darwinismo” como amenaza. Décadas después, en los 60 y 70, el blanco fue el “humanismo laico”. En ambos momentos se repite un patrón: los cambios sociales se presentan como un riesgo externo y simbólico que pone en peligro la moral, la familia y el “orden social”, sin discutirse en su complejidad.
Hacia finales del siglo XX, en América Latina y otros contextos, el foco se reorganizó alrededor del “género”. El término “ideología de género” comenzó a circular impulsado por sectores vinculados al Vaticano y por actores conservadores en Estados Unidos y Europa. Un giro que ocurrió en un momento marcado por avances en la autonomía de las mujeres y el reconocimiento de derechos de las personas LGBTIQ+. “Fue una estrategia que buscaba hacerle contrapeso a los derechos que lucharon estos movimientos sociales”, aclara Rodríguez.
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Puntualmente, en respuesta a las conferencias de El Cairo de 1994 y de Beijing de 1995. En la primera, la discusión global sobre desarrollo cambió de eje. Hasta entonces, el foco estaba puesto en cifras, en el control de la población y en metas demográficas. En esta conferencia, en cambio, el centro se desplazó hacia las personas y, dentro de ese giro, hacia las mujeres como sujetas de derechos, con capacidad de decidir sobre sus cuerpos y sus proyectos de vida. Allí se reconoció que la salud sexual y reproductiva, el acceso a métodos anticonceptivos, la educación y la autonomía corporal debían estar en la agenda.
Un año después, en la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing, ese enfoque se amplió. La discusión incorporó las desigualdades. La Plataforma de Acción trazó prioridades globales: enfrentar la violencia contra las mujeres, garantizar su participación en la vida política, ampliar el acceso a la educación y fortalecer su autonomía económica.
“Esas conferencias fueron claves porque el Vaticano interpretó los debates y estos encuentros sobre derechos sexuales y reproductivos, sobre igualdad de género y empoderamiento de las mujeres, como una amenaza”, dice Acosta.
Ambas analistas coinciden en que los análisis históricos indican que se gestó una estrategia para consolidar el término “ideología de género” en alianza con personalidades como la escritora Dale O’Leary, de la Asociación Médica Católica de Estados Unidos, y Michel Schooyans, sacerdote y filósofo que fue consultor del Pontificio Consejo para la Familia, entre otros. Posteriormente, se posicionó con el nombramiento de Joseph Ratzinger como el papa Benedicto XVI.
“De alguna forma se salió de las manos”, dice Flora Rodríguez. Llegó a Europa y se vinculó a una corriente ideológica que argumenta que lo que se quiere es “imponer una serie de principios liberales que van en contra de los principios católicos, y se moviliza en relación con políticas racistas y xenofóbicas”, asegura.
Luego se trasladó a otros escenarios. Las expertas señalan que el término empezó a circular en discusiones políticas en países como Francia, Eslovaquia y Polonia, en relación con el matrimonio igualitario; en Perú y Argentina, en relación con la educación sexual; y en Brasil, donde, bajo el mandato de Jair Bolsonaro, se difundió desinformación sobre un supuesto “kit gay” que se estaba repartiendo en los colegios.
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Desde entonces, se mueve en el debate público con una función específica: activar emociones y trazar fronteras sobre quiénes encajan y quiénes no. Aparece con fuerza en coyunturas electorales, cuando el voto se decide menos por programas de gobierno y más por afinidades y temores sobre lo que está en juego.
“Estamos frente a una estrategia de movilización a partir del miedo que no es nueva, que reúne una mezcla de mentiras y verdades, teorías de conspiración, pánico moral y apelaciones a emociones como el miedo, el asco y la indignación”, concluye Acosta.
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