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Terremoto en Buenaventura: mujeres enfrentan el duelo, la pobreza y la carga del cuidado

Aura María vio cómo su casa se derrumbaba y, pocos días después, ya estaba buscando madera para construir otra. No ha tenido mucho tiempo para detenerse. Como ella, muchas mujeres que perdieron sus hogares y a sus seres queridos tras el terremoto también enfrentan una carga inmediata: cuidar, resolver y reconstruir, incluso mientras intentan procesar sus propias pérdidas.

Laura Henao Arévalo

23 de agosto de 2026 - 11:00 a. m.
Para muchas mujeres, la emergencia también significa más cargas de cuidado, separación familiar y riesgos para su salud mental.
Foto: Eder Rodríguez
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Sentir que el piso se sigue moviendo, tener la sensación de que en cualquier momento hay que salir corriendo, sentirse perdido y en constante alerta, hasta el punto de que es difícil dormir, son reacciones psicológicas normales después de vivir un terremoto. Pero, para muchas mujeres, los efectos en su salud mental son diferentes y tienen más que ver con sus labores de cuidado y con lo expuestas que están a sufrir violencias basadas en género, incluso en medio de un desastre natural..

Luego del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país, miles de personas quedaron damnificadas. Muchas han tenido que atravesar el duelo por la pérdida de sus seres queridos, mientras otras perdieron sus hogares, negocios y proyectos en cuestión de segundos. Esto ha resultado aún más impactante en territorios como Buenaventura, que, antes de la emergencia, ya enfrentaba un contexto de pobreza y violencia que ahora puede agravarse en medio de este hecho.

Las mujeres son uno de los grupos que pueden verse más afectadas durante una emergencia, no solo por los factores de género, sino también por los roles de cuidado que históricamente se les han asignado. En ese sentido, según Liz Arévalo, directora de la Corporación Vínculos, los desastres naturales no ocurren en contextos neutrales: las desigualdades y vulnerabilidades que ya enfrentaban muchas mujeres pueden profundizarse y precarizarse aún más.

(Lea más aquí: Tras el terremoto, mujeres enfrentan riesgos de salud y violencia sexual: “no es secundario”)

Mujeres que quedan solas y sin vivienda, niñas que pierden a familiares o mujeres jóvenes que deben hacerse cargo de sus hermanos, de otros miembros de su familia e incluso de adultos mayores son algunos de los escenarios que pueden presentarse, pues el rol de cuidadoras continúa recayendo de manera desproporcionada sobre ellas.

En Buenaventura, la pobreza —con un Índice de Pobreza Multidimensional del 66 %, frente al 49 % nacional— se suma a estas condiciones y al conflicto armado, que entre 2017 y 2022 dejó a las mujeres como el 86,7 % de las víctimas de violencia intrafamiliar en el distrito, según cifras de Pares y CODHES. Con el terremoto, que dejó 16 muertos en el territorio, más de 250 heridos y 540 hogares afectados, el riesgo podría ser inminente.

“Todas estas vulnerabilidades pueden colocarlas en una condición aún mayor de riesgo frente a los actores armados que siguen presentes, y frente a una situación en la que no tendrán las mismas herramientas y habilidades que los hombres para buscar ayuda. Sí hay. un poder dado por las armas y por la violencia, esto también puede incrementar los riesgos para ellas”, afirmó Arévalo.

Este es el caso de Aura María Núñez Castillo, una mujer de 49 años que tuvo que ver cómo su casa se derrumbaba encima de ella durante el terremoto que “nunca vio venir” y que, además, le arrebató la posibilidad de seguir con su emprendimiento de helados, al destruir toda su cocina y sus pertenencias.

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Habitantes de distintos sectores hacen filas para abastecerse de agua tras la emergencia provocada por la ruptura de una de las principales líneas de conducción del distrito.
Foto: Alcaldía de Buenaventura

Su casa, como muchas otras del sector Pampalinda, en Calle Larga, estaba hecha de madera de palafito y había sido construida por sus propios dueños. Estas viviendas no son resistentes ante fuertes terremotos como este y también representan el esfuerzo de cientos de familias que las levantan para convertirlas en el hogar que esperaban habitar toda la vida.

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Aura vivía con su pareja, sus dos hijos, de 29 y 23 años, y sus nietos, de 12 y 3 años. Ninguno resultó herido por el derrumbe, gracias a que no se encontraban en la casa. La única que estaba allí en ese momento era ella, completamente sola.

“La casa prácticamente se me cayó encima”, relata entre risas, mientras dice que, si no le saca algo de humor al tema, se derrumba.

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Actualmente, se está quedando en la casa de una vecina, quien le dio posada y además está guardando las pertenencias de otras familias que lograron sacar algunas cosas entre los escombros. Aura describe la situación con incomodidad: le da pena cocinar y estar en la casa, así que pasa los días entre lo que queda de su hogar, por si “pasa alguna ayuda”. Mientras tanto, es ella quien está asumiendo la principal responsabilidad de solucionar esta crisis. Incluso ya está buscando materiales para construir una nueva casa.

“Pero ¿qué hace uno? Seguir adelante. Porque sentarse a llorar tampoco sirve. Con llorar uno no va a hacer nada”, dijo Aura.

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Para Ludivia Serrato, investigadora social, los desastres naturales pueden afectar de manera diferencial a las mujeres y tener un impacto particular en su salud mental, ya que sus efectos no se producen en un contexto neutral, sino en uno marcado por desigualdades de género, inequidades y cargas de cuidado que ya estaban presentes desde antes.

“Ante un mismo hecho, mujeres y hombres pueden enfrentar de manera diferencial los recursos, los riesgos y las posibilidades de recuperación. En el caso de las mujeres, estos desastres pueden intensificar cargas de cuidado que ya estaban distribuidas de manera desigual antes del desastre”, explicó la investigadora.

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Aura relata que las viviendas de su comunidad están ubicadas en terrenos ganados al mar, conocidos como zonas de bajamar, donde, asegura, han tenido que enfrentar numerosas dificultades a lo largo de los años.

“Nos ha tocado muy duro. Somos personas que llevamos toda una trayectoria de lucha y de dificultades”, cuenta.

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Foto: Laura Salomón Prieto

Dice que, aunque las adversidades no siempre logran derrumbarlos por completo porque están acostumbrados a sobreponerse, perder la vivienda sí representa un golpe especialmente duro.

“La casa sí duele”, afirma, al explicar que construirla implica un gran esfuerzo económico y que, además, el precio de la madera se ha disparado. “Hay gente que dice que es mejor construir una casa de material que una de madera, pero la madera está súper cara”, relata.

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A esto se suma que, por el desastre, Aura y su familia han tenido que estar separados. En la casa de su vecina no caben todos y ella teme por los dos menores de edad, que podrían estar en contacto con los escombros. Aunque sus hijos ya son mayores, la preocupación no termina. Pasaron de vivir todos juntos en su casa a estar repartidos entre las viviendas de amistades y conocidos.

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“Por eso les digo a los muchachos: ‘No, quédense allá, quédense allá hasta más adelante’. ¿Cómo hago? Yo quiero conseguir esto lo más pronto posible porque no voy a estar esperando. Yo no voy a negar que, si me dan una ayuda, la recibo con todo el amor del mundo. Pero yo estoy moviendo todo, estoy buscando mi madera”, relata.

Serrato explica que las mujeres también tienen un papel diferencial frente al cuidado y la respuesta ante la vulnerabilidad, porque son quienes suelen organizarse rápidamente para atender, cuidar y sostener a sus comunidades. Estas formas de resistencia y afrontamiento que se crean también generan prácticas que las mujeres van construyendo en medio de estas situaciones.

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“Estas pueden contribuir a la salud mental y, al mismo tiempo, fortalecer otro tipo de capacidades, saberes, agencias y recursos comunitarios que tienen las personas para enfrentar este tipo de hechos”, afirmó la experta.

Arévalo explica que, ante la pérdida de un ser querido o la separación de sus familiares, muchas mujeres tienden a asumir una carga de culpa y a cuestionarse si pudieron haber hecho algo para evitarlo. “¿Yo cómo no lo cuidé?” o “¿Por qué no me morí yo en lugar de él?” son algunas de las preguntas que pueden surgir, especialmente durante los primeros días, que suelen ser los más difíciles, y pueden afectar su salud mental.

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A esto se suma que, mientras intentan resolver las necesidades más básicas —conseguir una casa, una cama, un lugar donde dormir, agua y alimentación—, también deben comenzar a enfrentar el duelo y procesar las pérdidas. Esto supone una mayor carga mental para las mujeres, quienes, tras el shock inicial, deben entrar rápidamente en “modo supervivencia” para resolver necesidades básicas como la alimentación, la vivienda y el cuidado de sus familias. Esta presión puede aumentar el estrés, la ansiedad, la impotencia y el desasosiego, e incluso provocar crisis emocionales, disociación, desorientación y dificultad para procesar lo ocurrido mientras intentan atender múltiples necesidades al mismo tiempo.

Aura es, además, víctima del conflicto armado en Colombia. Su esposo fue secuestrado por grupos armados al margen de la ley y, desde entonces, tuvo que desplazarse del corregimiento de Puerto Merizal, en el río Naya, cerca de Buenaventura. Su historia, rodeada de violencia y dificultades, que cuenta incluso entre risas, es también la de miles de personas en Colombia que hoy enfrentan esta catástrofe.

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Una emergencia que llega en medio de la precarización y la necesidad, y que vuelve a poner frente al país a comunidades que llevan años sobreviviendo, pero que ahora han perdido aquello por lo que tanto trabajaron y que representaba la esperanza de una vida mejor. En Buenaventura, sus habitantes piden ser visibles y atendidos por un país que, durante demasiado tiempo, les ha dado la espalda.

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Como Aura, hay cientos de mujeres que hoy cargan no solo con la responsabilidad de reconstruir sus hogares, cuidar a sus familiares y recuperar lo que destruyó el terremoto, sino también con el dolor de haber perdido a seres queridos. Aun en medio del duelo, muchas tienen que levantarse y comenzar a reconstruir. Por eso, su salud mental también debe ser una prioridad en medio de la emergencia: atender las heridas que no se ven es tan necesario como reconstruir las viviendas y las condiciones materiales necesarias para recuperar una vida digna.

“La gente aquí está en modo supervivencia. Realmente estamos viviendo el día a día. Si hoy hubo, bien; si no, pues igual. Acá somos madres cabeza de hogar. Por lo menos, mi pareja no es el papá de mis hijos. Yo crié a mis hijos sola. Entonces me ha tocado a mí sola. Y estamos aquí, para adelante. Que lo tengan en cuenta”, afirmó Aura María Núñez.

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Por Laura Henao Arévalo

Periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente integra la sección internacional, donde cubre y analiza conflictos globales con un enfoque en género y derechos humanos.@lauraaahenaolhenao@elespectador.com
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